AERONAUTAS Y CRONISTAS

sábado, 23 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA. CAPÍTULO 8


CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 8

EXPEDICIÓN MINERA

Quise saber si era cierto lo del tal cobre que narra Manuel Uribe Ángel y convidé a Belisario Torres que vivía en mi parroquia y conocía esas regiones por haber andado varias veces esas selvas en compañía de indios y además entendía el idioma. Planeamos el viaje para el 10 junio 1942. Llevamos dos peones para que nos ayudaran a llevar las provisiones.

Subimos a la vereda La Campiña, que era donde vivía Belisario Torres. Allí dejamos las cabalgaduras y a pie nos internamos en la selva buscando el río Tuburidó. Bajamos por una espesa selva hasta que llegamos al río. Seguimos por su cauce una considerable distancia. Algunos estábamos provistos de machetes para abrir trochas y además llevábamos dos escopetas de cápsula para defendernos de las fieras. En aquellas celdas hay tigres, leones y serpientes venenosas.

En el recorrido no pude ver los tales bloques de cobre que mencionaba el doctor Uribe pero en una de las orillas se veía una franja de color azulado lo que indicaba que era sulfato de cobre. Seguimos hasta que llegamos a La Ciénaga donde hay un bohío de indios con ese mismo nombre y la casa de un señor que vivía allí con su familia. Tenía cementera y potreros con Reses. Uno de los peones de la finca llamado Julio Molina, que había trabajado en minas, quiso irse con nosotros y lo admitimos en la compañía. Así completamos cinco: Julio Molina, Belisario Torres, los dos peones y el que relata.

EL VIEJO CAMINO DE LOS ESPAÑOLES, EL CAMINO FREIDEL Y CAMINO DE GREIFF

El día 11 llegamos al viejo camino del señor De Greiff. El mismo camino del que habla Manuel Uribe en su compendio histórico. El camino data del año de 1797 (El Camino de los Españoles). En efecto de un artículo escrito en Santafé de Antioquia dice: “un siglo después de la muerte del temido jefe de bucaneros y corsarios, Henry Morgan, que sembró el terror en las costas del Atlántico y del Pacífico, quien un día de aguinaldo de 1700 expusieron sus vidas desde Santafé de Antioquia para dar salida al mar desde las montañas”.

En el año de 1797 Carlos María Freidel de Andrade se presentó ante el rey del Nuevo Reino de Granada, don Pedro Mendinueta de Muaquis con el proyecto de abrir un camino que uniera a Santafé de Antioquia con el Atrato. Inicialmente aprobó el proyecto pero antes quiso conocer las observaciones que hiciera el gobernador de la provincia de Antioquia. Después de varias consideraciones el proyecto de la apertura del camino fue aprobada y le tocó realizarla al ingeniero extranjero don Carlos Segismundo De Greiff, quien nació en Suecia el 27 enero 1793, vino a Colombia en 1826, fue cónsul de Suecia y Noruega ante los gobiernos de la Nueva Granada y murió en Remedios el 19 de julio 1870.

 
CAMINO ESPAÑOL

A este mismo camino salí yo, y a pesar de que habían pasado 90 años que había sido abandonado se notaba perfectamente el corte de las barrancas. Pero en lo que habían sido propiamente el piso del camino habían crecido árboles de un grueso de más de abarcadura. Seguimos por este camino que debió haber sido transitados por tatabras y tigres pues de hecho encontrábamos osamentas en el mismo camino, siendo evidente que el tigre atacaba la manada y saciaba su hambre con sus víctimas.

EL TIGRE

Había mucho que casar especialmente Paujiles y pavas de monte. Como a las cinco de la tarde acampamos y pusimos, colgada de una rama de un árbol, una lámpara de petróleo a fin de que alumbrara toda la noche y no dejara arrimar al tigre pues muy cercano y varias veces se escuchaban sus rugidos. Belisario aseguró que el tigre no arrimaba en la noche donde había luz. Además ya estábamos provistos de linterna eléctrica. No dormimos pues teníamos al tigre que si lo sorprende a uno puede estar seguro que el primer zarpazo es mortal porque con sus colmillos y uñas le desgarra las venas del cuello. Otro peligro es el de las culebras que por aquí abundan y son venenosísimas y uno está hoy expuesto tendido en el suelo ya que los animales se arrastran buscando su alimento.

El día 12 dejamos el antiguo camino y tomamos otra dirección. El rio Tuguridó lo habíamos dejado lejos pero por allí donde nos llevaba Belisario debíamos encontrarlo más abajo siendo muy caudalosos. En la tarde llegamos al rancho de unos mineros y allí nos quedamos e hicimos una buena cena y nos acostamos a dormir en un zarzo.

SELVA VIRGEN

El día trece debíamos ir hasta el río Sábalo según nos dijo el guia Belisario. Llevamos 14 días caminando por estas selvas. Pero qué contraste era el que se encontraba en estas selvas milenarias. Allí se mira la profusa mezcla de lo pequeño lo grande y lo gigante, pero todo ostentando armonía y sin igual belleza. Y es lo más natural porque allí la selva no está deformada por la mano del hombre sino tal cual sale de las manos de Dios. Allí hay árboles enormes que se elevan sus troncos rectos a gran altura para entrelazar sus copas con árboles de frondosidad igual y semejando grandes pilares de una inmensa basílica.

 

viernes, 22 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA. CAPÍTULO 7


CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 7

LOS MINERALES

Dos días estuvimos en el cerro San Fernando y de allí descendimos hacia el lado del Chocó por la orilla derecha del Andágueda, que nace en la propia cumbre del San Fernando. No por fuente que sale de la roca sino por escurrimiento del agua que almacenan los cactus.

Antonio Jesús había llevado un almocafre y una batea de esas en que se lava oro. En una orilla del Andágueda rompió un pedazo de roca con el almocafre, lavó el casco de la batea y sacó tres guijas de color amarillo blanco que resultó ser puro platino. Esto indica la riqueza mineral que se encuentra aquella región, tanto en oro, platino y hierro pues toda aquella montaña es de puro hierro.

 
ALMOCAFRE

Mi hermano Jesús Antonio había llevado semillas de frisol que llaman de “toda la vida” o Petaco, que se da silvestre y en todas partes. 2 km abajo de la cima del cerro hizo un pequeño limpio y allí sembró la semilla de frisol. Es muy posible que allí haya nacido y está en plena producción pues no necesita cuidado y se da silvestre.

Este día también tuvimos que soportar algunas lluvias, granizo y algunos rayos que chasqueaban en los peñascos. Pero eso era nada comparado con la tempestad que nos acometió en el año 34.

Rectificamos la altura del cerro de 3980 m sobre el nivel del mar y la temperatura 3° sobre cero durante la noche. Hicimos la expedición en 12 días y regresamos a casa sin tener que lamentar ningún accidente desagradable.

PÁRROCO DE NUTIBARA

El día 15 septiembre 1941 recibí el nombramiento de cura para la parroquia de Nutibara. En la región se encuentran muchos pirúes como los llaman por allá. El pirú es un montículo de tierra que sirve de cementerio de un indio de alto rango y que anuncia la existencia de su sepulcro.

Consiste en que sobre su sepultura acumulaban tanta tierra que formaba un montículo de seis a 7 m de altura por 15 o 20 m de diámetro en su base. Se ve que tenía que ser un indígena un rico el que estaba enterrado en el pirú por qué era mucho el trabajo que implicaba acumular tanta tierra sobre su tumba. Tan es así que en los alrededores de Nutibara hay muchos pirúes pero es tan grande el trabajo de excavarlos que pocos han sido destapados debido también al gran costo que implica perforar aquella montaña de tierra. Sin embargo, han excavado algunos y han sacado muchos objetos de oro.

 
 
PIRÚ
 
LA PIEDRA DE ESMERIL.

Murry es un corregimiento de Frontino que queda a unas seis lenguas de Nutibara y bajo la jurisdicción de esta. Era un solo monte hasta llegar a la quebrada de la Blanquita que pasa por el caserío. Junto al caserío había una mina muy rica de oro de propiedad de Mistraen Llanos. En esa mina es donde se encuentra la piedra que vulgarmente llaman Tiri que por su grano y gran dureza es muy apreciada para afilar herramientas. Esta piedra se encuentra en la mina desde el tamaño de un limón hasta bloques de 15 kg de peso. En este tiempo se cotizaba la libra de piedra en la mina en un peso.

Con esta piedra triturada es que se hacen los famosos esmeriles y las piedras de afilar que venden en forma de pastas. Para producir estas pastas se echan las piedras en un apique y se machucan hasta convertirlas en gránulos finos o gruesos según se quiera que quede La pasta del esmeril. Ese polvo se clasifica cerniendo en cedazos de distinta trama. Luego se funden al fuego 50 g de goma laca, 20 g colofón con 200 g del polvo de la piedra. Luego se mezclan formando una pasta que se vierten en unos moldes untados de aceite y se someten a una fuerte presión. Allí se deja que se enfríe y luego se sacan las piedras listas para la venta.

LA NATURALEZA FERAZ Y EXUBERANTE.

A unas cinco cuadras abajo de pueblo de Murry corre el río llamado Chaquinadó. Es uno de los ríos más bellos que he visto en mi vida. Es un río muy manso de curso y sus aguas tan cristalinas que puede verse la arena en su fondo. Es el camino que hay que seguir por esa tierra para ir a la parte superior. Tiene unos 10 m de ancho y sus aguas llegan máximo a la rodilla de una bestia. Por ese río me tocó subir kilómetros y kilómetros para cumplir con mis deberes sacerdotales.

En Murry el clima es muy malsano y había muchas culebras como la Berrugosa, la Talla, la Equis, la 24, la Patoquilla y la Mapaná Prieta cuya mordedura era casi siempre mortal. La Pudridora, llamada así porque es siempre mortal y al instante. Al que muerde hay que enterrarlo de inmediato porque la fetidez que exhala aún antes de morir no la aguanta nadie. Había miles de zancudos y enjambres de tábanos, un verdadero martirio para los animales y los hombres. Todo el tiempo que uno iba a caballo lo seguían unos 12 tábanos que había que mantenerse espantando porque tan pronto uno se detenía se asentaban sobre la gente y los animales. Cuando hundían su trompa salía la gotera de sangre.

Pero el murciélago era el mayor flagelo de aquellas tierras porque mataba hasta béstias. En una ocasión, al comienzo de la noche, un murciélago mordió a mi bestia un poco más arriba de la oreja derecha y al otro día todavía estaba chorreando sangre por la abertura que le había hecho en la vena. Hubo que estancarle la sangre o de lo contrario habría muerto desangrada.

 
SELVA EXUBERANTE

En estas selvas de Murry y Nutibara hay un árbol llamado Curbaril que al herirle la corteza destila una resina llamada Amine. Cuando esta resina se seca y se echa al juego produce un humo blanco y tan aromático que perfuma él ambiente de suave olor. Allá en Nutibara lo quemaban en el incensario durante las exposiciones del Santísimo Sacramento y el humo llenaba el templo de una fragancia exquisita.

EL PRIMER CRONISTA.

Don Manuel Uribe ángel dice en su historia de Colombia: “el suelo en su producción se encuentra tal cual lo encontraron los primeros exploradores europeos. La naturaleza de ese lado tiene un carácter especial, enérgico y terrible, si es que así puede decirse porque la manifestación de sus fenómenos es en todos los sentidos vigorosa. En estas regiones los mosquitos chupan la sangre como terribles vampiros. Los zancudos y los tábanos encajan sus aguijones en la piel del hombre y de los animales como agujas de lanceta. Las serpientes llaman la atención por su corpulencia, variedad y mortal ponzoña. Los miasmas de los pantanos envenenan y matan. El aire está cargado de humedad, el rayo es frecuente, los aguaceros diluviales, el trueno retumbante y las fieras bravías.

En compensación las palmeras son galanes, los árboles corpulentos, las familias vegetales infinitas y por todas partes resinas y aceites medicinales en medio de una flora lujosa y espléndida. Se hallan allí orquídeas incomparables como la Uncirio Clameri y Carleyas sorprendentes por sus formas y colores”.

PARTICULARIDADES DEL TERRENO

En la falda del Alto del Tachuelo, hacia el lado de Murry, cruzando el camino, se ven las grandes grietas causadas por el terremoto del 8 marzo 1883 y que fueron reabiertas por los temblores de 1912.

Frente a Nutibara hay una loma que la llaman la Loma de los Muertos y bastante arriba hay un llano que tiene dos cuadras de largo por una cuadra de ancho y que parece que hubiera sido tajado en la falda por manos de hombres. Pregunté por qué la llaman la Loma de los Muertos y me dijeron que era debido a que allí se encontraban muchos restos humanos.

El Valle de Andagadó es regado por el río de su mismo nombre poco conocido en sus vertientes primeras y recibe las aguas del río Tuburidó, notable por haberse encontrado en sus playas fragmentos de cobre nativo de hasta 7 libras de peso. Tuburidó nace en el alto de Portachuelo y es atravesado por el viejo camino del señor De Greiff. Mientras que el Andagadó tiene sus vertientes en la cordillera de Turriquitadó que va a terminar cerca de la Plata.

jueves, 21 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA. CAPÍTULO 6


 

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 6

ESPANTANDO DEMONIOS.

Mirando hacia el occidente se me empequeñece la vista mirando aquella infinita extensión de selvas y selvas. Sólo a muchas leguas de distancia se veían, en medio del corazón de la selva una hacienda con pastos y ganados, era que allí estaba la mina de Dabaibe. Esa hacienda surtía de ganados a los trabajadores de la mina. Después de eso no se veía sino el color verde cubierta de selvas y selvas que se extendía más allá de donde los ojos, auxiliados por poderosos lentes, se podían escrutar. Entonces me dispuse a hacer un exorcismo para expulsar a los posibles millones y millones de demonios que estaban dispuestos a hacer el mal en aquellas soledades.

Ya de regreso fuimos a dormir a la tolda de Tapartó. El día 18 continuamos la marcha y, las 10 pasamos por la tolda del Cóndor. Después avanzamos hasta Quebradabonita donde habíamos dejado las bestias. Allí dormimos esa noche y el día 19 llegamos a Jardín muy fatigados y con magulladuras y rasguños en el cuerpo, pero satisfechos por haber logrado ser los primeros que subimos al San Fernando.

A la escuela de minas de Medellín llevé una piedra de un kilo de peso de la cumbre el San Fernando para analizarla y el resultado fue que tenía un alto contenido de hierro.

LA CAVERNA DE PUEBLO RICO

En 2 diciembre 1934 fui trasladado a la población de Pueblorico que queda próxima al municipio de Tarso y a la población de Buenosaires. Me habían dicho que un poco más abajo de esa población había una caverna que parecía que en parte había sido hecha por indígenas en tiempos inmemoriales. Como tengo espíritu curioso y me gusta conocer las cosas personalmente me propuse ir a examinarla.

Entonces invité a mi hermano Nicolás, que vivía en Concordia, para que el 10 enero 1935 estuviera en Pueblorico para que hiciéramos la excursión. Partimos y fuimos a Buenosaires y allí se nos unieron dos compañeros. Nos pusimos a buscar la caverna y le encontramos en una falda, un poco más abajo del cementerio como se nos había dicho. En el declive de la falda donde había una cementera de yuca se abría una gran puerta formada por tres enormes piedras, todas verticales sobre ellas la otra horizontal que hacía de cornisa. La puerta medía unos 3 m de ancha por 4 de altura. Sus lados eran perfectamente paralelos.

Entramos en una especie de zaguán en un poco más ancho que la puerta y cuyo techo de piedra tenía una altura de 5 m. Como el interior está oscuro, encendimos linternas. Pero en ese instante una verdadera avalancha de murciélagos asustados por la luz de los intrusos se nos vino encima buscando salida. Lanzando chillidos y revoloteando nos daban en la cara con sus alas negras. Repuestos de la sorpresa y con los murciélagos ya calmados, seguimos avanzando por ese zaguán. Como a los 10 m llegamos a una pared como de unos 4 m de ancho por 10 de altura.

En el frente y al nivel del suelo en esa pared de roca, se abrían dos túneles y una grieta. A la izquierda y un poco más abajo del nivel del piso estaba uno de los túneles pero tenía la entrada obstruida y sólo se descubría la parte superior. Por allí era imposible entrar.

En el centro de la roca y unos 25 cm más arriba del nivel del piso estaba el otro túnel cuya entrada estaba completamente descubierta, redonda y estaba labrada en la roca viva con unos 50 cm de diámetro. Enfocamos la luz de una linterna y no le vimos fondo. Aunque estaba estrecho vimos que por allí podíamos entrar aunque arrastrandonos. Entré el primero alumbrando con una linterna y los compañeros atrás me siguieron.

El túnel era recto, estaba labrado a cincel y semejaba el interior de un cañón de artillería. Avanzamos por el cómo unos 25 m. allí no pudimos pasar porque en ese sitio la roca era más floja, había cedido y obstruido el túnel, razón por la cual obligó a retroceder arrastrándonos hacia atrás ya que el túnel no daba espacio para voltearnos.

Al lado derecho estaba la grieta que parecía hecha a causa de una enorme presión rajándola en un corte recto en dos paredes paralelas dejando un pasillo de 45 cm de ancho por 10 de altura. Este pasillo avanzaba guardando la distancia de las paredes de roca en un trayecto de unos 10 m. Al cabo de los cuales se abría una grieta transversal en el piso, de una pared a otra, de unos 20 cm de ancha. A partir de esta grieta el pasillo doblaba en ángulo recto a la derecha pero ampliando el espacio a metro y medio.

 
TUNEL

Éste segundo pasillo adelantaba otros 10 m y terminaba en un salón de 4 m de ancho. El techo era también una plancha de piedra. A la luz de las linternas examinamos el salón pero estaba completamente vacío. Ni un objeto ni una descripción y nada.

A la derecha de este salón se abría otra grieta de unos 45 cm de ancha y bastante altura. Pero no pudimos ingresar por ella porque una laja de piedra se había desprendido de la altura y obstruyó el paso. Por los resquicios que dejaba la piedra desprendida pudimos observar que el pasillo se internaba.

Dos horas estuvimos en aquella caverna. Nos metimos hasta donde nos pudimos internar y la observamos con todo detenimiento pero como ya dije antes no encontramos nada.

A mí se me hace que aquella caverna fue hecha por una generación indígena. Lo prueba la puerta que es un rectángulo perfectamente hecho. Esta portada se asemeja a la de una iglesia. Lo prueba también el túnel labrado en la roca por donde penetramos 25 m. y él túnel recto y redondo como un cañón conservando su diámetro en toda su longitud. En todo caso exploramos aquella caverna que es bastante curiosa.

SEGUNDA ESCALADA DEL SAN FERNANDO.

En una licencia que se le haya concedido en el mes de junio de 1941 fui a Concordia y me encontré con dos amigos, Antonio Jesús Uribe y Horacio Muñoz, quienes desde Jardín me invitaban a una nueva expedición al San Fernando.

Acepté la invitación ya que ellos habían sido los compañeros en la expedición de enero de 1934. Convenimos que el 2 agosto 1941 nos veríamos en Andes para de allí salir hacia el San Fernando.

Mi hermano Jesús Antonio a quien también le gustan estas andanzas y quien había subido conmigo al farallón del Citará se ofreció acompañarlos y mi padre Jesús María Palacio quien tenía 71 años se ofreció también.

El 2 agosto nos reunimos en Andes Jesús María Palacio, mi papá, mi hermano Jesús Antonio, Antonio Jesús Uribe, Otilio Velázquez, Horacio Muñoz y el que esto escribe. Contando además dos peones y así completamos ocho personas. Nos proveimos de una buena carpa y provisiones para 15 días.

3 agosto salimos de Andes y llegamos a Quebradabonita. Primera jornada de la anterior excursión. Era necesario parar allí porque estaba a la entrada de la selva y de allí en adelante empezaba la serranía. El hecho es que ya se había abierto un camino de bestia por parte de la mina de Dabaibe para poder entrar con economía los alimentos y las herramientas. Este camino llegaba hasta la cordillera de San Nazario.

El 6 agosto subimos al San Fernando y allí sobre la roca en forma de bandera armamos la carpa exactamente en el mismo lugar donde siete años antes lo habíamos hecho, en junio de 1934. Porque en ese lugar había caído un rayo que abrió un cráter en la roca. Quizás ese mismo rayo estaba destinado para volvernos polvo en esa espantosa tempestad que nos sorprendió en esa montaña en 1934. Pero que seguramente por intervención de la virgen Divina lo detuvo para que no nos hiciera daño y volviéramos después.

Recorrimos toda la cima del cerro de norte a sur y en ninguna parte encontramos señales de que alguien hubiese subido después de nuestro primer acto ascensional.

Al día siguiente fuimos al promontorio donde siete años antes habíamos plantado una cruz y el pie de ella habíamos dejado una botella con una boleta dentro. Allí estaba la cruz pero no vimos la botella porque el musgo la había cubierto. Escarbamos y a 20 cm de profundidad encontramos la botella que conservaba la boleta perfectamente legible a pesar del tiempo y la humedad. Hice un nuevo relato, la firmamos y junto con la boleta anterior la pusimos de nuevo en la botella. Después de bien tapada y lacrada la dejamos de nuevo al pie la Cruz.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA. CAPÍTULO 5


CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 5

LA CUMBRE DEL SAN FERNANDO.

Entre los días 15 y 16 seguimos la marcha, pero esta fue la jornada más larga y peligrosa porque cada rato tropezábamos con grandes grietas entre peñascos rajados cubiertos por musgos de tal manera que no podíamos advertir el peligro. En varias ocasiones nos vimos expuestos a caer en estas profundas y oscuras hendiduras. Después de una agotada jornada llegamos a las tres de la tarde a la cúspide del San Fernando.

Ingresando a la cumbre del San Fernando, por el lado norte, se encuentran grandes frailejones hasta de 4 m de altura. Con sus macetas de hojas peludas y coronados por sus flores amarillas.

La cumbre es una peña plana medio inclina hacia el sur y en forma de batea que tiene como una cuadra de ancho por dos de largo y sobre la cual, a trechos, crecen frailejones. Donde termina esa peña plana se levanta un promontorio que tiene unos 40 m de altura. Está completamente cubierto por una manta de cardos que crecen en el suelo y cuyas hojas, que son envainadoras, están siempre llenas con el agua que reciben de las lluvias. Este promontorio es la parte más alta del Picacho.

Al pie de Este promontorio y al lado norte, hay una especie de laguna formada por el agua que destilan los cardos. El agua de la laguna que llega al pie del promontorio no es visible porque la profusión de cardos que crecen en el suelo la ocultan. Y allí sale hacia el occidente un arroyo que da inicio al río Andágueda que va hacia Chocó y cuyas aguas arrastran pajuelas de platino.

La roca es de color oscuro y esta mezcla con pequeñísimas partículas metálicas de color blanquecino. En su superficie vi muchas y largas excavaciones producidas por los rayos que al caer hacen explosión abriendo surcos en la roca en forma de zigzag, penetrando hasta 25 cm de profundidad y 20 m de longitud. Froté la cuchilla de una navaja contra la peña y ésta quedó completamente imantada lo que me hizo deducir que esta peña es un gigantesco imán.

Recorrí minuciosamente toda la cima y por ninguna parte encontré señas que alguien hubiese subido antes a este cerro. Fui pues el primero que escalé el San Fernando. Saqué el barómetro Y marcaba 3920 m de altura es decir igual a lo que mide el farallón del Citará.

Sólo armamos la carpa sostenida por troncos de frailejón y asegurada a las raíces del arbusto. Como estábamos en verano la tarde era bellísima. A las ocho de la noche no había luna pero el firmamento estaba claro, el cielo muy limpio y allá en lo alto titilaban las estrellas. Hacía mucho frío. El termómetro marcaba 3° sobre cero.

LAS SEÑALES DEL EXITO

Habíamos llevado dos docenas de cohetes de luces para hacer señales para que los habitantes de Jardín supieran que habíamos escalado el cerro. Le dije a Antonio José Uribe, quien era pirotécnico y había hecho los cohetes, que los lanzara. Pero le advertí que le quitara los truenos y sólo le dejara las luces. Pues le dije que la explosión de un trueno, a esta altura, podía descomponer la atmósfera y desencadenar una tempestad. Él me aseguró que ninguno de los cohetes tenía trueno. Se retiró a poca distancia de la carpa y comenzó a lanzarlos.

Los primeros tres voladores, muy bien, subían, 300 m sobre nosotros y no estallaban pero en el aire quedaban columpiando un penacho de luces brillantes de varios colores. Pero los que lanzó posteriormente algunos llevaban truenos y tan potentes que cuando estallaban en la altura retumbaban y hacían devolver los ecos de todas estas ondas cañadas que había más abajo el San Fernando.

TERRIBLE NOCHE

Apenas habían transcurrido cinco minutos desde la última explosión cuando el cielo, antes cubierto por brillantes estrellas, se fue cubriendo de un color amarillento, desaparecieron las estrellas, reinaba un silencio profundo y todo mi cuerpo experimentaba una especie de vibración.

Ante aquel rápido cambio del panorama, sentí temor. Presentía que iba a suceder algo catastrófico. Los compañeros nos mirábamos en silencio pero ninguno se atrevía a preguntar lo que iba a suceder porque todos nos lo imaginábamos. A poca altura sobre nosotros comenzaron a cruzar por aquel ambiente amarillento estrellas de fuego semejantes a centenares de cocuyos volando y culebreando con sus panales encendidos. Luego nos dejó oscuras la cegadora luz de un rayo que cayó cerca de nosotros y el horrísono estampido, simultáneo al rayo, nos hizo tambalear. La lluvia y el granizo se nos vinieron encima enseguida. Afortunadamente no hizo huracán por qué de haberlo hecho es seguro que nos barre de la roca donde estábamos y nos arroja al abismo. Nos metimos bajo la carpa que estaba asegurada con lazos gruesos a las raíces del frailejón.



 
MONTAÑA ELECTRICA

Un intenso bombardeo de rayos se derramó sobre el promontorio donde estábamos que no era otra cosa que una montaña imantada de puro hierro. Estamos pues en la punta de un pararrayos y en plena tempestad eléctrica. Por las aberturas de la carpa podíamos observar toda la cordillera iluminada porque la intensa luz de los relámpagos se sucedía sin interrupción. Espectáculo terriblemente dantesco fue aquel.

Al ver caer el rayo sobre la roca desnuda escuchamos el chasquido seco que hacía enorme cráter. Lanzaba piedras arrancadas y simultáneamente se reventaba en un surtidor de una multitud de tentáculos de fuego que se esparcían culebreando sobre la roca y dejando señalado su paso en un profundo surco. Aquello era un verdadero Sinaí. Así se debió poner aquel monte donde la majestad de Dios habló a Moisés y le entregó los preceptos de su ley.

Algunas noches que he pasado contemplando tempestades lejanas y entre más fuerte la tormenta me ha parecido más grandiosa y más sublimemente bella. Pero al experimentarla en el mismo Picacho donde se desató la tempestad descrita me pareció un espectáculo espantosamente aterrador. Por sobre aquel cerro pasaban globos de fuego del tamaño de un balón que eran de varios colores rojos, verdes, azules y violetas. La contemplación de todo esto, si no hubiera sido por el miedo que me tenía agarrotado, me hubiera parecido un espectáculo divinamente bello. Pero en aquellas circunstancias aumentaban mi temor de que alguno de estos globos estallar junto a nosotros y nos disolvieran en átomos. Comprendí que tenía claras probabilidades de morir fulminado por una descarga eléctrica y le dije a los compañeros era casi seguro que íbamos a morir. Recemos al rosario para que la santísima virgen nos proteja. Lo entoné y todos contestaron con gran devoción.

Cuando terminamos de rezar también había terminado la tempestad. El cielo se fue limpiando y las estrellas comenzaron a aparecer. La calma y la tranquilidad nos aliviaron la terrible tensión y los nervios excitados. Pero aunque la violencia de la tempestad cesó, sin embargo, la montaña quedó incendiada. De todas partes se veían levantar penachos de llamaradas blancas, aunque no se veía humo. Era que la montaña, debido a las descargas, estaba supersaturada de electricidad y se estaba liberando de ella encendiendo fuegos de San Telmo. Después todo quedó normal y en completa calma.

LA CONSTANCIA

El día siguiente del 17 junio fue muy esplendoroso. El cielo estaba limpio y las montañas muy despejadas. Bajamos un poco de la cumbre para buscar madera con que hacer una cruz y la plantamos en todo lo más alto.

Luego me puse a escribir una relación en la que contaba que el día 16 junio de 1934 habíamos subido a ese cerro de San Fernando Antonio María Palacio, Antonio Jesús Uribe y Horacio Muñoz. Anoté la altura de 3920 m y 3° sobre cero. Metí la boleta en una botella, la tapé bien y la coloque al pie la Cruz. A continuación me puse la estola, bendije agua y la esparcí en la Cruz cuyos brazos estaban extendidos de oriente a occidente.

martes, 19 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA. CAPÍTULO 4


CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 4

LA DESCOLGADA.

Al otro día nos pusimos a la obra. Por el lado de atrás del Picacho hay un potrero inclinado por el cual se podía subir fácil hasta la misma cúspide del promontorio. Cuando estábamos subiendo, al lado derecho del peñasco, vimos un camino labrado en la piedra, que horizontalmente se dirigía a una de las claraboyas, precisamente en la que había una mata de cabuya y que distaba unos 15 m donde nosotros estábamos.

El camino en mención, al principio, tenía como metro de ancho y por él nos fuimos con la esperanza de poder llegar hasta la claraboya. Pero, a los 5 m de recorrido se fue angostando hasta tal punto que para poder continuar tuvimos que echarnos de barriga y arrastrarnos para poder seguir avanzando sin peligro de desempeñarnos. Pero el sendero se fue estrechando más hasta que desapareció del todo cuando no faltaba sino 4 m para llegar a la claraboya. No tuvimos más remedio que retroceder y seguir subiendo llevando la escala.

Una vez en la altura amarramos de un arbusto la extremidad de la escala y la otra la dejamos deslizar peña abajo.

Para mayor seguridad del que iba a bajarse amarraría la cintura un lazo doble y en la medida en que iría bajando los compañeros de arriba le irían dando cuerda y en caso de accidente lo volverían a subir tirando de ella.

En estos preparativos llegamos a las dos de la tarde cuando ya todo estaba listo. Hacía un sol de fuego y un calor sofocante. Todos teníamos las ropas empapadas de sudor. Yo dizque era el guapo que me iba a bajar por ese precipicio. Yo no decía nada pero tenía miedo. Llegó el momento. Me amarre la doble cuerda a la cintura, que mis compañeros me irían alargando. Me santigüé y al momento de ir a colocar el pie en el primer peldaño de la escala, miré hacia abajo y ví eso tan hondo y tan espantosamente terrible que me dio una tembladera en todo el cuerpo que casi no me podía tener en pie. Fue como si me atacara una fuerte corriente eléctrica que me producía espasmos incontrolables.

Con el pelo erizado y los ojos salidos casi de las órbitas por el pavor, le dije al padre Bubilláya: “Nada, lo que soy yo no me bajo por aquí por nada de este mundo, porque es un suicidio seguro. Si hay otro que se atreva, que se meta, pero lo que es conmigo no cuenten ya”. Y me solté el lazo. El tampoco quiso descolgarse por ahí. Recogimos los lazos y bajamos por el potrero.

LA INSPECCIÓN ACUATICA

En la orilla del río dijo el padre Bubillá que amarráramos la balsa con los lazos con que habíamos hecho la escala, que él se subía en ella y nosotros le íbamos largando cuerda para que con la corriente pudiera llegar al pie del peñasco que deseaba examinar. Me pareció muy temeraria es intención y traté de disuadir al padre pero él insistió. Amarramos la balsa, se subió a ella y la corriente comenzó arrastrarlo. Entre dos le íbamos largando cuerda. Como a 25 m la peña tenía una convexidad y al pasarla, el padre se perdió de vista. A pesar de todo le seguimos alargando cuerda.

En la otra orilla había unos trabajadores y desde allí seguían la odisea. Por las señas que ellos nos hacían deteníamos la balsa o le largamos cuerda según las señas que el padre les iba indicando. Le largamos como 50 m de cuerda y por fin nos hicieron señas del otro lado para que recobráramos la balsa con el padre.

Temeraria fue sección ya que por aquel lugar bajaba el río muy atormentado contra la roca. Después nos refirió el padre en que llegó un momento en que estuvo a punto de sumergirse con balsa y todo, que el agua le llegó hasta el cuello. Nos dijo el padre que al pie de la roca había visto jeroglíficos e inscripciones. También ví algunos grabados en piedra al pie del peñasco.

Y allí terminó nuestra expedición al Pipintá.

Fue peligroso y aparentemente no se logró nada. Pero si se satisfizo el deseo de contemplar las obras que Dios ha hecho en la naturaleza.

PRIMERA ESCALDA DEL SAN FERNANDO

Ese mismo mes de enero de 1933 fui trasladado a Jardín. Y de allí podía observar el imponente cerro de San Fernando.

Fue Félix María Restrepo quien escribió la Geografía General y el Compendio Histórico del Estado de Antioquia, dice: “el punto más elevado de la cordillera occidental está en el distrito de Andes. Es el alto de San Fernando”.

Para la excursión se me ofrecieron como compañeros de viaje Antonio Jesús Uribe y Horacio Muñoz. Ambos vivían en la población de Jardín. Hicimos una carpa con 25 m de lona y conseguimos provisiones. El 10 junio de 1934 salimos de Jardín. Esa tarde nos quedamos en Andes y contratamos peones para que nos llevara el equipaje y las previsiones. El día 11 salimos de Andes y no fuimos por San Pedro por un cañón arriba hasta que Quebrada Bonita donde debimos dejar las bestias y seguir a pie. Las provisiones que habíamos llevado al lomo de bestia fueron repartidas entre los peones que las llevaron a la espalda.

 
CERRO EL PLATEADO O San FERNANDO

El día 12 salimos de Quebradabonita por la trocha por donde circulan los cargueros que abastecían de víveres a los trabajadores de la mina de Dabaibe. Andábamos despacio porque los peones llevaban una carga pesada. A las cuatro de la tarde llegamos a la tolda del Cóndor y allí nos quedamos a pasar la noche pues éste era un rancho donde los cargueros acampaban siempre que viajaban por aquellos lugares.

El día tres se llegamos a la tolda de Tapartó porque allí precisamente es donde nace el río Tapartó. Este río desemboca al río San Juan y sirve de límite entre los municipios de Andes y Betania. La tolda de Tapartó era mejor que la del Cóndor porque al menos tenía zarzo para dormir.

El día 14 subimos al alto de San Nazario que está hacia las faldas del Chocó y a 3.000 m de altura. En este lugar había dos edificios techados con teja de palo.  Uno de ellos servía de depósito para guardar herramientas y víveres y en el otro dormía los cargueros que llevaban las provisiones para la mina. Allí pasamos la noche.

Hasta este lugar habíamos ido por la trocha que conduce a la mina. Pero como en este lugar teníamos que ir en dirección al sur para ir subiendo por todo el filo de la cordillera, dejamos esta vía y nos internamos en el monte. Este lugar todavía está muy lejos y era preciso hacer trocha.

lunes, 18 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA. CAPÍTULO 3


CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 3

TERCERA EXPEDICIÓN AL CITARÁ

Como desde el año anterior estaba interesado en realizar una tercera expedición al Citará, pues deseaba conocer la altura y la temperatura del cerro y para eso tenía ya barómetro y termómetro, la expedición se planeó para mediados de enero de 1930. Los compañeros eran mis hermanos y Jesús Antonio y Nicolás, mi sobrino Antonio José González y Kiko Posada. El 15 de enero salimos de Concordia y llegamos a Bolívar. Adquirimos provisiones y esa misma tarde fuimos a pernoctar a la casa de don Vicente Vélez, quien tanto él como su honorable familia nos recibió con mucha cordialidad.

Como en el año anterior no llevábamos cartas pero si los indispensables encauchados para defendernos de la lluvia y arroparnos por la noche. Como no teníamos que abrir trocha porque la del año anterior estaba todavía abierta, la marcha no rendía.

En el primer día llegamos a la altura de 3.000 m y allí pasamos la noche. Al día siguiente trepamos a la cumbre. La altura es de 3.980 m y la temperatura es de 5° sobre cero a mediodía y a la sombra.

Fuimos al lugar donde el año anterior habíamos dejado una botella con la boleta adentro. Encontramos la botella rota y los fragmentos de papel diseminados por el suelo. Observamos que en el cuello de la botella que había quedado intacto había un papel enrollado. Lo sacamos y por medio de él nos dimos cuenta que tres meses antes habían subido tres excursionistas, entre ellos una mujer llamada Genoveva tirado. Según constataba la boleta.

En la boleta dejaron constancia que allí habían encontrado el mensaje que nosotros dejamos el año anterior. Citaron la fecha de nuestra extensión del 1 enero 1929 y recordaron los nombres de los que habíamos subido.

Escribí otro mensaje que decía: el día 1 enero 1929 subimos por primera vez a este cerro Antonio María Palacio, Nicolás Palacio y José dolores Agudelo. El día 17 enero de 1930 subimos por segunda vez los siguientes Antonio María Palacio, Jesús Antonio Palacio, Nicolás Palacio, Antonio José González y Kiko Posada. Altura 3.980 m sobre el nivel del mar. Temperatura 5° sobre cero a mediodía. Introduje la boleta en una botella, la lacre, y la dejé sobre la misma piedra que el año anterior. En honor a la verdad tengo que hacer notar que mi sobrino Antonio José González demostró mucho ánimo y habilidad para trastear por estos peñascos y charrascales. Y de mis hermanos Nicolás y Antonio José, ni se diga. Siendo ambos aguerridos cazadores con gran habilidad trepaban marañas y desfiladeros y para ellos no había ningún obstáculo ni lo tupido de la maleza.

Al nivel de los 3.000 m y sobre el lomo de una cuchilla luego de que uno sube al alto llamado Beatriz hay unos sumideros en el terreno que indican que allí hay sepulturas de indios.

Permanecimos pocas horas en la cima del Citará y ese mismo día emprendimos el descenso. Esa noche acampamos en el alto de la Beatriz. Al día siguiente llegamos a Bolívar y regresamos a Concordia.

ESCALADA AL SAN JOSÉ.

En el viaje del 16 mayo 1932 entre Altamira y Urrao había observado que entre las dos poblaciones hay un cerro bastante elevado llamado San José. Había oído hablar de que en su cumbre hay un gran yacimiento de cuarzo porque en un derrumbe que se desprendió del cerro hacia el lado de Urrao, se había encontrado bellísimas piedras de cristal de roca. Me llamó la atención lo del cristal de roca y me propuse hacer una expedición al cerro con el fin de verificar lo que decían de los cristales.

Con Justiniano Rueda planeamos la excursión para el 25 junio y salimos para la fecha indicada. Llevamos provisiones para dos o tres días porque pensamos que la ascensión no ofrecía mayores dificultades. El día 25 subimos hasta la mitad de la cuesta y allí toldábamos en un lugar donde antiguamente había existido una laguna que artificialmente habían desecado.

 
CERRO San JOSE

Al día siguiente llegamos a la cumbre hasta una altura de 3.200 m sobre el nivel del mar. A unos 100 m de la cumbre y hacia el lado de Urrao se había desprendido un derrumbe que dejó al descubierto la roca viva y se veía un afloramiento de cristales de roca de nitidez transparente y geométrica formación pentagonal. Recogí varios de estos cristales más bellos que estaban esparcidos al pie de la roca y ese mismo día, aunque ya por la noche, regresamos Altamira.

LA REGIÓN DE PALERMO

El 12 enero 1933 fui trasladado a la población de Palermo. Esta población está situada en las faldas de una montaña frente al río Cartama y el Cauca. Desde la plaza se divisan los farallones de Cartama. Dos cerros gemelos de regular altura muy próximos uno del otro y se levantan en la llanura cerca de Cauca. Aunque un poco retirados en la banda derecha del río Cartama.

Cerca al farallón de Cartama y muy próximo al Cauca, se levanta el renombrado peñasco del Pipintá donde, según la leyenda, el cacique Pipintá ocultó su fabuloso tesoro. El peñasco del Pipintá está unos pocos kilómetros arriba de la estación de la pintada por la vía del ferrocarril.

Don Manuel Uribe ángel, en su historia de Colombia dice: “la población de Arma, fracción de Aguadas, fue fundada con el título de ciudad por Miguel Muñoz en el año de 1542. Sebastián de Belalcázar dio orden de fundarla antes del terrible drama ocurrido en la Loma del Pozo donde se dio muerte vil e infamante a garrote al conquistador Robledo.

Un lugar ocupado por los aborígenes a la entrada de los españoles que conformaban una gran tribu a quienes llamaron Armados. Porque se habían presentado a combatir cubiertos de petos, máscaras, brazaletes, collares y coronas de oro fino. En otra parte, dice la leyenda, que al otro día de haberse presentado los indígenas con esas alhajas de oro, presentaron de nuevo batalla pero sin llevar ya ninguna joya de oro encima. Los indios fueron vencidos y se cree que los indígenas habían ocultado su tesoro en el peñasco de Pipintá”.

Estos relatos habían suscitado en mi la curiosidad y el deseo de hacer una excursión a ese peñasco. Al efecto, días antes de ir a Palermo había hablado con el padre Bubillá, misionero claretiano y habíamos convenido que el 20 enero 1933 saldríamos a la excursión. Fiel a la cita, sabiendo que ya estaba en Palermo, allí llegó para convenido.

 
FARALLONES DEL PIPINTA

LA EXPEDICIÓN AL PIPINTÁ.

Para la excursión conseguimos 200 m del lazo de sobrecarga para hacer escalas de cuerda, vituallas para dos o tres días y salimos para el Pipintá. Un peón acarreaba la bestia que llevaba esa cargazón de lazos y las provisiones. Llegamos a una casa que había a dos cuadras de distancia el peñasco.

Como el Pipintá está al lado izquierdo del Cauca, el mismo lado del que estábamos nosotros, nos era imposible mirar el frente que nos interesaba mucho. Para lograrlo crucé en una balsa a la orilla opuesta y allí pude observar todos los detalles al gran cañón del Cauca. El peñasco se eleva verticalmente unos 120 m.

En la cúspide había unos arbustos y de allí la peña, que cae verticalmente, estaba sin vegetación. Salvo unas matas raquíticas de cabuya que había a trechos. Hacia la mitad de aquella torre de roca se veían tres claraboyas de 1 m de diámetro y separadas por unos 5 m una de la otra y dispuestas en forma triangular en la cara de la peña. A la entrada de una de ellas había una mata de cabuya.

Según la leyenda Este peñón está perforado por dentro y en él se encuentran los tesoros del cacique Pipintá. Las claraboyas no son más que tragaluces para la iluminación del interior y que para penetrar en él tienen entrada secreta que nadie conoce, excepto los indígenas.

Calculé que descolgando unas escaleras de cuerda desde la cúspide caía perfectamente sobre una de las claraboyas que estaba unos 50 m más abajo del vértice del Picacho.

Crucé nuevamente el río y nos pusimos a hacer una escala con las cuerdas colocando barrotes cada medio metro a manera de peldaños. La escala tenía 60 m de largo y 120 barrotes para hincar los pies.

Terminada la escala dejamos su instalación para las primeras horas del día siguiente.

domingo, 17 de noviembre de 2013

CRONICAS DE UN CURA PAISA. CAPITULO 2


CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 2

 ALEGRÍAS POETICAS

En las vacaciones de 1927 convine con Luis López de Meza que saldríamos para Concordia por la vía de Tarso y yo me lleve una botella de vino que llamábamos Angelito. Era muy barato. A mitad del camino nos tomamos de a media y nos pusimos alegres. Luis López, que iba delante, detuvo la bestia y en tono declamatorio recitó este verso: “Nací sobre una montaña, mi dulce madre me cuenta, el sol alumbró mi cuna, sobre una pelada cierra”. Entonces yo me quité el sombrero, lo sostuve con la mano derecha en alto y recité también: “Pichón de águila que nace sobre el pico de una peña siempre le gustan las cumbres donde los vientos refrescan”. Enseguida lanzamos un grito, les dimos un lapo a las bestias y salimos despedidos por un camino abajo.

SEGUNDO INTENTO AL CITARÁ

3 años habían pasado de mi primer intento de ascensión al Citará. Y aunque yo fracasé eso no fue inconveniente para que otras personas intentaran la misma aventura. Y así fue que en ese lapso de tres años dos expediciones lo intentaron, aunque también fracasaron. La primera fue en 1926 por dos alemanes. Entre ellos uno era un ingeniero. Subieron a la altura de 3.000 m y de allí se tuvieron que devolver. La segunda la hizo don Fernando Vélez en 1927 desde la población de Bolívar. Logró subir hasta la altura de 3.250 m y de aquí también tuvo que retroceder sin poder escalar el cerro.

Cuando supe de estas dos excursiones y su fracaso, me propuse en las vacaciones de 1928 una expedición e intentar una ascensión. No fue difícil encontrar compañeros. Se ofrecieron conmigo mi hermano Nicolás, Roberto Palacio y Luis Restrepo. Salimos de Concordia el 26 diciembre 1928. Conseguimos provisiones y los elementos necesarios para la expedición y en la fecha indicada llegamos a Bolívar. Allí se nos agregó otro compañero José Dolores Agudelo. El día 27 salimos de Bolívar y fuimos a pasar la noche en la finca llamada Farallón, que está ubicada precisamente al pie del cerro del Farallón. Vivía allí don Vicente Vélez, hermano de don Fernando, uno de los anteriores excursionistas. Era muy rico y tanto él como su distinguida esposa y su familia nos colmaron de atenciones y comodidades para nosotros y buenos pastos para las bestias.

EL ACCIDENTE

El día 28 comenzamos a subir hacia el cerro. Cada uno de nosotros llevaba la espalda las provisiones y el equipo necesario. La carga no bajaba de 20 kilos por qué echamos provisiones para 15 días. Empezamos a subir por un arrastradero de madera al que llaman un “rumbón”. Ese día llegamos a la primera tolda que era un aserradero de madera. Al día siguiente 29 continuamos por la trocha que habían hecho los excursionistas anteriores. Pasamos el rancho que ellos habían hecho para escanpar. Pero como estaba todavía temprano seguimos adelante. Esa noche tuvimos que pasaron al descubierto porque no había rancho. Tendimos ramas en el suelo cubierto de musgo y sobre ellas pusimos encerados y cada cual se cubrió con un encauchado. El mismo que nos servía de cobija y nos protegía de los aguaceros que son muy frecuentes en estas alturas durante la noche.

Como ya estábamos a bastante altura y habíamos llevado voladores para hacer señales para que supieran donde estábamos, esa noche, Roberto Palacios intentó lanzar un cohete que se le estalló en la mano causándole una gran quemadura. Como temimos que se le pudiera infectar resolvimos que al otro día se devolviera Roberto acompañado de Luis Restrepo para Bolívar.

UN MENSAJE

Al día siguiente, el 30 diciembre, llegamos al lugar donde se acabó la trocha. Pero encontramos allí una botella cuyo interior había una boleta. Quebré la botella y saqué el papel. Estaba escrita a lápiz pero la letra era perfectamente visible. Decía: “De los ocho compañeros que salimos de Bolívar a esta altura sólo hemos llegado tres. Los otros tuvieron que regresar por accidentes sufridos en la ascensión. Los tres que hemos logrado llegar aquí nos hemos tenido que regresar por falta de provisiones. Altura sobre el nivel del mar 3,250 m (como algunos, como los pilotos, acostumbran medir la altura en pies, por ser una unidad menor que permite más precisión, esta altura equivale a 10.822 pies AMSL). Temperatura a mediodía 8° sobre cero. Farallón 8 de agosto 1927. Fernando Vélez.

 
NOTA EN LA BOTELLA

EL PARARRAYOS

El 31 diciembre seguimos abriendo trocha. Era muy difícil porque aunque el rastrojo era bajo, era duro y difícil de cortar. Ese día subimos hasta un lugar llamado La Muela. Al menos así lo pusimos nosotros, por ser una peña semejante a una gigantesca muela. Esta tal muela está en un peñasco separado del farallón. Tiene forma de colmillo. A causa de su hermano lo bautizó como El Colmillo del Diablo. Es un peñasco de color negro y según los rastrilladeros que tiene es evidente que los rayos se ceban en él. Esa noche la pasamos allí también a la intemperie.

El día 1 enero 1929 seguimos trochando y subiendo. Esto fue lo más difícil porque la maleza que cubría el terreno eran cardos. Y aunque no alcanzaba si no a 1 m de altura eran tan tupidos que era indispensable abrirse a machete porque de lo contrario no se podía pasar. Estos cardos nacen en el suelo y como tiene hojas envainadoras en ella se almacena el agua llovida. Al pasar entre ellos el agua se vacía encima de uno, de manera que andábamos empapados desde el cuello para abajo. Pero nos animaban de la cúspide del cerro ya se veía muy cerca.

LA CUMBRE

Por fin al mediodía del 1 enero subimos a la cumbre. Los arrodillados a dar gracias a Dios y a saludar a la virgen con fervientes oraciones. Yo no llevaba instrumentos para medir la altura y la temperatura por qué no los había podido conseguir. Recorrimos el cerro de norte a sur. Es un filo delgadito como un serrucho y similar al espinazo de un caballo flaco. En él no hay un llano suficiente ni siquiera para edificar una pequeña casa. A sus flancos, oriente y occidente, hay dos insondables desfiladeros que dan vértigo asomarse a hechos. Allí no hay más vegetación que plantas raquíticas de Romero y Barba Rocío.

Me acordé de la llamarada que había visto desde Concordia una noche hacía ya más de 10 años. Examiné cuidadosamente el promontorio y no encontré en lo más alto del cerro sino una especie de dolmen formado por piedras ciclópeas. Ni siquiera intentamos echarlas a rodar por ambos desfiladeros porque nuestras fuerzas eran impotentes para moverlas. Recorrí todas partes hasta donde podíamos andar y no se encontró señal alguna que indicara que alguien había subido y allí. Fuimos pues los primeros excursionistas que escalamos el Farallón del Citará.

Mi hermano Nicolás bajó un poco y cortó unos palos con los cuales hicimos una cruz y la clavamos en la cumbre del cerro. Escribí una boleta que decían: el 1 enero 1929 subimos a esta cumbre del farallón del citará los siguientes: Antonio María Palacio, Nicolás Palacio y José Dolores Agudelo. Metí la boleta en una botella y la tapé sellada con lacre y la dejé al pie de la cruz.

En aquella altura no había vida animal no se veía un pájaro ni una mariposa ni un insecto alguno. Aquel lugar era como don Manuel Antonio Uribe decía que de 3.000 m para arriba es la región de la soledad, el frío y la tristeza.

Desde la cumbre se ven muchas poblaciones Bolívar, Concordia, Betania, Pueblorico, Venecia etc. pero para él lado del chocó, aunque estaba dotado de unos lentes muy potentes y el cielo estaba despejado, sólo se veía una selva y ilímite hasta donde se me confundía el cielo con la tierra. Desde esa altura me formé el propósito de regresar al año siguiente llevando instrumentos para medir la altura y la temperatura.

Después de eso el descenso fue más rápido. En tan sólo dos días llegamos a la casa de don Vicente y al día siguiente estuvimos en Bolívar.

Le mostré a Fernando Vélez la boleta que él había dejado en la botella del cerro y el enseguida la reconoció.