LA
NIVELADORA DE LARANDIA
En los cruceros de vuelo
mentales sobre los recuerdos de viajes vienen a la mente alegorías y realidades
de la amada tierra colombiana.
Para los finales de la década
de 1970 hacíamos vuelos a la hacienda de Larandia, la región de los Lara,
bautizada de esa manera por su propietario Don Oliverio Lara. Don Oliverio soñaba
con crear una industria de carnes que pudieran exportarse por vía aérea, dando gran
impulso a los pobladores de la región.
Con motivo de la guerra con el
Perú, en los comienzos de la década de 1930, se construyó un hidropuerto sobre
el rio San antonio con bodegas y hangares metálicos de tipo militar. El mismo
que también cumplía funciones de puerto fluvial para las aeronaves dotadas con
flotadores a falta de pistas de aterrizaje. En ese tiempo solo se podía recurrir
a hidropistas en los tramos más rectos, largos y calmados de los ríos de la
región.
Un puente colgante de acero
que unía las dos partes de la finca separadas por el rio. Un edificio de dos
plantas en concreto para administración y vivienda dotada con electricidad generada
con una presa que forma un pintoresco embalse. Por supuesto carreteras
interiores para facilitar los embarques, por el rio Orteguaza, de las cargas
con destino al conflicto y de los pueblos rivereños.
Don Oliverio decidió no
dejar perder esas facilidades y aprovecharlas emprendiendo su aventura personal
de desarrollo. Para ello también se había construido una pista de aterrizaje
que según sus planes se usaría en el trasporte aéreo de carnes procesadas en un
frigorífico a construir.
Para nuestra época, trasportamos
unos funcionarios del gobierno que estaba interesado en reinstalar una unidad
militar, dentro de las cuales se contaba el Batallón Bogotá, para combatir el
terrorismo que asolaba el departamento. Tanto por su estratégica ubicación a
orillas del rio San Antonio, afluente cercano del rio Orteguaza, como su
proximidad a la ciudad de Florencia a donde se llega por vía pavimentada. En el
lugar también estaba la torre transmisora del radiofaro que guiaba a las aeronaves
para la aproximación a la pista del aeropuerto de Florencia, la capital del departamento.
La familia Lara estaba
gustosa en que esa propiedad retornara al Estado ya que la delincuencia hacía
imposible su explotación y querían que se preservara la memoria de Don Oliverio,
quien había sido secuestrado y muerto por los terroristas y delincuentes años
antes, cuando adelantaba sus proyectos.
Durante una de esas largas
esperas merodeábamos por los alrededores de la hacienda. Siempre llenos de curiosidad
por esos recuerdos del lejano conflicto suscitado por la posesión nacional de
las tierras del sur del país. Las que el Perú, supuestamente buen vecino, nos
quería arrebatar durante la famosa bonanzas cauchera de La Casa Arana. Las
mismas regiones que, infortunadamente, no definimos con claridad después de la favorable
oportunidad que nos dio la total victoria de la batalla de Tarqui sobre los
peruanos. No dimos completo efecto a esa contundente derrota del enemigo y eso
le dio pie, a esa misma nación, para que, años después, tuviera la osadía de intentar
arrebatarnos la franja entre los ríos Napo y Caquetá.
En esas cavilaciones
estábamos cuando vimos, debajo de unas frondosa ceiba y cual bestia
prehistórica en descanso eterno, una extraña máquina oxidada que constaba de una
larga cuchilla horizontal, con dos ruedas de radios metálicos en su extremos. Más
bien baja y con unos tornillos verticales de manivela para el ajuste de la
altura. Era simple y no mostraba ningún armazón que indicara la disposición de
un motor que la impulsara. Solo un tiro triangular de barras por delante. Imaginamos
que de ese lugar se acoplaba un tractor que la arrastraba.
El lugar parecía ser un
parque donde unos señores de alguna edad se mantenían bajo la fresca sombra de
la arboleda de la casa de la hacienda. Pensé que deberían ser veteranos del
conflicto que en lugar de regresar a su lugar de origen se habían quedado para
fundar familia, como muchos lo hicieron. Decidí entrar en confianza con ellos
para indagarles sobre si sabían sobre ese extraño objeto olvidado. El mismo que
parcia ser una pieza de museo casual. Me explicaron que fue usado para construir
la pista de aterrizaje, las carreteras y el dique que contenía el lago de la hidroeléctrica.
Quedaba por resolver sobre
como funcionaba. Cuando el conflicto con el Perú no se tenía posibilidad de
llevar a esa región maquinaria motorizada. Florencia solo se unía a Neiva por
un camino de herradura que remontaba la cordillera por el cerro Gabinete y
llegaba hasta la población de Altamira en sur del departamento del Huila. Se
seguía por una carretera en tierra construida apresuradamente para la guerra,
hasta donde se conectaba con la línea del ferrocarril del Huila, apenas en
desarrollo. La misma vía férrea que en la actualidad está totalmente abandonada.
Explicaron que en los
tiempos Don Oliverio, para la década de los 50 y 60, ya se contaba con maquinaria.
Pero en los comienzo de las obras, durante la guerra, la forma de hacer funcionar
la cuchilla niveladora era con recuas de mulas que por medio de yugos y
enganches tiraban de la máquina guiadas por arrieros apostados a sus lados. Mientras
otros operarios regulaban la maquina a medida que avanzaba y según se necesitara.
De esa forma me era dado
pensar que Colombia está destinada a ser una nación desarrollada en el próximo futuro.
Puesto que en tan solo unos años había dado el gran salto “de la mula al jet”.
Algo equivalente al que dio la civilización humana cuando pasó de los petroglifos
de la edad de piedra a la imprenta de Gutenberg, algo que requirió de muchos
siglos. Siempre y cuando los terroristas y la brutalidad criminal de grupos delincuentes,
armados e ilegales, lo permitan o, como mínimo, no lo retarden.
Don Oliverio fue secuestrado
y finalmente asesinado por conciencias primitivas que no conciben el valor del
progreso para el bienestar del hombre. Historias que aprendía entreteniendo el
tiempo disponible en actividades que ilustran sobre la realidad de nuestra nación
en crecimiento.
Iván González
