AERONAUTAS Y CRONISTAS

lunes, 4 de noviembre de 2013

CONCORDIA. FRENESI Y GUERRA. CAPITULO 14


CONCORDIA. FRENESÍ Y GUERRA

CAPITULO 14

LA PANAMERICANA BALÍSTICA.

En el 51 tuvimos como compañero de apartamento a Miguel Velázquez, ciudadano conservador de Bello. Tuvo en su patria chica una influencia política maligna, idéntica a la de León María Lozano (El Cóndor), en Tuluá. Vino como registrador. Fue el cabecilla material del incendio de Rionegro estando los autores intelectuales dentro de la misma gobernación de Antioquia. Ese acto fue para castigar a la ciudad de Rionegro por la frialdad y las desatenciones hechas antes a Mariano Ospina Pérez. Venía de la cárcel de la Ladera en donde el gobierno y sus copartidarios se habían manejado muy mal con él. Por eso se sentía decepcionado con el Partido Conservador. En Bello había matado a un concejal liberal a la salida de una de las secciones.

Me necesitaban urgente en Betulia y este personaje me acompañó. Allí en plena plaza alguien que lo reconoció, mitad en charla y mitad en serio, le preguntó que si había ido a terminar de quemar a Betulia. Se trataba de atender a un policía boyacense, gravemente herido, Siervo González (Siervito). Un Teniente bogotano, durante el reparto del botín, en la zona de tolerancia de Betulia, le había dado un tiro de pistola. El proyectil le había penetrado por la clavícula izquierda y había salido por la cadera derecha, produciendo un amplio orificio. Fue un caso insólito porque el hombre llegó vivo al hospitalito de Betulia. Además se demostró la gran potencia y la capacidad de daño del arma que era una Luger alemana, una especie de fusil de mano.

El Teniente, muy nervioso, llamó al médico Carlos Torrente ofreciéndonos $20,000 si le salvamos la vida. Yo le hice ver la gravedad del caso para que comprendieran que era factible no poder lograr tal propósito y que las dos profesiones que demandaban más valor era la del militar y la del médico. Que era necesario trasladar al paciente a Medellín. Me gritó que eso era imposible: el comandante y sus superiores no debían darse cuenta de la situación.

Como no había electricidad en la población, lo intervenimos alumbrando con cuatro lámparas Coleman. Torrente le dio la anestesia. Terminamos al amanecer después de reparar el pulmón, el diafragma, el hígado, el estómago, el páncreas, el colon y el intestino delgado. Toda una carretera Panamericana. Desafortunadamente el día siguiente el hombre murió de una complicación respiratoria. El Teniente casi enloquecido y sus compañeros la emprendieron contra mi consultorio y contra el hospital. Yo debí permanecer dos días encerrado en el hospital. El Teniente y varios de sus hombres fueron detenidos y enviados a Bogotá. Allí les hicieron un consejo de guerra el cual los condenó a varios años de prisión. Era frecuente que la policía no quisiera que sus muertos y heridos fueron llevados a Medellín con el fin de evitar el escándalo político y militar.

EL ALCALDE PISTOLERO Y EL CAPITÁN INCENDIARIO

En el año 51 el alcalde de Concordia mató a un policía frente a la Caja Agraria presentándose una fuerte reacción parte de esa institución contra las autoridades civiles del municipio. Vino un investigador, el Capitán Bermúdez, asesorado por un Teniente de Cundinamarca. El Capitán se emborrachó incitando a quemar el pueblo. El alcalde se encerró en su despacho con varios policías. El comercio fue cerrado. Haciendo de tripas corazón hablé al Capitán Bermúdez y el hombre se conmovió aceptando mi argumento de que si el Teniente no le hubiera disparado primero a su subalterno, el muerto hubiera sido él. Impuso la disciplina y el orden y después del entierro trasladó sus contingentes a sus respectivas sedes. Tiempo después me lo encontré en Bogotá donde me dijo que si yo no hubiera intervenido le habría prendido fuego a la alcaldía y a sus alrededores.

POLICÍA DEGOLLADOR

Al finalizar el año 51 se verificó la segunda expedición punitiva por tierras del Troncal por ser una región ciento por ciento liberal. A un ciudadano de Cangrejo, lo amarraron a un bramadero y cuando ya se encontraba deshidratado un policía lo degolló. Siete propietarios de las haciendas de esa región dejaron de visitar el pueblo de Concordia debido a este crimen y trasladaron sus inversiones y parte de sus haberes a otros municipios.

GENOCIDIO EN SALGAR

Fue cometido por la policía, el alcalde y sus secuaces. Decenas de campesinos fueron sacados en las horas de la noche, en volquetas oficiales y arrojados, con su respectivo balazo, puñalada o moliéndolos con el volco del vehículo contra una peña, a los ríos Barroso o San Juan. El doctor Daniel Correa en un remolino del Cauca encontró seis cadáveres flotando producto de la masacre de el Barroso. El, junto con el doctor Joaquín Aristizabal, Bruno González y el suscrito, elaboramos una carta de protesta a Dionisio Arango Ferrer quien actuaba en la gobernación como pacificador pero sin obtener respuesta.

EL FUSILADERO DE EL PAPAYO

El río San Juan se estrecha y hacer ruido entre la desembocadura del río Barroso y la hacienda Santa Clara. Allí ha habido unos papayos. Este lugar fue escogido por las autoridades y la policía política de Bolívar y Salgar como fusiladero político. De allí viene el dicho "pasar al papayo". Expresión que difundió el periodista Miguel Zapata Restrepo como sinónimo de matadero político. Tuvo su origen en Concordia. A raíz del encarnizado combate entre la policía y la guerrilla en la vereda de Morelia se presentó en la plaza de Concordia un agente sin el kepis, la chaqueta abierta, sudorosa, sin el fusil y muy asustada. Se trataba del policía Arturo Restrepo Gallego quien gritaba que los habían pasado al papayo. Esta trágica anécdota se la conté a mi dilecto amigo Zapata Restrepo quien la publicó.

LA BATALLA DE SANTA ANNA

Fue a principios del 52. En esa vereda el Capitán Franco tuvo el cuartel general entre las fincas La Palmera y la vereda El Tigre sobre el rio Penderisco y jurisdicción de Urrao. Fue un escenario de permanentes encuentros entre la policía y el ejército quien también estaba politizado y con hombres sectarios y feroces como el Sargento Bedoya. Franco tenía un campamento móvil y llegó a contar con 1500 personas. Fue localizado en Santa Ana por el Ejército y la Policía quienes atacaron con la ayuda de la aviación. La batalla duró varios días. Ambos bandos seguían la táctica de improvisación sobre el terreno y las circunstancias. Franco perdió uno de sus mejores hombres, el Míster, oriundo de El Vergel, Caldas. Ante esa baja, las fuerzas guerrilleras efectuaron un fuerte contraataque sacando a las fuerzas del gobierno hasta la carretera en donde colocaron las cabezas de los policías y los soldados muertos sobre ochos estacones. Verdadero acto de barbarie.

La cuarta brigada requisó, a la fuerza, unos camiones de escalera enviándolos para Pavón llenos de policías. El comandante del contingente, el Cabo Betancur. En Bolombolo hizo un alto para saludar a su madre que vivía en ese lugar. Con sus compañeros se debió toda la existencia de licor. Al amanecer y al ascender a Concordia, el chofer liberal, llevado a la fuerza y también borracho, se dio cuenta que iban para la región de Pavón de donde los soldados, civiles y policías, no regresaban.

En la vereda Platanillal, el carro rodó a un precipicio de 300 m cayendo a la quebrada Magallo. Se produjeron muertos y toda clase de heridos. El chofer con dos fracturas de costillas despertó en el hospital de Concordia en donde uno de los policías sobrevivientes lo iba a rematar con un tiro de fusil sin lograrlo porque el doctor Torrente se lo quitó en forma valerosa. Después el conductor me contó que había provocado el accidente adrede. Como era liberal ya no aguantaba los insultos y atropellos a su partido que expresaban los policías dentro del carro. De esa forma había querido evitar la muerte de numerosos campesinos por parte de ese siniestro contingente en la región de Pabón.

CAMPESINO SALVADO DE LAS AGUAS

Las autoridades de Bolombolo eligieron el río Cauca para que sirviera de cementerio de los liberales. Quienes pasaran por ese puerto y fueran señalados de liberales. Una mañana en presencia de Gustavo Toro E. y uno de los párrocos de Concordia, logré arrebatarle un campesino al inspector de policía de Bolombolo. Era un funcionario politizado que veía liberales, guerrilleros y comunistas por todas partes.

EL GUERRILLERO DE PAVÓN.

Un lunes por la tarde se formó un remolino de ciudadanos de Concordia y Betulia. Se trataba de una persona de apellido Herrera de Urrao a quien habían visto pasar en un carro por la plaza de Betulia. Las autoridades de ese municipio se comunicaron con las de Concordia para que lo detuviera mientras ellos venían a capturarlo. Argumentaron que se trataba de un guerrillero del Capitán Franco. Los de Concordia se lo entregaron a los de Betulia. José Luis Piedrahita, gerente de la Caja Agraria, liberal, también de Urrao, lo señaló como tal. En el viaje de regreso a Betulia, Herrera fue muerto en Morelia a golpes de cuchillo por los Betulianos. Innumerables veces he pensado en este caso. Recapacito si fuí cobarde, por no haber salido a la defensa de este inocente ciudadano quien cayó en manos de fieras políticas humanas.

LA RETALIACIÓN DE FRANCO

A los 15 días hubo genocidio en la vereda de El Tigre, Urrao. 16 carreteros de Concordia, que trabajaban en la reparación de la vía entre Betulia y Urrao, fueron asesinados en las horas de la mañana por la guerrilla liberal del Capitán Franco. Sólo porque eran empleados oficiales y provenientes del municipio de Concordia aunque entre ellos eran tanto liberales como conservadores. Fue la respuesta a lo acaecido en la plaza de Concordia y posteriormente en Morelia en respuesta a la muerte de Herrera.

GENOCIDIO DE EL SOCORRO

Fue efectuado por las fuerzas del Capitán Velázquez (Cheito Velázquez). Fueron asesinados 10 inocentes campesinos que un día domingo iban al pueblo a mercar. Las casas de este caserío fueron obligadas a ser pintada de azul por el terrible inspector domingo Gómez. Después sufrió la mano fuerte sectaria de Pedro Luis Betancur quien estuvo comprometido en varios asesinatos en esa comunidad

ENFERMERO Y PRESIDENTE SALVADORES

El 10 junio 53 me llamaron para ir a la finca la Comía donde se encontraba un guerrillero herido llamado Erasmo Galeano. Lleve tanto el equipo de cirugía como el reparto. Atendía el herido de un balazo en una pierna. Al regreso me interceptó una columna de policías boyacense que me habían seguido los pasos. Observé a un enfermero a quien le había enseñado primeros auxilios en Concordia llamado Roberto Villa. Este fue mi salvación. Les digo que venía de atender un parto sin mostrar el equipo de cirugía sino el otro diciendo el instrumental de parto, identificado por el enfermero, me dejaron pasar.

Llegué a Concordia, presté $2000 y salí para Caucasia. Estaba acorralado porque la guerrilla ahora iba a pensar que yo había sido el guia para llevar a la policía a capturar al insurgente herido. Las autoridades también sospechaban de mis salidas silenciosas y por eso me seguía. Era preciso abandonar a Concordia. Sin embargo el código internacional de Ginebra, sobre la conducta médica en el campo de batalla, había hecho de mí una persona con pasaporte universal. La verdad es que fui respetado por los combatientes de ambos bandos. A ellos les serví sin apetitos pecuniarios, de buena fe, cumpliendo mi juramento de médico.

UN FAVOR DE LAUREANO

Esto fue lo que comprendió el ingeniero Laureano Gómez cuando mi nombre, como médico liberal, estuvo cuestionado en su carpeta del presidente conservador y, sin embargo, ordenó que no se me persiguiera.

Agradezco a la presidencia de la República de 1950 al 53, cuando mi nombre, por los aciagos acontecimientos acaecidos en la vereda Morelia, estuvo en la carpeta de Laureano Gómez, quien exigió mi hoja de vida como estudiante y profesional, y ante unas quejas llevadas por la policía política de esa época ordenó que no se me hiciera daño, evitando así ser fusilado o encarcelado.

EL CONDUCTOR DE CONFIANZA

Hernán Betancur era conservador. Sin embargo, como conductor era también de mi entera confianza. Por raras circunstancias había dado muerte a un policía el 7 agosto 50 cuando se posesionaba Laureano Gómez. Se hizo acreedor a la simpatía de algunos sectores campesinos liberales siendo reconocido por las diversas brigadas de choques fascistas conservadoras. Contra estas era mi verdadero guardaespaldas.

En Bolombolo oímos unos gritos y unos disparos al aire. "La pesada", de Bolívar, Llamaba a Hernán. Allí estaban Chumara, Fernandito, Iván Agudelo y otros componentes de esa siniestra chusma. Los bolivianos andaban a casa del señor Gorgonio Zapata liberal quien en ese momento compraba ganado en una finca cercana. Ese día había tenido que abandonar su solar natal yéndose a vivir a Medellín. Para salvar de la muerte segura a Gorgonio le enviamos un carro a la finca para que le avisara y saliera directo, sin ir a Bolombolo, hacia Medellín.

Para no delatarnos en esta trampa mandamos el conductor del carro de Hernán a la estación de gasolina donde se haría el varado pero en realidad era para que nos sirviera de escape engañando a la pandilla. No confiábamos en el inspector de Bolombolo quien siempre seguía las consignas del tenebroso Pepe Suárez. Sin embargo Gorgonio Zapata no quiso huir hacia Medellín y se atrincheró con dos revólveres a la orilla de la carretera donde no lo pudieron cazar. Llenos de la rabia la emprendieron contra las puertas y el techo de la cantina debiendo desistir del empeño en capturarlo. Chumara le gritaba que le informara quien lo había alertado. Mientras tanto Hernán y yo arribamos a Concordia muertos de la risa.

José Ignacio González Escobar

domingo, 3 de noviembre de 2013

CONCORDIA. FRENESI Y GUERRA. CAPITULO 13


CONCORDIA. FRENESÍ Y GUERRA

CAPITULO 13

EN MEDIO DEL COMBATE.

El Carlos Torrente viajó en una ocasión a Medellín pasando por Bolombolo que estaba militarizado. El juez militar Gustavo Peláez Vargas, valerosamente, había detenido a Fernandito Gutiérrez. Sus amigos reaccionaron violentamente. Gutiérrez fue colocado en la parte trasera de un vagón de ferrocarril. Torrente se sitúa en el centro de este. Gorgonio Zapata desprevenidamente se sentó en los puestos de adelante. Cuando Gutiérrez le quitó un revólver a uno de los policías. Gorgonio se puso en guardia. Carlos estaba entre los dos contrincantes. Gutiérrez fue desarmado y de nuevo esposado.

EL PAREDÓN DE MORELIA

En Bolívar se cometieron asesinatos políticos. Uno fue Francisco Saldarriaga, liberal, excelente patrón, quien le tenía campamentos higiénicos a sus trabajadores. Les pagaba sus prestaciones sociales haciéndose a la malquerencia de los hacendados vecinos, entre ellos Julio Vélez, padre de Chúmara. El otro Antonio Herrán emparentado con Pedro Alcántara Herrán y el general Tomás Cipriano Mosquera, liberal. Jesús María Salazar recibió cinco impactos de revólver cerca de Morelia estando en compañía de Antonio José González, Marcos Luis y Rafael Muriel quienes fueron llevados por la policía hasta un barranco y fusilados a quemarropa. Muriel sobrevivió y a Salazar lo dieron por muerto.

Concluimos que, después de atenderlo quirúrgicamente, debíamos esconderlo ya que días antes un campesino había sido traído de Betulia con una herida producida por yatagán y a quien habíamos operado perfectamente. Pero al amanecer una comisión de la policía de ese municipio se lo llevó y lo acabó de matar en Morelia. Jesús María Bravo estuvo en la cárcel por ser liberal. La tarde en que lo liberaron los policías lo siguieron y en la vereda de Morelia, el agente Arturo Restrepo, a quemarropa, le hizo cinco tiros de revólver dejándolo muerto.

El domingo 27 diciembre 50 a las 11 de la noche, llegó la noticia de que habían atacado la inspección de Morelia. El alcalde, Aníbal González, acompañados del doctor Torrente mencionó que lo acompañara al lugar de los hechos. Le dije acaloradamente al alcalde que la obligación era de él como autoridad y no de nosotros los médicos. Que se trataba de un problema de orden público. Nosotros no éramos policías. Casi a la fuerza hizo subir al doctor Torrente a una camioneta y Carlos me insistió en que lo acompañara y de mala gana lo hice.

Morelia está sobre una cuchilla. Vereda cafetera de gente pacífica y ciento por ciento liberal. En la cantina de Ricardo Restrepo, liberal, se encontraba tendido sobre el mostrador con un tiro de fusil en el pecho. El cuerpo de Bibiano Meza finquero conservador. El de Manuel Betancourt joven conservador. El de Gabriel Mejía también conservador quien era el conductor del vehículo que los transportó. Cerca del orinal estaba el de Gustavo Grajales conservador. Todos muertos con arma de fuego. Fuera del establecimiento y contigua la capilla, estaban los cadáveres del inspector Antonio González, del policía Juan José Mesa y Francisco Ruiz, liberal. Al frente, en la tienda de Marcos Agudelo estaban dos policías heridos por tiros de revólver, Heriberto Urrego y Jesús María Serna. El ataque lo verificó personalmente el Capitán Franco basado en un falso aviso que horas antes le había dado uno de sus hombres diciéndole que en las cantinas de Morelia estaban los chusmeros conservadores de Concordia.

Lo que yo observe tenía todas las características de un genocidio. Había llegado la guerra civil guerrillera rural al municipio. El gobierno dirigido por Braulio Henao Mejía, a la ligera, envió un contingente de 80 policías boyacenses que acababan de llegar a la ciudad de Medellín. Venidos de las localidades del Cocuy, Guicán y la vereda Chulavita de Boyacá, todos mosquetones analfabetas, eran serios, agresivos y quienes habían prestado hacia poco el servicio militar obligatorio siendo luego incorporados a la policía. Antes habían trabajado como esclavos en jornadas de 12 horas, ganando sólo 30 pesos en una forma de esclavitud hasta el punto que los domingos le pedían permiso a sus patrones feudales conservadores para salir a los mercados de las poblaciones de Boyacá.

Eran conservadores por tradición y cultura. Estaban amaestrados políticamente por la Policía Nacional. Traían en su bagaje desconfianza y odio contra el elemento antioqueño. Decían venir a defender la religión católica junto con el Partido Conservador y al tiempo que se enriquecerían con el despojo de los abatidos.
El policía común y corriente, deslumbrado ante la dentadura amarilla del campesino antioqueño de sus prótesis de oro, lo que hacía después de matar era sacarle con el yatagán los dientes para venderlos al dentista. De esto fue testigo el odontólogo Darío González quien ejercía en Concordia.

Lo primero que hicieron al llegar a la población fue ir a la iglesia a confesarse. Se trasladaron a la inspectoría de Morelia. Allí los instalaron en un improvisado campamento y al día siguiente empezaron una carnicería que duró aproximadamente cuatro meses. Gabriel García Márquez dice que los muertos de las bananeras fueron 3.000. El informe conservador del General Vargaz, conservador, dice que fueron 35. Aquí en Morelia no fue ni lo uno ni lo otro, pero si contabilizamos unos 700. Se fusiló y degolló a la mayor parte del vecindario. Gente toda ajena a los sucesos del 27 diciembre. Campesinos traídos de Urrao, Betulia, el cañón del Barroso y la Santa Lucía. Todos liberales dizque sospechosos de estar comprometidos con la guerrilla, inocentes sacados al amanecer en las volquetas oficiales del municipio de Concordia.

A la orilla de la carretera hay un roble y a los 80 m, en una explanada, donde hay una escuela, un eucalipto, de estos dos árboles eran colgados. Fue el escenario de estos macabros asesinatos donde todavía hoy se encuentran restos de esqueletos. Borrachitos también de Guayaquil que al gritar vivas al Partido Liberal los acomodaban a estos románticos en esos vehículos de la muerte. Después de un viaje de 140 km a los que en el camino se le agregaban los sospechosos entregados por la alcaldía de Venecia o el inspector de Bolombolo, amanecían con un tiro en la cabeza o degollados en zanjones de la vereda Morelia. Eran comidos por los perros, gallinazos y aun por los cerdos. Morelia fue una epopeya de crueldad sevicia y sangre. Al preguntársele a un policía boyacense, fusil en mano y encarnizado, que tuviera cuidado con que su víctima no fuera ser un conservador, respondió: basta que sea antioqueño y que tenga dentadura amarilla.

Allí dejaron sus huellas los Capitanes Mejía del Ejército y  Piza y Velázquez, de la policía nacional y el gobernador Braulio Henao Mejía. Yo, un día cualquiera, bautice a Morelia como "la Guernica terrestre de la guerra civil colombiana". La vereda Morelia y sus alrededores, con los farallones de Bolívar y el corregimiento de Altamira, tienen fama de ser ricos en una gran variedad de aves tropicales. Con los genocidios repetidos desaparecieron por completo. La ecología de Morelia también cambió. La vereda fue ensangrentada, saqueada y dejada. "Pueda ser que de las cenizas salgan hombres y pueblos libres".

MORBO COLECTIVO

Con las experiencias de las necropsias practicadas en el cementerio de Concordia, maliciosamente y siguiendo los consejos de un médico provincial, conseguí toda clase de proyectiles y balines. Cuando las autoridades y en especial los familiares del herido o muerto preguntaban que si había encontrado la bala, les enseñaba una cualquiera del muestrario. Con ello trataba de terminar con la costumbre inveterada de exigirle al médico y preguntarle si había hallado y donde se encontraba la bala. En el acto quirúrgico se corrigen o estudian los destrozos provocados por esta, constituyéndose la búsqueda del proyectil en algo secundario. Pero para los interesados, el hallazgo era lo más importante así no tuviesen ningún conocimiento ni interés de un estudio balístico.

DIVISIÓN CONSERVADORA

El 7 agosto del 50, a las tres de la tarde, en el momento en que se posesionaba Laureano Gómez, mi amigo Hernán Betancourt, conservador, le partió de un tiro de revólver la aorta abdominal a un policía Girardot al frente al café la Bolsa. Hubo un abaleo nutrido en la plaza principal sin consecuencias trágicas pero esto creo una división entre el conservatismo Concordiano.

LAS AUXILIADORAS

Era frecuente que dos mujeres visitaran mi consultorio y farmacia: Luisa Meza (La Bruja) y Zoila Bedoya. En un principio compraban medicinas y consultaban como enfermas. Posteriormente se dieron a conocer como auxiliares de la guerrilla de Franco. Llevaban el pertrecho bajo las anchas y almidonadas enaguas. Jesús Urrea lo traía de Medellín y lo guardaba en un depósito estratégico bajo la escalera de la farmacia. En Betulia, fue recogido por la famosa chusma encabezada por José Luis Piedrahita. Cuando lo iban a ahorcar, apareció Pedro Nel Trujillo, ciudadano conservador de Urrao rescatándolo. Inmediatamente se trasladó al San Jorge, región que sirvió de refugio centenares de ciudadanos liberales del suroeste.

DESAPARECEN LOS MEDICAMENTOS

En febrero de 1950 se apareció una tarde en Concordia el Capitán Velázquez. Este hombre, medio gago, juguetón, trigueño, de regular estatura, llegó a mi consultorio ordenándome casi militarmente que lo acompañara al municipio de Betulia. Al llegar a Morelia unos 200 policías boyacenses y unos pocos antioqueños, se enfilaron en dos columnas al paso del carro, fusil al hombro. Un oficial le comunicó a Velázquez que había encontrado seis campesinos asesinados. Después de los honores, Velázquez siguió conmigo hacia Betulia. Allí estaba el cuartel de la policía nacional. Sí señor: 32 policías afectados por la fiebre tifoidea. Un policía caucano deliraba. Me rogó que lo sacara de ese infierno, pues el Capitán Velázquez, cuando se negó a fusilar a un campesino en la vereda San Mateo, a sangre fría, lo había escogido como verdugo en posteriores expediciones punitivas por los alrededores de Altamira.

Di 32 fórmulas con cloranfenicol. Los dos farmacéuticos de Betulia, conservadores, cerraron las farmacias, ya que la Policía Nacional no pagaba. El capitán Velázquez mandó las fórmulas para Concordia en la misma volqueta que nos había llevado. Al llegar a la Raya se largó un fuertísimo aguacero y encontramos la carretera interrumpida. En Morelia encontramos la plana mayor del conservatismo de Concordia: Leonardo Toro, Miguel Abel de Jesús Montoya y Víctor Laverde, tahur de profesión. Esperaban al Capitán Rafael Mejía quien venía de Medellín. Jesús Arboleda, conservador, me llevó a pasar la noche en su casa. Esa noche y a nivel de la cuchilla que separa el Barroso de la Santa Lucía, aparecieron cuatro lámparas de guerrilleros e innumerables tiros de carabina envolatándoles el sueño a los 200 policías. Al día siguiente apareció una volqueta del departamento llena de campesinos. Los campesinos fueron obligados a trabajar en los derrumbes. A eso de las nueve de la mañana llegó el Capitán Mejía todavía asustado por los acontecimientos de la tarde anterior. En Concordia, las farmacias escondieron el cloranfenicol y la policía debió pedirlo a Medellín.

LA INTERVENCIÓN DE LAUREANO

En el hotel encontré al jefe del detectivismo de Antioquia. Trajeron del Socorro a un policía santandereano con un tiro de fusil que le había atravesado el pecho. El sabueso me acompañó al hospital. El pulmón y el cerebro son los órganos que más fácil toleran el paso de un proyectil. El hombre sobrevivió. El detective me contó que existían grandes fricciones entre el ejército y la policía y que por ello el gobierno central estaba muy preocupado. Los jueces militares estaban tratando con mano dura a los civiles conservadores que se habían organizado en brigadas.

El Partido Conservador se había salido del cauce. El gobierno de Ospina Pérez envió una comisión e Italia para aprender de la experiencia que allá habían tenido con el guerrillero Juliano. La recomendación que les habían dado había sido la de inundar las zonas afectadas con carabineros y helicópteros. La alta oficialidad de la policía estaba muy preocupada por mi presencia en el municipio de Concordia. Que habían pasado un informe sobre mis actividades al ministerio de gobierno. Posteriormente supe, de muy buena fuente, que mi nombre estuvo en la carpeta de Laureano Gómez, quien sagaz e inteligentemente ordenó que no se me hiciera daño.

José Ignacio González Escobar

sábado, 2 de noviembre de 2013

CONCORDIA. FRENESI Y GUERRA. CAPITULO 12


CONCORDIA. FRENESÍ Y GUERRA

CAPITULO 12

LOS APROVECHAMIENTOS.

Los compradores de café y finqueros bolivianos, acompañados de varios conservadores salgareños, compraron las mejores fincas de esos municipios: la Troya, la Montebello, la Liboriana, la Florida, Cajón Largo, protegidos por los nuevos y favorables vientos políticos.

LOS DESPLAZADOS

La tercera parte de la población de Salgar abandonó el municipio aterrorizada. Buscaron refugio en Andes en donde sus habitantes no dejaron prosperar las chusmas conservadoras. Otros a Titiribí. Población caracterizada por su temperamento pacífico y gente acogedora. Sus conservadores no permitieron desmanes en contra de los liberales. Otros buscaron a Pueblorico y a Jericó en gran cantidad. Una gran masa proletaria acampó en los municipios de Bello, Envigado e Itagüí. No pocos en los barrios periféricos de Medellín convirtiéndose en cuchilleros y atracadores en Guayaquil. En los baños de los cafetines un abogado hacía publicidad profesional con un letrero que decía: "mátelo, que yo lo defiendo".

LA NATURALEZA OPUESTA, EL ESTIGMA DEL MÉDICO Y EL LADRÓN DE CABALLOS

En enero de 1950 el cañón del río Barroso en Salgar y la vereda San Mateo en Betulia estaban en llamas. El día tres a las cuatro de la mañana tocó la ventana de mi habitación un campesino del Barroso. Traía un hermoso y fino caballero. Me lo mandaba el Capitán Franco quien me necesitaba en la vereda las Andes para atender una señora enferma y un herido.

Difícilmente logre conversar con el campesino por qué me había excedido en rones esa noche. Le pedí esperar en Morelia y al maestro José (Pichinares), cuya sastrería quedaba al frente, le pedí un tamarindo helado y un vestido nuevo de color verde. A las dos de la tarde llegué a la vereda Morelia y con el hombrecito descendimos la falda de Santa Lucía en donde una comisión de policías y civiles de Salgar acababan de incendiar las casas de la región entre el puente de Troya hasta el Danubio, incluirá la vereda la Clara y la Aldea. La soledad era aterradora. El río Barroso estaba crecido y el acompañante no quiso cruzarlo. Me dijo que me lanzará con el caballo que era capaz de hacerlo y así lo hice.

En la fonda caminera de los Andes, abandonada, estaba Bertha Betancourt, hija de Jesús María, quien presentaba una fístula por un tiro de carabina en el maxilar inferior. Disparo que le había hecho la policía un mes antes cuando trató de esconderse en el monte. Ella misma me condujo hasta una choza donde había una mujer de posparto, afiebrada y la criatura viva. En otra choza estaba Joaquín Montoya (Quinillo), quien presentaba tres impactos de revólver y con sintomatología de peritonitis. Había sido herido por su compañero Pablo Urrea (Von Paulus), en una querella entre guerrilleros.

El Capitán Franco estaba furioso por este incidente y en ese momento se encontraba en la cuchilla de enfrente en guardia y atrincherado ya que hacía dos días había pasado un contingente de policías y civiles de Salgar quienes andaban por los lados de la finca La Palmera de Mariano Ospina Pérez. El regreso fue más fácil y por la falda de Morelia descendía una comisión de 80 policías con los 30 civiles de Salgar, armados hasta los dientes, cansados y hambreados. Venían de la Palmera. Los dirigía un Capitán López, boyacense, hombre culto y civilizado y Pedro Cardona, el inspector de Altamira.

Era mi tercer encuentro con ese personaje. Me preguntó que de dónde venía contestándole que de atender una señora de parto. Para que me creyera le mostré el fórceps que llevaban en el maletín de médico sin dejarle ver el otro equipo de cirugía que tenía en las alforjas. El hombre por un momento se mostró malicioso. Como mi caballo era muy bueno para cruzar la corriente del río se los presté a él y a sus hombres para cruzarlo ya que estaba crecido. A las 11 de la noche llegué al pueblo guardando en la pesebrera el magnífico y noble animal. Los guerrilleros no aparecieron con el herido quien fue capaz de superar las heridas de bala a base de alimentarse con gallina diariamente y aplicarse la penicilina que le había proporcionado.

A la semana me presentaron al señor Gabriel Velázquez en una feria de ganado en Concordia quien tenía fama de ser un liberal rico del cañón del río Barroso. Por ello se me ocurrió contale sobre mi correría ocho días antes en ese lugar. El hombre enfurecido me dijo que yo era el que le había robado. Eso lo había obligado a ir a la alcaldía donde el alcalde conservador, Bernardo Jaramillo, con la complacencia de sus copartidarios Bernardo Correa y Antonio González, por poco lo mandan a la Cuarta Brigada. (Para su disgusto había tenido que acudir a las autoridades conservadoras en ayuda para recuperar su magnífico ejemplar equino exponiéndose a ser perseguido por ser liberal) ¡Oh razón de la sinrazón. Oh, razón violada y estuprada, según Lukack!

EL MERCACHIFLE DE MEDICAMENTOS

El 20 enero 1950 me llegó el telegrama que me destituía como médico de la población. Influyeron las quejas llevadas por el alcalde de Concordia y cuatro ciudadanos conservadores. La sección materno infantil de la Secretaría de higiene, encabeza de su jefe, sostenía que para poner fin a la anarquía política reinante era preciso matar a 300,000 liberales. Como médico liberal yo era un testigo incómodo para el gobierno departamental. Entonces acepté la sugerencia del doctor Bruno González de poner la farmacia y dentro de ella mi consultorio: gravísimo error. Me iba a convertir en mercanchifle.

LA AMNISTÍA

En el 53 el suroeste aceptó la paz de Rojas Pinilla con excepción de un pequeño foco subversivo en Caicedo y uno más numeroso en Salgar. Allí se daban grandes venganzas personales y desahogo de pasiones políticas. Desde el 13 junio 53 hasta mediados del 62 ocurrieron muertes violentas casi a diario, caso único en Colombia. El epicentro de los sucesos fue la zona tolerancia del municipio llamada Salgar Viejo. Jóvenes liberales salgareños se atrincheraron allí con elementos venidos de Bolívar y Caicedo para formar una cuadrilla cuyo jefe fue Ángel Flores (El Pálido). Sucesivos gobiernos departamentales descuidaron el orden público en este municipio. El gobernador Ignacio Vélez Escobar lo primero que hizo fue imponer la paz y para ello visitó personalmente a Salgar donde sobre el terreno estudio del problema de orden público. Nombró nuevo alcalde militar mandando un jefe de lanceros activo y con órdenes específicas. Empezó a construir la carretera Bolívar Salgar y Salgar Concordia, para desenbotellar el incendiado cañón del río Barroso llegando a la pacificación casi completa del martirizado municipio

 

ATAQUE A BETULIA Y ALTAMIRA.

Municipio mártir. Si hubo municipio mártir durante la guerra civil fue el de Betulia con inmensas mayorías liberales. Contaba únicamente con 300 conservadores los cuales envalentonados con las condiciones políticas se volvieron crueles y sanguinarios. Los liberales Betulianos fueron encerrados entre Concordia y Urrao con única salida hacia la vertiente del río Cauca por donde muchos se escaparon hacia el municipio de Armenia. Existió una profunda rivalidad entre la cabecera y el corregimiento de Altamira. En el año 42 los Altamiranos moviéndose a pie y a caballo, un domingo por la noche, atacaron el pueblo. El Concordiano Ernesto Vasco, familiar de los Vasco de la vereda de El Concilio, defendió el pueblo como un tigre enfurecido. Hubo tres muertos y varios heridos, quedando un profundo resentimiento entre las dos comunidades. En otra ocasión la guerrilla liberal atacó la población de Altamira sábado en la noche encabezada por el Capitán Franco y Pablo Urrea, acción que fracasó. Hubo varios muertos. Buscaban sacar el cuartel de policía que se había atrincherado en una sólida instalación. De esta forma se producían ataques por bandos rivales entre regiones y también entre insurgentes y gobiernistas.

CAMPAMENTO MACHETERO.

La policía y la chusma quemaron todo el cañón de la quebrada San Mateo, casa por casa. Establecieron allí un campamento y con machete en mano cortaba los cafetales de las fincas. Se mató y degolló a sangre fría. Muchos campesinos cavaban, con anterioridad a las expediciones punitivas, sus propias fosas con el fin de aliviar de esa labor a sus familiares sobrevivientes.

LOS BIZCOCHOS PROVOCADORES

Se presentó una expedición punitiva de la chusma conservadora a la vereda el Yerbal encabezada por el civil José Salazar (Panadero), quien llegó a la tienda de los padres de Rodrigo Urrego. Allí encontró unos bizcochos diferentes a los que él fabricaba en Betulia. Por ello la emprendió rabiosamente contra las vitrinas, el mostrador e incendió la casa. El Yerbal y el caserío de Luciano Restrepo se convirtieron en veredas mártires de Betulia. En Urrao fueron todas sus veredas. En Salgar fueron la Clara y las Andes y en Concordia, Morelia y el Socorro.

LA CARRETERA DE LOS MUERTOS

En Betulia se mataba por motivos baladíes. Las cunetas y los precipicios de la carretera de Urrao a Concordia frecuentemente se encontraban llenos de cadáveres, víctimas unos de los chusmas conservadoras y otros de la guerrilla liberal. En una emboscada las huestes, el Míster le dio muerte al capital Cartagena jefe de la policía (el Ñato Cartagena). Un sábado resultó muerto José Luis Piedrahita. El asesino fue el propio Polton Muñoz por profundas diferencias entre ellos mismos. Hubo "cortes de franela" hasta enfrente de la Iglesia.

FATAL DOLOR MORAL

De 1950 al 53 el trayecto entre el Brechón de Concordia y el Brechón de Betulia se convirtió en un campo de tiro y en tierra de nadie. Morelia y el Brechón de Betulia, en campos de fusilamiento. Fueron actos de antropofagia y salvaje canibalismo político. Los urraeños acusaban a los conservadores Betulianos por la muerte de dos ciudadanos de Pavón en la plaza de Betulia. Venían en un carro escalera acompañados de Ignacio Arroyave. Fueron abaleados por la chusma después que Ignacio Arroyave dijo no conocerlos. Llegaron moribundos al hospital de Concordia donde iban a ser rematados por la policía oponiéndose valientemente el doctor Torrente. Lo acompañó en esta acción Carlos Mesa hoy anestesista quien visitaba a Carlos por esas calendas. Los dos urraeños murieron después del acto quirúrgico. A los dos días, Ignacio, después de oír los lamentos de una de las viudas, se voló la cabeza de un tiro.

CONSULTA DRAMÁTICA

En 1950 José María Fernández y Fabio Restrepo de Betulia me enviaron un mensaje diciéndome que me necesitaban en la vereda los Animes. Ya en Betulia me llevaron a su compra de café. Se trataba de la viuda de Ibarra, campesino y finquero liberal quien había sido asesinado días antes por la policía. La guerrilla sabía que yo iba. No debía irme por los sajones sino por los potreros y ellos pagarían el viaje. Me ofrecieron llevar un revólver y yo rechacé la oferta porque les tengo miedo. Muchos asesinatos se cometen en busca de esta arma de fuego. A la altura de la vereda Aguacatal me encontré con seis policías borrachos que exigían que nos fuéramos por los canalones.

Finalmente llegamos al filo de los Animes encontrándonos con Restrepo. A la derecha se veía la vereda del Yerbal incendiada y abandonada. Encontré la viuda en estado comatoso. Cuando empezaba el examen médico oímos un tiro de fusil a unos 100 m de la casa. Perdí la tranquilidad para examinar a la enferma y a la hora y media estaba en la plaza de Betulia.

Observe el campo de batalla de Aguacatal en donde el 18 enero 1900 el general Tolosa llevó a las huestes revolucionarios a semejante hueco. Ni Napoleón habría sido capaz de salir bien librado de semejante matadero. Dejé la fórmula en la agencia y no quise cobrar porque no había hecho un diagnóstico claro y preciso. Posteriormente, Restrepo me contó que trató de regresarse conmigo pero la policía insistía con acompañarlo hasta el retén de la San Mateo. Allá encontraron a un campesino desyerbando. Uno de los policías le apuntó diciéndole a sus compañeros que iba ver cómo había amanecido de puntería. El agricultor fue alcanzado por los disparos.

José Ignacio González Escobar

jueves, 31 de octubre de 2013

CONCORDIA. FRENESI Y GUERRA. CAPITULO 11


CONCORDIA. FRENESÍ Y GUERRA

CAPITULO 11

LOS DESERTORES O VOLTEAREPAS.

Ciudadanos liberales por miedo debieron abjurar de su partido y asumieron tres actitudes: soplones, señalador o verdugos implacables para disparar o degollador o torturar. Ejemplos: Manuel Caro (La Muerte), Pedro Luis Duque de Betulia, el Capitán Velázquez, célebre por sus fechorías en Concordia y Betulia. Surgió de las canteras liberales y hoy figura como tal en los Llanos Orientales. (El famoso Cheito Velázquez, ex militar de rango suboficial y grado de Sargento, que formó y comandó la más fuerte guerrilla liberal en la región de Puerto López, Meta. Al final se voló hacia Venezuela con considerable dinero bajo el engaño de hacer una compra de armas. Allá fue capturado y procesado pero no fue posible que las autoridades lo extraditaran hacia Colombia por la eficaz defensa que le hicieron algunos abogados colombianos. Las guerrillas liberales del Llano lo perseguían por esa tradición).

EL SILENCIO DE LA IGLESIA, LOS GREMIOS Y DEFENSORES ESPONTÁNEOS

La Iglesia católica fue muda: no existe un documento de protesta. Obispos como Monseñor Builes hicieron la apología de los genocidios y Pio XII predicaba que todos los católicos debían ser falangistas. No levantó la voz ante el asesinato de 6 millones de judíos. A través del Vaticano permitió la salida de centenares de miembros de la SS alemana.

Los curas fueron cómplices de la muerte de infelices campesinos, asesinatos a sangre fría, sacados al amanecer de las cárceles en volquetas hacia mataderos oficiales improvisados. Las academias de medicina callaron como un pez. Lo mismo los colegios, abogados y asociaciones de ingenieros. La cruz roja nacional fue sorda y muda y no hizo presencia en el terreno de la contienda. La fiebre del fútbol tendió una cortina de humo sobre los acontecimientos y por ello era patrocinada por todos los niveles de gobierno.

En noviembre del 49 aparecen dos nuevos elementos en la guerra: los sacerdotes sectarios y los chóferes públicos quienes eran los encargados de repartir las consignas los primeros. Los segundos en llevar a las víctimas a los mataderos en unos vehículos oficiales. Julián Uribe Restrepo se presentó ante su hijo, quien era el secretario de gobierno conservador, a defender a los liberales de la persecución pero este último se negó a recibirlo. el Dr. Tulio Ospina de altas cualidades de demócrata y hombre de bien se presentó ante su hermano  Mariano Ospina Pérez, en ese entonces presidente de la República, a defender a los liberales de Itagüí. Éste le dijo que obraba según los informes del alcalde y del juez de esa población. Desde ese día rompió con su hermano. Muchos conservadores dieron su vida por defender a liberales.

LA SITUACIÓN EN CÓRDOBA

En diciembre del 49 viaje a Córdoba por asuntos personales. Carlos Arango, en el Ébano, fue asesinado por las autoridades a golpe de culata. Bernardo Doval fue sacado dentro de un barril de Rionuevo. Antonio Vélez, en Callejas, tuvo que abandonar la población en paños menores por la persecución de Francisco Palacio, alcalde de Tierralta. Nabor Ospina, de Sagún, Urabá, fue muerto por el liberalismo. Los Mejías y un Pompilio, el expolicía de Puertotejada, autor de la muerte del inspector fueron condenados a 18 años por un consejo de guerra. Padilla, el inspector de Juancito fue destituido por comandar una columna de guerrilleros liberales en Urabá. La situación del Alto Sinú idéntica a la del suroeste.

APARECEN LAS GUERRILLAS DE AUTODEFENSA LIBERAL

De regreso a Concordia el médico Carlos Torrente empezó a tener fricciones con el profesor de matemáticas y copartidario Miguel Ángel Garcés.

En noviembre del 49 el Partido Conservador se salió de su cauce. Hizo de innumerables ciudadanos asesinos. Había que llevar a las buenas o las malas a Laureano Gómez a la presidencia. El directorio liberal nacional declaró la tensión en las votaciones y de una manera vaga y vacilante se comprometió con el movimiento guerrillero liberal. Guerrillas espontáneas e improvisadas de autodefensa, que en 1953 llegaron a contarse en unos 20,000 integrantes. Mucho entusiasmo, y poca capacidad de fuego. Acción Sin ideas. En el suroeste el movimiento guerrillero tuvo su epicentro en la región de Pavón, Urrao, hermoso e idílico valle fértil, de clima frío, con salidas hacia el Carmen de Atrato y especialmente al macizo del Penderisco lo cual le permitía a la guerrilla móvil desplazarse a los municipios de Salgar, Bolívar, Concordia y Betulia.

SE FORMA UN REBELDE

Llevaron a Concordia, proveniente de Betulia, a Octavio Caro (Arracacho), quien presentaba un tiro de bala a nivel de los muslos acompañado de dos de los policías que me acompañaron la víspera a Betulia. Campesino honrado y trabajador, corazón limpio y manos encallecidas. Todas las mañanas, José Luis Piedrahita y Leopoldo Muñoz, acompañados de varios concordianos, me preguntaban por el estado de salud y la salida del hospital de Octavio Caro. Octavio consiguió un revólver y se madrugó descendiendo por la calle la Amelí, siguió por la vereda Piedra de Candela, después a Morelia e ingresó al valle del Penderisco. En Pavón se constituyó en uno de los más aguerridos y valientes guerrilleros. Aceptó la amnistía del 53. Se hizo funcionario público y hace poco se jubiló.

LOS PATROCINADORES Y LA GUERRILLA DEL SUROESTE

La dirección liberal nacional DLN, patrocinó la conformación de las guerrillas liberales en cabeza de Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo. El directorio liberal de Antioquia DLA dirigido por Alberto Jaramillo, Guillermo Londoño y Froilán Montoya, se comprometieron subrepticiamente con el movimiento guerrillero del departamento. El allanamiento de sus oficinas por parte de civiles, policías y detectives, fue lo que causó la reacción lógica para que estallara el movimiento guerrillero en Antioquia. La mayor parte de sus componentes fueron campesinos sencillos e inocentes de lo que acontecía. Hubo hasta ex militares retirados (Cheito, El Pálido), cuadros medios a nivel de Cabos y Sargentos. Expolicías y exsoldados. Eran peleas que hacían a puños o con escopetas o con revólver y con el terrible machete. La capacidad de fuego y la logística no se tuvieron en cuenta. La lucha era de autodefensa. Políticamente se quería precipitar un golpe de estado del cual se logró pero después de un terrible baño de sangre.

La guerrilla del suroeste era de carácter móvil, romántica, mal armada, pero con mística. Con un gran jefe que tenía profundos conocimientos militares y conocedor del terreno: el andino Juan de Jesús Franco (Capitán Franco), quien era expolicía. Tuvo su cuartel móvil unas veces en el valle de Pavón y otras en las veredas Santana, Mandé y Rioabajo. Tuvo una gran zona ganadera, el municipio de Urrao. Una región panelera en Concordia y unas salinas en Betulia. La guerrilla necesitaba proteínas, calorías y sal. Allí estaba como pez en el agua. Una hermosa acción pero sin ideas políticas trascendentes. Después de la amnistía del 53 continuaron las mismas injusticias sociales y los mismos terratenientes.

LAS TROPAS LIBERALES

El Capitán Franco tuvo una brigada de excelentes fusileros casi todos provenientes de la cantera urraeña. De Betulia, tierra con antecedentes guerrilleros, concretamente la vereda la San Mateo, donde operó durante la Guerra de los 1000 días el guerrillero Roberto Escobar Torres, acudieron muchos de apellido Caro, Dávila, Castillo, Rueda y Vargas. De Salgar, en especial del cañón del Barroso, surgieron Paul Urrea, Aníbal Morales, Manuel Rodas y sus hermanos. Los de apellido Castrillón hijos de Zoila y Bonifacio. Y los Sepúlveda. De Concordia los Mejía, los Londoño, Conrado Castrillón, reservista, Sixto Tulio Zapata, expolicía, los Muñoz de Morelia y los Ortiz de Sampayo. Del valle del Cauca llegaron, en especial de Ansermanuevo, soldados del Emilio Arango, Luis Delia Mejía Palacio (el Míster), “Chepe Metralla y el Capitán Pantera”. De Medellín muchos que sólo fueron conocidos por el apodo: el Pollo, Bambú, la Carricera, la Ralladura, Mejoral, Terror, Arepo, Minuto, Guatijano, Tarzán, Cacho y otros más. Hubo mujeres como Joaquina Céspedes, Zoila Bedoya y Luisa Meza.

LOS COMBATES Y CRÍMENES DE AMBOS LADOS

En el cañón del río Barroso durante los 3 años hubo 13 combates. 10 fueron ganados por la guerrilla. La batalla de El Danubio quedó en tablas. Perdieron los combates de La Boca de las Andes donde fue herido y hecho prisionero Joaquín Montoya (Quinillo). Este fue humillado y escupido en la plaza de Salgar por la chusma conservadora. En el combate de la boca de Santa Lucía, cerca del caserío de la Aldea, fue herido Fabio Borrego. En el combate de la Gurría cerca de Concordia, Miguel Borrego (Pata de Cabra) recibió un tiro de fusil. El disparo le destruyó la cara y sin asistencia médica se recuperó perfectamente. En el combate entre las veredas Santa Lucía y las Andes, Manuel Rodas (Barroseño), cruzó con un tiro de fusil a dos policías. En el combate de Selva Alegre pereció el Capitán Pantera y Aníbal Morales. Pablo Urrea se atrincheró en una ceja de monte provocando varias bajas a la policía.

En el Danubio tomó parte el Capitán Franco. La policía y el ejército de Urrao, bien atrincherados, lo esperaron en una quebrada. Franco logró salirse después de tener varias bajas usando las mismas bestias de trinchera. Allí perecieron dos soldados boyacense es excombatientes de Corea. Fueron traídos a Concordia en donde se les dio sepultura. El 13 junio del 53 se presentó el último combate entre la clara y la Santa Lucía pereciendo varios policías en una emboscada tendida por los Castrillón y los Rodas. Un arma muy temida en las emboscadas fue la carabina San Cristóbal, terrible arma de salón.

En la vereda las Andes una expedición punitiva conservadora comandada por Luis Quintero, Luis Vanegas, y Marcos Zapata y “Cáscara Amarga”, hizo prisioneras a 13 mujeres matando a 12, entre ellas a Rosa Muñoz. Anatolio Muñoz Velázquez huyó herida. El Yerbal y el caserío de Luciano Restrepo se convirtieron en veredas mártires de Betulia. En Urrao fueron todas las veredas. En Salgar la Clara y las Andes. En Concordia, Morelia y el Socorro.

La guerrilla conocía muy bien el terreno en Salgar. Para ello el Capitán Franco utilizaba a sus auxiliares Manuel Rodas y Paul Urrea. A principios del 50 Rodas mató a dos policías en una emboscada cercana al Puente de Troya. Luis Londoño, jefe de policía y el alcalde buscaron el chivo expiatorio haciendo preso a todo el vecindario y en el cuartel fusilaron a dos hermanos de apellido Durango. La orden impartida desde Bogotá era: 10 muertos liberales por un conservador. En esta siniestra política de muerte intervino el pensamiento de Luis Ignacio Andrade quien con su jefe Laureano Gómez, vivían en el inquisidor siglo XVII. Las veredas La Gulunga, la Chaquiro y El Concilio, se convirtieron en una verdadera necrópolis por las tradicionales familias rivales que crearon un sistema de autodefensa contra las autoridades. En el camino viejo a Salgar llegue a contar 68 tumbas. En el cañón del Barroso imperaba la consigna de "sangre y fuego". El caserío la Clara quedó en cenizas. Y en venganza el Capitán Franco incendió la finca de la Liborina de Martín Suárez, finquero sectario quien entregó dos humildes trabajadores en manos de Luis Londoño y compañía, asesinando a uno de ellos en el río San Juan. El otro recibió muerte en la finca Sabaleticas.

José Ignacio González Escobar

miércoles, 30 de octubre de 2013

CONCORDIA. FRENESI Y GUERRA. CAPITULO 10


 

CONCORDIA. FRENESÍ Y GUERRA

CAPITULO 10

EL ABALEO, EL JURAMENTO HIPOCRÁTICO Y EL REMORDIMIENTO.

A las 10 de la noche en una de las esquinas de la plaza se presentó un abaleo con un herido. Iván Mejía ensayó un revólver contra un ciudadano liberal. Coincidencialmente el pasaba frente a la cantina en donde Iván estaba bebiendo fracturándole una pierna. Al mismo tiempo en el café el Danubio, Miguel Laverde, el mismo que horas antes me había amenazado con Chúmara, ya todo ebrio y rabioso, mandó la mano contra el mostrador de vidrio lesionándose tres tendones extensores. En el hospital trabajé hasta las horas del amanecer atendiendo a los dos heridos. Laverde no se quiso acostar. No pronunció palabra. Permaneció sentado en un taburete observando el acto quirúrgico. Terminado no quiso quedarse en el hospital, ni dio las gracias, ni pidió la cuenta y se madrugó para Medellín con el antebrazo enyesado. Allá consulto médicos los cuales encontraron muy satisfactorio el trabajo efectuado en el hospital. Regresó a los ocho días presentándose en mi consultorio con el directorio conservador a pedir la cuenta. Dijeron que no me daban la administración del hospital porque yo era liberal pero que les diera el nombre de un médico de confianza conservador, que yo trabajara con él y por ello sería respetado y acatado.

APOYO PROFESIONAL

El 19 octubre 49 se presentaron a mi consultorio los conservadores Jesús María Arias, Alejandro García, Pablo González, Luis Felipe y José Manuel Betancourt y Juan Laverde. Tomó la palabra Avelino González Toro para decirme que me apoyarían como ciudadano y como médico, que debía quedarme en la población. Acepté la proposición. Inmediatamente Juan Laverde me llevó a su casa para ver a su hermano Víctor Laverde guíen hacia un mes había sufrido una fractura de una pierna. Nombré al doctor Carlos Torrente Llano para administrar el hospital. Tolimense, quien era un brillante internista y obstetra, buen vestir, siempre de camisa blanca, sombrero fino, amigo de la literatura universal y colombiana, conocedor como pocos del folclor colombiano, amigo personal del dueto Los Tolimenses, gran admirador de Carlos Julio Ramírez y qué diremos de las trovas y troveros, tocaba la guitarra y excelente conversador. Entonces María nos preparó un apartamento dentro del hotel con una tercera cama para ser ocupada por cualquier huésped distinguido que llegara. Una noche tuvimos como vecino a un hijo de Mariano Ospina Pérez, quien, ametralladora en mano, vino a sacar un ganado de la finca La Palmera.

Torrente fue nombrado médico oficial después de que el directorio conservador de Concordia consultó al directorio conservador del Tolima y al municipio de Santa Isabel de donde era oriundo su padre. Lo acompañé en su misión de manejar el hospital, cuando se requiriera de dos médicos, haciéndolo de manera gratuita a pesar de que me ofreció la mitad de su sueldo por esa ayuda. La noche en que yo bebiera el debería estar en guardia médica y viceversa. Yo le informaría las quejas o peligros que escuchara de los liberales y el me informaría de las que proviniese de las autoridades y de la chusma conservadoras, ya que el notablato conservador si me estimaba.

Para hacer notar la nobleza y el respeto de la comunidad de ser médicos, comprábamos el mismo paño para hacernos los vestidos, las mismas corbatas y usábamos el mismo estilo de zapatos. Visité a Bruno González en Medellín quien habitaba cerca al cementerio de los pobres después de su huida. Me dijo que debía permanecer en Concordia porque existían muchos enfermos en el sector campesino, familias demasiado buenas, tanto liberales como conservadoras, y que si no me era suficiente pusiera una farmacia que él me prestaría el dinero

ESTRATEGIA POLÍTICA

A las tres de la tarde en el bar la Bastilla habría una reunión política con líderes liberales del suroeste por qué el directorio liberal de Antioquia fue allanado por detectives y policías días antes. (Posiblemente la misma que menciona el capitán Franco como el motivo de su rebelión que lo llevó a la conformación de la guerrilla liberal de Urrao). La reunión la iba a hacer el doctor Fernando Agudelo Villa en el barrio Aranjuez pero fue bloqueada por las autoridades de turno.
La estrategia era la siguiente: el próximo domingo el partido conservador crearía problemas de orden público en ciertas poblaciones del país con sus autoridades y brigadas de choque. El Partido Liberal se vería obligado a responder con las armas. El plan para el suroeste tenía como epicentro las poblaciones de Urrao, Betulia y Bolombolo. El plan nos pareció infantil y peligroso siendo rechazado y enterrado. El problema en el fondo buscaba era un golpe de estado por parte del Ejército. Las guerrillas liberales debía ser algo pasivas, asustar con su presencia y no comprometerse con crímenes atroces. Salí de la reunión un poco desilusionados y amargado

SUERTE MATRIMONIAL

Me marché para Concordia en compañía del médico Angelberto Guevara, santandereano, quien trabajaría en Bolívar. Nos invitaron a una fiesta la casa de Petra Escobar y Pablo González. Allí encontramos a dos hermanas, una morena y otra rubia. Angelberto me propuso un carisellazo. Lanzó la moneda y ganó eligiendo a la rubia. Yo me quedé con la morena, quien es mi esposa. Ante eso Angelberto se quedó en Concordia pero la plaza no daba para tres médicos. Tiramos otro carisello y yo gané. Angelberto ejerció en Pereira y en la actualidad trabaja en un hospital de los Estados Unidos.

EL ASALTO EN BETULIA

El señor Jesús María Muñoz de Betulia vino a buscarme porque su señora estaba de parto y era primeriza, diciéndome que no tuviera miedo de ir porque él pertenecía al partido conservador y al clan de los Muñoz eran los nuevos mandones en ese municipio. Llegamos a su casa y atendí a su señora hasta las tres de la mañana. Ésa noche las brigadas de choque fascistas conservadoras de Betulia habían atacado e incendiado la vereda El Yerbal. Allí mataron a un campesino y a un niño menor de edad.

El alcalde preocupado los amenazó con hacer una investigación que provocó una manifestación frente a la alcaldía. La orden dada por la chusma conservadora de Betulia fue la de que a partir de las dos de la tarde ningún manzanillo debía estar en la plaza pública o sus alrededores. Era parte de la orden proveniente de la capital de Antioquia quienes habían decidido crear un problema de orden público para llevar al cierre del parlamento escogiendo para ello las poblaciones de Bello, Itagüí y Betulia.

Cuando la brigada me vio avanzó hacia mi persona compuesta por Leopoldo Muñoz (Poldo), José Luis Piedrahita, Jaime Mejía, Manuel Caro (La Muerte), Pedro Luis Duque (El Mono), Darío Mejía (El Panadero) y varios más. Un individuo rechoncho y barbado sacó una peinilla diciéndome, médico HP, comunista. Óscar Agudelo logró contenerlo. Jesús María Muñoz, el mismo que me había llamado para atender el parto, detuvo a su primo Poldo. Un joven de pantalón corto llamado Jaime Arcila salió corriendo. El Mono Duque gritaba vivas al partido conservador manipulando un revólver del que se le fue un tiro hiriendo a uno de sus compañeros quien cayó al suelo. El barbado se me abalanzó con una peinilla en la mano. Le puse la rodilla y el hombre se fue al piso. Se convirtió aquello en una querella entre conservadores de Betulia donde unos me atacaban y otros me defendían.

Óscar Agudelo, conservador de Bello e inspector de higiene que acababa de llegar de Altamira y con quien me dirigía a almorzar a la casa de Julián Vélez, también conservador, que nos había invitado me cubrió durante varios metros llegando al centro de la plaza donde me encontré frente a frente con el Mono Duque, quien con mano temblorosa me hizo cuatro disparos a quemarropa. Uno de ellos penetró mi maletín de médico donde llevaba un frasco de alcohol y otro de ácido nítrico para hacer análisis de orina los cuales estallaron destilandose los productos y generando un húmero quemante. Con el maletín neutralice el revólver que traía oculto debajo de una ruana José Luis Piedrahita. Con el humo creyeron que se trataba de una bomba y salieron corriendo. Salí despavorido tumbando mesas de carnicería, desparramando cuchillos, hachas, tocinos, carnes, bultos de maíz y de frijol.

Una hermosa rubia de ojos verdes, dueña de un almacén y Julián Vélez, cuentan que me hicieron más de 30 disparos. Del Mono Duque recibí uno en la mano y otro en la pierna izquierda el cual es la causa de cierta cojera que me da por épocas. No sé cómo llegué al consultorio al lado de la alcaldía donde el alcalde y la policía me protegieron.

El señor Bernardo Giraldo dijo que había varios muertos en la plaza. Me desmoralice sentándome en un taburete. Lleno de terror pánico no podía caminar ni hablar. En un momento creí que la policía me iba asesinar. El alcalde cuadró una camioneta para llevarme a Concordia y al llegar a La Raya me di cuenta que venía acompañado de dos policías en la banca de atrás y de dos heridos: el Mono Duque con un balazo en el bajo vientre y un vendedor de maíz con un impacto en el tórax.

Los heridos sobrevivieron después de las cirugías practicadas en el hospital de Concordia. Pensé en abandonar a Concordia pero Torrente amenazó con seguirme lo que suscitó una caravana de vehículos organizada entre los dos alcaldes y encabezada por el sacerdote Manuel Salvador Vargas para pedirme excusas. Estaban sin médico y que cuando me necesitaran me enviarían una escolta. Desde entonces visito ese rico municipio cafetero, conozco todas sus veredas, tanto en horas del día, la noche y a sus gentes necesitadas.

LAS BRIGADAS DE CHOQUE FASCISTAS DE LA CHUSMA CONSERVADORA

En Bolívar tiene origen una brigada de choque fascista armada de un carro con fuertes sogas. En Andes y Urrao arrancaron las estatuas de Rafael Uribe Uribe. En esta última población, acompañados por concordianos. La cabeza del monumento la trajeron a la tienda en Concordia de Teófilo Escobar colocándola en el orinal. Posteriormente la llevaron al bar Roma del barrio Guayaquil en Medellín. El medallón de Ñito Restrepo fue dinamitado lo mismo que la estatua de Uribe Uribe en Salgar por una brigada de bolivianos y concordianos. Aparecieron, pues, los destructores de estatuas siendo su jefe el boliviano Antonio María Puerta. En Bolombolo la brigada la comandaba Miguel Laverde quien era inspector de policía. El jefe intelectual Antonio María Restrepo, quienes pagaban cabeza de liberal a $50. Siendo este poblado cruce obligado del río Cauca y puerta de ingreso al suroeste, registraban todos los vehículos pasajeros humillando y aplanchando. Uno de ellos fue Eduardo Parra registrador en el municipio de Andes que escribía con el seudónimo de Tartarín Moreira. El doctor Torrente me contó que sus copartidarios enfermos del hospital fueron sacados con bayoneta y revólver a las mesas de votación.

TENEBROSO VIAJE

El segundo domingo de diciembre del 49 llamó el doctor Carlos Mario Londoño, secretario de gobierno departamental, quien días antes en Bolombolo en una reunión de alcaldes clavó un cuchillo sobre una mesa diciendo que así se iba a tratar al Partido Liberal y lo cumplió. Me ordenó ir al Betulia urgentemente porque había heridos y muertos. Llegó a Bolombolo un automóvil con cinco policías santandereanos y boyacenses. Me acomodaron en el puesto de adelante. Hernán Arias insistió en acompañarme por amistad en vista del inminente peligro que corría y llamando a su primo Rafael se subieron a los estribos laterales del vehículo. Llegando a la vereda Piedra de Candela uno de los policías de atrás, borracho, le dio con el quepis al de adelante y lo trató de HP boyacense. Este saco el yatagán y lo amenazó con él. El otro desaseguró el fusil dentro el vehículo. Yo casi me desmayo, estaba dentro de la caldera del diablo. Afortunadamente los otros tres policías intervinieron, hicieron detener el carro y desarmaron a sus compañeros.

A Betulia llegue presa de un mareo aterrador. Brigadas de policías conservadoras armadas hasta los dientes recorrían el pueblo. Lanzaban tacos de dinamita. Esperaban un ataque de la guerrilla con quien, en la tarde, habían sostenido un combate en la vereda los Animes. Fue muerto Darío Cadavid y herido su hermano. El coordinador de las brigadas era nada menos que Pedro Cardona, armado de un descomunal sable. Eugenio Arango sostenía un pavoroso Grass. Cardona me facilitó un vehículo para transportar al herido a Concordia para poderlo intervenir quirúrgicamente.

PERFIL DEL CHUSMERO CONSERVADOR Y SUS EXPEDICIONES PUNITIVAS

En la guerra civil del 49 apareció un nuevo elemento: el chusmero conservador. Hombre amaestrado y patrocinado por las autoridades, sin escrúpulos. En unos había una mística por el Partido Conservador y otros iban detrás del móvil económico. Un sectarismo rayano en la desesperación. Armados por los directorios conservadores y por las alcaldías de cada municipio. Se acrecentó el mercado de las armas de todos los calibres. El directorio conservador de Antioquia, en la Playa con el Palo, tuvo en el patio posterior un polígono de tiro. Los cuarteles de policía instruían a sus copartidarios en el arte de la matanza. Los Jefe de la chusma de Bello fueron Miguel Velázquez y Leonel Gómez quienes llegaron a tener casi el mismo poder político que el gobernador de turno. En Bolívar, los jefes fueron Jesús Rodríguez y Chúmara. En Concordia, Miguel Laverde. En Betulia José Luis Piedrahita y Leopoldo Muñoz. En Bolombolo, Antonio María Restrepo. En Salgar, Luis Quintero (Gestas) a quien en compañía de Luis Vanegas, y Marcos Zapata, Emiliano Rueda y “Cáscara Amarga” les contabilizaron 109 asesinatos.

José Ignacio González Escobar