AERONAUTAS Y CRONISTAS

jueves, 21 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA. CAPÍTULO 6


 

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 6

ESPANTANDO DEMONIOS.

Mirando hacia el occidente se me empequeñece la vista mirando aquella infinita extensión de selvas y selvas. Sólo a muchas leguas de distancia se veían, en medio del corazón de la selva una hacienda con pastos y ganados, era que allí estaba la mina de Dabaibe. Esa hacienda surtía de ganados a los trabajadores de la mina. Después de eso no se veía sino el color verde cubierta de selvas y selvas que se extendía más allá de donde los ojos, auxiliados por poderosos lentes, se podían escrutar. Entonces me dispuse a hacer un exorcismo para expulsar a los posibles millones y millones de demonios que estaban dispuestos a hacer el mal en aquellas soledades.

Ya de regreso fuimos a dormir a la tolda de Tapartó. El día 18 continuamos la marcha y, las 10 pasamos por la tolda del Cóndor. Después avanzamos hasta Quebradabonita donde habíamos dejado las bestias. Allí dormimos esa noche y el día 19 llegamos a Jardín muy fatigados y con magulladuras y rasguños en el cuerpo, pero satisfechos por haber logrado ser los primeros que subimos al San Fernando.

A la escuela de minas de Medellín llevé una piedra de un kilo de peso de la cumbre el San Fernando para analizarla y el resultado fue que tenía un alto contenido de hierro.

LA CAVERNA DE PUEBLO RICO

En 2 diciembre 1934 fui trasladado a la población de Pueblorico que queda próxima al municipio de Tarso y a la población de Buenosaires. Me habían dicho que un poco más abajo de esa población había una caverna que parecía que en parte había sido hecha por indígenas en tiempos inmemoriales. Como tengo espíritu curioso y me gusta conocer las cosas personalmente me propuse ir a examinarla.

Entonces invité a mi hermano Nicolás, que vivía en Concordia, para que el 10 enero 1935 estuviera en Pueblorico para que hiciéramos la excursión. Partimos y fuimos a Buenosaires y allí se nos unieron dos compañeros. Nos pusimos a buscar la caverna y le encontramos en una falda, un poco más abajo del cementerio como se nos había dicho. En el declive de la falda donde había una cementera de yuca se abría una gran puerta formada por tres enormes piedras, todas verticales sobre ellas la otra horizontal que hacía de cornisa. La puerta medía unos 3 m de ancha por 4 de altura. Sus lados eran perfectamente paralelos.

Entramos en una especie de zaguán en un poco más ancho que la puerta y cuyo techo de piedra tenía una altura de 5 m. Como el interior está oscuro, encendimos linternas. Pero en ese instante una verdadera avalancha de murciélagos asustados por la luz de los intrusos se nos vino encima buscando salida. Lanzando chillidos y revoloteando nos daban en la cara con sus alas negras. Repuestos de la sorpresa y con los murciélagos ya calmados, seguimos avanzando por ese zaguán. Como a los 10 m llegamos a una pared como de unos 4 m de ancho por 10 de altura.

En el frente y al nivel del suelo en esa pared de roca, se abrían dos túneles y una grieta. A la izquierda y un poco más abajo del nivel del piso estaba uno de los túneles pero tenía la entrada obstruida y sólo se descubría la parte superior. Por allí era imposible entrar.

En el centro de la roca y unos 25 cm más arriba del nivel del piso estaba el otro túnel cuya entrada estaba completamente descubierta, redonda y estaba labrada en la roca viva con unos 50 cm de diámetro. Enfocamos la luz de una linterna y no le vimos fondo. Aunque estaba estrecho vimos que por allí podíamos entrar aunque arrastrandonos. Entré el primero alumbrando con una linterna y los compañeros atrás me siguieron.

El túnel era recto, estaba labrado a cincel y semejaba el interior de un cañón de artillería. Avanzamos por el cómo unos 25 m. allí no pudimos pasar porque en ese sitio la roca era más floja, había cedido y obstruido el túnel, razón por la cual obligó a retroceder arrastrándonos hacia atrás ya que el túnel no daba espacio para voltearnos.

Al lado derecho estaba la grieta que parecía hecha a causa de una enorme presión rajándola en un corte recto en dos paredes paralelas dejando un pasillo de 45 cm de ancho por 10 de altura. Este pasillo avanzaba guardando la distancia de las paredes de roca en un trayecto de unos 10 m. Al cabo de los cuales se abría una grieta transversal en el piso, de una pared a otra, de unos 20 cm de ancha. A partir de esta grieta el pasillo doblaba en ángulo recto a la derecha pero ampliando el espacio a metro y medio.

 
TUNEL

Éste segundo pasillo adelantaba otros 10 m y terminaba en un salón de 4 m de ancho. El techo era también una plancha de piedra. A la luz de las linternas examinamos el salón pero estaba completamente vacío. Ni un objeto ni una descripción y nada.

A la derecha de este salón se abría otra grieta de unos 45 cm de ancha y bastante altura. Pero no pudimos ingresar por ella porque una laja de piedra se había desprendido de la altura y obstruyó el paso. Por los resquicios que dejaba la piedra desprendida pudimos observar que el pasillo se internaba.

Dos horas estuvimos en aquella caverna. Nos metimos hasta donde nos pudimos internar y la observamos con todo detenimiento pero como ya dije antes no encontramos nada.

A mí se me hace que aquella caverna fue hecha por una generación indígena. Lo prueba la puerta que es un rectángulo perfectamente hecho. Esta portada se asemeja a la de una iglesia. Lo prueba también el túnel labrado en la roca por donde penetramos 25 m. y él túnel recto y redondo como un cañón conservando su diámetro en toda su longitud. En todo caso exploramos aquella caverna que es bastante curiosa.

SEGUNDA ESCALADA DEL SAN FERNANDO.

En una licencia que se le haya concedido en el mes de junio de 1941 fui a Concordia y me encontré con dos amigos, Antonio Jesús Uribe y Horacio Muñoz, quienes desde Jardín me invitaban a una nueva expedición al San Fernando.

Acepté la invitación ya que ellos habían sido los compañeros en la expedición de enero de 1934. Convenimos que el 2 agosto 1941 nos veríamos en Andes para de allí salir hacia el San Fernando.

Mi hermano Jesús Antonio a quien también le gustan estas andanzas y quien había subido conmigo al farallón del Citará se ofreció acompañarlos y mi padre Jesús María Palacio quien tenía 71 años se ofreció también.

El 2 agosto nos reunimos en Andes Jesús María Palacio, mi papá, mi hermano Jesús Antonio, Antonio Jesús Uribe, Otilio Velázquez, Horacio Muñoz y el que esto escribe. Contando además dos peones y así completamos ocho personas. Nos proveimos de una buena carpa y provisiones para 15 días.

3 agosto salimos de Andes y llegamos a Quebradabonita. Primera jornada de la anterior excursión. Era necesario parar allí porque estaba a la entrada de la selva y de allí en adelante empezaba la serranía. El hecho es que ya se había abierto un camino de bestia por parte de la mina de Dabaibe para poder entrar con economía los alimentos y las herramientas. Este camino llegaba hasta la cordillera de San Nazario.

El 6 agosto subimos al San Fernando y allí sobre la roca en forma de bandera armamos la carpa exactamente en el mismo lugar donde siete años antes lo habíamos hecho, en junio de 1934. Porque en ese lugar había caído un rayo que abrió un cráter en la roca. Quizás ese mismo rayo estaba destinado para volvernos polvo en esa espantosa tempestad que nos sorprendió en esa montaña en 1934. Pero que seguramente por intervención de la virgen Divina lo detuvo para que no nos hiciera daño y volviéramos después.

Recorrimos toda la cima del cerro de norte a sur y en ninguna parte encontramos señales de que alguien hubiese subido después de nuestro primer acto ascensional.

Al día siguiente fuimos al promontorio donde siete años antes habíamos plantado una cruz y el pie de ella habíamos dejado una botella con una boleta dentro. Allí estaba la cruz pero no vimos la botella porque el musgo la había cubierto. Escarbamos y a 20 cm de profundidad encontramos la botella que conservaba la boleta perfectamente legible a pesar del tiempo y la humedad. Hice un nuevo relato, la firmamos y junto con la boleta anterior la pusimos de nuevo en la botella. Después de bien tapada y lacrada la dejamos de nuevo al pie la Cruz.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA. CAPÍTULO 5


CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 5

LA CUMBRE DEL SAN FERNANDO.

Entre los días 15 y 16 seguimos la marcha, pero esta fue la jornada más larga y peligrosa porque cada rato tropezábamos con grandes grietas entre peñascos rajados cubiertos por musgos de tal manera que no podíamos advertir el peligro. En varias ocasiones nos vimos expuestos a caer en estas profundas y oscuras hendiduras. Después de una agotada jornada llegamos a las tres de la tarde a la cúspide del San Fernando.

Ingresando a la cumbre del San Fernando, por el lado norte, se encuentran grandes frailejones hasta de 4 m de altura. Con sus macetas de hojas peludas y coronados por sus flores amarillas.

La cumbre es una peña plana medio inclina hacia el sur y en forma de batea que tiene como una cuadra de ancho por dos de largo y sobre la cual, a trechos, crecen frailejones. Donde termina esa peña plana se levanta un promontorio que tiene unos 40 m de altura. Está completamente cubierto por una manta de cardos que crecen en el suelo y cuyas hojas, que son envainadoras, están siempre llenas con el agua que reciben de las lluvias. Este promontorio es la parte más alta del Picacho.

Al pie de Este promontorio y al lado norte, hay una especie de laguna formada por el agua que destilan los cardos. El agua de la laguna que llega al pie del promontorio no es visible porque la profusión de cardos que crecen en el suelo la ocultan. Y allí sale hacia el occidente un arroyo que da inicio al río Andágueda que va hacia Chocó y cuyas aguas arrastran pajuelas de platino.

La roca es de color oscuro y esta mezcla con pequeñísimas partículas metálicas de color blanquecino. En su superficie vi muchas y largas excavaciones producidas por los rayos que al caer hacen explosión abriendo surcos en la roca en forma de zigzag, penetrando hasta 25 cm de profundidad y 20 m de longitud. Froté la cuchilla de una navaja contra la peña y ésta quedó completamente imantada lo que me hizo deducir que esta peña es un gigantesco imán.

Recorrí minuciosamente toda la cima y por ninguna parte encontré señas que alguien hubiese subido antes a este cerro. Fui pues el primero que escalé el San Fernando. Saqué el barómetro Y marcaba 3920 m de altura es decir igual a lo que mide el farallón del Citará.

Sólo armamos la carpa sostenida por troncos de frailejón y asegurada a las raíces del arbusto. Como estábamos en verano la tarde era bellísima. A las ocho de la noche no había luna pero el firmamento estaba claro, el cielo muy limpio y allá en lo alto titilaban las estrellas. Hacía mucho frío. El termómetro marcaba 3° sobre cero.

LAS SEÑALES DEL EXITO

Habíamos llevado dos docenas de cohetes de luces para hacer señales para que los habitantes de Jardín supieran que habíamos escalado el cerro. Le dije a Antonio José Uribe, quien era pirotécnico y había hecho los cohetes, que los lanzara. Pero le advertí que le quitara los truenos y sólo le dejara las luces. Pues le dije que la explosión de un trueno, a esta altura, podía descomponer la atmósfera y desencadenar una tempestad. Él me aseguró que ninguno de los cohetes tenía trueno. Se retiró a poca distancia de la carpa y comenzó a lanzarlos.

Los primeros tres voladores, muy bien, subían, 300 m sobre nosotros y no estallaban pero en el aire quedaban columpiando un penacho de luces brillantes de varios colores. Pero los que lanzó posteriormente algunos llevaban truenos y tan potentes que cuando estallaban en la altura retumbaban y hacían devolver los ecos de todas estas ondas cañadas que había más abajo el San Fernando.

TERRIBLE NOCHE

Apenas habían transcurrido cinco minutos desde la última explosión cuando el cielo, antes cubierto por brillantes estrellas, se fue cubriendo de un color amarillento, desaparecieron las estrellas, reinaba un silencio profundo y todo mi cuerpo experimentaba una especie de vibración.

Ante aquel rápido cambio del panorama, sentí temor. Presentía que iba a suceder algo catastrófico. Los compañeros nos mirábamos en silencio pero ninguno se atrevía a preguntar lo que iba a suceder porque todos nos lo imaginábamos. A poca altura sobre nosotros comenzaron a cruzar por aquel ambiente amarillento estrellas de fuego semejantes a centenares de cocuyos volando y culebreando con sus panales encendidos. Luego nos dejó oscuras la cegadora luz de un rayo que cayó cerca de nosotros y el horrísono estampido, simultáneo al rayo, nos hizo tambalear. La lluvia y el granizo se nos vinieron encima enseguida. Afortunadamente no hizo huracán por qué de haberlo hecho es seguro que nos barre de la roca donde estábamos y nos arroja al abismo. Nos metimos bajo la carpa que estaba asegurada con lazos gruesos a las raíces del frailejón.



 
MONTAÑA ELECTRICA

Un intenso bombardeo de rayos se derramó sobre el promontorio donde estábamos que no era otra cosa que una montaña imantada de puro hierro. Estamos pues en la punta de un pararrayos y en plena tempestad eléctrica. Por las aberturas de la carpa podíamos observar toda la cordillera iluminada porque la intensa luz de los relámpagos se sucedía sin interrupción. Espectáculo terriblemente dantesco fue aquel.

Al ver caer el rayo sobre la roca desnuda escuchamos el chasquido seco que hacía enorme cráter. Lanzaba piedras arrancadas y simultáneamente se reventaba en un surtidor de una multitud de tentáculos de fuego que se esparcían culebreando sobre la roca y dejando señalado su paso en un profundo surco. Aquello era un verdadero Sinaí. Así se debió poner aquel monte donde la majestad de Dios habló a Moisés y le entregó los preceptos de su ley.

Algunas noches que he pasado contemplando tempestades lejanas y entre más fuerte la tormenta me ha parecido más grandiosa y más sublimemente bella. Pero al experimentarla en el mismo Picacho donde se desató la tempestad descrita me pareció un espectáculo espantosamente aterrador. Por sobre aquel cerro pasaban globos de fuego del tamaño de un balón que eran de varios colores rojos, verdes, azules y violetas. La contemplación de todo esto, si no hubiera sido por el miedo que me tenía agarrotado, me hubiera parecido un espectáculo divinamente bello. Pero en aquellas circunstancias aumentaban mi temor de que alguno de estos globos estallar junto a nosotros y nos disolvieran en átomos. Comprendí que tenía claras probabilidades de morir fulminado por una descarga eléctrica y le dije a los compañeros era casi seguro que íbamos a morir. Recemos al rosario para que la santísima virgen nos proteja. Lo entoné y todos contestaron con gran devoción.

Cuando terminamos de rezar también había terminado la tempestad. El cielo se fue limpiando y las estrellas comenzaron a aparecer. La calma y la tranquilidad nos aliviaron la terrible tensión y los nervios excitados. Pero aunque la violencia de la tempestad cesó, sin embargo, la montaña quedó incendiada. De todas partes se veían levantar penachos de llamaradas blancas, aunque no se veía humo. Era que la montaña, debido a las descargas, estaba supersaturada de electricidad y se estaba liberando de ella encendiendo fuegos de San Telmo. Después todo quedó normal y en completa calma.

LA CONSTANCIA

El día siguiente del 17 junio fue muy esplendoroso. El cielo estaba limpio y las montañas muy despejadas. Bajamos un poco de la cumbre para buscar madera con que hacer una cruz y la plantamos en todo lo más alto.

Luego me puse a escribir una relación en la que contaba que el día 16 junio de 1934 habíamos subido a ese cerro de San Fernando Antonio María Palacio, Antonio Jesús Uribe y Horacio Muñoz. Anoté la altura de 3920 m y 3° sobre cero. Metí la boleta en una botella, la tapé bien y la coloque al pie la Cruz. A continuación me puse la estola, bendije agua y la esparcí en la Cruz cuyos brazos estaban extendidos de oriente a occidente.

martes, 19 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA. CAPÍTULO 4


CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 4

LA DESCOLGADA.

Al otro día nos pusimos a la obra. Por el lado de atrás del Picacho hay un potrero inclinado por el cual se podía subir fácil hasta la misma cúspide del promontorio. Cuando estábamos subiendo, al lado derecho del peñasco, vimos un camino labrado en la piedra, que horizontalmente se dirigía a una de las claraboyas, precisamente en la que había una mata de cabuya y que distaba unos 15 m donde nosotros estábamos.

El camino en mención, al principio, tenía como metro de ancho y por él nos fuimos con la esperanza de poder llegar hasta la claraboya. Pero, a los 5 m de recorrido se fue angostando hasta tal punto que para poder continuar tuvimos que echarnos de barriga y arrastrarnos para poder seguir avanzando sin peligro de desempeñarnos. Pero el sendero se fue estrechando más hasta que desapareció del todo cuando no faltaba sino 4 m para llegar a la claraboya. No tuvimos más remedio que retroceder y seguir subiendo llevando la escala.

Una vez en la altura amarramos de un arbusto la extremidad de la escala y la otra la dejamos deslizar peña abajo.

Para mayor seguridad del que iba a bajarse amarraría la cintura un lazo doble y en la medida en que iría bajando los compañeros de arriba le irían dando cuerda y en caso de accidente lo volverían a subir tirando de ella.

En estos preparativos llegamos a las dos de la tarde cuando ya todo estaba listo. Hacía un sol de fuego y un calor sofocante. Todos teníamos las ropas empapadas de sudor. Yo dizque era el guapo que me iba a bajar por ese precipicio. Yo no decía nada pero tenía miedo. Llegó el momento. Me amarre la doble cuerda a la cintura, que mis compañeros me irían alargando. Me santigüé y al momento de ir a colocar el pie en el primer peldaño de la escala, miré hacia abajo y ví eso tan hondo y tan espantosamente terrible que me dio una tembladera en todo el cuerpo que casi no me podía tener en pie. Fue como si me atacara una fuerte corriente eléctrica que me producía espasmos incontrolables.

Con el pelo erizado y los ojos salidos casi de las órbitas por el pavor, le dije al padre Bubilláya: “Nada, lo que soy yo no me bajo por aquí por nada de este mundo, porque es un suicidio seguro. Si hay otro que se atreva, que se meta, pero lo que es conmigo no cuenten ya”. Y me solté el lazo. El tampoco quiso descolgarse por ahí. Recogimos los lazos y bajamos por el potrero.

LA INSPECCIÓN ACUATICA

En la orilla del río dijo el padre Bubillá que amarráramos la balsa con los lazos con que habíamos hecho la escala, que él se subía en ella y nosotros le íbamos largando cuerda para que con la corriente pudiera llegar al pie del peñasco que deseaba examinar. Me pareció muy temeraria es intención y traté de disuadir al padre pero él insistió. Amarramos la balsa, se subió a ella y la corriente comenzó arrastrarlo. Entre dos le íbamos largando cuerda. Como a 25 m la peña tenía una convexidad y al pasarla, el padre se perdió de vista. A pesar de todo le seguimos alargando cuerda.

En la otra orilla había unos trabajadores y desde allí seguían la odisea. Por las señas que ellos nos hacían deteníamos la balsa o le largamos cuerda según las señas que el padre les iba indicando. Le largamos como 50 m de cuerda y por fin nos hicieron señas del otro lado para que recobráramos la balsa con el padre.

Temeraria fue sección ya que por aquel lugar bajaba el río muy atormentado contra la roca. Después nos refirió el padre en que llegó un momento en que estuvo a punto de sumergirse con balsa y todo, que el agua le llegó hasta el cuello. Nos dijo el padre que al pie de la roca había visto jeroglíficos e inscripciones. También ví algunos grabados en piedra al pie del peñasco.

Y allí terminó nuestra expedición al Pipintá.

Fue peligroso y aparentemente no se logró nada. Pero si se satisfizo el deseo de contemplar las obras que Dios ha hecho en la naturaleza.

PRIMERA ESCALDA DEL SAN FERNANDO

Ese mismo mes de enero de 1933 fui trasladado a Jardín. Y de allí podía observar el imponente cerro de San Fernando.

Fue Félix María Restrepo quien escribió la Geografía General y el Compendio Histórico del Estado de Antioquia, dice: “el punto más elevado de la cordillera occidental está en el distrito de Andes. Es el alto de San Fernando”.

Para la excursión se me ofrecieron como compañeros de viaje Antonio Jesús Uribe y Horacio Muñoz. Ambos vivían en la población de Jardín. Hicimos una carpa con 25 m de lona y conseguimos provisiones. El 10 junio de 1934 salimos de Jardín. Esa tarde nos quedamos en Andes y contratamos peones para que nos llevara el equipaje y las previsiones. El día 11 salimos de Andes y no fuimos por San Pedro por un cañón arriba hasta que Quebrada Bonita donde debimos dejar las bestias y seguir a pie. Las provisiones que habíamos llevado al lomo de bestia fueron repartidas entre los peones que las llevaron a la espalda.

 
CERRO EL PLATEADO O San FERNANDO

El día 12 salimos de Quebradabonita por la trocha por donde circulan los cargueros que abastecían de víveres a los trabajadores de la mina de Dabaibe. Andábamos despacio porque los peones llevaban una carga pesada. A las cuatro de la tarde llegamos a la tolda del Cóndor y allí nos quedamos a pasar la noche pues éste era un rancho donde los cargueros acampaban siempre que viajaban por aquellos lugares.

El día tres se llegamos a la tolda de Tapartó porque allí precisamente es donde nace el río Tapartó. Este río desemboca al río San Juan y sirve de límite entre los municipios de Andes y Betania. La tolda de Tapartó era mejor que la del Cóndor porque al menos tenía zarzo para dormir.

El día 14 subimos al alto de San Nazario que está hacia las faldas del Chocó y a 3.000 m de altura. En este lugar había dos edificios techados con teja de palo.  Uno de ellos servía de depósito para guardar herramientas y víveres y en el otro dormía los cargueros que llevaban las provisiones para la mina. Allí pasamos la noche.

Hasta este lugar habíamos ido por la trocha que conduce a la mina. Pero como en este lugar teníamos que ir en dirección al sur para ir subiendo por todo el filo de la cordillera, dejamos esta vía y nos internamos en el monte. Este lugar todavía está muy lejos y era preciso hacer trocha.

lunes, 18 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA. CAPÍTULO 3


CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 3

TERCERA EXPEDICIÓN AL CITARÁ

Como desde el año anterior estaba interesado en realizar una tercera expedición al Citará, pues deseaba conocer la altura y la temperatura del cerro y para eso tenía ya barómetro y termómetro, la expedición se planeó para mediados de enero de 1930. Los compañeros eran mis hermanos y Jesús Antonio y Nicolás, mi sobrino Antonio José González y Kiko Posada. El 15 de enero salimos de Concordia y llegamos a Bolívar. Adquirimos provisiones y esa misma tarde fuimos a pernoctar a la casa de don Vicente Vélez, quien tanto él como su honorable familia nos recibió con mucha cordialidad.

Como en el año anterior no llevábamos cartas pero si los indispensables encauchados para defendernos de la lluvia y arroparnos por la noche. Como no teníamos que abrir trocha porque la del año anterior estaba todavía abierta, la marcha no rendía.

En el primer día llegamos a la altura de 3.000 m y allí pasamos la noche. Al día siguiente trepamos a la cumbre. La altura es de 3.980 m y la temperatura es de 5° sobre cero a mediodía y a la sombra.

Fuimos al lugar donde el año anterior habíamos dejado una botella con la boleta adentro. Encontramos la botella rota y los fragmentos de papel diseminados por el suelo. Observamos que en el cuello de la botella que había quedado intacto había un papel enrollado. Lo sacamos y por medio de él nos dimos cuenta que tres meses antes habían subido tres excursionistas, entre ellos una mujer llamada Genoveva tirado. Según constataba la boleta.

En la boleta dejaron constancia que allí habían encontrado el mensaje que nosotros dejamos el año anterior. Citaron la fecha de nuestra extensión del 1 enero 1929 y recordaron los nombres de los que habíamos subido.

Escribí otro mensaje que decía: el día 1 enero 1929 subimos por primera vez a este cerro Antonio María Palacio, Nicolás Palacio y José dolores Agudelo. El día 17 enero de 1930 subimos por segunda vez los siguientes Antonio María Palacio, Jesús Antonio Palacio, Nicolás Palacio, Antonio José González y Kiko Posada. Altura 3.980 m sobre el nivel del mar. Temperatura 5° sobre cero a mediodía. Introduje la boleta en una botella, la lacre, y la dejé sobre la misma piedra que el año anterior. En honor a la verdad tengo que hacer notar que mi sobrino Antonio José González demostró mucho ánimo y habilidad para trastear por estos peñascos y charrascales. Y de mis hermanos Nicolás y Antonio José, ni se diga. Siendo ambos aguerridos cazadores con gran habilidad trepaban marañas y desfiladeros y para ellos no había ningún obstáculo ni lo tupido de la maleza.

Al nivel de los 3.000 m y sobre el lomo de una cuchilla luego de que uno sube al alto llamado Beatriz hay unos sumideros en el terreno que indican que allí hay sepulturas de indios.

Permanecimos pocas horas en la cima del Citará y ese mismo día emprendimos el descenso. Esa noche acampamos en el alto de la Beatriz. Al día siguiente llegamos a Bolívar y regresamos a Concordia.

ESCALADA AL SAN JOSÉ.

En el viaje del 16 mayo 1932 entre Altamira y Urrao había observado que entre las dos poblaciones hay un cerro bastante elevado llamado San José. Había oído hablar de que en su cumbre hay un gran yacimiento de cuarzo porque en un derrumbe que se desprendió del cerro hacia el lado de Urrao, se había encontrado bellísimas piedras de cristal de roca. Me llamó la atención lo del cristal de roca y me propuse hacer una expedición al cerro con el fin de verificar lo que decían de los cristales.

Con Justiniano Rueda planeamos la excursión para el 25 junio y salimos para la fecha indicada. Llevamos provisiones para dos o tres días porque pensamos que la ascensión no ofrecía mayores dificultades. El día 25 subimos hasta la mitad de la cuesta y allí toldábamos en un lugar donde antiguamente había existido una laguna que artificialmente habían desecado.

 
CERRO San JOSE

Al día siguiente llegamos a la cumbre hasta una altura de 3.200 m sobre el nivel del mar. A unos 100 m de la cumbre y hacia el lado de Urrao se había desprendido un derrumbe que dejó al descubierto la roca viva y se veía un afloramiento de cristales de roca de nitidez transparente y geométrica formación pentagonal. Recogí varios de estos cristales más bellos que estaban esparcidos al pie de la roca y ese mismo día, aunque ya por la noche, regresamos Altamira.

LA REGIÓN DE PALERMO

El 12 enero 1933 fui trasladado a la población de Palermo. Esta población está situada en las faldas de una montaña frente al río Cartama y el Cauca. Desde la plaza se divisan los farallones de Cartama. Dos cerros gemelos de regular altura muy próximos uno del otro y se levantan en la llanura cerca de Cauca. Aunque un poco retirados en la banda derecha del río Cartama.

Cerca al farallón de Cartama y muy próximo al Cauca, se levanta el renombrado peñasco del Pipintá donde, según la leyenda, el cacique Pipintá ocultó su fabuloso tesoro. El peñasco del Pipintá está unos pocos kilómetros arriba de la estación de la pintada por la vía del ferrocarril.

Don Manuel Uribe ángel, en su historia de Colombia dice: “la población de Arma, fracción de Aguadas, fue fundada con el título de ciudad por Miguel Muñoz en el año de 1542. Sebastián de Belalcázar dio orden de fundarla antes del terrible drama ocurrido en la Loma del Pozo donde se dio muerte vil e infamante a garrote al conquistador Robledo.

Un lugar ocupado por los aborígenes a la entrada de los españoles que conformaban una gran tribu a quienes llamaron Armados. Porque se habían presentado a combatir cubiertos de petos, máscaras, brazaletes, collares y coronas de oro fino. En otra parte, dice la leyenda, que al otro día de haberse presentado los indígenas con esas alhajas de oro, presentaron de nuevo batalla pero sin llevar ya ninguna joya de oro encima. Los indios fueron vencidos y se cree que los indígenas habían ocultado su tesoro en el peñasco de Pipintá”.

Estos relatos habían suscitado en mi la curiosidad y el deseo de hacer una excursión a ese peñasco. Al efecto, días antes de ir a Palermo había hablado con el padre Bubillá, misionero claretiano y habíamos convenido que el 20 enero 1933 saldríamos a la excursión. Fiel a la cita, sabiendo que ya estaba en Palermo, allí llegó para convenido.

 
FARALLONES DEL PIPINTA

LA EXPEDICIÓN AL PIPINTÁ.

Para la excursión conseguimos 200 m del lazo de sobrecarga para hacer escalas de cuerda, vituallas para dos o tres días y salimos para el Pipintá. Un peón acarreaba la bestia que llevaba esa cargazón de lazos y las provisiones. Llegamos a una casa que había a dos cuadras de distancia el peñasco.

Como el Pipintá está al lado izquierdo del Cauca, el mismo lado del que estábamos nosotros, nos era imposible mirar el frente que nos interesaba mucho. Para lograrlo crucé en una balsa a la orilla opuesta y allí pude observar todos los detalles al gran cañón del Cauca. El peñasco se eleva verticalmente unos 120 m.

En la cúspide había unos arbustos y de allí la peña, que cae verticalmente, estaba sin vegetación. Salvo unas matas raquíticas de cabuya que había a trechos. Hacia la mitad de aquella torre de roca se veían tres claraboyas de 1 m de diámetro y separadas por unos 5 m una de la otra y dispuestas en forma triangular en la cara de la peña. A la entrada de una de ellas había una mata de cabuya.

Según la leyenda Este peñón está perforado por dentro y en él se encuentran los tesoros del cacique Pipintá. Las claraboyas no son más que tragaluces para la iluminación del interior y que para penetrar en él tienen entrada secreta que nadie conoce, excepto los indígenas.

Calculé que descolgando unas escaleras de cuerda desde la cúspide caía perfectamente sobre una de las claraboyas que estaba unos 50 m más abajo del vértice del Picacho.

Crucé nuevamente el río y nos pusimos a hacer una escala con las cuerdas colocando barrotes cada medio metro a manera de peldaños. La escala tenía 60 m de largo y 120 barrotes para hincar los pies.

Terminada la escala dejamos su instalación para las primeras horas del día siguiente.

domingo, 17 de noviembre de 2013

CRONICAS DE UN CURA PAISA. CAPITULO 2


CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 2

 ALEGRÍAS POETICAS

En las vacaciones de 1927 convine con Luis López de Meza que saldríamos para Concordia por la vía de Tarso y yo me lleve una botella de vino que llamábamos Angelito. Era muy barato. A mitad del camino nos tomamos de a media y nos pusimos alegres. Luis López, que iba delante, detuvo la bestia y en tono declamatorio recitó este verso: “Nací sobre una montaña, mi dulce madre me cuenta, el sol alumbró mi cuna, sobre una pelada cierra”. Entonces yo me quité el sombrero, lo sostuve con la mano derecha en alto y recité también: “Pichón de águila que nace sobre el pico de una peña siempre le gustan las cumbres donde los vientos refrescan”. Enseguida lanzamos un grito, les dimos un lapo a las bestias y salimos despedidos por un camino abajo.

SEGUNDO INTENTO AL CITARÁ

3 años habían pasado de mi primer intento de ascensión al Citará. Y aunque yo fracasé eso no fue inconveniente para que otras personas intentaran la misma aventura. Y así fue que en ese lapso de tres años dos expediciones lo intentaron, aunque también fracasaron. La primera fue en 1926 por dos alemanes. Entre ellos uno era un ingeniero. Subieron a la altura de 3.000 m y de allí se tuvieron que devolver. La segunda la hizo don Fernando Vélez en 1927 desde la población de Bolívar. Logró subir hasta la altura de 3.250 m y de aquí también tuvo que retroceder sin poder escalar el cerro.

Cuando supe de estas dos excursiones y su fracaso, me propuse en las vacaciones de 1928 una expedición e intentar una ascensión. No fue difícil encontrar compañeros. Se ofrecieron conmigo mi hermano Nicolás, Roberto Palacio y Luis Restrepo. Salimos de Concordia el 26 diciembre 1928. Conseguimos provisiones y los elementos necesarios para la expedición y en la fecha indicada llegamos a Bolívar. Allí se nos agregó otro compañero José Dolores Agudelo. El día 27 salimos de Bolívar y fuimos a pasar la noche en la finca llamada Farallón, que está ubicada precisamente al pie del cerro del Farallón. Vivía allí don Vicente Vélez, hermano de don Fernando, uno de los anteriores excursionistas. Era muy rico y tanto él como su distinguida esposa y su familia nos colmaron de atenciones y comodidades para nosotros y buenos pastos para las bestias.

EL ACCIDENTE

El día 28 comenzamos a subir hacia el cerro. Cada uno de nosotros llevaba la espalda las provisiones y el equipo necesario. La carga no bajaba de 20 kilos por qué echamos provisiones para 15 días. Empezamos a subir por un arrastradero de madera al que llaman un “rumbón”. Ese día llegamos a la primera tolda que era un aserradero de madera. Al día siguiente 29 continuamos por la trocha que habían hecho los excursionistas anteriores. Pasamos el rancho que ellos habían hecho para escanpar. Pero como estaba todavía temprano seguimos adelante. Esa noche tuvimos que pasaron al descubierto porque no había rancho. Tendimos ramas en el suelo cubierto de musgo y sobre ellas pusimos encerados y cada cual se cubrió con un encauchado. El mismo que nos servía de cobija y nos protegía de los aguaceros que son muy frecuentes en estas alturas durante la noche.

Como ya estábamos a bastante altura y habíamos llevado voladores para hacer señales para que supieran donde estábamos, esa noche, Roberto Palacios intentó lanzar un cohete que se le estalló en la mano causándole una gran quemadura. Como temimos que se le pudiera infectar resolvimos que al otro día se devolviera Roberto acompañado de Luis Restrepo para Bolívar.

UN MENSAJE

Al día siguiente, el 30 diciembre, llegamos al lugar donde se acabó la trocha. Pero encontramos allí una botella cuyo interior había una boleta. Quebré la botella y saqué el papel. Estaba escrita a lápiz pero la letra era perfectamente visible. Decía: “De los ocho compañeros que salimos de Bolívar a esta altura sólo hemos llegado tres. Los otros tuvieron que regresar por accidentes sufridos en la ascensión. Los tres que hemos logrado llegar aquí nos hemos tenido que regresar por falta de provisiones. Altura sobre el nivel del mar 3,250 m (como algunos, como los pilotos, acostumbran medir la altura en pies, por ser una unidad menor que permite más precisión, esta altura equivale a 10.822 pies AMSL). Temperatura a mediodía 8° sobre cero. Farallón 8 de agosto 1927. Fernando Vélez.

 
NOTA EN LA BOTELLA

EL PARARRAYOS

El 31 diciembre seguimos abriendo trocha. Era muy difícil porque aunque el rastrojo era bajo, era duro y difícil de cortar. Ese día subimos hasta un lugar llamado La Muela. Al menos así lo pusimos nosotros, por ser una peña semejante a una gigantesca muela. Esta tal muela está en un peñasco separado del farallón. Tiene forma de colmillo. A causa de su hermano lo bautizó como El Colmillo del Diablo. Es un peñasco de color negro y según los rastrilladeros que tiene es evidente que los rayos se ceban en él. Esa noche la pasamos allí también a la intemperie.

El día 1 enero 1929 seguimos trochando y subiendo. Esto fue lo más difícil porque la maleza que cubría el terreno eran cardos. Y aunque no alcanzaba si no a 1 m de altura eran tan tupidos que era indispensable abrirse a machete porque de lo contrario no se podía pasar. Estos cardos nacen en el suelo y como tiene hojas envainadoras en ella se almacena el agua llovida. Al pasar entre ellos el agua se vacía encima de uno, de manera que andábamos empapados desde el cuello para abajo. Pero nos animaban de la cúspide del cerro ya se veía muy cerca.

LA CUMBRE

Por fin al mediodía del 1 enero subimos a la cumbre. Los arrodillados a dar gracias a Dios y a saludar a la virgen con fervientes oraciones. Yo no llevaba instrumentos para medir la altura y la temperatura por qué no los había podido conseguir. Recorrimos el cerro de norte a sur. Es un filo delgadito como un serrucho y similar al espinazo de un caballo flaco. En él no hay un llano suficiente ni siquiera para edificar una pequeña casa. A sus flancos, oriente y occidente, hay dos insondables desfiladeros que dan vértigo asomarse a hechos. Allí no hay más vegetación que plantas raquíticas de Romero y Barba Rocío.

Me acordé de la llamarada que había visto desde Concordia una noche hacía ya más de 10 años. Examiné cuidadosamente el promontorio y no encontré en lo más alto del cerro sino una especie de dolmen formado por piedras ciclópeas. Ni siquiera intentamos echarlas a rodar por ambos desfiladeros porque nuestras fuerzas eran impotentes para moverlas. Recorrí todas partes hasta donde podíamos andar y no se encontró señal alguna que indicara que alguien había subido y allí. Fuimos pues los primeros excursionistas que escalamos el Farallón del Citará.

Mi hermano Nicolás bajó un poco y cortó unos palos con los cuales hicimos una cruz y la clavamos en la cumbre del cerro. Escribí una boleta que decían: el 1 enero 1929 subimos a esta cumbre del farallón del citará los siguientes: Antonio María Palacio, Nicolás Palacio y José Dolores Agudelo. Metí la boleta en una botella y la tapé sellada con lacre y la dejé al pie de la cruz.

En aquella altura no había vida animal no se veía un pájaro ni una mariposa ni un insecto alguno. Aquel lugar era como don Manuel Antonio Uribe decía que de 3.000 m para arriba es la región de la soledad, el frío y la tristeza.

Desde la cumbre se ven muchas poblaciones Bolívar, Concordia, Betania, Pueblorico, Venecia etc. pero para él lado del chocó, aunque estaba dotado de unos lentes muy potentes y el cielo estaba despejado, sólo se veía una selva y ilímite hasta donde se me confundía el cielo con la tierra. Desde esa altura me formé el propósito de regresar al año siguiente llevando instrumentos para medir la altura y la temperatura.

Después de eso el descenso fue más rápido. En tan sólo dos días llegamos a la casa de don Vicente y al día siguiente estuvimos en Bolívar.

Le mostré a Fernando Vélez la boleta que él había dejado en la botella del cerro y el enseguida la reconoció.

sábado, 16 de noviembre de 2013

CRONICAS DE UN CURA PAISA CAPITULO 1


PRESENTACIÓN

AMIGOS CRONISTAS:

El padre Antonio María Palacio nació en el municipio de Concordia en el Suroeste de Antioquia. Como buen paisa tenía un espíritu aventurero de explorador que por su inquietud deseaba romper los horizontes de su entorno. El mismo comportamiento que ha hecho de esta tierra un lugar de empresarios, emprendedores e innovadores en muchos aspectos.

Por ser un ejemplo y referencial de nuestra idiosincrásica antioqueña, queremos compartirles su crónicas escritas hace bastes años y por ello es poco corriente encontrar un ejemplar de su libro “Crónicas de un Cura Paisa”. Al mismo tiempo que quedan plasmadas en este medio que no está expuesto a los efectos del tiempo ni de la polilla.

Esperamos que disfruten ese resumen que es un extracto de los apartes más llamativos para que no tengan que leer todo el libro.

Un saludo para todos los amigos cronistas a quienes les gusta leer las cosa por las que pasaron nuestros ancestros para lograr el progreso que ahora tenemos y que no fue fácil. Es la mejor gratitud que les podemos dar por sus empeños en ensanchar los horizontes de nuestra tierra.

Saludos y que disfruten. Hasta la próxima tertulia.

Coronel Iván González.

CRÓNICAS DE UN CURA PAISA

POR EL PADRE ANTONIO MARÍA PALACIO VÉLEZ

CAPÍTULO 1

LA PRIMERA EXPEDICIÓN AL CITARÁ

En la cordillera occidental de los Andes hay un cerro que se llama Farallón del Citará. Se destaca arrogante sobre la cordillera y hunde sus picachos entre las nubes. Cuando de lejos se contempla despejado es bellísimo y fascinador. Desde Concordia lo admiraba yo y en algunas ocasiones me embelesaba. Y eso que lo miraba desde una distancia de 15 lenguas pero es que hay algunas cosas que a través de la lluvia la distancia parecen más bellas y misteriosas.

Como antes de ir al seminario pertenecía yo a la adoración de Concordia, una noche el cielo estaba muy festejado y había luna llena. Eran las 12 de la noche cuando salí de la hora en que me correspondía. Desde la plaza de Concordia observé que el Farallón se destacaba nítido sobre el horizonte. De repente, salió una gran llamarada de su cúspide que duró por espacio de un minuto y al instante se apagó del todo. Desde entonces concebí la idea de que algún día subiría a ese cerro. Y escudriña día lo que habría allá. Después de eso pasarían algo menos de 10 años.


FARALLONES DEL CITARÁ

Salimos a las vacaciones de fin de año y acordamos para escalar el 25 diciembre 1925. Nos encontraríamos en Betania con unos compañeros del seminario para salir el 26 hacia la excursión del Citará. Ese día me encontré con el padre Andreu y Álvarez en esa población y además con otros compañeros.

El Farallón está ubicado en el municipio de ciudad Bolívar, pero aparentemente está tan cerca de Betania que se contempla el cerro como si estuviera allí nada más. Esa tarde conseguimos provisiones y contratamos dos peones para que llevaran lo que necesitábamos.

A fuer del campesino antioqueño que tiene buena experiencia en eso de desmontadas, había observado el cerro y los lugares más fáciles para subir, así que no me gustó la idea del viaje por el Pedral arriba. Por ese lado se veían grandes cinturones de peñascos que hacían casi imposible la ascensión. En cambio, según la topografía del terreno que parecía que se hacía más factible por el lado de Bolívar. Pero, así lo habían dispuesto los dos padres y el subdiácono quienes eran personas de autoridad para resolver y decidir.

Salimos el día 26 y tres días anduvimos en la excursión pero fracasó nuestro intento de subir al cerro porque dimos con unas paredes de peña pelada que era preciso dar grandes rodeos para buscar otra vía. El padre Álvarez se desanimó y manifestó deseos de regresar y esto contagió al resto de compañeros que éramos ocho en total y quienes también desearon lo mismo. Entramos en deliberaciones y acordamos que el padre Andreus, el subdiácono Fernández, otro seminarista y yo continuaríamos la ascensión por otro día más. El padre Álvarez y el resto de los expedicionarios se volverían y nos aguardarían en el rancho que habíamos hecho en el Pedral para pasar la primera noche.

A las 12 del día nos separamos y nos turnamos para abrir trocha y avanzar. Eran como las cinco de la tarde y estaba trochando, cuando al cortar una rama se me fue el machete y medio en la rodilla izquierda. El filo no entró hasta el hueso y como allí no teníamos más recursos, puse un puñado de sal sobre la herida a fin de que me preservara de alguna infección y me amarré un pañuelo para contener la sangre que salía en espumarajos. Allí nos detuvimos para pasar la noche.

Al día siguiente comenzamos a bajar pero no fui yo solo el que sufrió percances en esa aventura por que el subdiácono se cayó al río Pedral y hubo que sacarlo enlazado. Y el padre Andreus rodó por una peña bajo y se hirió en la nariz y durante dos meses estuvo adolorido de las costillas.

Regresé a Concordia con la humillación del fracaso pero con la esperanza de que algún día organizaría una excursión en la que fuera yo el jefe y pudiera escoger el derrotero por donde me pareciera más factible la subida al Farallón del Citará.

EL PADRE MINERÓLOGO Y EL COLMENAR

El padre Enrique Rochereau, era un hombre muy afable y tenía el don de gentes. A pluma pintaba magníficos cuadros, era todo un maestro en el arte de talla de madera, era un sabio y apasionado naturalista y, sobre todo, era un santo. En Jericó se dedicó, entre otras cosas, a coleccionar y catalogar minerales y piedras raras. Yo me entusiasme también por lo de las piedras y me hice su compañero inseparable en sus pesquisas mineralógicas. Salíamos juntos a los paseos provistos con almocafres y cinceles para quebrar la roca y extraerles lo que nos llamaba la atención. Andábamos despacio pero con los ojos alerta mirando los taludes de la carretera y encontrábamos hermosísimos cristales de varios colores, figuras y tamaños. Llegó a poseer una colección considerable de piedras raras y minerales debidamente catalogados. Entre el padre Enrique Rochereau y yo existía una buena y leal amistad.

El padre Enrique Rochereau era un sabio, especialmente en minerales. Estaba haciendo un museo con las piedras que coleccionaba en el seminario, sobre todo piedras raras. Yo también me contagie de esta costumbre y me dio la goma de eso de las piedras raras. Aprovechaba todos los paseos para recolectar y llevarle muestras. En Concordia se encuentran preciosidades especialmente en la falda comprendida entre el salto de Magallo y Morroplancho hasta el río Cauca. En esta falda recogí piedras de ópalo que afloraban en los barrancos del camino. Eran de colores muy bellos y diversos. Con ellos ayudan a enriquecer el museo del seminario.


COLECCIÓN DE MINERALES

Al lado derecho del salto de Magallo y contigua a él, está el morro de Casagrande. Morroplancho está al lado izquierdo y a 4 km de distancia del trayecto entre Morro Plancho y Cerro Tusa.

En tiempos muy remotos debió sufrir un cataclismo increíble. Algo así como si hubieran estallado las fraguas de Vulcano en sus entrañas. Antes de que se fabricara la bomba atómica alguien dijo que el rayo era la fuerza cumbre de la naturaleza. Después de que se fabricó la bomba la fuerza del rayo quedó reducida sólo a una millonésima. Sin embargo tengo para mí que la fuerza interior de la tierra es millones y millones de veces mayor que la atómica. Porque tanto norteamericanos como rusos han hecho estallar bombas dentro de la tierra y nunca se ha oído decir que esas explosiones hayan creado un Vesubio ni un Etna. Mientras que las fuerzas de la tierra hace reventar las cordilleras en llamaradas y sacudir los continentes.

El padre Enrique Rochereau fue capellán de una división francesa en la primera Guerra Mundial de 1914 al 18. Como capellán acompañaba siempre el Ejército en las acciones de combate para prestar los auxilios espirituales. En un encuentro entre franceses y alemanes fue herido por dos balas de fusil y hecho prisionero por los alemanes. El mismo contaba que los soldados recorrían el campo de combate y remataban a los heridos y que cuando llegaron a donde estaba el, casi agonizante, un soldado alemán enristró el yatagán para hundírselo en el pecho. Cuando se dio cuenta que lo iban a matar empezó a rezar el confiteor en latín. Los soldados al escucharlo rezar en latín se dieron cuenta que era un sacerdote. Detuvo el arma y lo condujo al hospital militar de los heridos alemanes donde lo curaron y después de algún tiempo le dieron la libertad.

El padre León, quien era el ecónomo, tenía un gran colmenar en el patio del seminario mayor. El administrador de este colmenar era el hermano Juan Nepomuceno Casas y periódicamente extraía los panales para sacarles la miel y la cera. Me hice muy amigo de él, especialmente cuando estaba en sus funciones colmenares y él me permitía entrar al depósito a chupar miel con la única condición que no le botara la cera.


COLMENARES