AERONAUTAS Y CRONISTAS

miércoles, 6 de noviembre de 2013

CONCORDIA. FRENESI Y GUERRA. CAPITULO 16


CONCORDIA. FRENESÍ Y GUERRA

CAPITULO 16

NUEVAS POLÍTICAS.

Durante el gobierno de Alberto Lleras Camargo se consolidó el MRL, por parte de Alfonso López Michelsen. Era gente joven que en su mayor parte eran de la cantera liberal. Entusiasmaron con los nuevos eslóganes, consignas, excesos verbales y hermosas frases, a inmensas masas campesinas. López hablaba de los " feudos podridos " término tomado de Manuel Azaña. " Los revolucionarios deben tomar el tren antes de que éste los deje", tomada de Lenin “El abanico de candidaturas" frase de Sartre.

Los compañeros Barberena y Juan de la Cruz Varela hablaban de reforma agraria al estilo Cuba. Jorge Chaires presentaba planteamientos sobre la economía marxista. Álvaro Uribe Rueda, santandereano, hablaba de un salario mínimo. Ridiculizaba a Carlos Lleras Restrepo, quien con cabeza caliente y ofuscado ante un sabotaje en el parque de Berrío por parte de Jaime Isaza Cadavid, los trató de hampones. Estanislao Posada decía que para hacer la redistribución del ingreso en Colombia era preciso colgar a todos los antioqueños que tuviera más de 1 millón de pesos en las ceibas de la avenida la Playa.

El MRL promulgaba que los problemas colombianos se debían al imperialismo norteamericano, a los oligopolios, al periódico el Tiempo, a la familia Ospina y a los Lleras. La Universidad despertó de las tres dictaduras semifascistas, empezó a leer y a comprender la dialéctica marxista y la fuerza universitaria ya no fue el convidado de piedra. Lo de la reforma agraria me emocionó profundamente. La consideraba una necesidad inaplazable y de redención inmensa de las masas campesinas con los cuales yo había convivido.

Constituimos un grupo político al que nuestros contradictores denominaron "los dinamiteros". El ideólogo era Hernán Toro Agudelo. Tomó parte en la discusión de la ley Guillermo Gaviria Echeverri, ingeniero muy inteligente de Frontino Antioquia. También Evelio Ramírez ingeniero especializado en administración pública. El abogado Carlos Moreno de Rio Negro. El administrador Augusto Mesa. El abogado Elías Espinosa y mi persona, ilusionado con la reforma agraria y la socialización de la medicina que debía implantarse en Colombia.

Éramos amigos de todos los del MR y veíamos Alfonso López a un intelectual y a un político interesante. Veíamos en el Frente Nacional una camisa de fuerza, un freno al desarrollo político. Atacamos al periódico " el Correo " y nos oponíamos a la cuarta gobernación de Jaramillo Sánchez.

CAMINO MÁS SEGURO

Un martes, a eso de las ocho de la noche, se presentó a mi casa un campesino de la vereda La Galana, en Salgar. Tenía su señora de parto y trajo dos cabalgaduras. Fue un parto feliz. El era un hombrecito de apellido Maldonado y me insinuó que amaneciera en el zarzo, pues su casa era demasiado estrecha. Le pregunté por qué no había ocupado a los médicos de Salgar, cuya casa quedaba cerca a ese municipio. Me respondió que había más seguridad en el trayecto de 15 km hacia Concordia que en los 3 a Salgar, ya que por allí merodeaba el Pálido con su cuadrilla. Recuerdo la satisfacción de quitarme una ropa empantanada y mojada después de haber prestado un servicio médico.

EL SARGENTO TOBÓN. PRIMERO DE TROPA. SUR

Llegamos a las dos de la tarde a Bolombolo y en ese momento apareció un personaje pintoresco con altas botas, camisa caqui, adornada de unos galones militares. Se trataba de Jorge Tobón Restrepo, hombre blanco, pecoso, locuaz, se reía de él mismo, de Andes, Antioquia, activista número uno del MRL. Su padre y tíos habían estado en el combate de Aguacatal en el año 1900. Jorge estuvo como soldado en el dudoso conflicto del sur. Su camisa caqui era de la época de la Guerra del 32, un buen símbolo Guerrero y político.

Después de hablar de los programas del MRL y de repartir hojas volantes partió para su solar natal. (El sargento Jorge Tobón Restrepo, denominado "Uno de Tropa", escribió su experiencia en la guerra con el Perú en un libro titulado "Sur". Dejó plasmados todos los malos manejos de los superiores para con la tropa en esa época y con motivo de ese conflicto).

LA PERITONITIS DE "EL PÁLIDO"

Un domingo a las ocho de la noche, se presentaron a mi casa Jaime Posada y Gabriel González acompañados de varios ciudadanos de Salgar, tanto liberales como conservadores. En las horas de la mañana se había dado un combate cerca de la finca Troya. El Pálido y varios de sus hombres estaban heridos en una playa del río Barroso. Me trasladé con la condición de llevar los heridos a la finca de un conservador en el cañón del Barroso que era de mi confianza. Que cuando llegaran a ella me avisaran para asistir lo.

Al otro día, por la mañana, Francisco Tobón alcalde, me llamó mostrando los retratos de los heridos de el Pálido, el Míster II, el Colorado y de otros elementos de la cuadrilla liberal. Que los tenían encerrados entre el puente Troya y la Clara por parte de unos 600 policías, detectives y soldados. Noté que era una especie de advertencia de un alcalde amigo.

Al viernes siguiente por la tarde se presentó a mi consultorio Julio Gutiérrez de Salgar informándome que ya tenían los heridos en la finca de Roberto Quijano apodado (gallinasito). No podía echarme atrás. Hernán Betancur me iba a recoger en las afueras de la población. Dejé mi saco colgado en la farmacia a la vista de todo el mundo para que pensaran que me encontraba en ella y por un subterráneo salí a mi casa en donde me puse atuendo apropiado para disimular.

En Morelia tenían las bestias muy bien camufladas y hacía pocos minutos había pasado una comisión del Ejército. Partimos hacia el Barroso donde Marta González y Herminia Sepúlveda nos indicaron la entrada para la vereda La Amagaseña, ya que el imposible entrar por la Clara donde habían fuertes contingentes de policías y detectives. Noté que el vecindario simpatizaba con mi presencia en la región y me animaba a atender a los heridos.

En la finca de Quijano estaba el Míster II con un tiro de carabina San Cristóbal. El proyectil no había salido, vomitaba y estaba en una franca peritonitis desde el domingo anterior. Era preciso llevarlo a un centro hospitalario. Los compañeros se negaron diciéndome que lo operara allí mismo. Antonio Rico, el mayordomo de la finca, ordenó seguir mis consejos. Regresamos al amanecer hacia Morelia donde nos esperaba Gabriel González, César Posada y su hermano Jaime y Ernesto Garcés Soto, los cuales habían hecho fuerza toda la noche por mí y por los heridos.

EL ESCÁNDALO

El domingo estalló el escándalo las heridas sufridas por el Pálido y sus otros compañeros, que no valía la pena que se escapara del cerco. El Míster estaba gravemente herido y había sido atendido por un médico del suroeste a quien le iban a dictar un auto de detención. Así informaba la prensa.

El lunes se presentó a mi consultorio Antonio Londoño de la vereda Piedra de Candela. Angustiado dijo que al amanecer llegaron con el herido a su casa. Lo tenían en el sendero tapado con bultos de café. Me pedía que le sacara ese hombre de allí porque de pronto la autoridad le fusilaba su familia. Con calma llame a Jaime González (Gardel), sobrino del doctor Bruno, conviniendo con él las sacadas del herido hasta el Brechón de Concordia para allí continuar por la Comía a la finca " Aliadas " de Alfonso Montoya sobre el Cauca. Sólo esperaría allí y así se cumplió.

El mayordomo nos facilitó un colchón que pusimos en la camioneta de Hernán Betancur y los pasamos por Bolombolo sin que las autoridades que estaban avisadas se percataran. Pensé en escudarme en él convenio de Ginebra respecto a mi conducta médica. Los contactos en Bolombolo entretuvieron al Cabo de la policía. Pasamos al herido a otro carro y regresé a Concordia. Gardel y El herido llegaron a la clínica Medellín donde fue operado por los doctores a Alonso Puerta y Bruno González.

Alonso me contó después que había encontrado materias fecales hasta en el ventrículo derecho. Tratábase de una peritonitis de más de 10 días pero el hombre sobrevivió. El martes la clínica fue militarizada. Una llamada de la casa cural de Concordia había advertido a las autoridades de Medellín sobre la presencia del herido en esa clínica. Posteriormente fue llevado a la cárcel de la Ladera. La Cuarta Brigada tenía el nombre del médico y por eso le pedimos al secretario de gobierno para qué le hablara a los militares sobre mi buena fe y Jaime Isaza Cadavid sería mi abogado en caso de detención. El problema no trascendió. Mi amigo Jesús Urrea, que vivía en un canalón de Penderisco, le llamó fuertemente la atención al Pálido diciéndole que no abusara de mi bondad y de mis servicios. Que dejara de estar creando problemas de orden público y de dirigir delincuentes y desplazados en Salgar.

EL ACCIDENTE DE CARLOS LLERAS

El liberalismo de Urrao en el año 61 nos invitó al recibimiento de Carlos Lleras Restrepo. Al llegar a la San José, entrada al valle de Pabón, acababa de llegar el doctor Lleras acompañado de Germán Zea Hernández. Pocos segundos antes el chofer del automotor, de apellido Arroyave, trató de encenderle un cigarrillo dentro de vehículo al doctor Lleras. El carro perdió la dirección y se fue contra una barranca. Los ilustres visitantes fueron llevados a una de las mesas de la fonda principal asustados, donde yo me presenté como médico. (La fonda aun existe). Le pedí que se acostara para examinarlo pero se negó.

Ya calmado pidió un cigarrillo y un aguardiente. En esa época tenía cuatro pasiones: estudiar economía, beber, fumar y hablar mal de los godos. Herlindo Montoya, secretario general del Capitán Franco, brillante guerrillero y rodeado de muchos seguidores, entre ellos Octavio Caro, le presentó el saludo a nombre del movimiento guerrillero del municipio de Urrao. La comitiva lo llevó al valle de Pabón quedando abismado de su topografía y paisaje. Insinuó que la reforma agraria en Colombia debía empezar en Urrao. El ML de Urrao estuvo muy activo. Lo dirigía una mujer llamada Marta Montoya y mi amigo Carlos Restrepo Arbeláez.

El M-19

En 1959 Carlos Lleras, en el Valle del Cauca mencionó una posible reforma agraria. Fue el creador del Instituto de Crédito Territorial, del IFI, intervino en la creación de las cuotas cafeteras. En su gobierno del 66 al 70 el café estuvo a 37 centavos de dólar, no obstante frenó la inflación y el costo de vida. La ocupación fue satisfactoria. No se dejó imponer las condiciones del FMI. Creó el estatuto cambiario para que Colombia no cayera en la política económica de los países del cono Sur. Legalizó la interconexión eléctrica y aprobó la reforma constitucional del 68. Trato de hacer nuevos y mejores propietarios agrícolas creando una profunda conmoción en el campo por las tensiones y muertes entre aparceros y los propietarios. El país no aceptaba la modernización del campo, sólo quería las antiguas relaciones feudales de producción. Creó la Asociación de Usuarios Campesinos. Se le enredaron las escuelas políticas con el caso de Nacho Vives. Terremoto político que después de la elección de Pastrana fue el motivo para formalizar el brazo armado de la Anapo, conocido como el M-19.

JULIO CÉSAR TURBAY AYALA

Como jefe del Partido Liberal estaría un viernes en Manizales, el sábado en la plaza de Cisneros de Medellín, el domingo en la población de Andes en la mañana y en la tarde en Bolombolo. Debía trasladarme a Altamira, Salgar y Bolívar durante sus tres días. Esperando las bestias en el Brechón de Betulia, llegó un ciudadano de apellido Rueda quien me entregó un revólver 38 para qué se lo guardara en mi consultorio y un dinero bastante con el fin de que hicieron pago de ganado en la finca de la familia Ospina. Eché el dinero y el revólver en las alforjas.

Me acompañaba Joaquín Montoya (el indio), sobreviviente de la guerra civil y con multitud de cicatrices y Ernesto Vasco. Llegamos a la vereda las Vargas donde entrada la noche hicimos una maravillosa concentración. Esa misma tarde regresamos a Betulia. Allí encontramos la comisión enviada desde Bogotá por Julio César Turbay, compuesta por unos jóvenes bogotanos muy educados y asustados políticamente. Esa misma noche estuvimos en Concordia a las dos para la concentración. En Bolívar a las seis de la tarde.

En esa población en 1934 y en plena hegemonía liberal, un ciudadano de los lados de Farallones, de apellido Restrepo, gritó vivas al Partido Conservador suscitando un abaleo con cuatro ciudadanos muertos. Con las dos visitas hechas por Mariano Ospina Pérez, el conservatismo se envalentonó y parte de él se hizo agresivo. Cuando López Michelsen, en compañía de Jorge Tobón Restrepo habló en la plaza, trataron de hacerle una "guachafita”. Yo tenía en mente estos antecedentes. Yo hablé de último y ataqué al MRL y a la Anapo. Por esos días ambos estaban unidos. La multitud fue aumentando formada por anapistas y emerrelistas.

Empezaron tirándome cáscaras de naranja y de plátano, seguido de un estribillo, "médico HP, ándate a matar gente a Concordia, déjanos en paz, viva López, viva Rojas". Un anarquista de apellido Puerta sacó el revólver. Mis seguidores me llevaron y me encerraron en el club social de Bolívar. La autoridad no apareció por ninguna parte. Los liberales bolivianos amigos me proporcionaron un carro con el cual llegue a Bolombolo. A eso de las cinco de la tarde llegó Julio César Turbay proveniente de Andes. Viajaría al día siguiente temprano a Bogotá para entrar en contacto con Carlos Lleras.

Yo debía figurar en las próximas listas de la asamblea. Fue elegido presidente en 1978. Veía en él a un gran combatiente por la causa liberal. Pero me decepcionó un poco debido a la aplicación, parte de la alta cúpula militar, del tenebroso y represivo Estatuto de Seguridad. En el gobierno y en la mente del Dr. Turbay predominaron ampliamente las ideas de tesis militaristas.

José Ignacio González Escobar

martes, 5 de noviembre de 2013

CONCORDIA. FRENESI Y GUERRA. CAPITULO 15


CONCORDIA. FRENESÍ Y GUERRA

CAPITULO 15

EL PREAVISO DEL GOLPE MILITAR DE ROJAS.

El 12 junio 53, estando yo en Caucasia, fui a la alcaldía en compañía de Jesús María Urrea quien necesitaba sacar un permiso de traslado de unos cerdos para Medellín. El alcalde era el Sargento Cárdenas, boyacense. Había sido uno de los principales aplanchadores en la cárcel de Tunja durante los años 50 y 51. El 9 abril había marchado con un batallón hacia Bogotá con motivo de las revueltas. Se jactaba de sus hazañas políticas y de su sadismo para con los liberales. Mostrado un cinturón metálico, ensangrentado.

Creyó que nosotros éramos conservadores y por eso nos condujo a un rincón de la alcaldía para contarnos que al día siguiente los militares iban a dar un golpe de estado a Laureano Gómez. Capté inmediatamente, sin expresarlo, que eso era lo que había estado esperando hacia cuatro años el Partido Liberal. Que iba a haber una gran conmoción que por ello podríamos regresar a Concordia. Regrese a Medellín donde tenía algunas propiedades que cambié con Alfonso Montoya por su finca Abejero, sobre el Troncal en Concordia. Después le cambié por unas acciones de la clínica Medellín.

EL GOLPE DE ESTADO

El golpe de estado resultó ser cierto. Estuve con el doctor Eugenio Villa en el consultorio del doctor Joaquín Aristizabal en la clínica Medellín, quien ante nuestra embriaguez militarista nos dijo que eso no era una solución liberal para Colombia. Que lo que había sucedido en un cambio de HP. A la larga la situación política empeoraría: maravillosa premonición.

Entrada la noche, observamos dentro de la gobernación, por una de las ventanas, a Dionisio Arango impasible, serio y callado, rodeado de fuerzas de choque conservadoras, de Bello, Bolívar, Concordia y del oriente antioqueño, las cuales rechazaban el golpe de estado y le pedían a gritos que no obedecía órdenes de Bogotá y encabezar un movimiento a favor de Laureano Gómez.

Al otro día 14 de madruguete para Concordia en dirección a la vereda la Comía. Allí supimos que el 13, en las horas de la mañana, se libró un combate entre La Aldea y la boca de la Santa Lucia, en el cual perecieron varios policías. El liberalismo de Concordia estaba feliz con el golpe de estado y simpatizaba con las promesas de paz de Gustavo Rojas Pinilla. La guerrilla entraba en comunicación con la alta oficialidad del Ejército, porque iban a deponer las armas y esperarían una amplia amnistía.

Unos 20,000 guerrilleros que habían enloquecido a los gobiernos de Ospina y Gómez, en la zona rural de Colombia, habían abierto 300,000 tumbas. Urrao contaba con 4200 muertos y 2300 viviendas incendiadas. Betulia con 2150 desaparecidos, la mitad de sus veredas incendiadas. Concordia con 1000 muertos, Salgar con 800, Bolívar y el cañón de el San Juan con 500, Fredonia, Venecia, Bolombolo y la vertiente caucana de el Troncal, con 600.

NEGOCIOS TURBIOS

Durante los tres años en el sureste desapareció el criadero de ganado blanco orejinegro. Unas 30,000 cabezas de Urrao. Por Concordia, semanalmente, pasaban partidas de 50 a 200 novillos, trayendo salvoconducto de los alcaldes de Urrao, Betulia y Concordia. El intermediario era Pedro Nel Trujillo. Tratábase de negocios turbios e ilegales.

Existía una segunda modalidad: un liberal se hallaba con un conservador como socio. Fue el caso de los Concordianos Victor Laverde y José Pablo Flores. Del boliviano Jesús Velázquez con Libardo Restrepo de Concordia. Una tercera modalidad, legal y honorable, la practicaban compradores de ganado como Félix Gómez. Entraba sólo en un caballito a la vereda la Vargas, la Saladita, en Betulia y a la Comía en Concordia. Sobre el potrero veía al ganado y lo compraba. La cuarta modalidad era la de las expediciones punitivas, las cuales arrasaban y se traían todos los semovientes que encontraban en su camino.

EL PUENTE

A fines de 53 se inauguró una gallera en Concordia. Invitaron a los guerrilleros del suroeste, especialmente de Urrao. Los tahúres de Concordia me invitaron porque yo era respetado por todas las corrientes políticas y serviría como intermediario o puente entre los antiguos combatientes liberales de la guerrilla y los combatientes conservadores de la chusma. En Concordia, Rafael Londoño, malhablado, machista e inculto, trató de ponerle peleada a Jesús Urrego, paboneño, armado de una navaja. Los dueños de la gallera lo sacaron del establecimiento. Jesús, elegantemente agradeció y agachó la cabeza. Rafael, al año siguiente, apareció muerto de un tiro de escopeta en la vereda Las Vargaz.

CUENTOS INSÓLITOS

Esa noche se contaron historias fantásticas. Ambas guerrillas reconocían acciones heroicas y de barbarie. Manuel Rodas (Barroseño), decía que en Pabón, durante un combate, se había ocultado en una ceja de monte encontrándose muy cerca a el Míster. En ese instante traspasó un tiro de fusil entre los dos cuellos sin herirlos porque el proyectil llevaba una trayectoria circular en lugar de rectilínea.

Sexto Tulio Zapata decía que en Selva Alegre no le hicieron 800 disparos sino 1000 sin ser impactado. Allí se encontraron dos hermanos. El uno de Concordia llamado Arturo Muñoz exguerrillero liberal y el otro de nombre Heriberto expolicía conservador. Difícilmente se hablaron. Un guerrillero de Betulia de apellido Hurtado (Gallo Fino) y su hermano, Sargento de la policía, se estuvieron mirando como dos extranjeros. La cicatriz de Paul Urrea en su frente se debía un tiro de carabina hecha desde la torre de la iglesia de Altamira por el cura. En el municipio de Urrao se efectuaron más de 100 combates con las fuerzas del gobierno con 300 muertos.

EL CAZADOR

En Betulia había el de cabezas y el famoso “corte de franela” empleando el terrible y antiestético machete. Después del 13 junio, del golpe de estado, apareció el cazador de hombres. Sigilosamente averiguaba donde estaba el autor de ciertos genocidios o que había agredido tanto a familiares como a particulares. El cazador salía pagado por intereses superiores o por cuenta propia, solo o acompañado, por Antioquia o por los demás departamentos. Incluso está Venezuela. Ya fuese a los 15 días o a los seis meses capturaba su presa, generalmente a policías activos o retirados y a los llamados Pájaros (una de las denominaciones que se le daba a los conservadores malos, aporreadores, aplanchadores o miembros de las cuadrillas punitivas).

Luis Londoño fue casado en el Águila, Valle por el Barroseño. Pedro Cardona, entre Armenia y Pereira. Domingo Gómez en Antioquia. Las Fuerzas Armadas y organismos paramilitares hacían lo mismo desde la otra orilla. Así cayó Guadalupe Salcedo en Bogotá, Manuel Rodas en Salgar.

El Capitán Franco en el San Jorge, quien fue enterrado en el cementerio de Urrao. Se le rindió un gran homenaje póstumo. La ceremonia fue pacífica. Posteriormente se recogieron los restos de los guerrilleros muertos y que por razones del conflicto fueron enterrados en el monte. Unos 300 llevándolos al mismo cementerio en lo que se denominó "los entierros colectivos".

COMO PERROS EN MISA

En Concordia se presentó un enfrentamiento entre el médico oficial, el doctor Torrente y el personero Miguel Ángel Garcés, ambos conservadores. Una noche, Torrente empacó sus enseres y salió para su solar natal, el Tolima. El alcalde, en tono autoritario e impositivo, me ordenó que me encargara del hospital. Durante cuatro meses trabajé día y noche sin ir a Medellín. Me acostaba vestido. En los parajes aledaños a Bolombolo llegue a quedarme 48 horas sin dormir.

Desde tiempos atrás existía cierta duplicidad en los servicios de salud y fuertes enfrentamientos entre los hospitales municipales y los centros de higiene. El gobierno de Laureano Gómez trató de desbaratar este andamiaje. Entonces los centros de higiene fueron provistos con médicos netamente conservadores, llegando los doctores Guillermo Villa y marco Julio Marín. Al primero le entregué el hospital. Fui a la alcaldía a legalizar los cuatro meses de intenso trabajo, respondiéndome el alcalde que yo no tenía derecho y que además él había jurado no firmarle una nómina aún Manzanillo. Salí como perro en misa.

NUEVO HOSPITAL

En 1955 se celebra en Concordia el centenario de Antonio José Restrepo. Liberales y conservadores me nombraron Presidente del Comité. Invité a autoridades nacionales y departamentales. Periódicos e intelectuales bogotanos y antioqueños. Tuve una laguna oceánica: los familiares del doctor Restrepo.

Una distinguida dama la emprendió contra mi persona. Los de Concordia estuvieron ausentes. El día de la conmemoración, los sacerdotes, acompañados por el padre Sierra, ganadero de Jericó, quien estaba de visita, no colaboraron. Ñito Restrepo continuaba siendo el anticristo. Llevé a los secretarios departamentales que habían asistido al acto a conocer el nuevo hospital que estaba en proceso de construcción. Éstos muy receptivos se comprometieron a pasarle un informe al gobernador. Desde ese punto de vista la celebración del centenario de Ñito fue un éxito quedando asegurada la terminación del nuevo hospital.

El doctor Tocayo Ángel Echeverri, en la década del 40, sacó un auxilio nacional de $11,000 con los cuales empezó la obra. El doctor Bruno González, con la ayuda del amigo y político Lázaro Restrepo, la continuaron. El doctor Gustavo Sierra consiguió un buen equipo de cirugía. El doctor Torrente en 1950 vendió una volqueta y con ese dinero lo techó. Dos meses después del centenario de Ñito hizo presencia en Concordia el gobernador Pioquinto Rengifo, militar Tolimense, hombre serio, es complicado y sin pasiones políticas. El hospital tenía carácter de nacional pero el gobernador lo iba a departamentalizar para poderlo terminar. Así lo hizo.

Durante la violencia, yo lo convertí en una especie de refugio para viudas y huérfanos de los muertos en las veredas del Barroso y de Morelia. El doctor Eduardo Botero lo inauguró esmerandose en su organización y administración. Dirigió esa institución por espacio de 15 años. Yo lo dirigí durante cuatro años largos. El doctor Jaime Restrepo construyó la morgue y el pabellón infantil.

ANTONIO JOSÉ RESTREPO. ÑITO

Fue un radical liberal civilista. Se enfrentó a Núñez, a Caro e inclusive al general Rafael Uribe Uribe, ambos del suroeste. Por un tiempo vivieron juntos en un hotel de Bogotá, siendo estudiantes. Una turba liberal enardecida por el asesinato del general trató de linchar a Ñito en su hotel. Este salió por la parte de atrás presentándose en el cementerio en donde pronunció una de las más hermosas oraciones, siendo sacado en hombros por los que antes lo detestaban.

EL PÁJARO VERDE

En Concordia se creó la costumbre de hacer unas fiestas llamadas del almidón. En el año 52 me nombraron tesorero de las fiestas. Se hizo presente el tahur de todo el suroeste, del viejo Caldas y del Valle del Cauca. Vino un señor de apellido Cruz, de Turbo, quien traía un fusil de la alcaldía de esa ciudad y acompañado por el apodado Pájaro Verde. Un hombre de una palidez impresionante y una gran cicatriz en la cara.

Este hombre y otros acompañantes del Valle del Cauca prepararon una expedición punitiva a la vereda la Vargas, en Betulia, acompañados de la policía política que se había estacionado en Concordia. Allí fueron rechazados por los guerrilleros de Franco. El Pájaro Verde recibió un tiro de carabina en el abdomen. Me tocó atenderlo regalándole las medicinas. El doctor Torrente y Gabriel González, aburridos con esta clase de personajes, se fueron para Bolombolo a beber y a bailar intensamente. Carlos casi se ahoga en el Cauca al pisar un terreno movedizo siendo rescatado por sus compañeros de farra.

José Ignacio González Escobar

lunes, 4 de noviembre de 2013

CONCORDIA. FRENESI Y GUERRA. CAPITULO 14


CONCORDIA. FRENESÍ Y GUERRA

CAPITULO 14

LA PANAMERICANA BALÍSTICA.

En el 51 tuvimos como compañero de apartamento a Miguel Velázquez, ciudadano conservador de Bello. Tuvo en su patria chica una influencia política maligna, idéntica a la de León María Lozano (El Cóndor), en Tuluá. Vino como registrador. Fue el cabecilla material del incendio de Rionegro estando los autores intelectuales dentro de la misma gobernación de Antioquia. Ese acto fue para castigar a la ciudad de Rionegro por la frialdad y las desatenciones hechas antes a Mariano Ospina Pérez. Venía de la cárcel de la Ladera en donde el gobierno y sus copartidarios se habían manejado muy mal con él. Por eso se sentía decepcionado con el Partido Conservador. En Bello había matado a un concejal liberal a la salida de una de las secciones.

Me necesitaban urgente en Betulia y este personaje me acompañó. Allí en plena plaza alguien que lo reconoció, mitad en charla y mitad en serio, le preguntó que si había ido a terminar de quemar a Betulia. Se trataba de atender a un policía boyacense, gravemente herido, Siervo González (Siervito). Un Teniente bogotano, durante el reparto del botín, en la zona de tolerancia de Betulia, le había dado un tiro de pistola. El proyectil le había penetrado por la clavícula izquierda y había salido por la cadera derecha, produciendo un amplio orificio. Fue un caso insólito porque el hombre llegó vivo al hospitalito de Betulia. Además se demostró la gran potencia y la capacidad de daño del arma que era una Luger alemana, una especie de fusil de mano.

El Teniente, muy nervioso, llamó al médico Carlos Torrente ofreciéndonos $20,000 si le salvamos la vida. Yo le hice ver la gravedad del caso para que comprendieran que era factible no poder lograr tal propósito y que las dos profesiones que demandaban más valor era la del militar y la del médico. Que era necesario trasladar al paciente a Medellín. Me gritó que eso era imposible: el comandante y sus superiores no debían darse cuenta de la situación.

Como no había electricidad en la población, lo intervenimos alumbrando con cuatro lámparas Coleman. Torrente le dio la anestesia. Terminamos al amanecer después de reparar el pulmón, el diafragma, el hígado, el estómago, el páncreas, el colon y el intestino delgado. Toda una carretera Panamericana. Desafortunadamente el día siguiente el hombre murió de una complicación respiratoria. El Teniente casi enloquecido y sus compañeros la emprendieron contra mi consultorio y contra el hospital. Yo debí permanecer dos días encerrado en el hospital. El Teniente y varios de sus hombres fueron detenidos y enviados a Bogotá. Allí les hicieron un consejo de guerra el cual los condenó a varios años de prisión. Era frecuente que la policía no quisiera que sus muertos y heridos fueron llevados a Medellín con el fin de evitar el escándalo político y militar.

EL ALCALDE PISTOLERO Y EL CAPITÁN INCENDIARIO

En el año 51 el alcalde de Concordia mató a un policía frente a la Caja Agraria presentándose una fuerte reacción parte de esa institución contra las autoridades civiles del municipio. Vino un investigador, el Capitán Bermúdez, asesorado por un Teniente de Cundinamarca. El Capitán se emborrachó incitando a quemar el pueblo. El alcalde se encerró en su despacho con varios policías. El comercio fue cerrado. Haciendo de tripas corazón hablé al Capitán Bermúdez y el hombre se conmovió aceptando mi argumento de que si el Teniente no le hubiera disparado primero a su subalterno, el muerto hubiera sido él. Impuso la disciplina y el orden y después del entierro trasladó sus contingentes a sus respectivas sedes. Tiempo después me lo encontré en Bogotá donde me dijo que si yo no hubiera intervenido le habría prendido fuego a la alcaldía y a sus alrededores.

POLICÍA DEGOLLADOR

Al finalizar el año 51 se verificó la segunda expedición punitiva por tierras del Troncal por ser una región ciento por ciento liberal. A un ciudadano de Cangrejo, lo amarraron a un bramadero y cuando ya se encontraba deshidratado un policía lo degolló. Siete propietarios de las haciendas de esa región dejaron de visitar el pueblo de Concordia debido a este crimen y trasladaron sus inversiones y parte de sus haberes a otros municipios.

GENOCIDIO EN SALGAR

Fue cometido por la policía, el alcalde y sus secuaces. Decenas de campesinos fueron sacados en las horas de la noche, en volquetas oficiales y arrojados, con su respectivo balazo, puñalada o moliéndolos con el volco del vehículo contra una peña, a los ríos Barroso o San Juan. El doctor Daniel Correa en un remolino del Cauca encontró seis cadáveres flotando producto de la masacre de el Barroso. El, junto con el doctor Joaquín Aristizabal, Bruno González y el suscrito, elaboramos una carta de protesta a Dionisio Arango Ferrer quien actuaba en la gobernación como pacificador pero sin obtener respuesta.

EL FUSILADERO DE EL PAPAYO

El río San Juan se estrecha y hacer ruido entre la desembocadura del río Barroso y la hacienda Santa Clara. Allí ha habido unos papayos. Este lugar fue escogido por las autoridades y la policía política de Bolívar y Salgar como fusiladero político. De allí viene el dicho "pasar al papayo". Expresión que difundió el periodista Miguel Zapata Restrepo como sinónimo de matadero político. Tuvo su origen en Concordia. A raíz del encarnizado combate entre la policía y la guerrilla en la vereda de Morelia se presentó en la plaza de Concordia un agente sin el kepis, la chaqueta abierta, sudorosa, sin el fusil y muy asustada. Se trataba del policía Arturo Restrepo Gallego quien gritaba que los habían pasado al papayo. Esta trágica anécdota se la conté a mi dilecto amigo Zapata Restrepo quien la publicó.

LA BATALLA DE SANTA ANNA

Fue a principios del 52. En esa vereda el Capitán Franco tuvo el cuartel general entre las fincas La Palmera y la vereda El Tigre sobre el rio Penderisco y jurisdicción de Urrao. Fue un escenario de permanentes encuentros entre la policía y el ejército quien también estaba politizado y con hombres sectarios y feroces como el Sargento Bedoya. Franco tenía un campamento móvil y llegó a contar con 1500 personas. Fue localizado en Santa Ana por el Ejército y la Policía quienes atacaron con la ayuda de la aviación. La batalla duró varios días. Ambos bandos seguían la táctica de improvisación sobre el terreno y las circunstancias. Franco perdió uno de sus mejores hombres, el Míster, oriundo de El Vergel, Caldas. Ante esa baja, las fuerzas guerrilleras efectuaron un fuerte contraataque sacando a las fuerzas del gobierno hasta la carretera en donde colocaron las cabezas de los policías y los soldados muertos sobre ochos estacones. Verdadero acto de barbarie.

La cuarta brigada requisó, a la fuerza, unos camiones de escalera enviándolos para Pavón llenos de policías. El comandante del contingente, el Cabo Betancur. En Bolombolo hizo un alto para saludar a su madre que vivía en ese lugar. Con sus compañeros se debió toda la existencia de licor. Al amanecer y al ascender a Concordia, el chofer liberal, llevado a la fuerza y también borracho, se dio cuenta que iban para la región de Pavón de donde los soldados, civiles y policías, no regresaban.

En la vereda Platanillal, el carro rodó a un precipicio de 300 m cayendo a la quebrada Magallo. Se produjeron muertos y toda clase de heridos. El chofer con dos fracturas de costillas despertó en el hospital de Concordia en donde uno de los policías sobrevivientes lo iba a rematar con un tiro de fusil sin lograrlo porque el doctor Torrente se lo quitó en forma valerosa. Después el conductor me contó que había provocado el accidente adrede. Como era liberal ya no aguantaba los insultos y atropellos a su partido que expresaban los policías dentro del carro. De esa forma había querido evitar la muerte de numerosos campesinos por parte de ese siniestro contingente en la región de Pabón.

CAMPESINO SALVADO DE LAS AGUAS

Las autoridades de Bolombolo eligieron el río Cauca para que sirviera de cementerio de los liberales. Quienes pasaran por ese puerto y fueran señalados de liberales. Una mañana en presencia de Gustavo Toro E. y uno de los párrocos de Concordia, logré arrebatarle un campesino al inspector de policía de Bolombolo. Era un funcionario politizado que veía liberales, guerrilleros y comunistas por todas partes.

EL GUERRILLERO DE PAVÓN.

Un lunes por la tarde se formó un remolino de ciudadanos de Concordia y Betulia. Se trataba de una persona de apellido Herrera de Urrao a quien habían visto pasar en un carro por la plaza de Betulia. Las autoridades de ese municipio se comunicaron con las de Concordia para que lo detuviera mientras ellos venían a capturarlo. Argumentaron que se trataba de un guerrillero del Capitán Franco. Los de Concordia se lo entregaron a los de Betulia. José Luis Piedrahita, gerente de la Caja Agraria, liberal, también de Urrao, lo señaló como tal. En el viaje de regreso a Betulia, Herrera fue muerto en Morelia a golpes de cuchillo por los Betulianos. Innumerables veces he pensado en este caso. Recapacito si fuí cobarde, por no haber salido a la defensa de este inocente ciudadano quien cayó en manos de fieras políticas humanas.

LA RETALIACIÓN DE FRANCO

A los 15 días hubo genocidio en la vereda de El Tigre, Urrao. 16 carreteros de Concordia, que trabajaban en la reparación de la vía entre Betulia y Urrao, fueron asesinados en las horas de la mañana por la guerrilla liberal del Capitán Franco. Sólo porque eran empleados oficiales y provenientes del municipio de Concordia aunque entre ellos eran tanto liberales como conservadores. Fue la respuesta a lo acaecido en la plaza de Concordia y posteriormente en Morelia en respuesta a la muerte de Herrera.

GENOCIDIO DE EL SOCORRO

Fue efectuado por las fuerzas del Capitán Velázquez (Cheito Velázquez). Fueron asesinados 10 inocentes campesinos que un día domingo iban al pueblo a mercar. Las casas de este caserío fueron obligadas a ser pintada de azul por el terrible inspector domingo Gómez. Después sufrió la mano fuerte sectaria de Pedro Luis Betancur quien estuvo comprometido en varios asesinatos en esa comunidad

ENFERMERO Y PRESIDENTE SALVADORES

El 10 junio 53 me llamaron para ir a la finca la Comía donde se encontraba un guerrillero herido llamado Erasmo Galeano. Lleve tanto el equipo de cirugía como el reparto. Atendía el herido de un balazo en una pierna. Al regreso me interceptó una columna de policías boyacense que me habían seguido los pasos. Observé a un enfermero a quien le había enseñado primeros auxilios en Concordia llamado Roberto Villa. Este fue mi salvación. Les digo que venía de atender un parto sin mostrar el equipo de cirugía sino el otro diciendo el instrumental de parto, identificado por el enfermero, me dejaron pasar.

Llegué a Concordia, presté $2000 y salí para Caucasia. Estaba acorralado porque la guerrilla ahora iba a pensar que yo había sido el guia para llevar a la policía a capturar al insurgente herido. Las autoridades también sospechaban de mis salidas silenciosas y por eso me seguía. Era preciso abandonar a Concordia. Sin embargo el código internacional de Ginebra, sobre la conducta médica en el campo de batalla, había hecho de mí una persona con pasaporte universal. La verdad es que fui respetado por los combatientes de ambos bandos. A ellos les serví sin apetitos pecuniarios, de buena fe, cumpliendo mi juramento de médico.

UN FAVOR DE LAUREANO

Esto fue lo que comprendió el ingeniero Laureano Gómez cuando mi nombre, como médico liberal, estuvo cuestionado en su carpeta del presidente conservador y, sin embargo, ordenó que no se me persiguiera.

Agradezco a la presidencia de la República de 1950 al 53, cuando mi nombre, por los aciagos acontecimientos acaecidos en la vereda Morelia, estuvo en la carpeta de Laureano Gómez, quien exigió mi hoja de vida como estudiante y profesional, y ante unas quejas llevadas por la policía política de esa época ordenó que no se me hiciera daño, evitando así ser fusilado o encarcelado.

EL CONDUCTOR DE CONFIANZA

Hernán Betancur era conservador. Sin embargo, como conductor era también de mi entera confianza. Por raras circunstancias había dado muerte a un policía el 7 agosto 50 cuando se posesionaba Laureano Gómez. Se hizo acreedor a la simpatía de algunos sectores campesinos liberales siendo reconocido por las diversas brigadas de choques fascistas conservadoras. Contra estas era mi verdadero guardaespaldas.

En Bolombolo oímos unos gritos y unos disparos al aire. "La pesada", de Bolívar, Llamaba a Hernán. Allí estaban Chumara, Fernandito, Iván Agudelo y otros componentes de esa siniestra chusma. Los bolivianos andaban a casa del señor Gorgonio Zapata liberal quien en ese momento compraba ganado en una finca cercana. Ese día había tenido que abandonar su solar natal yéndose a vivir a Medellín. Para salvar de la muerte segura a Gorgonio le enviamos un carro a la finca para que le avisara y saliera directo, sin ir a Bolombolo, hacia Medellín.

Para no delatarnos en esta trampa mandamos el conductor del carro de Hernán a la estación de gasolina donde se haría el varado pero en realidad era para que nos sirviera de escape engañando a la pandilla. No confiábamos en el inspector de Bolombolo quien siempre seguía las consignas del tenebroso Pepe Suárez. Sin embargo Gorgonio Zapata no quiso huir hacia Medellín y se atrincheró con dos revólveres a la orilla de la carretera donde no lo pudieron cazar. Llenos de la rabia la emprendieron contra las puertas y el techo de la cantina debiendo desistir del empeño en capturarlo. Chumara le gritaba que le informara quien lo había alertado. Mientras tanto Hernán y yo arribamos a Concordia muertos de la risa.

José Ignacio González Escobar

domingo, 3 de noviembre de 2013

CONCORDIA. FRENESI Y GUERRA. CAPITULO 13


CONCORDIA. FRENESÍ Y GUERRA

CAPITULO 13

EN MEDIO DEL COMBATE.

El Carlos Torrente viajó en una ocasión a Medellín pasando por Bolombolo que estaba militarizado. El juez militar Gustavo Peláez Vargas, valerosamente, había detenido a Fernandito Gutiérrez. Sus amigos reaccionaron violentamente. Gutiérrez fue colocado en la parte trasera de un vagón de ferrocarril. Torrente se sitúa en el centro de este. Gorgonio Zapata desprevenidamente se sentó en los puestos de adelante. Cuando Gutiérrez le quitó un revólver a uno de los policías. Gorgonio se puso en guardia. Carlos estaba entre los dos contrincantes. Gutiérrez fue desarmado y de nuevo esposado.

EL PAREDÓN DE MORELIA

En Bolívar se cometieron asesinatos políticos. Uno fue Francisco Saldarriaga, liberal, excelente patrón, quien le tenía campamentos higiénicos a sus trabajadores. Les pagaba sus prestaciones sociales haciéndose a la malquerencia de los hacendados vecinos, entre ellos Julio Vélez, padre de Chúmara. El otro Antonio Herrán emparentado con Pedro Alcántara Herrán y el general Tomás Cipriano Mosquera, liberal. Jesús María Salazar recibió cinco impactos de revólver cerca de Morelia estando en compañía de Antonio José González, Marcos Luis y Rafael Muriel quienes fueron llevados por la policía hasta un barranco y fusilados a quemarropa. Muriel sobrevivió y a Salazar lo dieron por muerto.

Concluimos que, después de atenderlo quirúrgicamente, debíamos esconderlo ya que días antes un campesino había sido traído de Betulia con una herida producida por yatagán y a quien habíamos operado perfectamente. Pero al amanecer una comisión de la policía de ese municipio se lo llevó y lo acabó de matar en Morelia. Jesús María Bravo estuvo en la cárcel por ser liberal. La tarde en que lo liberaron los policías lo siguieron y en la vereda de Morelia, el agente Arturo Restrepo, a quemarropa, le hizo cinco tiros de revólver dejándolo muerto.

El domingo 27 diciembre 50 a las 11 de la noche, llegó la noticia de que habían atacado la inspección de Morelia. El alcalde, Aníbal González, acompañados del doctor Torrente mencionó que lo acompañara al lugar de los hechos. Le dije acaloradamente al alcalde que la obligación era de él como autoridad y no de nosotros los médicos. Que se trataba de un problema de orden público. Nosotros no éramos policías. Casi a la fuerza hizo subir al doctor Torrente a una camioneta y Carlos me insistió en que lo acompañara y de mala gana lo hice.

Morelia está sobre una cuchilla. Vereda cafetera de gente pacífica y ciento por ciento liberal. En la cantina de Ricardo Restrepo, liberal, se encontraba tendido sobre el mostrador con un tiro de fusil en el pecho. El cuerpo de Bibiano Meza finquero conservador. El de Manuel Betancourt joven conservador. El de Gabriel Mejía también conservador quien era el conductor del vehículo que los transportó. Cerca del orinal estaba el de Gustavo Grajales conservador. Todos muertos con arma de fuego. Fuera del establecimiento y contigua la capilla, estaban los cadáveres del inspector Antonio González, del policía Juan José Mesa y Francisco Ruiz, liberal. Al frente, en la tienda de Marcos Agudelo estaban dos policías heridos por tiros de revólver, Heriberto Urrego y Jesús María Serna. El ataque lo verificó personalmente el Capitán Franco basado en un falso aviso que horas antes le había dado uno de sus hombres diciéndole que en las cantinas de Morelia estaban los chusmeros conservadores de Concordia.

Lo que yo observe tenía todas las características de un genocidio. Había llegado la guerra civil guerrillera rural al municipio. El gobierno dirigido por Braulio Henao Mejía, a la ligera, envió un contingente de 80 policías boyacenses que acababan de llegar a la ciudad de Medellín. Venidos de las localidades del Cocuy, Guicán y la vereda Chulavita de Boyacá, todos mosquetones analfabetas, eran serios, agresivos y quienes habían prestado hacia poco el servicio militar obligatorio siendo luego incorporados a la policía. Antes habían trabajado como esclavos en jornadas de 12 horas, ganando sólo 30 pesos en una forma de esclavitud hasta el punto que los domingos le pedían permiso a sus patrones feudales conservadores para salir a los mercados de las poblaciones de Boyacá.

Eran conservadores por tradición y cultura. Estaban amaestrados políticamente por la Policía Nacional. Traían en su bagaje desconfianza y odio contra el elemento antioqueño. Decían venir a defender la religión católica junto con el Partido Conservador y al tiempo que se enriquecerían con el despojo de los abatidos.
El policía común y corriente, deslumbrado ante la dentadura amarilla del campesino antioqueño de sus prótesis de oro, lo que hacía después de matar era sacarle con el yatagán los dientes para venderlos al dentista. De esto fue testigo el odontólogo Darío González quien ejercía en Concordia.

Lo primero que hicieron al llegar a la población fue ir a la iglesia a confesarse. Se trasladaron a la inspectoría de Morelia. Allí los instalaron en un improvisado campamento y al día siguiente empezaron una carnicería que duró aproximadamente cuatro meses. Gabriel García Márquez dice que los muertos de las bananeras fueron 3.000. El informe conservador del General Vargaz, conservador, dice que fueron 35. Aquí en Morelia no fue ni lo uno ni lo otro, pero si contabilizamos unos 700. Se fusiló y degolló a la mayor parte del vecindario. Gente toda ajena a los sucesos del 27 diciembre. Campesinos traídos de Urrao, Betulia, el cañón del Barroso y la Santa Lucía. Todos liberales dizque sospechosos de estar comprometidos con la guerrilla, inocentes sacados al amanecer en las volquetas oficiales del municipio de Concordia.

A la orilla de la carretera hay un roble y a los 80 m, en una explanada, donde hay una escuela, un eucalipto, de estos dos árboles eran colgados. Fue el escenario de estos macabros asesinatos donde todavía hoy se encuentran restos de esqueletos. Borrachitos también de Guayaquil que al gritar vivas al Partido Liberal los acomodaban a estos románticos en esos vehículos de la muerte. Después de un viaje de 140 km a los que en el camino se le agregaban los sospechosos entregados por la alcaldía de Venecia o el inspector de Bolombolo, amanecían con un tiro en la cabeza o degollados en zanjones de la vereda Morelia. Eran comidos por los perros, gallinazos y aun por los cerdos. Morelia fue una epopeya de crueldad sevicia y sangre. Al preguntársele a un policía boyacense, fusil en mano y encarnizado, que tuviera cuidado con que su víctima no fuera ser un conservador, respondió: basta que sea antioqueño y que tenga dentadura amarilla.

Allí dejaron sus huellas los Capitanes Mejía del Ejército y  Piza y Velázquez, de la policía nacional y el gobernador Braulio Henao Mejía. Yo, un día cualquiera, bautice a Morelia como "la Guernica terrestre de la guerra civil colombiana". La vereda Morelia y sus alrededores, con los farallones de Bolívar y el corregimiento de Altamira, tienen fama de ser ricos en una gran variedad de aves tropicales. Con los genocidios repetidos desaparecieron por completo. La ecología de Morelia también cambió. La vereda fue ensangrentada, saqueada y dejada. "Pueda ser que de las cenizas salgan hombres y pueblos libres".

MORBO COLECTIVO

Con las experiencias de las necropsias practicadas en el cementerio de Concordia, maliciosamente y siguiendo los consejos de un médico provincial, conseguí toda clase de proyectiles y balines. Cuando las autoridades y en especial los familiares del herido o muerto preguntaban que si había encontrado la bala, les enseñaba una cualquiera del muestrario. Con ello trataba de terminar con la costumbre inveterada de exigirle al médico y preguntarle si había hallado y donde se encontraba la bala. En el acto quirúrgico se corrigen o estudian los destrozos provocados por esta, constituyéndose la búsqueda del proyectil en algo secundario. Pero para los interesados, el hallazgo era lo más importante así no tuviesen ningún conocimiento ni interés de un estudio balístico.

DIVISIÓN CONSERVADORA

El 7 agosto del 50, a las tres de la tarde, en el momento en que se posesionaba Laureano Gómez, mi amigo Hernán Betancourt, conservador, le partió de un tiro de revólver la aorta abdominal a un policía Girardot al frente al café la Bolsa. Hubo un abaleo nutrido en la plaza principal sin consecuencias trágicas pero esto creo una división entre el conservatismo Concordiano.

LAS AUXILIADORAS

Era frecuente que dos mujeres visitaran mi consultorio y farmacia: Luisa Meza (La Bruja) y Zoila Bedoya. En un principio compraban medicinas y consultaban como enfermas. Posteriormente se dieron a conocer como auxiliares de la guerrilla de Franco. Llevaban el pertrecho bajo las anchas y almidonadas enaguas. Jesús Urrea lo traía de Medellín y lo guardaba en un depósito estratégico bajo la escalera de la farmacia. En Betulia, fue recogido por la famosa chusma encabezada por José Luis Piedrahita. Cuando lo iban a ahorcar, apareció Pedro Nel Trujillo, ciudadano conservador de Urrao rescatándolo. Inmediatamente se trasladó al San Jorge, región que sirvió de refugio centenares de ciudadanos liberales del suroeste.

DESAPARECEN LOS MEDICAMENTOS

En febrero de 1950 se apareció una tarde en Concordia el Capitán Velázquez. Este hombre, medio gago, juguetón, trigueño, de regular estatura, llegó a mi consultorio ordenándome casi militarmente que lo acompañara al municipio de Betulia. Al llegar a Morelia unos 200 policías boyacenses y unos pocos antioqueños, se enfilaron en dos columnas al paso del carro, fusil al hombro. Un oficial le comunicó a Velázquez que había encontrado seis campesinos asesinados. Después de los honores, Velázquez siguió conmigo hacia Betulia. Allí estaba el cuartel de la policía nacional. Sí señor: 32 policías afectados por la fiebre tifoidea. Un policía caucano deliraba. Me rogó que lo sacara de ese infierno, pues el Capitán Velázquez, cuando se negó a fusilar a un campesino en la vereda San Mateo, a sangre fría, lo había escogido como verdugo en posteriores expediciones punitivas por los alrededores de Altamira.

Di 32 fórmulas con cloranfenicol. Los dos farmacéuticos de Betulia, conservadores, cerraron las farmacias, ya que la Policía Nacional no pagaba. El capitán Velázquez mandó las fórmulas para Concordia en la misma volqueta que nos había llevado. Al llegar a la Raya se largó un fuertísimo aguacero y encontramos la carretera interrumpida. En Morelia encontramos la plana mayor del conservatismo de Concordia: Leonardo Toro, Miguel Abel de Jesús Montoya y Víctor Laverde, tahur de profesión. Esperaban al Capitán Rafael Mejía quien venía de Medellín. Jesús Arboleda, conservador, me llevó a pasar la noche en su casa. Esa noche y a nivel de la cuchilla que separa el Barroso de la Santa Lucía, aparecieron cuatro lámparas de guerrilleros e innumerables tiros de carabina envolatándoles el sueño a los 200 policías. Al día siguiente apareció una volqueta del departamento llena de campesinos. Los campesinos fueron obligados a trabajar en los derrumbes. A eso de las nueve de la mañana llegó el Capitán Mejía todavía asustado por los acontecimientos de la tarde anterior. En Concordia, las farmacias escondieron el cloranfenicol y la policía debió pedirlo a Medellín.

LA INTERVENCIÓN DE LAUREANO

En el hotel encontré al jefe del detectivismo de Antioquia. Trajeron del Socorro a un policía santandereano con un tiro de fusil que le había atravesado el pecho. El sabueso me acompañó al hospital. El pulmón y el cerebro son los órganos que más fácil toleran el paso de un proyectil. El hombre sobrevivió. El detective me contó que existían grandes fricciones entre el ejército y la policía y que por ello el gobierno central estaba muy preocupado. Los jueces militares estaban tratando con mano dura a los civiles conservadores que se habían organizado en brigadas.

El Partido Conservador se había salido del cauce. El gobierno de Ospina Pérez envió una comisión e Italia para aprender de la experiencia que allá habían tenido con el guerrillero Juliano. La recomendación que les habían dado había sido la de inundar las zonas afectadas con carabineros y helicópteros. La alta oficialidad de la policía estaba muy preocupada por mi presencia en el municipio de Concordia. Que habían pasado un informe sobre mis actividades al ministerio de gobierno. Posteriormente supe, de muy buena fuente, que mi nombre estuvo en la carpeta de Laureano Gómez, quien sagaz e inteligentemente ordenó que no se me hiciera daño.

José Ignacio González Escobar

sábado, 2 de noviembre de 2013

CONCORDIA. FRENESI Y GUERRA. CAPITULO 12


CONCORDIA. FRENESÍ Y GUERRA

CAPITULO 12

LOS APROVECHAMIENTOS.

Los compradores de café y finqueros bolivianos, acompañados de varios conservadores salgareños, compraron las mejores fincas de esos municipios: la Troya, la Montebello, la Liboriana, la Florida, Cajón Largo, protegidos por los nuevos y favorables vientos políticos.

LOS DESPLAZADOS

La tercera parte de la población de Salgar abandonó el municipio aterrorizada. Buscaron refugio en Andes en donde sus habitantes no dejaron prosperar las chusmas conservadoras. Otros a Titiribí. Población caracterizada por su temperamento pacífico y gente acogedora. Sus conservadores no permitieron desmanes en contra de los liberales. Otros buscaron a Pueblorico y a Jericó en gran cantidad. Una gran masa proletaria acampó en los municipios de Bello, Envigado e Itagüí. No pocos en los barrios periféricos de Medellín convirtiéndose en cuchilleros y atracadores en Guayaquil. En los baños de los cafetines un abogado hacía publicidad profesional con un letrero que decía: "mátelo, que yo lo defiendo".

LA NATURALEZA OPUESTA, EL ESTIGMA DEL MÉDICO Y EL LADRÓN DE CABALLOS

En enero de 1950 el cañón del río Barroso en Salgar y la vereda San Mateo en Betulia estaban en llamas. El día tres a las cuatro de la mañana tocó la ventana de mi habitación un campesino del Barroso. Traía un hermoso y fino caballero. Me lo mandaba el Capitán Franco quien me necesitaba en la vereda las Andes para atender una señora enferma y un herido.

Difícilmente logre conversar con el campesino por qué me había excedido en rones esa noche. Le pedí esperar en Morelia y al maestro José (Pichinares), cuya sastrería quedaba al frente, le pedí un tamarindo helado y un vestido nuevo de color verde. A las dos de la tarde llegué a la vereda Morelia y con el hombrecito descendimos la falda de Santa Lucía en donde una comisión de policías y civiles de Salgar acababan de incendiar las casas de la región entre el puente de Troya hasta el Danubio, incluirá la vereda la Clara y la Aldea. La soledad era aterradora. El río Barroso estaba crecido y el acompañante no quiso cruzarlo. Me dijo que me lanzará con el caballo que era capaz de hacerlo y así lo hice.

En la fonda caminera de los Andes, abandonada, estaba Bertha Betancourt, hija de Jesús María, quien presentaba una fístula por un tiro de carabina en el maxilar inferior. Disparo que le había hecho la policía un mes antes cuando trató de esconderse en el monte. Ella misma me condujo hasta una choza donde había una mujer de posparto, afiebrada y la criatura viva. En otra choza estaba Joaquín Montoya (Quinillo), quien presentaba tres impactos de revólver y con sintomatología de peritonitis. Había sido herido por su compañero Pablo Urrea (Von Paulus), en una querella entre guerrilleros.

El Capitán Franco estaba furioso por este incidente y en ese momento se encontraba en la cuchilla de enfrente en guardia y atrincherado ya que hacía dos días había pasado un contingente de policías y civiles de Salgar quienes andaban por los lados de la finca La Palmera de Mariano Ospina Pérez. El regreso fue más fácil y por la falda de Morelia descendía una comisión de 80 policías con los 30 civiles de Salgar, armados hasta los dientes, cansados y hambreados. Venían de la Palmera. Los dirigía un Capitán López, boyacense, hombre culto y civilizado y Pedro Cardona, el inspector de Altamira.

Era mi tercer encuentro con ese personaje. Me preguntó que de dónde venía contestándole que de atender una señora de parto. Para que me creyera le mostré el fórceps que llevaban en el maletín de médico sin dejarle ver el otro equipo de cirugía que tenía en las alforjas. El hombre por un momento se mostró malicioso. Como mi caballo era muy bueno para cruzar la corriente del río se los presté a él y a sus hombres para cruzarlo ya que estaba crecido. A las 11 de la noche llegué al pueblo guardando en la pesebrera el magnífico y noble animal. Los guerrilleros no aparecieron con el herido quien fue capaz de superar las heridas de bala a base de alimentarse con gallina diariamente y aplicarse la penicilina que le había proporcionado.

A la semana me presentaron al señor Gabriel Velázquez en una feria de ganado en Concordia quien tenía fama de ser un liberal rico del cañón del río Barroso. Por ello se me ocurrió contale sobre mi correría ocho días antes en ese lugar. El hombre enfurecido me dijo que yo era el que le había robado. Eso lo había obligado a ir a la alcaldía donde el alcalde conservador, Bernardo Jaramillo, con la complacencia de sus copartidarios Bernardo Correa y Antonio González, por poco lo mandan a la Cuarta Brigada. (Para su disgusto había tenido que acudir a las autoridades conservadoras en ayuda para recuperar su magnífico ejemplar equino exponiéndose a ser perseguido por ser liberal) ¡Oh razón de la sinrazón. Oh, razón violada y estuprada, según Lukack!

EL MERCACHIFLE DE MEDICAMENTOS

El 20 enero 1950 me llegó el telegrama que me destituía como médico de la población. Influyeron las quejas llevadas por el alcalde de Concordia y cuatro ciudadanos conservadores. La sección materno infantil de la Secretaría de higiene, encabeza de su jefe, sostenía que para poner fin a la anarquía política reinante era preciso matar a 300,000 liberales. Como médico liberal yo era un testigo incómodo para el gobierno departamental. Entonces acepté la sugerencia del doctor Bruno González de poner la farmacia y dentro de ella mi consultorio: gravísimo error. Me iba a convertir en mercanchifle.

LA AMNISTÍA

En el 53 el suroeste aceptó la paz de Rojas Pinilla con excepción de un pequeño foco subversivo en Caicedo y uno más numeroso en Salgar. Allí se daban grandes venganzas personales y desahogo de pasiones políticas. Desde el 13 junio 53 hasta mediados del 62 ocurrieron muertes violentas casi a diario, caso único en Colombia. El epicentro de los sucesos fue la zona tolerancia del municipio llamada Salgar Viejo. Jóvenes liberales salgareños se atrincheraron allí con elementos venidos de Bolívar y Caicedo para formar una cuadrilla cuyo jefe fue Ángel Flores (El Pálido). Sucesivos gobiernos departamentales descuidaron el orden público en este municipio. El gobernador Ignacio Vélez Escobar lo primero que hizo fue imponer la paz y para ello visitó personalmente a Salgar donde sobre el terreno estudio del problema de orden público. Nombró nuevo alcalde militar mandando un jefe de lanceros activo y con órdenes específicas. Empezó a construir la carretera Bolívar Salgar y Salgar Concordia, para desenbotellar el incendiado cañón del río Barroso llegando a la pacificación casi completa del martirizado municipio

 

ATAQUE A BETULIA Y ALTAMIRA.

Municipio mártir. Si hubo municipio mártir durante la guerra civil fue el de Betulia con inmensas mayorías liberales. Contaba únicamente con 300 conservadores los cuales envalentonados con las condiciones políticas se volvieron crueles y sanguinarios. Los liberales Betulianos fueron encerrados entre Concordia y Urrao con única salida hacia la vertiente del río Cauca por donde muchos se escaparon hacia el municipio de Armenia. Existió una profunda rivalidad entre la cabecera y el corregimiento de Altamira. En el año 42 los Altamiranos moviéndose a pie y a caballo, un domingo por la noche, atacaron el pueblo. El Concordiano Ernesto Vasco, familiar de los Vasco de la vereda de El Concilio, defendió el pueblo como un tigre enfurecido. Hubo tres muertos y varios heridos, quedando un profundo resentimiento entre las dos comunidades. En otra ocasión la guerrilla liberal atacó la población de Altamira sábado en la noche encabezada por el Capitán Franco y Pablo Urrea, acción que fracasó. Hubo varios muertos. Buscaban sacar el cuartel de policía que se había atrincherado en una sólida instalación. De esta forma se producían ataques por bandos rivales entre regiones y también entre insurgentes y gobiernistas.

CAMPAMENTO MACHETERO.

La policía y la chusma quemaron todo el cañón de la quebrada San Mateo, casa por casa. Establecieron allí un campamento y con machete en mano cortaba los cafetales de las fincas. Se mató y degolló a sangre fría. Muchos campesinos cavaban, con anterioridad a las expediciones punitivas, sus propias fosas con el fin de aliviar de esa labor a sus familiares sobrevivientes.

LOS BIZCOCHOS PROVOCADORES

Se presentó una expedición punitiva de la chusma conservadora a la vereda el Yerbal encabezada por el civil José Salazar (Panadero), quien llegó a la tienda de los padres de Rodrigo Urrego. Allí encontró unos bizcochos diferentes a los que él fabricaba en Betulia. Por ello la emprendió rabiosamente contra las vitrinas, el mostrador e incendió la casa. El Yerbal y el caserío de Luciano Restrepo se convirtieron en veredas mártires de Betulia. En Urrao fueron todas sus veredas. En Salgar fueron la Clara y las Andes y en Concordia, Morelia y el Socorro.

LA CARRETERA DE LOS MUERTOS

En Betulia se mataba por motivos baladíes. Las cunetas y los precipicios de la carretera de Urrao a Concordia frecuentemente se encontraban llenos de cadáveres, víctimas unos de los chusmas conservadoras y otros de la guerrilla liberal. En una emboscada las huestes, el Míster le dio muerte al capital Cartagena jefe de la policía (el Ñato Cartagena). Un sábado resultó muerto José Luis Piedrahita. El asesino fue el propio Polton Muñoz por profundas diferencias entre ellos mismos. Hubo "cortes de franela" hasta enfrente de la Iglesia.

FATAL DOLOR MORAL

De 1950 al 53 el trayecto entre el Brechón de Concordia y el Brechón de Betulia se convirtió en un campo de tiro y en tierra de nadie. Morelia y el Brechón de Betulia, en campos de fusilamiento. Fueron actos de antropofagia y salvaje canibalismo político. Los urraeños acusaban a los conservadores Betulianos por la muerte de dos ciudadanos de Pavón en la plaza de Betulia. Venían en un carro escalera acompañados de Ignacio Arroyave. Fueron abaleados por la chusma después que Ignacio Arroyave dijo no conocerlos. Llegaron moribundos al hospital de Concordia donde iban a ser rematados por la policía oponiéndose valientemente el doctor Torrente. Lo acompañó en esta acción Carlos Mesa hoy anestesista quien visitaba a Carlos por esas calendas. Los dos urraeños murieron después del acto quirúrgico. A los dos días, Ignacio, después de oír los lamentos de una de las viudas, se voló la cabeza de un tiro.

CONSULTA DRAMÁTICA

En 1950 José María Fernández y Fabio Restrepo de Betulia me enviaron un mensaje diciéndome que me necesitaban en la vereda los Animes. Ya en Betulia me llevaron a su compra de café. Se trataba de la viuda de Ibarra, campesino y finquero liberal quien había sido asesinado días antes por la policía. La guerrilla sabía que yo iba. No debía irme por los sajones sino por los potreros y ellos pagarían el viaje. Me ofrecieron llevar un revólver y yo rechacé la oferta porque les tengo miedo. Muchos asesinatos se cometen en busca de esta arma de fuego. A la altura de la vereda Aguacatal me encontré con seis policías borrachos que exigían que nos fuéramos por los canalones.

Finalmente llegamos al filo de los Animes encontrándonos con Restrepo. A la derecha se veía la vereda del Yerbal incendiada y abandonada. Encontré la viuda en estado comatoso. Cuando empezaba el examen médico oímos un tiro de fusil a unos 100 m de la casa. Perdí la tranquilidad para examinar a la enferma y a la hora y media estaba en la plaza de Betulia.

Observe el campo de batalla de Aguacatal en donde el 18 enero 1900 el general Tolosa llevó a las huestes revolucionarios a semejante hueco. Ni Napoleón habría sido capaz de salir bien librado de semejante matadero. Dejé la fórmula en la agencia y no quise cobrar porque no había hecho un diagnóstico claro y preciso. Posteriormente, Restrepo me contó que trató de regresarse conmigo pero la policía insistía con acompañarlo hasta el retén de la San Mateo. Allá encontraron a un campesino desyerbando. Uno de los policías le apuntó diciéndole a sus compañeros que iba ver cómo había amanecido de puntería. El agricultor fue alcanzado por los disparos.

José Ignacio González Escobar