AERONAUTAS Y CRONISTAS

miércoles, 23 de marzo de 2016

LA HECATOMBE

 LA HECATOMBE

El 13 de noviembre se cumple un año mas de la gran hecatombe de Armero y es momento de contar lo que vimos y vivimos en esa nefasta fecha.

El día anterior habíamos hecho unos vuelos especiales por la Costa Atlántica y cumplidas más de las horas de vuelo especificadas y debido al cansancio acumulado en esa apretada gira, decidimos pernoctar para salir temprano al otro día hacia la capital. El avión era requerido muy temprano para cumplir el itinerario regular.


Despegamos antes del amanecer esperando llegar a Bogotá a las 06:30 máximo. Al alba ya sobrevolábamos la radioyuda de navegación de Mariquita, pero era más oscura de lo normal. Las primeras luces eran demasiado grises, la atmósfera opaca y se sentía un extraño olor. Era algo inquietante. Los olores inusuales en la presurización y la calefacción del avión, son de interés para las tripulaciones puesto que suelen ser indicadores de un mal funcionamiento del sistema de acondicionamiento de la atmósfera interior de la aeronave.


Esos eran los pensamientos cuando el controlador aéreo nos pidió iniciar descenso y tomar rumbo hacia el corredor de ingreso a la Sabana. Las comunicaciones aeronáuticas de esa hora, habitualmente congestionadas, eran reducidas y parecía como si la operación aérea estuviese algo paralizada. Se asociaba a factible mal tiempo que había obligado a cancelar vuelos.

Siendo rara la situación. Algo nos indujo a hacer una verificación visual de la posición mirando el terreno. Aunque volábamos por instrumentos, medio se podía ver el suelo. Mas, para mayor inquietud, los familiares campos verdes esmeralda de los fértiles arrozales y pastos del norte del Tolima, en el valle del Magdalena, no eran apreciables.


Se percibían reflejos en el terreno, como de espejos de agua con inaceptables brillos lúgubres. Situación nada corriente puesto que por esos contornos no había cuerpos de agua ni se daba ninguna inundación, como las que se ven en la Costa y el Bajo Magdalena, cuando el río se desborda cubriendo grandes sectores.

Buscábamos los cascos urbanos de la Dorada, Armero, Ambalema y otras poblaciones, siendo en vano debido la opacidad del aire y la poca luz del momento. Se desistió del empeño. Ante la imposibilidad de encontrar una referencia identificable, se concluyó que lo mejor era continuar con la mayor atención a la navegación por instrumentos. Además, en forma ocasional, se escuchaban en el radio del avión algunas comunicaciones y comentarios poco corrientes en los reportes de las aeronaves. Lo que solo se hace en ocasiones extraordinarias, aunque son reglamentarias. Una de ellas fue la nuestra.

El controlador aéreo preguntó por el estado del tiempo en la ruta y si se habían captado fenómenos anormales. Respuesta que no fue fácil dar puesto que no era identificable ni demasiado evidente lo que acontecía. Lo visto era normalmente atribuible a los días de mal tiempo meteorológico, que aunque no son nada amigables con las aeronaves, son situaciones regulares para los pilotos.

Después de aterrizar en el aeropuerto de El Dorado, ingresamos al despacho de vuelos y se inició el alistamiento de la rutina de vuelo a cumplir ese día. Estando en ello, los encargados de atender la operación aérea comentaron que por las noticias estaban hablando de algo así como un siniestro causado por una vaguada proveniente de la cordillera central y la factible destrucción de los pueblos de esa área.

De inmediato pusimos la radio y escuchamos a un conocido periodista que había recibido una llamada telefónica de un piloto de fumigación. El piloto había salido de Ibagué a aspersar, pero solo encontró un gran lago de lodo, los cultivos invisibles y el pueblo de Armero desaparecido. Ante tal situación regresó porque no tenía nada que fumigar y quería reportar el desastre.


En su voz se notaba que ni el mismo podía creerlo. Que no había encontrado a todo un pueblo que conocía muy bien por su trabajo. Que en tan solo una noche y de un día para otro, se hubiese esfumando de la faz de la tierra. Y eso que había volado a poca altura pudiendo ver los detalles de la hecatombe. Por supuesto que en las preguntas del periodista se denotaba, también, que algunas cosas no le eran creíbles. Insistía en que le confirmase lo reportado. Posiblemente pensaba que no le estaba diciendo la verdad, lo que contradecía la seriedad y credibilidad de quien lo contaba.

Sin embargo, era asociable con el porqué no habíamos podido ver las referencias cuando pasamos, a la misma hora y mas debido nuestra mayor altura que la del fumigador. Quedó confirmado que no eran infundadas la extraña situación, tan solo media hora antes, cuando sobrevolamos el lugar. Después también supimos el motivo por el cual los controladores indagaban por las novedades meteorológicas.

Entre la media noche y el amanecer, varias aeronaves se habían declarado en emergencia en forma simultánea y el controlador debió darles números para establecer el orden de prioridad llamándolos Emergencia 1,2,3, etc. Lo normal es que toda aeronave que se declara en emergencia es prioridad “uno”, con respecto a las demás aviones volando de manera normal. Pero ante varias emergencias simultaneas, tuvo que escalonarlas.

Sin identificar el motivo, sus motores habían tenido algunos malos funcionamientos. A uno de ellos se le esmerilaron los parabrisas frontales de tal forma que casi le impiden la visibilidad indispensable para el aterrizaje. Debió recurrir a las ventanillas laterales para la aproximación a la pista.

La mucha y filosa ceniza flotante en el aire, fue la causa de los inconvenientes. Con la velocidad del avion se erosionaron los vidrios. A nuestro avion no le sucedió tal cosa. Tal vez por la menor velocidad y porque ya se había decantado la densa nube que se formo en los momentos inmediatos a la erupción. El polvillo flotante, que opacaba el aire cuando pasamos, era ya poco y demasiado fino como para causarnos inconvenientes. La explicación del fenómeno se comprendió solo al día siguiente. En esa noche nadie supo la causa, ni el sistema aeronáutico ni los medios de información.

Paulatinamente se fue develando lo ocurrido. La noticia se regó por todo el mundo. Las Fuerzas Armadas, los organismos de socorro, las facilidades médicas y todo cuanto se pudiera movilizar, centraron sus esfuerzos en salvar vidas, rescatar sobrevivientes, acoger desplazados, suministrar auxilios y controlar la situación.


Los siguientes días fueron una torre de babel en nuestra Base Aérea. Llegaban aeronaves con materiales de todo el mundo, equipos de búsqueda, cargas de diversa índole y se hablaban más de 6 idiomas distintos.

Se ejecutó un esfuerzo descomunal para mitigar el desastre. Parecía como si el Apocalipsis se hubiese desatado. Como si la béstia, cual poderosos basilisco, hubiese decidido arrasarlo todo.


Son muchos los detalles relacionados con los hechos. En esta ocasión solo agregamos que algunos días después, cuando los sucesos algo se habían calmado, sobrevolamos el lugar. Pudimos ver que por las cuencas de los ríos Lagunilla y Guali había bajado una avalancha descomunal. Partía desde el casquete de nieve de la montaña, que ya no era blanco sino ceniciento. En donde nace el río, le faltaba una buena parte, señalando el punto donde se inició el deshielo. El glacial se había descongelado rápidamente debido al calor de la erupción que, de manera repentina, aumentó el caudal de las aguas bajando un raudo sunami.


El calor de las cenizas explicaba por qué muchos de los rescatados que recibimos en Bogotá, cando se les lavaba la gruesa capa de lodo que los cubría, aparecían con quemaduras. A pesar de que el agua provenía de un descongelamiento en una región lejana, a Armero había llegado bastante caliente. Contaban que el lodo estaba ardiente y los quemaba.


A eso se agrega que, aunque varios días antes se había reportado un represamiento a medio recorrido del rio, debido a un barranco que cayó al cauce y este no fue tenido en cuenta por las autoridades. Cuando llegó la creciente, se rompió el dique, que multiplicó la furia de la corriente.


A pesar que el río corre bastante hondo, por un cañón cual profunda arruga, que baja desde el casquete nevado del volcán, el deslave había barrido los costados hasta una altura que facilmente podía llegar a dos cuadras en ambos lados. En esa franja y a lo largo de todo su recorrido había dejado la roca a la vista y perfectamente limpia. Toda vegetación, que es naturalmente espesa, había desparecido.

No había ninguna de las casas campesinas que son normales en las orillas de las aguas que bajan de las montañas. Y entre mas abajo era más alta, indicando que a medida que descendía aumentaba el volumen.

Cuando llegó al piedemonte, donde comienza la planicie del valle del Magdalena y a poca distancia del lado occidental del pueblo de Armero, se explayo como un gigantesco abanico que abrió sus brazos para abarcar cuanto mas fuera posible. Dejó una cubierta de escombros y, sobre todo, material de aluvión. Era evidente que tenía varios metros de profundidad y dejaba sobresalir solo unos pocos muñones de lo que habían sido los muros de las casas y construcciones del casco urbano. Hasta la altura de la torre de la iglesia había llegado.

Descargo muchas rocas de gran tamaño, tocones de árboles y dejo causes, por donde escurría aun agua del lodo de ceniza. Tierra y vegetación horriblemente mezcladas, que se compactaba en la medida que secaba formando una loza estéril de cemento natural.

Como si hubiese pasado una mezcladora de concreto de enormes proporciones que había vomitado su contenido de manera repentina. Había enlosado todo un delta cuyo vértice iniciaba en la salida de la montaña y corrió hacia el oriente en búsqueda de la orilla del rio Magdalena a más de diez kilómetros. Sobre un buen trayecto del rio descargó el contenido en sus aguas.

Ese enorme triangulo había quedado convertido en un piso totalmente plano e inerte, como cuando se derrama concreto para hacer una loza de cemento. Solo algunas copas de árboles, que resistieron en pie, sobresalían de aquel inesperado pavimento natural. Parecían pequeños oasis de sombra donde pocas personas lograron sobrevivir subiendo a su ramas en huida de las arenas movedizas de la pegajosa arcilla que los quiso devorar. De ellos los rescataron los helicópteros.


EL MAYOR GERMÁN LAMILLA. SOBREVIVIENTE DE LA HECATOMBE Y OFICIAL FAC.

Muchas otras cosas acontecieron alrededor de esta tragedia, con detalles dolorosos, que por respeto a quienes sufrieron, no narramos. Basta con este panorama general. Del cual, también se pueden contar mas, que será en otra ocasión, pues ya es demasiado extensa esta crónica.
Coronel Iván González.

martes, 22 de marzo de 2016

UNA MISION SUICIDA

Una misión suicida (I)



Al correr hacia el helicóptero, no alcanzábamos a imaginar lo ocurrido en aquel vestigio de nuestra Patria. Eran las cuatro y media de la tarde del lunes 30 de septiembre de 1996 cuando despegamos del Batallón Joaquín Paris ubicado en San José, capital del departamento del Guaviare, con rumbo a la población de Lasdelicias en el departamento del Caquetá. Territorios, hasta ese momento desconocidos, del cual, solo sabíamos gracias a un pequeño y distante punto en nuestras cartas de navegación.

Íbamos en el Helicóptero FAC 4122, Black Hawk de la Fuerza Aérea Colombiana. Yo era el copiloto de una tripulación de 4 personas, un piloto y dos técnicos de vuelo, que ese día recibimos la orden de evacuar algunos soldados heridos acantonados en el puesto militar de aquella región

Para llegar a esa población atravesamos el departamento del Guaviare y sobrevolamos durante dos horas y media 450 kilómetros de selva espesa, infinita y profunda. A la mitad del camino, nuestra cabina, que hasta este momento vivió un ambiente fraternal y tranquilo, se fue quedando en silencio y se llenó de inquietantes secretos. La noche empezó a caer trayendo consigo un paisaje siniestro, gris y oscuro, como preludio de acontecimientos fatídicos. Debajo, la selva cada vez era más espesa, más primitiva y más espeluznante.

El sol ya nos había abandonado tras el horizonte, solo sus fantasmales halos nos ayudaban a distinguir entre espejismo y realidad. Llevábamos 2 horas de vuelo y estábamos muy cerca de nuestro arribo. Era la hora de llamar a las tropas del Ejercito Nacional: -Ejercito, Ejército, de rotor...-, -Ejercito, Ejercito, Ejercito de rotor...-, a la espera de su respuesta me imaginaba aquellos hombres tratando de sintonizar el radio al escuchar el sonido de nuestro helicóptero, -Ejército, Ejército, Ejército de rotor...-, seguimos esperando y volviendo a llamar repetidas veces. Vanamente conseguimos algo, por el contrario siempre recibíamos el sonido seco de la estática de nuestro radio como respuesta.

La noche finalmente nos arropó y las luces de la cabina no eran precisamente el augurio de un feliz término. El sistema de navegación marcó las coordenadas del destino justo debajo de nosotros, pero no logramos verlo, hicimos varios giros, hasta que este surgió bajo una bruma densa, “¡parece que es ahí!”, expresó el Capitán“, gire la cabeza y vi la estampa de un pueblo abandonado y destruido por la barbarie. Era una fotografía en blanco y negro de casas destruidas, de cuerdas y postes formando desordenadas telarañas con sus cuerdas eléctricas y de pequeñas embarcaciones hundidas a la orilla del río.

Buscando algo que nos diera un motivo para aterrizar, dimos varias vueltas sobrevolando las ruinas: un soldado, un infante de marina, un campesino, una señal de humo, algo o alguien, pero nada se apareció. Pensamos en proceder hacia la base aérea de Tres Esquinas, una de las unidades más antiguas de la FAC, ubicada en el Caquetá a unos a 70 kilómetros de distancia. Al ver el remanente de combustible nos dimos cuenta de la alarmante realidad, no nos alcanzaba para cubrir esa distancia y tampoco para proceder hacia algún otro sitio que ofreciera la seguridad necesaria.

Era imperante aterrizarnos allí, en este pueblo fantasma donde muy seguramente los terroristas preparaban nuestro destino. Me imaginaba la emboscada preparada y nosotros listos para pelear evadiendo cilindros y repeliendo el fuego de las ametralladoras enemigas. Nuestra situación era crítica, en ese instante todas las posibilidades pasaron por la mente, desde la idea de arborizar lejos de allí hasta caer sobre algún cultivo de coca o entrar en combate frontal. Todas las alternativas eran peligrosas, mas no podíamos quedarnos en hondos pensamientos. Nuestro deber era aterrizar. Debíamos pelear contra el miedo y el enemigo para rescatar a nuestros héroes y abastecer la aeronave.

Descendimos a poca altura donde identificamos lo que sugería ser personas acostadas en el suelo y algo que parecían bultos en movimiento. Pensé en una sorpresa del enemigo, pero era raro que estos no se ocultaran. Lo que se movía eran animales caminando entre ellos. El piloto de la aeronave tomó las precauciones necesarias y ordenó a los técnicos de vuelo alistar las ametralladoras.

Seguimos aproximándonos. Se podían ver las puertas abiertas, las ventanas caídas y las paredes con huecos. Las cicatrices de un combate demencial. La escena era apocalíptica, humo, escombros, abandono. Mire nuevamente hacia las siluetas y fue cuando la sangre se me congeló en un solo segundo. Eran los restos humanos de los soldados regados por todos los flancos lo que se movía eran cerdos salvajes alimentándose de sus entrañas.
La base militar de Las delicias ya no existía.



La cruel realidad nos despertó de un solo tajo y la presencia de la muerte nos hizo pensar en lo efímero que somos, en lo temporal y lo eterno, en la inocencia de las victimas y en la maldad de los victimarios. Cerramos los ojos y pedimos a Dios que nuestra acción fuera valiente y fraternal, para buscar en silencio a los sobrevivientes que, escondidos, deberían estar velando por sus vidas. La función macabra había terminado, era un momento tenebroso.

Respiramos profundo y alistamos la aeronave para aterrizar. Apostamos a la vida o a la muerte. Mi Capitán ordenó máxima disposición de combate, ajustar los protectores y desasegurar el armamento. Los pilotos con las manos sobre los controles, los artilleros, con sus escudos blindados sosteniendo las armas y con el dedo en el disparador y todos, con los ojos puestos sobre lo que se moviera en el horizonte. Alertas y callados con la adrenalina calcinando el miedo, el sudor corriendo y los corazones palpitando aceleradamente.

Las ráfagas de los rotores apartaban los árboles y agitaban las ramas levantando nubes de polvo y hojas, en diabólicos remolinos. El peligro era latente pero seguíamos vivos, ni un disparo, ni explosiones de bombas, ni gritos, nada. En vuelo lento, casi a ras del suelo, el helicóptero se deslizaba, cual ángel de la noche explorando entre los escombros y las ruinas de una antigua civilización extinta. Con las lámparas alumbrábamos los rincones, las garitas destruidas y el puesto de mando incendiado.

Al bajar, la pegajosa humedad entró por las puertas abiertas, donde estaban alertas los artilleros, con penetrante y fétido olor. Nos invadió la desolación y el espectro de la muerte con el vaho de los cadáveres que convertían el aire en nauseabundo gas irrespirable. En el espacio abierto para los deportes yacían los cuerpos de 17 de las víctimas de un cruento final, incinerados 5, junto a las trincheras, 8 caídos dentro de las ruinas y 5 ahogados en la orilla del río.

El fuerte viento estremecía a aquellos heroicos patriotas inmolados pero no vencidos, inermes como piedras, cubiertos de harapos y equipo militar destruido. Algunos, con los ojos abiertos en sus pálidos rostros, mostraban su último gesto de dolor y valor. Veíamos como los cuerpos eran empujados por el inevitable viento de la maquina, al mismo tiempo nos empeñábamos en detectar cualquier señal del enemigo.

De repente, notamos destellos de luz titilando bajo los escombros y ligeros movimientos. Detuvimos el vuelo de inmediato pensando en un ataque frontal, giraron las ametralladoras, quietud, máxima alerta y tensión con los nervios a punto de reventar. Solo el rugir de la máquina, el golpeteo de las aspas del rotor pero ningún ruido de armas.
Como sombras surgiendo de tumbas, comenzaron a aproximarse siluetas que arrastraban los pies y levantaban los brazos con actitud de suplicantes zombis. Caminaban implorando ayuda. Cuando la fuerte luz del reflector del helicóptero los cubrió, vimos sus fantasmagóricas figuras.

De repente, encontramos lo que habíamos venido a buscar desde el lejano Guaviare, de donde partimos ese día a muchas millas de distancia de jungla al oriente del país, sin saber lo que nos esperaba. Eran los sobrevivientes del exterminio de la Base Militar de Las Delicias, sobre el río Caquetá, así parecieran seres del otro mundo. Solo el brillo de sus ojos lo negaba, el resto era igual: lodo, sangre, sudor y lágrimas.



Mayor Ricardo Torres S.

Oficiales FAC

PALANQUERO Y EL CAPITAN FRANCO

PALANQUERO Y EL CAPITÁN FRANCO

CAPITULO I

Con motivo de cumplirse el sesentavo aniversario del asalto de la Base Aérea de Palanquero el próximo 31 de diciembre del 2013, es propicio y necesario poner en evidencia un aspecto poco investigado. Se trata de la relación que existió entre las guerrillas liberales de Urrao, encabezadas por Juan de Jesús Franco Yepes, exsargento del Ejército, “Capitán Franco” y las operaciones aéreas de contrainsurgencia que adelantaba el Comando Aéreo de Combate Numero 1 o Base Aérea de Palanquero.

Durante el año de 1952 el país se encontraba en pleno conflicto interno denominado como “El Tiempo de la Violencia”. La confrontación partidista se venía fraguando desde años atrás pero se recrudeció con el asesinato del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril de 1948. Después de la entrega de la presidencia por parte de Mariano Ospina al presidente electo Laureano Gómez, los partidarios liberales sufrieron una cruenta persecución. Ante tal situación algunos se organizaron en grupos armados. Como no les era factible permanecer en las áreas urbanas, debido a que en ellas tenia primacía las Fuerzas Armadas, optaron por crear grupos en las áreas rurales.

Se presentaron grupos de mucha beligerancia en la zona andina. Uno de ellos en las estribación occidental de la cordillera oriental a la altura de Santander y norte de Boyacá. Su área de acción se extendía al valle del Magdalena afectando la navegación fluvial, la seguridad del oleoducto, el centro de refinación de crudos de Barrancabermeja y el ferrocarril central. Esta autodefensa liberal, como solían denominarse, era encabezada por Ramón Rodríguez.

El otro en el sector oeste del departamento de Antioquia que extendía su influencia al noroeste y el suroeste. Su composición comprendía dos focos. El del valle del rio Pavón en el municipio de Urrao, Antioquia, comandando por Juan de Jesús Franco, denominado “Capitán Franco” o “El Mocho”. La otra en las estribaciones de Cerro del Sol o Paramo de Frontino, en el mismo municipio. Específicamente en la vereda Camparrusia. La manejaban Ceno Urrego, Arturo Rodriguez y Aníbal Pineda. Los dos grupos acordaron efectuar acciones conjuntas y coordinadas aunque con autonomía operativa.

CAPITAN FRANCO

La Fuerza Aérea, realizaba acciones de neutralización y bombardeo tanto al frente de Santander como al de Antioquia. En relación con el grupo del Magdalena, a lo largo del todo el año 52, la Base Aérea efectuabas patrullajes aéreos armados desde la Dorada, donde se encuentra la Unidad militar, hasta Puerto Berrío. Y en algunas ocasiones hasta Barrancabermeja brindando apoyo a las fuerzas de superficie, evitando atentados a la infraestructura. Así contrarrestaba de manera efectiva al grupo del departamento de Santander que atentaba contra importante patrimonio nacional. Inicialmente los grupos de liberales armados, que habían acudido a la vía armada para defenderse del régimen político, no tenían como enemigo a las FF AA, pero por acciones como esas se fueron convirtiendo en blanco de sus agresiones. La unidad aérea fue uno de ellos.

EL ASALTO A LA BASE ÁREA DE PALANQUERO Y EL CAPITÁN FRANCO
CAPITULO II

En relación con el grupo de Antioquia. A finales de 1951, la Fuerza Aérea bombardeó la finca La Unión en el valle del rio Pavón del municipio de Urrao, donde, supuestamente, se alojaba el cuartel del Capitán Franco. Realmente este permanecía más en la finca El Hato. De todas formas La Unión fue luego incendiada por las fuerzas gobiernistas por ser propiedad de simpatizantes de las tropas de Franco, según la declaración del Mayor Luis E. Millán el 4 de octubre de 1951.


PANORAMICA DE URRAO
Posteriormente y para el primer semestres de 1952 se bombardeó al grupo de Pavón, específicamente el campamento de Cariazul que causó graves daños y destruyó la fábrica de armamento de Santa Ana. Este fue un golpe significativo ya que afectó un recurso importante de los guerrilleros.

Para finales del mismo año, el 19 de sep, El Capitán Franco sufrió una baja en ese mismo sector en un combate terrestre. Se trató de la muerte del prestigioso guerrillero valluno Luis Delio Mejía Botero denominado “El Míster”. Personaje no solo muy apreciado por Franco sino valioso por su capacidad de liderazgo. Ante tal hecho, Franco inicio una operación de rastrillo que hizo replegar a los aproximadamente 1.500 hombres de las fuerzas del gobierno.

Además, Franco y su colega denominado “El Gordo”, habían acordado un acción conjunta y simultánea con las guerrillas del Llano en un plan general que consistía en un marcha desde del oriente del país con 17 mil sublevados hacia Bogotá. Mientras que los de Urrao se moverían con una fuerza de entre 4 y 5 mil hombres desde el occidente. Simultáneamente, las fuerzas del Tolima y las de Viotá atacarían Palanquero. Las de Santander se tomarían a Barrancabermeja. Las de Restrepo (Valle) y Ceylán, atacaban a la base de “El Guabito” (Escuela Militar Marco Fidel Suarez). En forma local operarían las guerrillas de Huila, bajo Nechí. Mogorontoque y Sumapaz. 

La FAC bombardeó Camparrusia, los colegas de Franco en las estribaciones del páramo de Frontino, en un acción conjunta con tropas terrestres. Este ataque fue exitoso y se pudo destruir dicho reducto insurgente pero eso no evitó que se desistiera del plan general.

El ataque a la Base Aérea de Palanquero era un objetivo no solo de importancia para quitarse un enemigo que los hostigaba, junto a los de Santander, sino también que apoyaban el plan estratégico general antes mencionado, así este no se ejecutara. El asalto se justificaba por sí solo.

Consideraron tomarse la unidad sin destruir los aviones de combate F – 47 ni sus facilidades de combustible, con el fin de obligar a los pilotos a bombardear las instalaciones militares y de gobierno, incluido el palacio presidencial en Bogotá. De esa forma contribuían a la acción primordial de las guerrillas de los Llanos. Para lograrlo los rebeldes pensaron en un procedimiento que demuestra el total desconocimiento de los aviones que pretendían apoderarse. Querían encañonar a los pilotos acompañándolos en las cabinas para obligarlos a bombardear, desconociendo que en ellas solo hay cabida para el piloto.

AVION T 33

EL ASALTO A LA BASE ÁREA DE PALANQUERO Y EL CAPITÁN FRANCO
CAPITULO III

Esas intenciones fueron contadas durante las declaraciones posteriormente rendidas por los bandoleros capturados, los testimonios del sacerdote Enrique Pérez Arbeláez, quien se encontraba la noche del asalto, y el del Capitán Jorge Zapata quien era el comandante encargado porque el titular había viajado a Bogotá y su casa estaba vacía.

CAPITAN JORGE ZAPATA

Con esas premisas, la Base Aérea fue asaltada en la noche del 31 de diciembre de 1952 aproximadamente a las 02:00 horas. Momento para el cual presumían que sería el momento más vulnerable y de mayor sorpresa debido a la celebración de las festividades de final de año.
El Padre Pérez cuenta que debido a las sirenas de barcos y locomotoras a la media noche, celebrando la llegada el nuevo año, decidió abandonar su descanso y se fue a recorrer las calles de la Base ya que no podía dormir. Llegó a la rampa de los hidroaviones donde admiraba tranquilamente el paso del rio y escuchaba las conversaciones de los oficiales que con sus señora prolongaban las festividades.

RAMPA DE HIDROAVIONES

En medio de la pólvora, la música y las radios, comenzó a escuchar estampidos de armas. Vio pasar soldados corriendo y preguntó sobre lo que sucedía. Le dijeron que los habían atacado pero no creyó mucho hasta cuando sonó la sirena de la alarma general. Se dirigió a la enfermería apagando cuantas luces de las casas encontraba encendidas viendo como las balas hacían impacto en techos y paredes. Se puso a atender heridos que llegaban. Al mismo tiempo oía las órdenes dadas por los altoparlantes del Teniente Coronel Eduardo Escandón, comandante de la Fuerza Aérea, quien asumió el mando de la defensa. El TC. había llegado días antes a la unidad en plan de vacaciones.

TC. EDUARDO ESCANDON

Asistía a las Hermanas, que manejaban el hospital, en las atenciones médicas y daba los auxilios espirituales a los heridos graves y los muertos. Tanto militares como asaltantes. De estos últimos uno le dijo: “Nos cogieron en la hacienda de la viuda de Floro y nos echaron por delante”. Al amanecer encontró al frente de la casa del comandante un cadáver, que por su aspecto y por los aderezos que lucía, fuera de lo común, parecía ser el jefe. Calzaba botas, vestía una chompa impermeable, guantes finos de cabritilla y una esclava de plata. Mientras los demás tenían vestimenta miserable y portaban un viejo armamento y machetes. También tenía un plano del ataque hecho a la ligera, a lápiz y como para instruir a sus aliados con simpleza.

Según el plan cortaron el telégrafo y los teléfonos. Ultimaron al operador de la planta eléctrica pero no suspendieron el servicio. Penetraron a la casa del Comandante quien no se encontraba, como ya se dijo, mientras el supuesto jefe permanecía afuera tal vez en espera de que este saliera para secuestrarlo o matarlo. En ese lugar fue ultimado por el mismo soldado Libardo Ortiz que custodiaba el generador y quien dio la primera alarma.

EL ASALTO A LA BASE ÁREA DE PALANQUERO Y EL CAPITÁN FRANCO
CAPITULO IV

El Capitán Zapata, encargado de la unidad, hizo un recuento de las operaciones emprendidas para la defensa. A mediados de diciembre 1952 se recibió una información, no confirmada, que los sediciosos atacarían las instalaciones petroleras de Barrancabermeja para el día 20 de ese mes. La Base intensificó los patrullajes pero a la fecha no sucedió nada.

 A la media noche del 31 se iniciaron las celebraciones de fin de año sin sospechar que de la cordillera, amparados por la oscuridad y la topografía, se aproximaba una crecida agrupación ofensiva. A las 02:30 las tropas pasaron al descanso y los oficiales se retiraron a sus casas con sus familias.

Minutos más tarde llego jadeante el Soldado Libardo Ortiz, que estaba de centinela en el puesto 8 del área de la planta eléctrica, informando que gentes armadas habían penetrado por el sector norte en actitud hostil. Que habían asesinado al encargado del generador, el Sargento Segundo Jorge Eliécer Michaels. El Soldado Ortiz regresó a su puesto donde se parapetó dando de baja al jefe de los atacantes y manteniendo a raya a sus compinches quienes inútilmente trataran de envolverlo. El sedicioso era Ramón Rodríguez. Igualmente el Soldado del puesto 4 informaba al Capitán Alfonso Barragán que también por el costado oriental se aproximaron hombres armados que dieron muerte al Soldado Carlos Mazo. El CT. Barragán ordenó la alarma con corneta cuando estallaba una bomba que mató al soldado Óscar de J. Sánchez.

El marinero Jesús Herrera fue asesinado mientras alistaba los aviones para salir a vuelo. A las 03:10 se definieron dos frentes de defensa. Uno comandado por el Teniente Rafael Pinto quien progreso hacia el norte en contrataque. Otro dirigido por Capitán Barragán quien repelió el asalto proveniente del oriente. El Teniente Ricardo Nanclares llegó con un grupo de policías de la Dorada sumándose a la persecución de los asaltantes que se batían en retirada. El suboficial técnico Gustavo Vélez neutralizó a unos francotiradores desde el taller de motores. El suboficial técnico Antonio Tavera logró dar de baja a los dos que habían ultimado a su compañero Michaels, manteniendo bajo control la planta eléctrica. Mientras que los Tenientes Jaime Martinez y Álvaro Garzón dieron de baja en las pista a otros enemigos y capturaron al sedicioso rezagado Juan Rodríguez. Despejada la pista los tenientes Rafael Pinto y Alfonso Morales salieron a vuelo en dos aviones T- 6 para hacer reconocimiento y orientar a las tropas.

AVION T 6

Recuperado el control de la Base se contabilizaron 33 atacantes muertos, dentro de los cuales estaban 19 de los más temidos forajidos de la región. Y se sufrió la lamentable pérdida de un suboficial, un marinero y cinco soldados.
Dos días después el Capitán Barragán regresó del sector de la hacienda San Cayetano, aledaña a la Base, con ciento veinticuatro prisioneros.
Loor y gratitud imperecedera a aquellos que en el amanecer del 1° de enero de 1953 se inmolaron o fueron heridos por defender el estandarte de la Fuerza Aérea Colombiana. Ellos son:

LOS HÉROES:

Sargento Segundo Jorge Eliécer Michaels.
Cabo Segundo José Neftalí Peña
Cabo Segundo Jesús N. Ospina
Cabo Segundo Carlos A. Mazo
Cabo Segundo Óscar de J. Sánchez
Cabo Segundo Juan Clímaco Contreras
Marinero Primero Jesús Herrera.
LOS HERIDOS EN COMBATE:
Soldado Leonel Gómez Sánchez.
Soldado Alfredo Navarro
Soldado Luis Alfonso Ramos

ESCUDO DE LA FAC


miércoles, 10 de febrero de 2016

LAS ANIMAS DEL PURGATORIO

LAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

Para el 2 noviembre en todos los pueblos, se dicen misas y se hacen celebraciones por las almas del purgatorio. Es el día las ánimas.

Un 1 de noviembre de los primeros años de la década de 1940 mi mamá confeccionaba ropa por encargo y no pudo poner presentable la lápida de la tumba de mi papa. Yo quise ir a limpiar la lápida. Al otro día debía estar bonita para la misa que celebraría en el cementerio. Normalmente la gente iba temprano el día anterior. Yo no pude y llegué como a las cinco de la tarde a la casa. Le dije a mi mamá que quería arreglar la tumba para la celebración del día siguiente aunque ya estaba relativamente tarde.

Ella me expresó su preocupación. Yo le dije que tenía una hora porque el cementerio lo cerraban a las seis. Que alcanzaba y me llevaba de compañía a mi hermana Olga y a una vecina como de 12 años, que vivía cerca de nuestra casa. Le dije: Tengo tiempo y enseguida me devuelvo. Seguro que estaría de regreso para las seis.




(Esta foto corresponde al cementerio viejo de la década de 1920, aproximadamente. Ocupaba, solamente, la parte superior de la colina, a la cual se llegaba por un camino. A fines de los años 20, el párroco Ceferino Crespo, inició su remodelación para lo cual compró la parte de la loma y el plan de adelante, en donde construyó varias filas de bóvedas y un portal inicial. La actual portada del cementerio remodelado está al frente de la casa de la izquierda sobre el camino. Así era mucho antes de la historia que les estoy 
contando).

Para esa hora, en el cementerio ya no había nadie. Pude arreglar y poner unas flores en la tumba. Cuando ya iba a regresar, llegó una amiga en compañía de la hija. Fueron hasta la capilla y yo pensé que por lo tarde sólo iban a rezar unas cuantas oraciones. Decidí esperar para regresar con ellas. Mas los rezos se les alargaron y se oscureció. Yo estaba ya muy preocupada, no me sentí capaz de irme sola. Decidí más bien esperar hasta que ellas acabaran y aprovechar su compañía. Prendieron hasta velas. Los rezos se prolongaron tanto que me dieron como las ocho de la noche en el cementerio.



(Una de las galerías del actual cementerio)

Repentinamente, en un punto donde la galería hace una esquina, sentí que en ese sitio oraban con una voz muy delgada y rápida. Yo me alegré porque pensé que había más gente y eso me tranquilizó. De pronto, ví que de esa esquina salieron como tres o cuatro personas. Estaban vestidas con unas túnicas de colores verde, azul y gris claro. Caminaron hasta un lugar cercano a la capilla y alli se perdieron. En ese momento también terminaron las voces. Yo me sorprendí sobremanera.

Al poco rato, bajaron las amigas que estaba esperando y nos juntamos muy pegadas las unas de las otras. Por lo que vi, ellas no se dieron cuenta de lo que yo había visto porque estaban entretenidas en sus plegarias. Ellas no me mencionaron nada y yo tampoco les comenté lo que había visto.

Llegamos hasta la portada del cementerio que estaba cerrada. Al lado de la puerta había un muro y por ahí tuvimos que montarnos para poder salir hacia el potrero contiguo. La señora primero. Yo le pasé las dos niñas. Luego yo y, por último, la hija de la señora. Después pasamos por debajo del alambrado que lindaba el potrero con la calle y continuamos caminando.




Nos separamos en una desviación antes de llegar a la casa. Como yo quedé solo con las niñas, arrancamos a correr lo que más pudimos porque me sentía con mucho miedo. No paramos hasta llegar a donde había gente. En la primera esquina del pueblo, ya nos fuimos despacio para qué nadie pensara que estaba sucediendo algo extraño.

Yo estaba muy preocupada por qué me iban a castigar y a recriminar muy fuerte por estar andando sola la calle durante la noche. Mucho menos me creerían que estábamos en el cementerio. Por eso les recomendé a las niñas que no dijera nada. En el caso de que nos preguntaran yo sería quien contestaría lo que primero se me ocurriera. Mucho menos contaran que veníamos del cementerio.

Entramos a la casa y mi mamá ni nadie nos preguntaron dónde estábamos. Por eso el suceso se quedó en secreto.

Así terminó la aventura. Sin embargo, por ese motivo yo sostengo que ví a las almas del purgatorio.





(En el extremo de la esquina inferior derecha, donde llega la carretera perimetral, se puede ver, de canto, la alta y actual portada, de color marrón, de entrada al cementerio moderno. En el tiempo de la crónica, el casco urbano no llegaba hasta el cementerio, como si lo es ahora).



Ligia Urán R.  Iván Gonzalez U.