AERONAUTAS Y CRONISTAS

martes, 9 de abril de 2013

LAS TORRES GEMELAS



CAIDA TORRES GEMELAS

Para finales de 1991 acompañamos a un grupo de alféreces de la Escuela Militar de Aviación Marco Fidel Suarez de Cali, EMAVI, a una gira por los EE UU con el fin de hacer una complementación a su formación y para familiarización con las políticas y doctrinas militares de esa nación. Uno de los lugares a visitar en Nueva York eran las emblemáticas Torres Gemelas del Centro Internacional de Negocios, en la isla de Manhattan. Temprano tomamos los buses y llegamos al pie de ellas.
Yo estaba acompañado por un oficial de la Fuerza Aérea Norteamericana de la especialidad de Inteligencia. Él nos ayudaba a hacer coordinaciones y solucionar algunos asuntos administrativos y logísticos de la gira. En este viaje me pasaron varias anécdotas con él y esta fue una de ellas.
Al momento de llegar al pie de las torres y desembarcar los buses, como coordinador de la gira, le informé al personal de alumnos la hora de reembarque para el regreso advirtiéndoles que los esperaba puntualmente. Eso extrañó a mi compañero quien me pregunto si no pensaba subir a la parte alta de los rascacielos donde estaba el famoso mirador de la ciudad, lugar de atracción turística. Le contesté que no. Que esperaría leyendo un libro que había llevado para distraer el tiempo mientras los alumnos y demás oficiales que nos acompañaban (Debía, Mosquera y otro que no recuerdo), subían a la cúspide.
Desde la noche anterior, en el hotel, había decido no subir a los edificios y por eso me armé de mi libro. Había comenzado a sentir cierta prevención sobre esa visita sin ningún motivo claro ni aparente, aunque palpable y real. Pensé que podría ser debido a la gran altura, algo no justificado puesto que las alturas en edificios, en condiciones seguras, no me atemorizan. Menos si se trata de la altura en avion. No quise inquietarme ni ocuparme del asunto. Me dediqué a descansar para estar con ánimos para las actividades del día siguiente.
El amigo se extrañó sobre manera y me insistió diciéndome que era raro que yo quisiera perder una escasa oportunidad y que para esas experiencias habíamos viajado desde lejos. Le dije que era verdad, sin embargo, esos edificios no me interesaban. Le noté una ligera sonrisa picaresca. No sabía si de burla o de sorpresa, que no quise indagar. De manera repentina y como un reflejo instintivo e irracional sin ningún motivo, le agregué. “Estos edificios me causan temor”. Con más curiosidad insistió. ¿Porque?
Yo ya no tenía ganas de seguir contestando interrogatorios molestos que me hacían sentir incómodo y demandas sobre algo que yo no podía explicar, porque ni yo mismo lo sabía. Además, me daba prefecta cuenta que estaba actuando y comportándome de manera bastante y suficientemente extraña como para que se me pudiera entender. Menos por quien me veía como alguien bastante salido del contexto de la realidad. Para zafarme del apuro, que yo mismo había provocado de manera mas que justificada, solo atiné a rematar, aunque apenado, porque sabía que agregaría otras justificaciones para agravar la situación con lo atrevido de lo que iba a decir: “Estos edificios se ban a caer”. De inmediato me replico con un sorprendido, prolongado y algo sarcástico ¿Siiiiii? ¿Y cuándo? Contesté: “No lo sé, pero será”.
Cuando vio mi terquedad se dio cuenta que era una tontería seguir insistiendo y calladamente se retiró. Hicieron la gira y regresaron sin novedad continuando las visitas y olvidando el suceso. Algunos de los compañeros se dieron cuenta de nuestra conversación y de mi rechazo a conocer el lugar. Después supe que entre ellos habían comentado el hecho. Algo que debió ser motivo de los chistes burlones con que uno de los oficiales acostumbraba convertir las conversaciones corrientes y hasta las serias, para llamar al atención con cosas superfluas, ya que no eras propiamente muy brillante en inteligente y fino humor. Hábito que me era desagradable. Debió ser tan comentado puesto que, incluso, llegó a oídos del superior de gira, el Brigadier General, que por curiosidad me preguntó si yo había subido contestándole que no y no me indagó más al respecto. Lo dejó en el campo de algo extrañó aunque sin mérito para dar pedir explicación.
Un año después se difundió la noticia de que habían puesto unas bombas en el sótano de las torres con tan considerables daños que era evidente la intención de derribarlas. Lo que, afortunadamente, no se logró. Creí que eso era lo que yo había presentido y que, para mí tranquilidad, había resultado fallido. Debido a eso olvidé el asunto y no volvió a pensar en ello. Era preferible que yo hubiese pasado por un tonto bastante raro y un hazmerreir del paseo, puesto que de haber resultado efectivo tendría motivos de remordimiento de no haber insistido con mayor fuerza en la advertencia.
Lo que si se me hizo raro fue que mi compañero, “Riky” como se llamaba o se hacía llamar ya que tiempo después supe que era un oficial de inteligencia, no hubiese ligado ese hecho real con la advertencia anterior de un medio mitómano suramericano que había tenido la osadía de hacerle la advertencia. Así fuese sin motivo o bajo una ligera duda razonable. Lo disculpé pensando que si comentaba el hecho, sus superiores o demás personas lo inculparían de descuido en sus funciones como militar del área del espionaje donde hasta lo irracional debe ser evaluado. Necesitaba protegerse de algo donde podía ser mal calificado y evitando molestias profesionales.
Diez años después se presentó el trágico ataque a los edificios. Estaba distraído en la casa y mi esposa me comentó que había escuchado que estaban sucediendo unos hechos extraños en Nueva York relacionados con un avion. Por ser asunto aeronáutico pensó que debía ser de mi interés.  Puse las noticias, ya que si me llamó la atención. Pude ver en la televisión como una de las torres estaba incendiada y explicaban que se debía a la colisión de una aeronave. Pensé que simplemente se trataba de algún avion perdido en idéntica forma como había sucedido con el Empire Estate, años antes. Lamentable aunque poco explicable porque el cielo estaba bastante claro. Y que el edificio resistiría el incendio debido a su colosal estructura. Que el fuego se extinguiera por sí mismo, a pesar de las pérdidas humanas que causaría, porque una acción contra incendio era casi imposible a esas alturas.
Tenía que acompañar a un amigo aun taller y salí a esa diligencia. Cuando llegué al lugar, varios clientes y mecánicos estaban mirando la televisión bastante callados. Me puse a observar el incendio. De repente alguien comentó que la torre que mostraban incendiada era la otra porque la anterior se había derrumbado. No lo podía creer. Me quede pasmado. Como un rayo recordé mis temores y mi comportamiento anterior.
Por una imposibilidad extremadamente remota yo había tenido la sensación de lo que estaba aconteciendo. Que mi explicación de lo que había presentido sobre la bomba del sótano no había sido suficiente para olvidar el día de la visita. Permanecí un rato observando hasta cuando la segunda torre comenzó a colapsar. Eso sí que menos lo podía creer. Sentí nuevamente temor pero de mí mismo puesto que se había cumplido completamente todo lo que haba sentido. Quise decir en voz alta: “Se cumplió”. Pero me di cuenta que nuevamente iba a hacer el ridículo ante los demás espectadores y de seguro querrían saber el motivo de mis palabras. Daria ocasión para que se me acosara con burlas como ya había pasado con “Riky”. Sería motivo de chisteas y respuestas que en ese momento mucho menos quería dar.
Regresé a mi casa preocupado guardando adecuado control. Tiempo después he contado esta anécdota a algunos allegados y a las personas que sé que me escucharán con prudencia, así no lo crean, y que no cometerán el atrevimiento de hacerme comentarios salidos de tono, molestos para mí.
Es increíble que los gringos no hubiesen hecho algo, así fuese somero, para evitar el ataque, si hubiesen comprendido la sugerencia de cuidar las torres gemelas cuando se advirtió, a finales de 1991, que caerían. En lugar de prestar atención su delegado rio. Al poco tiempo había sucedió el fallido atentado de la explosión en el sótano y, después, el bombardeo aéreo, que las destruyó. No fueron capaces de creer la afirmación. Pensaron que eran ideas de locos y cuando fue realidad, ya era tarde. Viendo que había sido cierto, se hicieron los que no sabían ni recordaban que habían sido advertidos. La alerta se cumplió tal como se anunció.
El Capitán Norman Dixon, sicólogo del ejército inglés, escribió en su libro “La Sicología de la Incompetencia Militar”. La resistencia al cambio, el apego férreo a esquemas demasiado arraigados, tradicionalistas, aunados a orgullos sobredimensionados, no permiten a las organizaciones militares, fuertemente inerciales, doctrinariamente rígidas, muy verticales, piramidales, tradicionalistas, conservadoras y poco receptivas, ver más adelante de la nariz. Iván González.

sábado, 6 de abril de 2013

SOLDADO PEDRO PASCACIO MARTINEZ ROJAS


SOLDADO PEDRO PASCACIO MARTINEZ ROJAS



Nació en una vereda del municipio de Belén, Boyacá, el 20 de octubre de 1807. Sus padres fueron don José Mercedes Martínez y María del Niño Jesús Rojas era de una familia campesina de escasos recursos y de gran honradez y honorabilidad.



El niño Pedro Pascasio trabajaba con la familia de don Juan José Leiva, el hogar escogido por el Libertador Simón Bolívar para su descanso en Belén. Cuando el Libertador conoció al niño Martínez admiró su destreza y habilidad en el cuidado de los caballos y el señor Leiva, en atención al distinguido huésped le ofreció a Pedro Pascasio, quien fue recibido como ayudante del Libertador en el cuidado de sus cabalgaduras.

El Soldado niño, PEDRO PASCASIO MARTÍNEZ ROJAS entró al Ejército Libertador en el Batallón Rifles, participó en las Batallas del Pantano de Vargas y del Puente de Boyacá y colaboró directamente en el cuidado de los caballos de Bolívar. Apenas tenía 12 años.



Cuenta la historia militar que en las horas de la noche del 7 de agosto de 1819, después del triunfo patriota y de la desbandada y huida acelerada de los realistas, los soldados Pedro Pascasio Martínez y el Negro José encontraron a dos oficiales españoles que estaban ocultos en una cueva debajo de una piedra cerca del río. Los soldados patriotas se enfrentaron a los oficiales realistas, Pedro Pascasio con una lanza y el Negro José con un fusil. Los oficiales realistas intentaron defenderse con sus espadas, uno de ellos fue muerto por el Negro José y el otro recibió varias lanzadas por el niño soldado. Una coraza resguardaba el pecho del español de las lanzadas de Pedro Pascasio, sin embargo fue herido muy levemente en la garganta.



Cuando el oficial realista se vio perdido, le ofreció al soldado niño una faja con onzas de oro que llevaba en el cinto, a cambio de su libertad. Así le dijo:
"Siga adelante, sino no lo arriamos y le enristró de nuevo la lanza".
El Comandante realista, Coronel José María Barreiro, fue llevado a la casa de Teja, en donde se encontraban el General Simón Bolívar y el Estado Mayor del Ejército, victorioso de la Batalla de Boyacá. El Libertador recibió severamente al Soldado Pedro Pascasio Martínez, pues no le había llevado a tiempo el caballo goajiro, que llamaban El Muchacho. El Soldado Martínez le respondió que le traía un prisionero.


¿Quién es Usted?, le preguntó el Libertador Bolívar.



“Soy el Comandante General Barreiro", respondió el oficial realista.



Ante la respuesta de Barreiro el soldado de caballería Salvador Salcedo, el primero que pasó el Puente de Boyacá en la Batalla memorable, quiso alancearlo.  Ante ello, el Libertador lo impidió con un grito y dio la orden para que se le colocara a la cabeza de los prisioneros realistas. Ordenó que fuera tratado con especial consideración y le hizo un saludo militar, pues era el Comandante del Ejército enemigo.



La satisfacción y alegría del Libertador por el arresto de Barreiro y por la digna actuación del Soldado PEDRO PASCASIO MARTÍNEZ, hizo que le hiciera un reconocimiento oficial, lo ascendió al grado de Sargento y le dio una gratificación de cien pesos. El 31 de agosto de 1819, el Libertador Bolívar sentó en el copiador de órdenes de su puño y letra, lo siguiente: "Ordenar a la dirección general para que disponga se le den cien pesos al soldado PEDRO PASCASIO MARTÍNEZ ROJAS como gratificación por haber aprehendido en Boyacá al General Barreiro".



El Sargento Martínez continúo luchando en el Ejército Libertador hasta la culminación de la Independencia Suramericana. Después se trasladó a su ciudad natal, para dedicarse a las labores del campo.



El prócer Pedro Pascasio Martínez, murió en Belén el 24 de marzo de 1885

jueves, 4 de abril de 2013

DOLOR EN ITUANGO



DOLOR EN ITUANGO
Por Mayor Ricardo Torres

Pasadas las diez de la noche, las siluetas de tres helicópteros Black Hawk de la Fuerza Aérea Colombiana FAC, desaparecieron tras la neblina que rondaba por la plataforma de vuelo del Comando Aéreo de Combate No. 5 (CACOM-5) en Rionegro, Antioquia. Esa noche, mientras los termómetros de las aeronaves bajaban a punto de congelación, al otro lado de Antioquia, entre las estribaciones de la cordillera occidental, gritos desgarradores de niños y adultos se escuchaban bajo los escombros que dejó la explosión de una bomba, puesta por las ONT-FARC, en la calle más alegre y concurrida de Ituango durante la celebración de las fiestas de la Agricultura y el Retorno.   

Todas las alarmas del Departamento se encendieron y al Centro de Comando y Control CCC del CACOM-5 llegaron las primeras llamadas. Allí, en el bunker bajo tierra, cinco militares frente a sus computadores iniciaron la cadena de coordinaciones para evacuar sin demora los heridos. Alertaron a las tripulaciones de los tres helicópteros. Confirmaron las condiciones médicas de las víctimas. Ubicaron a las tropas del Ejército Nacional sobre mapas digitales. Analizaron el informe meteorológico que amenazaba con el desplazamiento de una nube de mal tiempo sobre la población y coordinaron el envío de ambulancias al Programa Aéreo de Salud en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín.

Mientras estas coordinaciones ocurrían, pilotos, técnicos de vuelo, artilleros y enfermeros de combate corrían hacia los tres helicópteros Black Hawk estacionados en la línea de vuelo. El tiempo de reacción era vital para salvar esas vidas. En 10 minutos iniciaron los procedimientos de arranque de los motores. Activaron los sistemas eléctricos. Encendieron las luces verdes de las cabinas. Ajustaron sus chalecos de supervivencia con lo necesario para el caso de ser derribados (brújula, luces de bengala, kit de primeros auxilios, radio de localización, cuchillo..) Se acomodaron los chalecos blindados, los guantes y finalmente el casco de vuelo en el que engancharon los visores nocturnos. Aparatos que al convertir la luz en electricidad, permiten ver en la noche como si fuera de día. Los rotores empezaron a girar.

30 minutos tardarían hasta Ituango. En vuelo, el CCC transmitió a los pilotos la información obtenida: había buen tiempo en la ruta de vuelo pero malo sobre Ituango. Los heridos estaban graves, los terroristas hostigaban a las ambulancias y el EJC y la Policía protegían y asistía a los enfermos.

Los helicópteros denominados como “Ángel 1 y 2”, están equipados con los elementos para la atención médica durante la evacuación y el transporte de pasienters en cualquier tipo de terreno. Y el “Arpía”, versión colombiana de helicóptero artillado, está equipado con ametralladoras y cohetes para escoltar a los Ángeles, ya que generalmente estos ingresan a las áreas de inminente fuego enemigo.

Al mando del Ángel 1 iba "Black Jack", piloto experimentado que ha participado en las operaciones de guerra más decisivas del país. Con él iba el Técnico de Vuelo Acosta capaz de corregir cualquier falla técnica y enfermero de combate con 21 rescates en accidentes aéreos y cerca de 700 vidas salvadas. La mayoría soldados mutilados por minas “quiebra patas”. También el copiloto que asiste al piloto en la toma de decisiones y lo reemplaza en caso de que éste sea herido o muerto. Un artillero que repara el armamento. Un operador de equipos especiales como la grúa de rescate que puede levantar hasta 600 libras. Suficiente para subir desde tierra una camilla con el herido y al enfermero.

Los enfermeros de combate son entrenados con varios cursos militares de búsqueda y rescate de tripulaciones derribadas en territorio hostil. El de lancero para sobrevivir y luchar en la selva sin más ayuda que la de sus propias manos. El de contra guerrillero para combatir la guerra irregular y el de paracaidista militar para descender sigilosamente y capturar objetivos estratégicos.

Pero esta vez no iban a una misión de guerra, su lucha era más metódica, sin cabida a errores y contra el reloj. Se preparaban para combatir la muerte al recibir en sus manos a personas afectadas por toda clase de heridas: tórax, brazos y piernas perforadas por esquirlas. Pies, rodillas, pantorrillas, destrozadas por explosivos. La adrenalina se disparó cuando despegaron las aeronaves. A bordo, bajo la tenue luz verde, Acosta y su compañero empezaron a preparar una pequeña sala de atención médica. Anclaron allí la botella del oxígeno, colgaron allá el suero, a la mano los guantes y las jeringas, alistaron el equipo de venoclisis, los apósitos y las gasas para cubrir las lesiones. En la cabina de mando, Black Jack seguía la ruta trazada en su cartografía, hablaba por el radio con las tropas del EJC que los atendían. El reporte inicial era de cuatro niños graves, pero a medida que se iban acercando, el número de víctimas aumentaba: 5, 8, 12, 15, 17…

Las aeronaves tomaron la ruta del río Cauca y dejaron atrás la resplandeciente Santa Fe de Antioquia. Más adelante, vieron las luces de Sabanalarga y a lo lejos, sobre Ituango, una descarga eléctrica que partió el horizonte en dos. El reporte meteorológico era correcto, un frente de mal tiempo se acercaba al pueblo. La noche se puso más oscura y las corrientes de viento frío sacudían a las aeronaves. El olor a lluvia se coló entre las ventanas, las cuchillas limpia parabrisas se activaron y los rayos a centelleaban. Los tres helicópteros, uno tras otro, volaban enfilados hacia la tormenta con la esperanza de encontrar un espacio por donde llegar hasta Ituango.

Con cada nueva víctima reportada los enfermeros aumentaba el número de botellas de suero, hipodérmicas y abrían espacio en la cabina. A 9 km del pueblo, los pilotos observaron el resplandor de las luces tras una cortina de nubes. Giraron por un lado y por otro, buscando por donde entrar. En tierra, las víctimas esperaban escondidas en las bodegas del Comité de Cafeteros, ya que durante el desplazamiento las ambulancias habían sido hostigadas con armas por las terroristas FARC.

Una nube menos densa permitió el ingreso de las aeronaves. El Ángel 1 aterrizó escoltado por el Arpía en el helipuerto de la sede de los cafeteros. Al abrir las puertas ambos enfermeros descendieron y gracias a los visores nocturnos llegaron hasta las víctimas que eran escoltadas por las tropas. Allí empezó el desplazamiento, ambulancias y carros previstos que alumbraban con sus luces de emergencia. Vendas volaron por el aire producido por los rotores. Los médicos y policías corrían con los heridos en camillas, niños con piernas y brazos fracturados gritaban de dolor. Los soldados cargaban heridos a la espalda. Otros lo hacían en camillas improvisadas con colchonetas. A la aeronave fueron llegando las primeras víctimas, primero se ubicaron los niños y luego adultos muy graves.

Ángel 1 despegó con los seis primeros enfermos. Al cerrar las puertas el olor metálico de la sangre enturbió el ambiente. Pronto Acosta y su compañero empezaron a examinar los niños, cambiaban sus bolsas de suero, los catéteres, las vendas saturadas y conectaban el monitor de signos vitales a un joven policía que venía con cráneo abierto. Acosta examinó las piernas partidas de una pequeña de cuatro años que con horror miraba a su angustiado padre. A un niño de ocho con el brazo izquierdo fracturado en cúbito y radio que veía cabizbajo las botas de combate del tripulante de vuelo. A un niño de 8, semidesnudo, de cabeza vendada, una línea de suero en su brazo, su pierna derecha y brazo izquierdo fracturados, que cerraba con fuerza sus ojos y labios tratando de calmar el dolor.

¿Cómo era posible que los terroristas hicieran esto a los niños? que dolor, sus sonrisas se convirtieron en miedo. No era justo, no era justo, dijo días después uno de los tripulantes del helicóptero. Mientras esto ocurría, el Ángel 2 recogía las demás víctimas y el Arpía sostenía sobre él, ejecutando un patrón de tiro en actitud protectora.

El vuelo duró 30 minutos. Rápido para los enfermeros y lento para los heridos. Al sobrevolar el embalse de La García y virar hacia Medellín el imponente resplandor de la ciudad, en la media noche, trajo esperanza a los pilotos que venían exigiéndo la máxima potencia a los motores. Como si fuera un portaviones, en medio de un mar de luces, apareció la pista del aeropuerto Olaya Herrera.

Allí en el Programa Aéreo de Salud, los grupos de Rescate Antioquia, Vigías, Garzas, Defensa Civil y la Cruz Roja recibieron los heridos y organizaron un perfecto desplazamiento a los hospitales y clínicas de la ciudad, que tan generosamente atienden a las inocentes víctimas del terrorismo brutal. Su acción samaritana es tan valiosa como el mismo rescate militar. Al alejarse las ambulancias, Black Jack acelero y se elevó para regresar por el resto de los pendientes. El Ángel 2 arribó a Medellín e hizo lo mismo.

A las 3 de la madrugada, con 19 rescatados, la misión de la escuadrilla de helicópteros compuesta del Arpía y los dos Ángel estaba cumplida.  Sentimientos encontrados entre felicidad y desprecio rondaban sus corazones. Despegaron de Medellín para regresar a su base de operaciones donde silenciosamente los esperaba el calor de sus hogares, con esposas e hijos.

Pero al comunicarse nuevamente con el CCC y reportar el éxito de la misión, dos nuevas tareas les fueron asignadas esa misma noche.  La primera, la evacuación de un soldado gravemente afectado en las selvas del Choco por un disparo en el abdomen durante combates contra las ONT-FARC. Y la otra en Yarumal. Un soldado alcanzado por un proyectil en su pierna derecha. Ambas aeronaves tomaron rumbos diferentes. Black Jack giró hacia el Choco mientras Acosta empezaba a cambiar sus elementos y limpiar el piso ensangrentado para atender a su nuevo paciente.

miércoles, 3 de abril de 2013

LA VISIÓN PROFÉTICA






LA VISIÓN PROFÉTICA

La visión profética de Bolívar sorprende en muchos episodios de su vida extraordinaria.



                  Gerhard Masur escribió. Bolívar pensaba en continentes. Y aunque era hombre del siglo XIX por pensamiento era de un ciudadano del siglo XX. La combinación de democracia y autoridad, la formación de enormes bloques regionales, la idea de una liga de naciones libres: todos estos son conceptos de nuestros tiempos. Es sorprendente, entonces, que llegásemos a entender su asombrosa previsión tantos años después. Casi dos siglos después de su muerte el mundo comenzó a comprender que fue el campeón de la cooperación y de la solidaridad panamericana. La liga de naciones, que hay influenciado el pensamiento político del mundo desde 1918, es una confirmación del internacionalismo de Bolívar. Esta institución, que aún es imperfecta, representa el ideal esencial para el bienestar de la humanidad, si concedemos la razón de que el hombre mantiene todavía el deseo de sobrevivir. Pues Bolívar fue uno de los primeros en proclamar el ideal de una comunidad de naciones. En Ginebra se reconoció que el libertador de Suramérica se había convertido en una figura universal, en uno de los fundadores de nuestro monto. Por eso no puede seguir pensando se que sólo fue una personalidad suramericana.
                  Puesto que América ha alcanzado la etapa de todas las decisiones futuras, la figura de Simón Bolívar ha surgido de las sombras de la benigna ignorancia para situarse entre las candilejas de la historia. Bolívar dijo en 1823: "América no es un problema, como tampoco es un hecho. Es la más grande y refutable obra del destino". El destino de Bolívar puede aparejarse con el de todos los grandes hombres de la historia que ayudaron a progresar a la humanidad: hombres que tuvieron un profundo conocimiento de sus prójimos y supieron expresar las necesidades silenciosas de las masas. Cuanto mayor sea la conciencia sobre su misión sobre el siglo XX y el siglo XXI, tanto más consideraremos a Bolívar como uno de los fundadores del destino del mundo como dijo Bolívar en Junín: "el mundo es uno y la libertad de América es todavía su esperanza y su salvación".
                  Uno de sus testimonios que data de 1829 bien merece llamarse su testamento político. "Amo mi país y creo que lo comprendo. Cuando Colombia era presa del despotismo español, arriesgué mi vida y mi fortuna por la victoria de la independencia. He ido aún más lejos. He llevado el nombre de Colombia las laderas del chino corazón y del pichincha. Sin embargo la dictadura que detenta un, porque el pueblo ha querido investírmela, no tiene la omnipotencia de la tiranía que aborrezco. Es simplemente el sacrificio que ofrezco para mantener el orden público.
                  Otras de sus premoniciones que parece estarse cumpliendo es cuando dijo: "Este país pasará por todas las formas de gobierno hasta el día en que se forme una inmensa nación cuando conquistará el mar americano y traerá la de que si la civilización de otras partes a este gran continente" "El destino de América es profundo y sublime, pero antes que se cumpla, América experimentará todas las etapas de las naciones medievales"
                  Y la premonición que está por cumplirse: "no he logrado otro día en que la independencia. Ésa fue mi misión. Las naciones que ha fundado, luego de prolongada y amarga agonía, sufrirán un eclipse, pero después surgirán como estados de una gran República: AMÉRICA".