AERONAUTAS Y CRONISTAS

jueves, 10 de mayo de 2018

20. ENTRE LEONES Y RATONES




Araracuara.
20. Exótico lugar. No todo era trabajo. También había que conocer el entorno y estudiar el terreno en forma real y presencial para saber cómo orientar las operaciones que simultáneamente estábamos ejecutando,  que se narrarán después, en la segunda parte de esta crónica. Recorriendo el país se encuentran lugares exóticos. Uno de ellos es la Araracuara.

A media distancia entre el nacimiento del río Caquetá, en la cordillera oriental y su desembocadura en el Amazonas, se encuentra un promontorio de roca de poca altura,. Romo en su cima por naturaleza y por la acción del hombre que sobresale de la selva espesa.

La calma al ingreso del cañón

El río embravecido. El río, durante años, cortó la peña y creó un estrecho cañón de unos 80 metros de ancho, 100 metros de profundidad y 500 metros de longitud. Son dos paredes paralelas verticales, de peña desnuda. El río que, normalmente, corre lento por muchos kilómetros, sobre el suelo selvático, repentinamente se enfurece de manera atemorizante en la estrechez.

El torrente a la salida. Al fondo el boquerón

Por lo cerrado de la garganta, toma velocidad creando un fuerte torrente enloquecido que levanta vapor y truena con violencia. A la salida hay un amplio lago donde nuevamente se apaciguan las aguas para seguir su tranquila marcha.

Debido a estos rápidos, la navegación del río se parte en dos, la inferior y la superior. Ninguna embarcación puede sobrepasar a menos que sean arriesgados navegantes de deportes extremos. Para salvar el obstáculo, se construyó una trocha semicarreteable que une los extremos para transbordar las mercancías y a las personas.

Arriba la selva. La  pista. El cañón abajo y perpendicular a la pista

Los colonos pedreros. Por lo aislado e inaccesible del lugar, hace años, el gobierno creó una colonia prisión en el lugar, de donde no se sabe que alguien pudiese escapar. Para mantener ocupados a los detenidos, resocializarlos, mejorar el acceso para los abastecimientos, así como mejorar la presencia nacional, violada años antes por los caucheros de la Casa Arana, se les dio la tarea de construir una pista sobre la roca.

Pista en piso de roca cortada

Al bajar del avión, una de las curiosidades que se ven son los cortes hechos en la peña con los cinceles de los presidiarios en su titánica labor. Las cunetas y todo el piso fueron labrados en la piedra de la colina. La pista inicia justo en el borde del acantilado del río y termina en el lado opuesto del promontorio. Es como aterrizar y despegar de un portaaviones.

Cuando volábamos por esa región, ya no existía la Colonia Prisión. Sin embargo, en el pequeño poblado que se formó a la orilla del río, Puerto Arturo, vivían bastantes expresidiarios que habían cumplido la pena y voluntariamente quisieron quedarse cuando la colonia fue trasladada a la Isla Prisión de la Gorgona.

El apostolado. Con ellos, y a su pedido, se quedó el último de los médicos que prestó sus servicios en la antigua penitenciaria. Atendía el pequeño hospital que el gobierno decidió dejar. Un paisa que hacia un apostolado social. En algunas ocasiones les llevábamos periódicos, revistas o vino para solventar su necesidad intelectual y procurar algo de comunicación. Aunque él ya estaba acostumbrado a un franciscano aislamiento. La radio casi no entraba y menos la televisión. Él nos correspondía con amabilidades cuando debimos pernoctar en el lugar.

El control de la natalidad. En una oportunidad le pedimos que nos contara algo propio de la región en asuntos de medicina natural. Dijo no conocer mucho al respecto porque no le había prestado atención al tema. Solo recordaba que en una o dos oportunidades le habían comentado que algunas mujeres nativas, únicamente ellas y no los hombres, sabían de una planta que si la consumían quedaban estériles. Pero que si deseaban recuperar la fertilidad, tomaban otra y la recobraban. Eso no lo había comprobado pero se lo habían narrado. Eran tribus que vivían más bien lejos y se mantenían aisladas. 

Los monstruos de río. Un día charlamos sobre la pesca en el río. Para nuestra curiosidad, pero de la manera normal para ellos, nos hablaron sobre ejemplares de un tamaño y peso que asombraba. Como no podíamos creer lo que nos contaban preguntamos si tenían alguno de esos peces para verlo. Nos invitaron a pasar el río en canoa por donde la orilla era más panda, para mostrarnos. La pesca la guardaban refrigerada en cuartos fríos en espera de cuando llegaran aviones de carga para mandar al mercado de Bogotá.

La abundante pesca

Cuán grande seria nuestra sorpresa al ver unas bestias que descabezadas colgaban desde el techo del refrigerador, tan alto como una habitación, de garfios de carnicero y la cola llegaba doblando sobre el piso. El espesor en la parte más ancha era tal que, rodeados entre los brazos, los dedos no alcanzaban a tocarse. No supimos cuántos kilos podrían pesar pero no sería raro que fuese lo mismo que un novillo.

Los anzuelos. La curiosidad se centró en la técnica de pesca. Como los atrapan en el lago que se forma a la salida de los raudales. Los colonos dicen que ellos emigran río arriba y llegan al remanso. Ante la imposibilidad de remontar los rápidos, se quedan engordando en el lago y quizás en periodos de reproducción. No era muy científica la deducción pero era la única explicación factible al gran tamaño de estos peces de río.

En verano. Internet.

Los pescadores hacían flotadores con galones vacíos de plásticos, de vistoso color amarrillo, del lubricante de los motores fuera de borda. Eso los hace visibles a la distancia. Además, algunos, acondicionaban una batería con un bombillo de linterna que, cuando el pez jala la cuerda del anzuelo, se prende en la noche y pueden ver cuando el pez atrapa la carnada. El anzuelo lo hacen con varillas de acero de construcción bastante grueso y en la punta afilada colocan la carnada, que es un pollo completo. La cuerda es una manila.

Iniciaban una atenta vigilancia viendo cuán rápido el galón se hunde y esperan que sea cada vez más lenta, en la medida en que el pez se canse de tanto intentar escapar al fondo. Cuando eso se logra, con suavidad lo llevan a la orilla donde la profundidad no sobrepasa la cintura de un hombre. Uno o dos botes se colocan a cada lado del cansado pez y, entre varios, lo arponean a una orden simultánea, sosteniéndolo para que otro pescador, de pie y entre el agua, le corte la columna dorsal detrás de la cabeza. Usan una cierra de motor o a un baquiano con hacha. Ya muerto lo destripan lanzando las vísceras al río para alimento de los que están en capilla. Lo sacan y lo refrigeran en espera del avión.

El lago de la pesca. Internet

En la televisión presentan documentales donde un pescador se dedica a encontrar “monstruos de río” en diversas partes del mundo, incluido el Amazonas. Pero lo que saca no es ni la tercera parte de los que vimos pescar a los colonos en este extraño lugar de la selva colombiana.

La crónica del diablo. Otra de las curiosidades que experimentamos y que el médico nos contó, fue la de un colono. Por medio del médico nos dijo que quería narrarnos sus aventuras. Nos relató unas extrañas historias vividas en la selva. Se había perdido y duró bastante tiempo sobreviviendo a punta de raíces y alimañas que podía conseguir. Eso lo llevó a unos delirios donde veía grandes monstruos y se sentía perseguido de fantasma y demonios, que lo querían confundir. Con los días, logró entrar en contacto con indígenas que lo ayudaron a salir de la selva. 
Años después historias iguales leímos en un libro titulado, “Mi alma se la dejo al diablo” de un afamado periodista escritor de crónicas de la selva colombiana.


La boca del monstruo selvático

19. ENTRE LEONES Y RATONES



El caso Mandalay.
19. Niveles de compromiso. El nivel de compromiso laboral con la nación, dentro las FF MM, tiene dos niveles. El primero y más considerable y por ello uniformados, es el de los militares. En segundo lugar, el de los empleados civiles del ramo de la defensa, pero no uniformados. Aportan servicios laborales de menor responsabilidad pero de alta necesidad. Algunos, incluso, esenciales para las actividades militares.
En el caso de que sus funciones llegasen a ser de mayor importancia para la supervivencia nacional, ese recurso humano es el primero en optar para ser uniformado. Entra a ser parte del escalafón militar con los respectivos niveles de obligatoriedad del nivel del militar profesional. Situación solo extrema, como es en el caso de guerra internacional o de supervivencia de la nación por grave conflicto interno. Esta claridad es para facilitar la comprensión de la situación que describiremos a continuación.

El freno. No era ese el caso extremo el de la Base de Tres Esquinas y estábamos muy lejos de ello. De todas formas, algunos de estos empleados oponían resistencia al cambio. En especial los que llevaban más años en ella que, lógicamente, era el personal civil permanente, ya que el militar éramos flotantes.
Cualquier intento de modificación el estado de falsa calma, por lo poco confiable, en la que habían vivido, era ya bastante resistido. Más de lo que se podría considerar, en el resto de las bases aéreas en todo el país, como tolerable. Si es que se pudiese pensar que lo fuese. Situación que, para ellos, no debía modificarse. Menos con una loca idea de crear una base aérea con capacidad real de combate.

La manera de frenar ese objetivo, era la inacción y la baja productividad laboral como método de oposición a las trasformaciones. Esas pocas, afortunadamente, mentalidades inconformes, con el riesgo de propagación a otras, preferían seguir en connivencia con los grupos terroristas y narcotraficantes en un acuerdo, no explícito pero sí tácito, de no mutua agresión. Pacto que no se nos había expresado abiertamente pero era vivencial. Era evidente en el lenguaje actitudinal y perfectamente deducible.
Sus comportamientos daban motivos razonables para llegar a nuestra conclusión después de la valoración válida y creíble del contexto. 

Riesgoso equilibrio. Todo cuánto intentábamos por modificar ese riesgoso y dudoso equilibrio, les era totalmente inconveniente y les causaba temor. Temían salir de su nicho de confort. Aunque sabían que ese balance de poder era inherentemente sensible y peligrosamente inestable. Les acrecentaba la incertidumbres el que, en cualquier momento, por un pequeño motivo, tendiese a salirse, con facilidad, de su punto de equilibrio. Ya fuese por parte de la amenaza externa o, incluso, hasta por debilidad de la fuerza militar para seguirlos protegiendo de manera confiable.

Confianza en nosotros que se había debilitado de manera ya inapropiada. A pesar de que había sido depositada por casi tres generaciones dándoles oportunidades laborales durante seis décadas en una región donde eran casi inexistentes. Por ello hemos visto cómo algunos fluctuaban, ejerciendo alguna presión sobre nuestras iniciativas, según la conveniencia, entre la lealtad a los militares o las simpatías con los ilegales.
Eran pocos los casos y aislados, pero reales. Por eso, empleaban una calculada y moderada resistencia al desempeño laboral o la colaboración a las ideas que debíamos emprender. Que, incluso, se filtraban al campo militar de manera bastante sutil, como las contadas sobre las historias de seres fantásticos o la muerte del toro, en lo militar. De su parte, como la distribución del agua o el obstáculo a las prácticas de tiro. Además de otras menores pero cotidianas que usaban a manera de ponerle frenar la rueda del carro del cambio de mentalidad. No habían creado agremiación organizada opositora pero si con la actitud mental de dificultar el desempeño laboral. Lo que era un incipiente inicio de cultura sindical.

Pulso de fuerzas. Por supuesto que sabíamos de su vulnerabilidad y no podíamos abusar de nuestra posición dominante. Tampoco podíamos dejar que progresaran sus  intentos de oponerse a la proactividad, el espíritu de cuerpo, el sentido de pertenencia y a la indispensable actitud facilitadora, en ese momento de modernización. Tal circunstancia nos obligaba a dejar en claro y en forma expresa su condición laboral  como empleados civiles en la institución. Y su estadía privilegiada dentro de la instalación militar. Gozando casi que hasta de los mismos privilegios materiales y casi que del exclusivo fuero militar. Generosidades que muy pocos gozan en Colombia. Lo que generaba, con algunos, roses de criterios y contraposición de ideas que por su naturaleza eran inevitables.

Conveniencias e inconveniencias. Por ello no fue bien visto cuando se les puso en evidencia que por varias generaciones habían construido y usado las viviendas de Mandalay sobre una propiedad oficial quién tenía escriturado esos terrenos. Argumento que, para ellos, no tenía mucha validez, porque aún en su mentalidad no había llegado el concepto de la propiedad escriturada y confirmada con registro oficial. Siempre y cuando no fuesen sus fincas como colonos en terrenos que, aunque baldíos nacionales, no tenían propiedad certificada por autoridad legal superior. 

Para esos fines si tenían claro eso conceptos y normas. El respaldo, a lo que consideraban  sus propiedades, eran el de los ilegales, como el del colono invasor del predio que fuimos a visitar. O, al menos, para resolver conflictos entre ellos, pero no de índole legítimo ni legal. Claro que eso se daba por ausencia del Estado, mas no por ello válidos. Ausencia que por eso la estábamos afirmando aunque para ellos traumática por distorsionar el entorno en que habían vivido por años y al cual estaban habituados.

Debilidad de gobierno. Tendían a creer que su aldea de Mandalay era una Microrepública Independiente por fuera de nuestro dominio y control. Por supuesto y más, del resto de la nación. Autonomía para todo aquello cuánto les conviniera cómo era el concepto de propiedad y, más bien poco, todo aquello cuanto no les conviniese. Cómo era el cumplimiento de deberes. La ley era entonces útil para los beneficios y lo ilegal para las obligaciones.

Creían  tan fuerte en ese derecho de propiedad, a su manera,  sobre el suelo  y las mejoras hechas sin acuerdo  que, incluso, las  negociaban entre ellos sólo afincados en una simple tradición. El precio para quien compraba era, supuestamente, el que le daba garantía sobre el derecho de usufructo del suelo o a construir o hacer mejoras, más sin respaldo legal ni oficial.  Derecho que extendían a futuro para vender a quienes ellos quisieran después de jubilados o cediéndolas por heredad de palabra o cuando cesaran en el ejercicio del cargo.
No solo a los que tuviesen algún vínculo laboral, familiar o de tradición con la unidad militar. Lo que era un peligroso postigo en la ventana de las seguridad. Por ese resquicio era por donde, según lo detectamos, se estaba infiltrando, dentro de nuestras instalaciones, personas con antecedentes y simpatías subversivas. Es decir, se estaba entrando el tigre a la casa.   

Sin culminar. Era parte de la mentalidad que era necesario ir modificando puesto que por tolerancias de muchos años, por parte de quienes ejercieron autoridad, se había afincado ese pensamiento costumbrista que ya se había convertido casi que en norma en la conciencia colectiva. Era un tema álgido a nivel interno. Que no podía distraernos del objetivo fundamental. Especialmente el de la atención que debíamos darle a los demás asuntos. Por eso no ahondamos más en el tema. Lo dejamos en evidencia al momento de nuestra partida con el respectivo expediente para procedimientos futuros.

18. ENTRE LEONES Y RATONES



18. Siguió la inquietud. Una semana después, el vaquero regresó a la oficina para dar informes acerca del funcionamiento y el estado de la finca que administraba. 

Aprovechó para preguntarnos si habíamos observado donde se encontraba el mojón y las tierras que se había apropiado el colono. Le confirmamos que no habíamos observado ni nos habíamos interesado en el asunto. Que no había sido ese el propósito sino el de disfrutar de un paseo recreativo. No el de evaluar los trabajos de mejoras que había ejecutado y demás detalles. Realmente sólo le estábamos dando parte de la verdad. No le dijimos cuál era el motivo principal ya que no podíamos compartirlo con él. Que consistía en observar el comportamiento del colono con la sorpresiva visita. Si era de amistosidad natural y espontánea, o si mostraría cierta inquietud, como se dijo.

No quedó totalmente convencido con la justificación y le intrigaba el no obtener confirmación de algo que él sospechaba era otra cosa, pero no podía saber qué era.  Fue insistente en reclamar cuál había sido el motivo fundamental de esa visita porque sospechaba que tenía otra intención. Pero no lograba sacarnos la que para él fuese su explicación satisfactoria. Lo dicho no le complacía suficientemente. Pero no se lo dijimos dándole evasivas.

El creyó entonces que la visita había sido una actividad prácticamente inútil. Nos justificamos diciéndole que simplemente queríamos dar una gira de distracción que no tenía nada que ver con asuntos legales y oficiales. No quedó satisfecho porque esperaba que hubiésemos actuado de otra manera.  Lo dejamos con su inquietud que tampoco nos interesaba deshacer.
Creímos que con sus invitaciones con anteriores preavisos se nos podría estar tendiendo una trampa. No por su intención sino, quizás y lo más seguro, presionado y amenazado por nuestros enemigos. Los que buscaban una magnífica oportunidad de secuestrar o asesinar a un oficial de rango superior y, nada menos, que al comandante de la Base Aérea. Entendíamos que estaría entre la espada y la pared. Pero no podíamos darle esa oportunidad a los terroristas de las FARC. Tal vez a ello se debía su intranquilidad durante la visita. 

La verificación topográfica. Solicitamos una comisión topográfica para que se volviesen a establecer tanto los linderos como la cantidad de tierra que le había sido asignada a la institución en años posteriores al conflicto con el Perú, cuando se construyó la Base. La intención era ratificar los datos hechos hacía 60 años atrás y que realmente coincidieran en localización y en cantidad a los plasmados en la escritura.

Esta Comisión fue enviada y ejecutó el trabajo poniendo en evidencia dos cosas. Una que realmente la unidad no disponía de las 2.500 hectáreas que decía la escritura sino sólo de 1.500 por error de cálculo. Segundo, que realmente los linderos pasaban por el centro de lo que el colono creía, erradamente, era su finca. Pero que en realidad la mitad de ella era de propiedad militar.

Este estudio nos ratificó que estábamos en plena razón y derecho cuando le hicimos la observación al colono. Que debíamos poner en claro el asunto y restablecer la propiedad militar que él había usurpado.

Después, cuando el colono nos visitó de nuevo, le hicimos saber la conclusión del levantamiento topográfico. Le causó considerable disgusto y cambió de actitud. Abandonó su habitual y acostumbrada amigabilidad expresándose más bien con términos un poco ásperos.

A título personal, nos acusó de haber tenido el atrevimiento de destapar un asunto sobre el cual no habían tenido interés los comandantes anteriores. El de ponernos a revivir y traer al presente hechos que para él eran molestos, ya que ponían en duda lo que él consideraba sus infalibles e inviolables derechos de propiedad.

El tema quedó solo hasta esa posición puesto que el asunto debería tener continuidad con los siguientes comandantes que fuesen asignados después de nosotros. Por nuestra parte abrimos un expediente que dejamos como constancia del inicio de un proceso de conciliación y solución del conflicto sobre la propiedad estatal. Tema necesario para avanzar en el objetivo del CACOM.

El enemigo adentro.
La enfermera hostil. En nuestra Base Aérea sosteníamos y administrábamos un pequeño pero el mejor hospital de la región. Los mayores ingresos eran primordialmente recursos del ministerio de salud debido a que el pueblo cercano no había sido capaz de hacer funcionar correctamente su centro de salud. No solo por incompetencia de las personas encargadas sino por la extorsión a la que era sometida la salud pública por parte de los grupos terroristas de las FARC en el municipio de Solano, distante 8 kilómetros de muestras instalaciones.

Además de recursos económicos, según el convenio, aportaba un mínimo personal capacitado en salud. Aunque no se cumplía a cabalidad con esa obligación, si disponíamos de una enfermera que vivía en el pueblo y todos los días se trasladaba a nuestro hospital a prestar sus servicios. Eran frecuentes sus incumplimientos que le tolerábamos pues sabíamos que necesitaba del trabajo para sus ingresos económicos.

Con el tiempo comenzamos a sospechar de su poca empatía para con nuestra Base Militar. Junto con un deficiente desempeño. Le hicimos observaciones por ello pero con una actitud altanera y tan soberbia que llegaba a ser casi que ofensiva y vulgar. No acataba nuestras sugerencias hechas de la mejor manera. Con ello no se ganaba nuestra cordialidad.

Después supimos que actuaba deslealmente contra nuestras medias de seguridad, dispositivo logístico, disponibilidad de hombres y otras cosas, que para los terroristas eran información de importancia. Estaba más del lado del enemigo, fingiendo desempeñar una labor humanitaria de servicio de salud.

El incidente con el destacamento. Para mantener control sobre el casco urbano del municipio, teníamos un destacamento de 60 hombres acampados en su periferia. No solo prestaban la seguridad a la población previniendo ataques de los terroristas, que los habían asaltado años anteriores, sino que servía de respaldo a las autoridades civiles. Al mismo tiempo era nuestra fuerza avanzada preventiva de contención y de alerta temprana de factibles incursiones del enemigo.

Por pura casualidad, un hermano de la enfermera, en una ocasión, amenazó de ataque y lesión al Comandante de nuestro puesto desplegado porque le requirió una requisa por control de armas ilegales y por seguridad ciudadana. Junto con insultos de palabra, lo hizo a título personal, con sugerencias de recurrir a sus amigos para cumplir ese propósito.
Nuestro hombre pensó que era solo una reacción para coaccionarlo y se limitó a informarnos el percance dándole connotación de no ser asunto grave ni que tuviese mayores repercusiones a futuro. Trató de minimizar las intenciones.

El hermano de la enfermera acostumbre lanzar improperios y desprecios contra nuestras tropas. Mantenía una comportamiento arrogante y altanera en toda oportunidad que tenía para hacer ofensas contra todo cuanto fuese militar. No escatimaba burla refiriéndose a nuestras debilidades con sorna y preponderando las fortalezas de los terroristas. Era de actitud sicológico hostil constante. Parecía que buscaba, por encargo, desestimular nuestra actitud de combate y afectar la moral de combate. Además de pretender ganar reconocimiento social mostrándose de personaje valentón que podía despreciar a las autoridades. Como si lo hubiese aprendido en una vieja película de los peculiares vaqueros mexicanos.  

Para nosotros, la coincidencia con los pasos que daba su hermana y sus insinuaciones de odiar nuestra autoridad, no nos parecieron desechables. Mas, no había forma de hacerle una reclamación judicial por una simple reacción de actitud y de palabras contra la autoridad.
Mantuvimos simplemente una posición de precaución por si se presentaban motivos similares. Aunque si nos parecía que debíamos hacer algo para remediar sus amenazas e insulto contra nuestra unidad militar.

Después de un tiempo, el sujeto se embriago y tuvo algunos disgustos con personas de la población. Luego supimos que sus agresores no eran residentes permanentes sino ocasionales y que no parecían ser habitantes de la región. Era extranjeros sin justificación aparente para estar en el pueblo y se creía que eran parte de sus amigos con los que solía hacer alarde. En ese disgusto fue herido con armas blancas causándole varias lesiones que aunque no eran letales, lo habían dejado bastante limitado. Hasta el punto de requerir calificados servicios de salud. Lo habían convertido en un lazareno con múltiples cortadas en diversas partes del cuerpo. Las que el personal médico le cosieron con esmero. 

Fue trasladado a nuestro hospital por vía fluvial e internado. Enterados de tal situación, cuatro días después de ser atendido, decidimos saber algo más de su comportamiento hostil contra nosotros y velar por su recuperación.

Visitar a los enfermos. Lo visitamos en el cuarto de enfermo. Le hicimos ofertas de atención científica y nuestro directo interés personal por atenderlo con especiales deferencias. Incluso facilidades de alimentación y traslado a la ciudad de Florencia por vía aérea para que recibiera mejores servicios.

Este último ofrecimiento fue más con intención de evaluar su reacción que de ayuda. Porque nuestros médicos habían diagnosticado que no se justificaba un vuelo ambulancia. Aunque si lo aceptaba se lo daríamos para tratar de conquistar su buena voluntad. De inmediato reaccionó desechando muestra oferta con expresión casi que de susto. Decía que no era necesario. Que prefería más bien poder regresar al pueblo lo más rápido posible para terminar su recuperación en ese lugar. Que no le era adecuado recibir tanta atención de nuestra parte.

Eso era lo que queríamos saber. Cual seria su posición al respecto. Algo que nos extrañó y se le hizo notorio el temor . El que trataba de ocultar manteniendo la serenidad. El motivo era una posible reacción personal de parte del suboficial al cual había amenazado días antes en el pueblo y quien ya había regresado después de cumplir su comisión en el destacamento. Se sentía totalmente vulnerable y por ello su comportamiento orgulloso y agresivo se le había desaparecido de manera repentina. Creyó que nosotros éramos de su mismo talante, vengativo y rencoroso.


El hospital.

Decidimos aprovechar esa circunstancia para inducirlo a pensar que no tenía nada que temer de parte de nuestros hombres porque no eran similares  a él y sus amigos, ni guardaban bajos deseos de agresión. Le dejamos claro que no estábamos resentidos por sus bien sabidas y públicas ofensas. Le aseguramos que su limitada situación no era motivo de preocupación puesto que teníamos muchos medios para cuidar la Base Aérea y por eso ningún peligro podría tampoco sobrevenirle desde afuera. Que mientras estuviese bajo nuestra responsabilidad podía estar totalmente tranquilo.

Insistimos pero no se convencía. Guardaba mucho silencio, no sabía hacia dónde mirar. Un sudor le comenzó a correr por la frente y parecía que un temor adicional lo abordaba.

Para ratificar nuestras palabras, ordenamos que el suboficial ofendido se presentara en el hospital sin hacer presencia en la habitación. Debía estar atento a ingresar cuando se le llamara. Después de bastantes argumentos en esa dirección y negativas, ordenamos que el suboficial ingresara.
Su miedo fue evidente pero le aseguramos que no se intentaría nada contra él pues como superior máximo del suboficial, éramos plena garantía de su protección estando obligados de cuidar de su integridad.

El reto. Lo que si nos atrevimos a decirle, a manera de reto, para poner a prueba sus tan pregonado valor, que le ratificara al suboficial, delante nuestro, las mismas amenazas que había proferido días antes. De esa forma podría ver que aun así no tendría ningún motivo para temer. Pero no tuvo el valor de hacerlo.

Buscábamos apabullarlo por todos los medios, incluida su indefección física en la que se encontraba, para que recibiese una lección suficientemente justificada y similar a lo que solía hacer con los demás. En especial con nuestros hombres. Que por ser personas prudente, cumplidoras de la ley y pacíficas, no lo agredirían en ninguna forma y tolerándole todos sus abusos. Él sabía que el suboficial estaba en indefección cuando lo atropelló porque era un fiel seguidor de la ley.

Usaba de escudo los altos valores morales de la profesión militares para será demasiado atrevido. Pero sin imaginar que, luego, el indefenso sería él, por limitación ya no moral y legal, sino francamente física. No era persona de suficiente racionalidad para prever tal cosa. Aunque trataba de superar tal deficiencia con una exorbitada creencia en su, supuestamente, ilimitada astucia. Como para llegar a creer que las ventajas siempre estarían de su lado.

Llegó el momento de dejarle clara la realidad que él se negaba a admitir esforzándose en no responder ni contrargumentar nada de lo que le decíamos. Pedimos al suboficial que se retirara y nos quedamos los dos en privado.

La causa del miedo. Le dijimos que a quienes verdaderamente él temía no era a nuestros hombres, de la Base Aérea, sino a sus amigos de afuera. Los mismos a quienes también conocíamos. Que de todas formas se enterarían de esa visita tan personalizada. Así no pudiesen saber sobre los temas tratados en nuestra conversación. Pero gran motivo de incertidumbre que les inquietaría sobremanera.

De inmediato le regreso la palabra y preguntó sobre cuáles amigos nos referíamos. Le dejamos en evidencia quienes eran sus amigos. Y que ya no por causa nuestra podía temer sino por ellos. Porque les disgustaría mucho que él hubiese acudido a nosotros para curar sus heridas, que ellos le habían provocado. Y menos la visita de misericordia que le estábamos haciendo. De la que ellos irremediablemente se enterarían por boca de los demás pacientes y la que sería interpretada como un peligro para ellos.

Sospecharían mucho de lo que él nos hubiese contado  sobre ellos, sus amigos, en su crítica situación e indefección de enfermo. O como gratitud por la buena atención recibida. Ya fuese para ganar nuestro favor o por simple debilidad como paciente clínico. Le quedo muy evidente que había cometido el error de ponerse del lado de la maldad en lugar de haber escogido el camino de la bondad y de lo correcto. Por eso le ofrecimos estar de nuestra parte antes que la de ellos, lo que no aceptó.

Siguió sudando y palideciendo, sin que estuviese haciendo calor. Solo por la gran tensión psicológica por la que estaba pasando. Preveía lo peor. Y el miedo ya era casi pánico. Su respuesta fue un total silencio sepulcral. Lo despedimos con los mejores deseos de alivio contando con nuestra mejor ayuda.

La renuncia. Pocos días después, por su propia exigencia, decidió marcharse a su casa bajo su responsabilidad y riesgo, aunque los médicos le dejaron de presente su aún insatisfactoria situación. Pero fue imperativo su deseo de no estar más bajo nuestros cuidados. No quiso aceptar ningún tipo de protección personalizada y se contentaba con la seguridad de área que, en general, le prestábamos a toda la comunidad.

Deseaba, a toda costa, estar alejado de nosotros pensando que con ello no seguiría siendo motivo de sospechas por parte de los peligrosos terroristas con quienes había hecho amistad. Se dio cuenta de lo peligroso que le sería, en algún momento, esas peligrosa fraternización. Descubrió que no había captado cuál sería su lealtad en caso de necesitarlos para ofender, crear más miedo en la población y alardear de ser nuestro enemigo.

Pasados unos pocos meses fue víctima de reclamos de sus amigos, que se convirtieron de un día para otro en sus enemigos. Así le pagaron sus apoyos anteriores y le cobraron el hecho de haber acudido a nuestro socorro, obligado por las heridas que ellos mismos le causaron. Desde cuando se instaló en el pueblo, tratamos de darle más seguridad personalizada simulando que eran rutinarios patrullajes por las proximidades de su casa. Pero él los esquivaba. Con ese gran peligro se cumplió lo que habíamos previsto sin poder evitárselo teniendo que vivir escondido a toda hora. Después supimos que se había ido a establecer en otra población y sufrió un grave atentado.

Los resultados. La ascendencia negativa, que había logrado el sujeto en la mentalidad colectiva de los habitantes del casco urbano, comenzó a cambiar en favor de todos. Los visitantes extraños dejaron de aparecer sin motivo. El comportamiento de su hermana la enfermera fue mejor pero de todas formas nos hizo el favor de renunciar. Las operaciones de control y de seguridad ciudadana se hicieron más efectivas. Las personas eran ya facilitadoras y proactivas, en lugar de obstaculizadoras. La armonía de las autoridades civiles con sus gobernados mejoró notablemente.

El suboficial vio que sus comandantes lo respaldaban decididamente y a sus hombres. La atención en el hospital se incrementó y con ello el presupuesto oficial recibió más uso social. La población redujo su temor de acudir a nuestros servicios. La hostilidad sicológica en el casco urbano se atenuó. A las cuadrillas de bandoleros insurgentes les fue evidente que la Base Aérea no era un objetivo fácil de abordar. Y que los hombres que los combatíamos, usábamos también múltiples formas de lucha, dentro de las cuales estaban la guerra psicológica.

Estos y otros hechos, dentro de los cuales están los acontecidos en la Operación Conquista 2, dieron pie para el combate de Las Delicias.

17. ENTRE LEONES Y RATONES


Las brujas.
17. Mentes desocupadas. Ante un círculo tan cerrado, una convivencia tan estrecha y la falta de motivos de distracción, era normal que se generaran influencias interpersonales tanto buenas como malas.

Una fue la creciente creencia de que existían las brujas. Hasta en los oficiales, los mandos medios y, sobretodo, en la tropa, se comenzó a desarrollar un creciente miedo ante ese imaginario fenómeno. Como la oscuridad en la noche en esas regiones, en especial cuando es sin estrellas ni luna, es demasiado intensa, eso favorecía la imaginación sobre el temor. En ocasiones no es posible ni ver la mano porque a la distancia del brazo es invisible.

Lo imaginario. Se decía que en la inmensa selva habitaban y ocultaba seres misteriosos de poderes mágicos. Como es natural, los animales nocturnos habitantes en la vegetación hacen ruidos que en el profundo silencio de la noche suelen parecer lamentos misteriosos de criaturas desconocidas en pena. De tal forma que actuaba la imaginación engendrando mitos reforzados con tradiciones, tabúes y temor a lo desconocido. Lo que está por fuera de control del ser humano y le crea desconcierto.

Los soldados ubicados en los puestos periféricos de guardia comenzaron a sentir tal miedo que disparaban indiscriminadamente cuando escuchaban algún ligero ruido. No pedían la contraseña ni hacían una valoración razonable sino que pretendían alejar el peligro, por no saber si era real o fantástico. Era evidente que llegaron, incluso, a escuchar ruidos imaginarios. Trataban de disuadir cualquier opción de amenaza oculta haciendo tronar las armas.

El peligro real. La situación se volvió muy peligrosa para quienes efectuaban las rondas de verificación de los puestos de guardia ya que podían ser víctimas de esa paranoia. También se comenzó a crear la costumbre, que el hecho de disparar ya no era motivo de alarma y por ello no se activaba el plan de defensa. Se veía como algo rutinario y sin importancia. De esa manera se descuidaba la alerta indispensable para la seguridad durante las noches.

Había que detener la sicosis colectiva que llegó a niveles riesgosos. Incluso algunos, los más avivatos, aprovechaban para asustar, hacer chistes desagradables y convertir a los atemorizables en los hazme reír de los demás. De tal forma que se estaba perdiendo la frontera entre lo real o lo que era un simple motivo de burlas. Por ello se degradaba la alerta situacional de la guardia. No era fácil identificar entre lo serio y lo gracioso.

Rompiendo esquemas. Deshacer un temor colectivo, que se había convertido en creencia confirmada y arraigada lo suficiente como para que algunos llegasen a incumplir su deber de vigilancia, resultaba bastante difícil de modificar. No sabíamos cómo proceder ya que las recomendaciones resultaban infructuosas. Incluso trataban de convencernos que era real.
Teníamos a nuestro favor la fortuna de nunca haber creído en esos fenómenos fantasmagóricos, a pesar de haberlos escuchado con frecuencia de niños en el ambiente rural donde vivíamos, pero nuestras negativas e incredulidad no lograban resultados. Simplemente no lo aceptaban y seguían pensando que eran fenómenos reales.


Selva embrujada

Entonces debimos tomar una medida contundente y drástica. En una de las reuniones, con los oficiales y los suboficiales, les advertimos que personalmente comenzaríamos a pasar revista a los puestos de guardia durante altas horas de la noche. Disponíamos de una subametralladora de dotación, para defensa personal, que siempre la portaríamos durante esas rondas.

Usaríamos todos los procedimientos de identificación y alerta temprana establecidos. Por eso debían identificarnos con plenitud. Si los procedimientos se cumplían no había riesgos de que fuésemos recibidos a tiros sin razón. Si se seguían los procedimientos protocolarios previamente dados eso no debía suceder.

Si saliésemos afectados debían asumir las consecuencias legales y penales por lo acontecido por fuera de los reglamentos. Igualmente nadie podía atreverse a hacernos un chiste porque, irremediablemente, no titubearíamos en dar una respuesta defensiva lo más letal posible. Antes de pedir una identificación positiva ni a averiguar si se trataba de una amenaza real o fingida, por parte de algún gracioso imprudente.

De nuestra parte, de inmediato, usaríamos toda la potencia de fuego sin preguntar siquiera por el quién vive. Pesaron que tal vez fuese una demostración fingida de valentía para impresionar. Cuando vieron que las anunciadas rondas si eran reales las cosas comenzaron lentamente a cambiar.

La luz fantasmagórica. Después de algunos días nos volvieron a asegurar que en la parte central y al lado de la pista salía una bruja. Solía acostarse en el suelo cubierta con su larga y negra bata. A los transeúntes nocturnos por la calle central de la Base se les manifestaba a cierta distancia. Inicialmente, como luces que surgían repentinamente del suelo llamando su atención. Y cuando era muy visible e intensa, se levantaba en forma de sombras blanquecinas que flotaba alejándose con el viento como provocándolos a seguirla. Lo que era más evidente si había algo de luna. Lo único que le faltaba era la escoba. Que lo podíamos verificar personalmente durante nuestras correrías nocturnas.

Se nos apareció. Aproximadamente, unas tres noches después poníamos atención al lugar mencionado de manera casi que desprevenida. Notamos una ligera chispa que se mantenía inmóvil por momentos. En algunas oportunidades parecía estar en el sitio y luego se movía aumentando o disminuyendo de intensidad. En otras aparecía una segunda al lado que la acompañaba. Por supuesto, nos intrigamos bastante y algo de temor nos surgió recordando los insistentes comentarios de parte de algunas personas serias y creíbles.

El bulto extraño. Debíamos investigar. Entre el lugar y nuestra posición, había una hondonada llena de malezas y no era fácil acercarse en línea recta. El mismo tenebroso pantano donde encontramos el antiguo acueducto. Aún no lo habíamos drenado. Dar un rodeo para una aproximación indirecta era lo prudente. Así lo hicimos. y algo próximos, con el reflejo contenido y en actitud de máxima alerta, notamos que junto a la luz, ya más clara y evidente, había un bulto oscuro alargado y similar al cuerpo de una persona acostada.
Esperamos estáticos un rato para ver si se movía o si ocurría algo que indicara la naturaleza del fenómeno. La luz se intensificaba por momentos. Pedimos identificación y nadie respondía ni se producía ningún ruido. Ante la incertidumbre, la única alternativa era reducir la distancia al máximo posible con el arma en la mano y dispuestos a activarla ante cualquier sorpresa.

Nos acercamos con mucha cautela y con el mayor silencio posible. sin quitar la vista del objetivo y estando a unos diez metros notamos que el piso bajo nuestros pies era blando, blancuzco y ya no crujía la yerba cuando pisábamos, Parecía como si el suelo se nos estuviese desapareciendo.

Las sombras. El aire parecía estar impregnado de algo que producía un sabor caustico si se respiraba con la boca abierta. Como si se tratara de gases sulfurosos de origen diabólico. Estábamos de frente al viento y sentimos un ligero olor de humo sin haber ningún fuego. En el mismo momento en que sopló un viento más fuerte y frío, el de la media noche que se da en los días de verano, por el rabillo del ojo notamos una neblina que con forma de globo amorfo surgió a nuestro lado y se alejó flotando. El susto fue mayor pero no le retiramos la vista.

Teníamos una potente linterna de baterías de chorro central que iluminaba a buena distancia. No la habíamos querido activar para no espantar el fantasma o al bufón que nos quería atemorizar y poder saber con plena realidad de que se trataba. Para saber porque el suelo no sonaba, nos agachamos y con la mano, sin dejar de mirar fijamente del fenómeno, tocamos el piso notando que era en sector cubierto de una gruesa capa de cenizas.

El causante. Entonces, prendimos la luz y la dirigimos al lugar de inquietud y descubrimos un viejo tronco de un árbol caído, ya sin ramas, que debajo albergaba brasas semicubiertas por las cenizas. Cuando pisábamos removíamos la ceniza y esa era la causa de las blancas nubes flotantes que nos pasaban por el lado.

Algunos días antes, al lugar le habían prendido fuego para el control de malezas en la berma de la pista de aterrizaje para no tener que podar. Los soldados lo hacían con cierta frecuencia para ahorrarse el trabajo. El viejo árbol aún estaba con rescoldos que se intensificaban cuando hacia viento. Viento que retiraba la ceniza que se alejaba volando en forma de nube blanquecina. Estábamos en tiempo de sequía y por ello no habían caído lluvias que apagaran totalmente el tronco.

Casi que se nos sale una espontánea risotada por lo gracioso del caso y para desahogar con ello el miedo, que también nos había asaltado. Afortunadamente, nos contuvimos porque de haberlo hecho, esa carcajada embrujadora nos habría convertido en parte de fantasma. De seguro, los soldados de los puestos de guardia y demás noctámbulos, al otro día, nos habrían asegurado que hasta la habían escuchado risas burlonas de brujas, a los asustadizos en medio de la noche. O de físico pánico nos habrían lanzado una ráfaga de balas para espantar al lumínico y volador fenómeno.


Tronco humeante

Las brujas se fueron. Ese era el espanto que tanto asustaba a los militares. En la siguiente reunión semanal pusimos en evidencia, entre serio y burlesco, sabiendo que se trataba de cosas normales. Todos se rieron de sí mismos viendo que convierten lo normal en cosas atemorizantes provenientes del mundo irreal de los fantasmas. Fenómenos agrandados y deformados cuando se especula sobre los mundos fantásticos que son explicables. Retornó la confianza y se disolvió el miedo que llegó casi que a limitar a personas valientes para el combate. Mentalidades influenciables con fantasías que les hacían perder la confianza en sí mismos. La brujería medieval se esfumó.

Sobre finca raíz.
Los linderos corridos. Su padre había sido un antiguo colono en una región del Caquetá bastante aislada del desarrollo nacional. Fue uno de iniciadores de la colonización en los tiempos cuando se había construido la primera infraestructura de la Base Aérea actual. Había construido una casa cercana a la unidad militar para habitar con su familia y explotar ganaderamene los terrenos. Por esa razón tenía muy buenos nexos tanto su padre, como él, con los militares, en especial con sus Comandantes.

Algunos de los empleados y habitantes de la Base Aérea se abastecían de leche en esa hacienda y la Unidad les compraba ganado gordo para el sacrificio. Era un personaje muy reconocido y se le tenía plena confianza por lo cual podía entrar y salir libremente. Su casa estaba ubicada a unos 4 km de distancia sobre el viejo carreteable que comunicaba a la Base Aérea con el casco urbano del municipio de Solano. Poblado separado de la Base unos 8 kilómetros por carretera destapada o camino de tierra.

En una ocasión fue a solicitarnos un poco del petróleo del que teníamos disponible para los helicópteros con el fin de usarlo en un refrigerador donde almacenaba la leche, la carne y los víveres de consumo de su familia. Éste era un refrigerador de mecha, como solíamos llamarlos.

Como a diario hacíamos drenajes de los depósitos de kerosene, para extraer la humedad, le hicimos el favor, ya que este combustible se tenía que desechar. Quedando muy agradecido con frecuencia venía a visitarnos e invitarnos a ir de paseo. Invitaciones que rechazábamos con algo de reticencia debido a motivos de seguridad personal. Alejarse de los predios de la unidad era riesgoso.

Teníamos una alta amenaza por parte de los grupos insurgentes que merodeaban por esa región y a los cuales combatíamos con determinación y mucha ofensiva. Ellos eran quienes prestaban seguridad a las plantaciones y a los laboratorios de coca que los colonos habían construido y que nosotros destruíamos.

Debiendo estudiar los asuntos relacionados con la propiedad militar, especialmente, lo relacionado con los linderos y los documentos legales, encontramos que algunos de los potreros del colono estaban dentro de la propiedad oficial. Su padre había tumbado la selva y montado potreros sembrando pasto para ganado. Si intención era, con los años, de hacerse a una propiedad por la vía de la escrituración de baldíos que asignaba el gobierno a los colonos que se establecieran y desarrollaran labores productivas del suelo. Pero no tuvo en cuenta que se había introducido a la propiedad ya escriturada al Ministerio de Defensa. Su padre ya había fallecido y el continuó con esa labores como heredero de la supuesta propiedad sin adelantar los trámites legales correspondientes.

Habiéndole puesto en evidencia esta circunstancia, el colono se incomodó con nuestro descubrimiento. Nos hizo la observación de que estaría dispuesto a devolver esos terrenos pero siempre y cuando le reconociéramos las mejoras. Se acompañó con la advertencia de que tenían un alto valor comercial que debía pagarle el Estado. Valor que sobrepasaba en mucho lo que comercialmente era justo pagar en esa región.

Como respuesta le dijimos que su padre había hecho esas mejoras dentro de la propiedad del Ministerio de Defensa, sin ningún consentimiento o por parte de los legítimos y legales dueños, según las escrituras que procedían del año de 1936. Además de que él acostumbraba guardar un interesado silencio cómplice al no poner en evidencia el hecho a los comandantes, que pero ser rotativos, no se enteraban de su ilegalidad.  Si se le fuese a reconocer algún valor por esas mejoras serían por medio de un peritazgo independiente y no por su único parecer. Que era el procedimiento legal establecido por la ley.

Sin embargo, que en nuestras opinión personal casi que ni debería reconocérsele ya que, tanto su padre como él, habían actuado no de muy buena fe. Habían efectuado mejoras en terrenos que sabían perfectamente que no les pertenecían. Él aducía que eso se había hecho hacía mucho tiempo por parte de su padre y que por lo tanto él no tenía conocimiento. Aducida ignorancia, el más corriente y mañoso argumento de quien no tiene la razón, que era imposible que se le creyese.

De todas formas, nos ratificaba la invitación para que fuésemos a visitar "su propiedad" y conociéramos su hacienda, los terrenos que la componían y además propiedades. Para que nos formáramos una idea clara de las mejoras en caminos, pastos, linderos e instalaciones que ellos habían construido.

Las invitaciones periódicas, adornadas con sugerencias de amistad, siempre estaban acompañadas de unas repetitivas y muy claras advertencias de que debía avisar con anterioridad la visita, con el fin de atendernos lo mejor posible. Insistencia que se nos hizo un poco extraña. Le confirmamos que daría satisfacción a su petición cumplidamente.

Por el contrario, decidimos que lo haríamos totalmente al contrario, sin dejárselo saber. Preferimos, más bien, la vía de la sorpresa. Con diplomática alerta temprana nos hacíamos vulnerable.

El fondo Rotatorio de la FAC poseía una finca ganadera llamada La Remonta, que administrativamente dependía directamente de nosotros. El manejador era un empleado oriundo de esta región y había vivido toda la vida en ella. Lo consultamos al respecto de la situación del colono sobre su propiedad. Nos contó lo mismo que el colono narró.

Adicionalmente dijo que el lindero de la Base era un trazo recto aproximadamente de unos dos kilómetros y medio de largo, paralelos a la pista de aterrizaje en el costado sur. Lindero que pasaba por el centro de la finca del colono. la otra mitad estaba sin mantenimiento y por ello gran parte perdió dentro de la selva. El trazo podía volverse encontrar buscando los mojones de concreto que se habían hecho para demarcación.

Uno de ellos era visible exactamente en uno de los corrales para manejo del ganado que había construido el colono, anexos a la casa. Por medio de él se podía tener una idea por donde pasaba el perdido lindero. Recomendó que fuésemos a visitarlo y aprovecháramos, sin hacer alusión del motivo de la visita, para que pudiéramos verlo. Acordamos que en alguna ocasión le avisaríamos para que dispusiera algunas bestias, fuésemos hacer la visita y el reconocimiento.

La visita. Días después, en forma imprevista, le dijimos que llevase varias bestias frente a la oficina ensilladas para hacer un paseo por los alrededores en el término de una hora. No le especificamos a dónde iríamos, ya que tampoco habíamos puesto sobre aviso a nuestro esquema de seguridad para evitar filtraciones de lo que haríamos. Pretendíamos, así fuese con algo de riesgoso si nos alejamos del perímetro protegido y vigilado de la Base, confiar en la clandestinidad y la sorpresa.

Preguntó por dónde iríamos pero no le quisimos decir, que simplemente tuviera las bestias listas. De todas formas, al momento de partir, nos hicimos acompañar de dos militares más armados y el mismo manejador. Para ciertas actividades campestres acostumbrábamos portar la referida ametralladora. Arma ligera, moderna y de muy buen desempeño, por simple precaución. Tomamos la carretera que conduce de la Base Aérea al pueblo de Solano, ya que la casa del colono se encontraba a mitad de camino, como a unos 4 km de distancia, a un lado de la vía. Habiendo llegado a la desviación nos dirigimos hacia la casa como a unos 500 metros del camino central.

Fue una gran sorpresa para el colono encontrar que nosotros estamos llegando sin haber avisado. Nos recibió con mucha cordialidad aunque con algo de evidente susto. No le habíamos hecho el prometido preaviso de nuestra visita. Nos hizo la observación aduciendo que no se encontraba listo para atendernos en debida forma. Que le hubiera gustado mucho saberlo para habernos hecho un agasajo de recibimiento con la mejor cortesía.

Nos disculpamos diciendo que no era necesario ya que no era una visita protocolaria sino simplemente algo informal. Que habíamos salido a dar un simple paseo y que se nos ocurrió dirigirnos hacia su casa en último momento. 

Observamos que se encontraba más que simplemente sorprendido. Se le veía alguna inquietud y más bien asustado. Parecía que nuestro comportamiento y nuestra sorpresa le habían sido de desagrado, que bastante bien trataba de disimular.

Nos hicimos los desentendidos, lo tratamos de la mejor forma y con cordiales demostraciones de amistad y familiaridad, para tranquilizarlo. Elogiamos su propiedad, su casa, su familia y sus pastos. Mostramos interés por el estado de sus ganados, su comercialización, los precios y demás asuntos que le eran de su mayor interés personal, familiar y económico.

El mojón. El administrador de nuestra finca, entonces, se dio cuenta que la  intención era el mirar donde se encontraba el mojón que él nos había mencionado en nuestra conversación meses antes. Que la visita improvisada tenía relación con el hecho de observar por donde era el lindero que el padre del colono había invadido. Esperaba que le preguntara por su ubicación o que nosotros mismos lo descubriéramos dentro de los corrales cuando estuvimos caminando las instalaciones.

También le extrañó que, durante la charla con el colono, no preguntáramos ni pusiéramos la conversación sobre los linderos ni que nos preocupáramos por el asunto. Creía que si no se trataba el tema habríamos perdido el propósito del fingido paseo, que era el hacer una inspección directa y personal del marcador de la propiedad oficial. Por ello, trataba  de demorar nuestra partida con conversación improvisada dentro del corral, cuando abordábamos las bestias para el regreso. Donde dicho hito estaba en procura de que viéramos y mencionáramos el referido mojón. Quería estar seguro que lo habíamos verificado claramente pero nos hicimos los desentendidos. No le prestamos atención. Montamos y nos despedimos.

Para el regreso decidimos no usar la misma ruta por la que habíamos llegado. Procedimos por en medio de los potreros a medio galope como si no quisiera detallar nada especial. Los demás nos seguían. En el recorrido pudimos ver cuánto terreno se había apropiado el colono sin ningún derecho y los trabajos ejecutados.