AERONAUTAS Y CRONISTAS

martes, 20 de agosto de 2013

LAS DELICIAS (I)


ENTORNO Y EVENTOS QUE HICIERON PARTE DEL COMBATE DE LAS DELICIAS





Oigan lo que aconteció,

y aunque es suceso que admira,

no piensen, no, que es mentira,

que lo cuenta quien lo vio.



(José Manuel Marroquín)



LAS DELICIAS (I)



INTRODUCCION.



La siguiente es la secuencia de circunstancias y sucesos que llevaron al desastre de Las Delicias. Situación en la cual fuimos conducidos por la confluencia de factores sociales, políticos y militares, en forma tal que llegó a ser imposible que la derrota militar se hubiese podido prevenir de manera razonable o evitar, por ser la consecuencia producto de causas insuperables.



Lo que contaremos es para dejar evidencia de los hechos y para enaltecer a quienes dieron su vida en tan fatídico combate, a los que sufrieron heridas, los que padecieron un largo secuestro y a todos cuantos colaboraron, con su máximo empeño, haciendo lo mejor que podían en ese critico momento.

Solo nos limitaremos a narrar con apego a la verdad y a hacer nuestras apreciaciones de lo vivido. 



LOS ANTECEDENTES DEL FENÓMENO DELINCUENCIAL.



El único intento real, efectivo y decidido, contra el delito del narcotráfico se había dado solo durante el gobierno del presidente Turbay, a comienzos de la década de los años 80, en la costa norte, contra los famosos marimberos. La mariguana era cultivada en las estribaciones de la Sierra Nevada y exportada a los Estados Unidos por medio de un puente aéreo armado con aviones sacados de los cementerios en Norteamérica. Esa acción tuvo resultados satisfactorios pero mientras esto sucedía en el norte, el narcotráfico de la coca tomó fuerza en el centro del país.



Durante todos los años, 80 la sociedad colombiana y las autoridades nacionales, habían sido débiles para afrontar la delincuencia alimentada por la poderosa industria del narcotráfico. El delito se había arraigado en dos lugares específicos de la amazonia, las regiones del Caquetá y del Guaviare. Y los dos actores que lo impulsaban eran las mafias narcotraficantes de Cali y Medellín. Las mismas que habían permeado los campos políticos, económicos y sociales.


Este fenómeno era evidente para todos, en especial para nosotros los pilotos militares, que sobrevolamos esas áreas observando los grandes tumbados de selva donde cada día surgían cultivos de coca. Sin embargo, aunque se pedía combatir la mariguana, nos extrañaba sobremanera como el gobierno nacional era tolerante y hasta complaciente con el fenómeno de la cocaína. Combatía la mala yerba en la costa Caribe y no daba los recursos necesarios para combatir los grandes cultivos de la cocaína en el Amazonas. Al tiempo que no expedía las leyes necesarias. Aunque en sus declaraciones públicas eran en contra del fenómeno y sobre la necesidad de combatirlo. Eso era lo que se decía más no lo que hacía.






AVION MARIMBERO


Cuando finalmente el gobierno nacional se percató de que era necesario confrontar el narcotráfico de la cocaína, especialmente presionado por los Estados Unidos quien estaba muy interesado en combatirla, se decidió por crear un cuerpo especial contra el narcotráfico dentro de la Policía Nacional. Esa unidad fue quien destruyó los famosos laboratorios de Tranquila en el área del Caquetá, especialmente en la región del río Yarí. Estos laboratorios refinaban la pasta de coca traída de Bolivia, Perú y Ecuador. Sin embargo, ya se estaba cultivando la planta en las fronteras de la selva Amazónica para no tener que traerla desde tan lejos y hacer el negocio completo.



Los llanos del Yarí los sobrevolábamos con frecuencia haciendo las rutas comerciales de Satena a la Araracuara y la Chorrera. Podíamos ver las pistas clandestinas. Algunas de esas pistas eran el destino de las misiones de vuelo que se nos ordenaban. Algunas de ellas eran las de Tunía, Candilejas, El Recreo, Canadá, Caquetania, Araracuara.


Sabíamos que eran clandestinas porque no tenían registros aeronáuticos, ni figuraban en el manual de Rutas. No se tenía ni se daba información aeronáutica oficial. Aunque se reportaban como destino en los planes de vuelo no tenían objeciones por parte de las autoridades aeronáuticas y todo eso trascurría de manera normal. Solo entre pilotos se trasmitían los datos mínimos necesarios para la operación. Y quien hiciera algún comentario, al respecto de esa irregularidad, era tenido como un desubicado y un tonto, porque en la mentalidad general eso era plenamente admitido como parte de la cultura que imperaba en esas regiones.


Los colonos ofrecían, casi que suplicaban, que les cambiaran sus dólares por moneda colombiana ya que no les eran de utilidad. Eso podía ser un gran negocio pero preferimos no involucrarnos porque algún día eso sería tenido como un grave delito, así en ese momento todo mundo lo ignorara, aunque era ya oficialmente ilegal. Es decir, que la inteligencia si existía pero eso no inquietaba ni era de interés para nadie, ni siquiera para la inteligencia aérea.



Desde el aire nos era muy evidente la gran cantidad de círculos de foresta derribada para sembrar. Y aunque esto se comentaba en el ámbito militar, especialmente en el de la Fuerza Aérea, no se notaba ninguna intención por hacer algo. Tampoco el gobierno central, no mostraba ningún interés real de combate. Y mientras no exista el objetivo político y éste no sea un problema social, una fuerza militar está totalmente impedida para actuar por su libre albedrío, si es que es una fuerza con pleno sentido democrático.





CLAROS EN LA SELVA


En los últimos años de la década del 80 y comienzos de los 90, el combate al narcotráfico se convirtió en un objetivo político nacional. El fenómeno había crecido exageradamente y había comenzado a alimentar a los grupos insurgentes. Estos encontraron un gran tesoro para cubrir sus necesidades económicas proveyéndose de los dineros necesarios para adquirir gran cantidad de armamento y logística. Llegaron, incluso, a pasar, en estas regiones, de la fase de insurgencia clandestina a la de conformación de tropas con posibilidad de ejecutar operaciones de guerra regular. Les faltaba solo el adoctrinamiento necesario que adquirían rápidamente.

BANDOLEROS FARC

LAS DELICIAS (II)



LAS DELICIAS (II)

EL GRUPO AÉREO DEL SUR - BASEA AÉREA DE TRES ESQUINAS.

Para cuando fuimos asignados al comando del militarmente denominado Grupo Aéreo del Sur, GASUR, llamado, genéricamente, Base de Tres Esquinas, por su ubicación en la confluencia de los ríos Caquetá y Orteguaza, en la mitad de la década del 90, la situación en esa región era bastante crítica en cuanto a la seguridad de la misma Base, además de la poca posibilidad de dominio y control territorial y social. Su clasificación no llegaba ni siquiera a ser una real Base Aérea y menos un Comando de Combate. Era algo minúsculo, remonto y de muy poca importancia militar y nacional. Solo fue tenida en cuenta después del conflicto con el Perú y luego fue casi que olvidada porque esa amenaza había pasado hacia mucho tiempo.

EL CAQUETÁ CORRE DE ARRIBA ABAJO. EL ORTEGUAZA DE DERECHA A IZQUIERDA DE LA FOTO.

La unidad fue conformada desde los tiempos del conflicto con el Perú, en un plan de recuperación posbélico, más para propósitos de desarrollo fronterizo y presencia nacional, por medio de apoyo a programas de colonización, que propiamente como una Base de Combate dotada con medios para afrontar al crecido enemigo insurgente. El que aparecería muchos años después, debido al narcotráfico y que se fortaleció poderosamente en toda la región.

Los comandantes eran nombrados por períodos de dos años, ya que esta unidad se consideraba, por su aislamiento, lejanía, muy pobre infraestructura militar y logística, como una unidad de castigo. No era una política ni doctrina oficial de la FAC, y por tanto no explícita, más si era vivencial y real.

A ella, los comandantes, enviaban a los miembros de la Fuerza Aérea a quienes consideraban poco competentes, negligentes, remisos para el servicio o, más bien, indisciplinados. Era el lugar de castigo o para deshacerse de los considerados incomodos por sus ideas o suficientemente subordinados como para no protestar por esa asignación. Ese pensamiento se había convertido en el dogma corriente que predominaba en la mentalidad colectiva de la Fuerza Aérea. Con los años, terminó siendo la justificación de un prolongado y continuo relegamiento de la Base Aérea, en los planes de desarrollo FAC. Por ello no se mejoraba su infraestructura ni era abastecida adecuadamente.

Allí la vida era austera, con bastantes limitaciones en todos los sentidos, de alta amenaza insurgente por parte de las FARC y el M-19, junto con los cortos períodos de comando, que hacían imposible ejecutar proyectos de largo plazo. La máxima aspiración de quienes eran asignados al lugar, era poder terminar, a salvo y sin mayores traumas personales y profesionales, su tiempo de destierro, para salir reasignados a otras guarniciones del país más benévolas y con menores restricciones o inconvenientes.

Por esas circunstancias, el nombramiento de un comandante era visto por compañeros, superiores y subalternos, como una degradación profesional y una descalificación personal. Era casi que exponerlo a pedir el retiro del servicio y truncar su carrera militar. Evidencia de ello fue el que, en años anteriores, ya se había dado una insubordinación de toda una compañía de tropa, por las pobres circunstancias, el descuido y el modo de vida en que se le mantenía. Rebelión que no fue instigada por ningún mando sino que surgió espontáneamente desde la misma soldadesca, exasperada por las primitivas condiciones de supervivencia.

La realidad es que las cosas no habían cambiado mucho desde los tiempos del conflicto con el Perú. Tal como lo cuenta el Sargento Tobón en su libro “Sur”. Y motivo por el cual fue escogida como destierro prisión para el General expresidente Gustavo Rojas Pinilla.

LA PROCEDENCIA.

Nos desempeñábamos en el Departamento de Operaciones del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Militares, un cargo militar del nivel central. Asignación que nos honraba sobre manera. Pero no estábamos cómodos y nos era, más bien, una mortificación.  Pudimos darnos cuenta que el comentario burlón de pasillos, sobre el famosos “Deposito de Coroneles”, no era un invento ligero de jocosas conversaciones durante las desinhibidas charlas de la oficialidad en los ratos de ocio en los casinos, sino que era una realidad contundente.

 DEPÓSTO DE CHATARRA MILITAR



Nos causaba rasquiña la burocracia militar y el ver a tanto oficial, de alto grado, matando el tiempo en tareas superfluas, con poca capacidad analítica y baja creatividad. Personas que aunque conocían la realidad nacional, la ignoraban con premeditación por conveniencia. No podían arriesgarse a ser removidos de tan cómodos cargos. Necesitaban pasar sin trascendencia y sin idoneidad para ocupar y actuar con éxito decisorio, pero también prestigioso y por ello satisfactorio, puesto.


MILITARES DESOCUPADOS


Solo se interesaban en la limpieza y el orden del recién activado Centro de Operaciones Conjuntas COC. El descuido en el empleo de la información era notorio. No se usaba para toma de decisiones importantes, sino a manera de simples y morbosos chismes. Solo la búsqueda de culpables en rangos inferiores, por motivos operacionales, era la regla general. Mientras ellos, de rangos superiores, tenían muchas culpas por motivos administrativos y de comando.

Tenían disponible toda la teoría para descalificar a otros y nunca para una autovaloración de lo que en el nivel central se hacía. Reveses operativos que en gran parte, se debían corregir de arriba hacia abajo y nunca al contrario. Para eso era que servía la autoridad, no en forma positiva sino casi que retrograda. Al menos en la parte ideológica. La misma que era de su competencia, por ser su responsabilidad el nivel estratégico y no del nivel táctico. No era claro el cómo cambiar esa preconcepción, infortunadamente, arraigada por una larga tradición y falta de evolución.

DOCTRINAS MILITARES


DOGMATISMOS
No se podía intentar nada diferente porque sería violentar anticuadas costumbres y dogmas, que ya demostraban poca aplicación. Como durante generaciones anteriores esa inercia había tenido algún éxito, predominaba el criterio de mejor malo conocido que bueno por conocer, sin importar que la razón indicase la necesidad de innovar. Eso era riesgoso y hasta temeroso, por la infalible guillotina profesional de ser decapitado si el invento no funcionaba a plena satisfacción de un superior, terriblemente severo y dispuesto a evaluar más por capricho que por justicia. De esa forma la modernización era extremadamente lenta ya que no dependía de la instantánea fuerza argumental sino del muy lento relevo generacional.

Las culpas de lo que no salía bien, a nivel Brigadas o Batallones, siempre eran debidas a la falta de idoneidad en los subalternos, donde bastantes salían muertos o heridos, en combates fallidos. Y nunca debidos a los errores por las decisiones que allí se dejaban de tomar o las que se tomaban en forma inadecuada. Precedía mucho el concepto de la perpetua infalibilidad. Sus pensamientos se reducían a análisis de asuntos casi que meramente de nivel brigada. Muy lejos de los conceptos macro estratégico, ya fuesen del campo interno nacional y más del internacional, como debían ser sus objetivos y las proyecciones de su visión.

En varias oportunidades tratamos de hacer evidencia de la situación pero esos sanos intentos chocaron con diabólicos rechazos. Con explosiva y enojosa soberbia cerraban toda posibilidad de adelantar cualquier clase de autovaloración.


 ENOJADO MILITAR
Después supimos que algunos de los compañeros de trabajo habían abogado para que nos asignaran a una región alejada, peligrosa, de las clasificadas como de “orden público” donde se pasan incomodidades y peligros. Se libraban de alguien imprudente y poco reverente que, con sus puntos de vista, les hacía pasar incomodidades con la inconveniencia de nuestras apreciaciones.

 LAS MALAS COSTUMBRES

En el momento no lo supimos. Luego se descubrió que los molestos compañeros, con sus veladas influencias, supuestamente para degradarnos a manera de castigo, habían sugerido nuestra designación. Pero, al contrario, nos habían hecho un gran bien.  Con sus intrigas nos habían ayudado a salir de la leonera que tanto nos mortificaba y en donde tan incómodo nos sentíamos, para mandarnos a la ratonera. Allí podíamos aplicar las ideas e iniciativas reprimidas que nos exprimían sobre manera. Era una oportunidad de ocasión para gozar de la libertad y la autonomía que anhelábamos para actuar bajo nuestras maduradas y arraigadas convicciones. Excepto por una ligera inquietud sobre las incomodidades que se podían causar a la familia, que tampoco eran muchas, de resto nos sentíamos más que agradados con el traslado y la nueva designación en el cargo a una unidad militar con grandes retos por lograr.

Veíamos con naturalidad, las picaronas burlas que se hacían en los corrillos y las sarcásticas conversaciones relacionadas con nuestro nombramiento. No ignorábamos los comentarios de doble sentido e ironía que suscitaba nuestro nombramiento a esa guarnición.

Incluso hasta un oficial de una misión extranjera, quien pidió a mis superiores hacernos una entrevista, para una velada valoración. Tendríamos que trabajar coordinadamente y se atrevió a hacer una burlona pregunta sobre lo que él pensó era la gran preocupación y presuntos miedos que deberíamos tener por el traslado a tan difícil guarnición. Pero preferimos mil veces ser cabeza de ratón, con deseos de enfrentar un felino, que no una simple cola de león, espantando moscas.

Vimos en la asignación una oportunidad y una fortaleza en lugar de una amenaza o una debilidad. Situación que luego aprovechamos para sacar ventajas de ocasión, como así aconteció. (Tema de otra historia) 

miércoles, 7 de agosto de 2013

LLEVADERA ES LA LABOR


Amigos cronistas:

Con motivo de ser hoy el día del Ejército, que se celebra en Medellín, y día de la Feria de las Flores, les comparto esta crónica contada por un oficial de la Fuerza Aérea Colombiana. Uno de los sucesos que a diario acontecen en nuestra nación.

No son hechos de otras partes sino de nuestra propia tierra y en nuestros días.

Cordialmente: Coronel Iván González. Oficial FAC.

 
“LLEVADERA ES LA LABOR CUANDO MUCHOS COMPARTEN LA FATIGA”



Vi el espíritu de Colombia en aquel despertar. Fue la mañana de la Feria de las Flores, de sol radiante y de ánimos primaverales. Una mañana de sábado en Medellín.

Antes de preguntar por el soldado compré un presente de frutas y flores de moda, por las festividades de ese día. En la oficina de información me dijeron que había concluido la cirugía y se recuperaba en cuidados intensivos. Eran las 09:00 cuando tomé el ascensor. Afuera se adornaban silletas, caballos y carrozas. Adentro, en el hospital Pablo Tobón Uribe, en el piso de cuidados intensivos, un paciente yacía en cama conectado a una bolsa de sangre a la yugular. Su rostro carecía de vida, con el lado izquierdo destrozado, el ojo cubierto con gasa ensangrentada. La oreja, el pómulo y la mandíbula remendados con varias suturas. Debajo de las sabanas se entreveía una respiración frágil, casi fantasmal.

La noche anterior, fuimos alertados para efectuar una evacuación aeromédica. Se trataba de un soldado del Ejército Nacional herido por un campo minado durante los combates contra los terroristas de las FARC. Bajo el fuego cruzado, su cuerpo fue recuperado por un compañero quien rasgó el uniforme e hizo un torniquete a nivel de la rodilla. Las heridas eran atroces. Expelían un olor nauseabundo, contaminadas con las heces humanas que contenía la cargada de la bomba.  El pie izquierdo colgaba de los tendones y el filo de los huesos había atravesado la piel. El ojo izquierdo era una bola de carne y girones de su rostro, cuello y brazo izquierdo, parecían escamas y lonjas rebanadas por las esquirlas.



Las primeras horas de aquella mañana habían sido fatigosas. A las 03:00, piloteando un UH-60 Black Hawk de la Fuerza Aérea Colombiana había descendiendo entre los filos de la serranía de Ayapel. Volaba con visores nocturnos junto a un helicóptero AH-60 Arpía, que disparaba sus ametralladoras para repeler el ataque antiaéreo. Descendíamos vertiginosamente para evacuar al herido. Al lograr la copa de los arboles iniciamos la aproximación final para aterrizar.  El flujo del rotor levantó tierra y pedazos de madera formaron un remolino de luces y sombras, del cual emergieron cuatro soldados con la camilla al hombro.

La recibieron el enfermero de combate y los técnicos de vuelo. La instalaron en la cabina de carga. Tan pronto salimos de aquel hueco y cerramos las puertas, el olor fétido de sus heridas inundó la cabina. Fue tan repugnante que prendí las luces internas para evaluar la situación. Era la figura de un guerrero gastado por la barbarie. Un nazareno de rostro demacrado, de ropas lavadas en sudor, sangre y barro.

Mientras volábamos, el enfermero de combate abrió el botiquín y agitó un frasco, inyecto el contenido en el brazo del paciente, quitó los vendajes sucios, examinó las heridas, evaluó el pulso y preguntó el tiempo para llegar a Medellín, le dije 50 minutos. Al fondo, detrás de las montañas, se veía el resplandor de la ciudad, eran ya las 03:40 de la mañana y la ciudad se preparaba para celebrar las mencionadas fiestas. Qué paradoja, pensaba, unos celebrando y otros luchando a pie firme, ya sea siendo heridos o teniendo que herir para sobrevivir. Los motores del helicóptero estaban a plena marcha, casi a punto de reventar. El enfermero concentrado en cambiar vendajes, medicamentos y limpiar las heridas. Noté que balbuceaba, en voz baja, alguna oración.

El ascensor llegó al piso de cuidados intensivos, las puertas se abrieron y me sorprendió un cadáver cubierto de sabanas rosadas que atravesaba el pasillo. Me di la bendición, sin querer observar demasiado tiempo aquel espectro de la muerte, pero era inevitable. Las sabanas delineaban una figura sombría y fría, que parecía olvidada. Como un objeto más en aquel piso de médicos y enfermeras que transitaban acuciosos. Al parecer era un hombre joven. Imaginé alguna madre rogando a Dios por la salud de su hijo o alguna esposa esperando con sus hijos la noticia. Valientes mujeres, que al igual que su amor, necesitan de esperanza que las alimentara. Esperanza que había terminado en esta lánguida camilla.

Me carcomía la inquietud de descubrir, bajo las sabanas, que fuese el soldado que buscaba. Eso me hizo actuar de manera extraña, acerque mi mano y descubrí el rostro de aquel cadáver.

-¿Es usted familiar?- preguntó una enfermera, que me sacó, de repente, de mi ostracismo.

No, no...  Busco un soldado que trajimos esta mañana, venía herido por una mina en el monte.

Está apunto de despertar, dijo la enfermera, al tiempo que señaló la habitación. Indiferente cubrió el rostro del cadáver y se marchó con él hasta perderse en el fondo del pasillo. Allá va la más cruenta noticia, pensé.   

Un médico escucho aquella conversación.

¿Es usted familiar del soldado?-

-No, soy el piloto de la tripulación que, en la madrugada, lo evacuó de la Serranía de Ayapel. Vine a verlo porque quiero conocerlo.

-Gracias por lo que están haciendo ustedes, casi todos los días nos llegan soldados así. Este hombre llegó medio muerto, lo trajeron a tiempo. Mire, pronto despertará. Está muy grave, ha perdido mucha sangre y tratamos de controlar una fuerte infección generada por la contaminación de las heridas con excremento. Su pronóstico es reservado. Amputamos su pie izquierdo y aún no sabemos si pierde el ojo. Aún no ha despertado, si lo hace, no le dé la noticia, déjeme hablar primero con él.



 

Al entrar en la habitación lo encontré inconsciente y conectado a varios monitores que vigilaban los signos vitales. La atmósfera de la habitación era tan densa que sentí que pesaba sobre mis hombros. Reinaba un silencio glacial, como de tumba. Su rostro, era el de un modesto pescador. Las heridas ya se veían limpias y el muñón, envuelto en gasas, sobresalía en las sábanas. Uno de sus dedos hizo un movimiento brusco y el monitor empezó a pitar. Al instante abrió la mano izquierda y súbitamente, con un impulso tembloroso y torpe, levanto el brazo derecho para quitarse las conexiones que lo mantenían vivo. El médico se abalanzó y dio instrucciones para que le ayudara. Entró una enfermera corriendo.

Sus fuerzas fueron debilitándose hasta que logró la calma. Su mirada divagó por la habitación. Un médico, una enfermera, un hombre extraño, monitores, agujas y esparadrapos lo rodeaban. De pronto comprendió la situación. Su ojo derecho penetro la mirada del médico y éste con aire de dolor interior, tomó su hombro para hablarle.



 

Soldado, gracias. Gracias por lo que ha hecho por Colombia.  Ayer usted pasó por un campo minado y sufrió heridas. Uno de sus pies llegó muy arruinado y no pudimos recuperarlo.

El soldado apretó los ojos y los labios. Una lágrima rodó por su rostro. Hubo un silencio que traspasó los muros e invadió el piso entero.

¿Y mis compañeros doctor? ¿Cómo están ellos?

Ellos están bien- esta vez respondí yo; no hubo más heridos.

Se dibujó una alegría lejana en sus ojos, ¡viva mi Ejército Nacional! Vamos a ganar ¿cierto? Ese es mi Ejército. Y cayó en un llanto incontenible.  Sentí como si algo se me hubiese roto en el alma.

Después se calmó y quedamos callados largo rato. Había visto el espíritu de Colombia en aquel rostro deshecho, en aquel cuerpo debilitado, pero fortalecido espiritualmente. La de aquel soldado humilde, convencido de que su sacrificio es vital para el futuro de la nación y la paz de los colombianos.

El valor de este soldado no era falso, era virtuoso. Un héroe que ha escapado de las hipocresías. La Fuerza Aérea había salvado la vida de un valiente, símbolo del heroísmo de los soldados colombianos. Los que hacen posible la calma en las calles y parques de la ciudad, que celebraría con alborozo, la fiesta primaveral, mientras, el yacía en la cama del hospital y otros compañeros, bajo las frías lapidas de los panteones.

Camino a Rionegro, donde está mi Base Aérea, sentía como si no hubiese pronunciado una sola palabra en toda mi vida. O que no podría hablar con nadie, en ese momento, por la atracción de lo que me era más importante en ese momento, lo que era el objeto de mis pensamientos más profundos. Agudizaba mis oídos. Contenía los latidos del corazón para no perder un solo detalle de aquel encuentro trascurrido mientras la ciudad despertaba a las alegrías de las celebraciones.

MY. Ricardo Andrés Torres Suarez. Oficial FAC.

martes, 6 de agosto de 2013

COSAS DE AVIACIÓN


COSAS DE AVIACIÓN



EL AVIÓN TRIMOTOR MARICHÚ.

Aterrizaje del primer avión en Urrao, el Marichú, el domingo 23 de abril de 1933, en el improvisado campo de aviación Manuel Dimas del Corral, como se llamó primero, que fue arreglado pocos días antes.

Ocupaba parte del terreno comprado a los del Corral, de la hacienda El Espinal. Manuel Dimas del Corral fue el gestor de ese primer aeropuerto de Urrao, localizado en dirección oriente – occidente, donde los vientos desestabilizan las naves. El actual aeropuerto está en dirección sur - norte, donde las aeronaves reciben los vientos al frente o en la parte posterior. Fue el segundo aeropuerto de Antioquia después de Las Playas (actual Olaya Herrera) de 1932.

En el avión venían 10 personas, entre ellas su propietario, el empresario Gonzalo Mejía, pionero de la aviación en Antioquia, al fondo de traje oscuro. Era piloteado por un estadounidense, a quien acompañaban mecánicos y expertos.

Fue un suceso sin precedentes. El casco urbano quedó solo. Las gentes se desmayaban, rezaban, gritaban, arrodillaban, gesticulaban y no salían del asombro. Los tripulantes fueron recibidos como héroes y permanecieron por una hora que aprovecharon para intercambiar opiniones con los asistentes. Se ven varias alumnas de la Normal con su clásico uniforme.

Los días miércoles en la escuela se acostumbraba llevar a los niños de paseo campestre por la tarde, normalmente, a las afueras del pueblo. Era una caminada de distracción.

Años después, Un día estaban los niños varones en el área del Llano. Este lugar es una meseta muy plana un poco más alta que el pueblo y bastante cerca donde queda la pista. Estaban jugando cuando apareció un avión que quería aterrizar. Posiblemente al piloto le pareció el lugar muy bonito y quiso explorarlo intentando un aterrizaje por su iniciativa. Como esto era una novedad les llamó tanto la atención a los niños que se aproximaron al lugar donde el avión se iba posar.

Cuando el piloto vio que los iban a atropellar quiso sacar el cuerpo y eso hizo que el avión se accidentara. El avión se dañó y el piloto se salvó.

Unos dicen que debido a los vientos encontrados y otros a la presencia de niños en la pista. El aeropuerto funcionó hasta 1934. Aterrizaron varias avionetas, hasta cuando una de ellas se volteó y se decidió cerrarlo. Luego se pensó en uno nuevo, cuya construcción se prolongó hasta 1949, siendo su principal gestor el cívico Alí Piedrahita, razón por la cual lleva su nombre. (Hasta aquí nota de autor desconocido).

EL ACCIDENTE DEL PERUANO

Para el año 46, ya existía un aeropuerto semiterminado. Era una pista en tierra que habían acondicionado para ese fin. Venían unos gringos que, según dicen, estaban visitando países y entre ellos estaba Colombia. El último país donde habían estado fue el Perú de donde salieron.

Su destino era Medellín. Parece que venían por señas únicamente. El hecho es que la vía que utilizaron los hizo pasar primero por Urrao y viendo el pueblo y el aeropuerto creyeron que ese era Medellín.

El primero que aterrizó lo hizo de norte a sur cuando debió haberlo hecho al contrario, según se recomendaba. Llegó con mucha velocidad y como la pista era corta no se alcanzó a detener a tiempo. En el extremo sur hay un barranco donde actualmente se encuentra la gruta de la virgen. El avión se fue por esta barranca hacia abajo cayendo a la carretera que del pueblo conduce al aeropuerto.

Iba despacio, sin embargo, el avión se destruyó. Los gringos se aporrearon un poco sin sufrir lesiones mayores. El avión quedó convertido en hilachas. Eran cinco aviones. Los cuatro restantes estaban dando vueltas en el aire y por indicaciones que les hicieron desde tierra aterrizaron en la otra dirección sin novedad.

 
El fotógrafo (retratista) del pueblo aprovechó para hacer postales del accidente que vendía de recordatorio.

Contaba el señor que cuidaba la finca que había tratado de orientar al primer avión a los gritos y con señas desesperadas. Cosa que no logró. Los pilotos eran extranjeros no le pudieron entender.

Fue en un día domingo cuando se acostumbraba hacer el día de mercado. Era en el parque donde se encontraba mucha concurrencia. Desde el pueblo se ve el lugar y captaron lo sucedido. De inmediato, todo mundo abandonó sus puestos de mercado y, junto con los compradores, se fueron de inmediato a la novelería del suceso. La plaza quedó absolutamente vacía.

Por las dos calles que conducían al lugar la gente corría para ir al aeropuerto como si se tratara de un río. Hasta los curas en sotana corrían para alcanzar a llegar a dar la última absolución a los moribundos. Yo trabajaba en un almacén a una cuadra del parque. Fui a la esquina y lo encontré tan vacía que quien quisiera hacer mercado gratis lo hubiera podido. Pasada la novedad la gente regresó a sus actividades normales.

Los gringos avisaron a Medellín y permanecieron durante cuatro días en el pueblo. Recogieron los pedazos del avión que pudieran servir y los mandaron como en cinco volquetas para Medellín.

Al comienzo se creía que ellos eran peruanos. En vista que aún se recordaba la guerra con el Perú, quisieron demostrarles que los colombianos éramos personas cultas. Aunque ese conflicto había sido solo en la década anterior. Como la gente de Urrao ha sido tan alegre les sobraron invitaciones a los místeres. Hubo muchos bailes y festividades en todas partes. Los llevaron a pasear por los Llanos de Pavón hasta cuando partieron para Medellín.



(Avion Yunker matricula A – 18 y bautizado con el nombre de Huila, que participó en el conflicto con el Perú haciendo una escala en el rio Magdalena durante la década de 1930)

Para lograr la oficialización del aeropuerto y que se estableciera un servicio aéreo, el señor Alí Piedrahita hacía muchas gestiones ante los políticos de la gobernación, invitaba a que fueran los aviones. Les colocaba el talego de tela para indicar la dirección del viento que ponen en los aeropuertos. Hacia alambradas para que la gente no se metiera a la pista al momento de aterrizar y buscaba recursos para arreglar el terreno.

Como el señor Alí Piedrahita se había empeñado mucho en que se construyera un aeropuerto bien estructurado, se decidió bautizar el aeropuerto en su nombre.

Cuando se avisaba con tiempo que iba a llegar un avión la gente armaba paseo de día entero llevando comidas para esperar la llegada del avión. Otros llevaban cosas para vender y eso era todo un suceso público. Mucha gente no conocía los aviones y la llegada de un avión era un espectáculo.



Panorámica aérea del pueblo actualmente donde se aprecia bien la pista ya pavimentada.





Terminal de pasajeros



 Ligia Urán R.   Iván González U.