AERONAUTAS Y CRONISTAS

jueves, 10 de mayo de 2018

25. ENTRE LEONES Y RATONES


El fantasma fuera de control.
25. La llamada.
Una mañana nos llamó el oficial de operaciones de turno del Centro de Operaciones aéreas del comando de la FAC, COFA, en Bogotá. Su intención era informarnos que uno de los aviones Fantasma volaría a la pista de Puerto Leguízamo, sobre el río Putumayo, para disponerse a efectuar operaciones contrainsurgentes y antinarcóticos en conjunto con la Base Naval y el Batallón del Ejército ubicado en la Tagua. Todo por orden y dirección del COFA. Pista que está a unos 140 kilómetros al sur de la Base de Tres Esquinas.

Para ello nos informaba una serie de detalles, especialmente sobre nuestros deberes con el uso de esa aeronave. Por su forma de expresarse y la asignación verbal de responsabilidades nos entró la duda de quién era el comandante directo, el responsable del empleo de la aeronave. No era claro si nos estaban transfiriendo el mando operacional de la aeronave.

La línea de mando.
Por ello preguntamos si era esa era la intención. Y que de ser así no solo debimos ser informados con más antelación sobre los objetivos y tareas que el avión debía cumplir y sobre las obligaciones que adquiríamos. Y que, aunque fuese de última hora, nos diese toda la información disponible para nosotros poder planificar con detalle. Para no solo lograr los mayores resultados sino saber hasta dónde podíamos asumir los riesgos que ello implicaba. La solicitud no fue de buen agrado del oficial encargado en Bogotá, en ese momento, de las operaciones a nivel central.

Si eso era una delegación del comando sobre el avión, necesitábamos que se nos lo dijera explícitamente, para que quedase en el registro de voz del sistema. El oficial nos afirmó que no estaba ni pretendía, delegarnos el mando y que solo nos estaba informando para que prestásemos nuestra colaboración y supiésemos, simplemente, que esa aeronave estaría sobrevolando la periferia de nuestra jurisdicción aérea.

Entonces le respondimos que así lo haríamos y queda claro para nosotros que el mando seguía siendo y centralizado en el COFA y por eso no éramos delegatarios de dicha operación. Asunto fundamental que sea definido en lo operacional.

Las previsiones operativas.
El oficial se inquietó y preguntó el motivo de porqué pedíamos que fuésemos tan específico en ese aspecto. Parece que no era un oficial bien entrando en el manejo de operaciones aéreas. Entonces le explicamos que nosotros le recomendábamos no efectuar la operación de esa manera. Considerábamos que esa pista no estaba apropiada para que la operara el Fantasma. Que en caso de que él nos delegara el mando, le ordenaríamos operar desde nuestra Base Aérea de Tres Esquinas.

Pensó que estábamos menospreciando sus capacidades de cálculos operacionales y nos explicó que habían tenido en cuenta la longitud, el ancho y el tipo de superficie de la pista y demás detalles. Que sus previsiones eran apropiadas pues las habían estudiado con la tripulación, basados en la información aeronáutica disponible. Que por eso ya habían ordenado la operación y que no cambiaría de decisión.

De todas formas insistimos contra argumentando. Nuestros motivos eran su corta longitud y ancho. Y aunque los ingenieros militares la habían construido hacía pocos años ya mostraba superficie dispareja por falta de un buen afirmado. Que el avión debía operar con considerable peso por la cantidad de combustible que debería llevar más el peso del armamento.

Pero lo más importante. Aunque era pavimentada la cubría una delgada capa de musgo que había proliferado sobre ella por el clima húmedo, lluvioso y cálido de la región, que la hacía resbalosa. El bajo coeficiente de fricción era lo suficientemente bajo como para no arriesgar la aeronave operándola. Sobre ese aspecto teníamos nuestra cotidiana experiencia con nuestra pista lisa y fangosa, cuando llovía .

Nos dijo que, de todas formas, ellos ya habían decidido operar. Ante tal determinación no insistimos. Aunque sabíamos que debíamos estar atentos para ayudar en la operación en cuanto nos fuese posible. Que era lo que el oficial buscaba.

El percance.
En las horas de la tarde nos informaron que el Fantasma se había salido de la pista en Leguízamo y que pedían ayuda para rescatarlo lo más rápido y en la mejor forma posible. Preguntaban si podíamos enviar personal y equipo para ello. Sugerían que podíamos utilizar nuestro C 47. Pero no solo no sabíamos y ellos no nos informaban en qué posición había quedado el avión, para saber si estaba bloqueando la pista. Ni cuánto espacio lateral se disponía y si era suficiente para que nuestro C 47 pudiera franquearlo con seguridad. También los riesgoso porque podía sufrir el mismo inconveniente. Y que además nuestro avión menor, el Beaver, estaba en los talleres de Bogotá en mantenimiento técnico. Así que no teníamos facilidad de un rescate rápido.

La anterior pista que había sido construida con su superficie cubierta con una malla metálica corrugada cuando la guerra con el Perú y que está más próxima al pueblo, ya había sido olvidada y no estaba operable.

La única alternativa era enviar el rescate por el río Caquetá para desembarcar en La Tagua y pasar los 25 kilómetros del istmo entre el río Caquetá y el Putumayo, donde queda la pista. Algo que se demoraría, porque el asunto era complejo y por ello le sugerimos enviar un avión liviano con personal y que la tripulación, que afortunadamente no sufrió ninguna lesión, buscara la máxima ayuda en la cercana Base Naval de Puerto Leguízamo, sobre el Putumayo.

Avión fuera de lugar en Tres Esquinas

La situación era bastante angustiante para el oficial de operaciones que no había admitido nuestras recomendaciones y la necesidad de efectuar, ya no una operación de combate, sino de rescate. Por ello le ofrecimos la máxima colaboración quedándonos a la expectativa de lo que decidiera. O en que podíamos hacer o necesitaran o les pudiésemos aportar.

Del asunto no volvimos a tener noticias. Luego supimos que habían logrado sacar el avión de la cuneta y vuelto a poner sobre la pista. No sufrió daños considerables y en un corto tiempo lo sacaron volando de regreso a los talleres para inspección mayor. Por supuesto que no pudo participar en las planeadas operaciones y no supimos si, debido a lo sucedido, las habían cancelado.

Se repite.
Eso aconteció en 1998. En los primeros meses del 2016 nos enteramos que otro avión Fantasma, posiblemente el mismo avión, había efectuado operación similar pero con destino Tres Esquinas. Y también se había salido de la pista (veer la foto). Este tipo de riesgos eran comunes a nosotros y habíamos aprendido a manejar localmente a base de experiencia. Pero no eran suficientemente conocidos por tripulaciones que no acostumbraban visitar esos lugares. Pistas con las consabidas deficiencias en infraestructura aeroportuaria. Por ello la importancia de dejarse asesorar.

Nuestro entorno operacional en Tres Esquinas, en los años 1995/96 era difícil y riesgoso. Afortunadamente nada peligroso en la operación aérea nos aconteció. Además de que es importante aceptar las recomendaciones de quienes tienen algún conocimiento del área donde se opera. Y que todavía no se planifica usando los antecedentes históricos y las experiencias adquiridas. Es una lástima que sigamos ignorando tanto la información disponible como el aprendizaje ajeno.

Cultivos de coca entre la selva

En la ofensiva.
Destrucción de laboratorios.
Con la FUTACAL lanzamos una operación de ataque ofensivo en profundidad a una de las más grandes instalaciones de procesamiento de coca al oriente de la Base Aérea. Destruimos varios de los laboratorios, aproximadamente unos seis, en el sector del caserío de Remolinos del Caguán. El principal centro de producción de coca en la región. Después, con otra operación antinarcóticos. En unión con la policía nacional. Supimos que ese complejo era más grande que el famoso Tranquilandia destruido años antes. Pero no se conocía porque habían perfeccionado y sofisticado el mimetismo y por ello más discreto. Como lo descubierto resultó ser mayor de lo que la información de inteligencia nos había indicado, se hizo evidente la necesidad de terminar la operación con un bombardeo.

Blanco de oportunidad.
Se ameritaba porque el enemigo que cuidaba el complejo se replegó y atrincheró en sus alrededores ante la sorpresa. Eran numerosas las enramadas, el blanco estaba identificado y la columna de humo, de los incendios, era perfectamente visible en medio de la selva.

Era un marcador y señalizador perfecto para orientar la dirección del disparo. El clima totalmente despejado y el viento en calma, eran favorables. Magnífica oportunidad para crear un fuerte impacto sicológico para desmoralizar la intención de lucha del enemigo. Así no se hiciesen bajas físicas.

La valoración poscombate, por medio de los reconocimientos hechos por el helicóptero que prestó el apoyo de fuego aéreo a las tropas de tierra, indicaba que con un bombardeo era bastante probable que se dieran bajas. El enemigo estaba muy próximo al lugar. Resultó ser un valioso y rentable blanco de oportunidad aprovechable. 

Las refinadas cátedras de guerra.
Solicitamos la operación de bombardeo al Centro de Operaciones FAC, COFA, quien la negó aduciendo argumentos seudocientíficos y técnicos. Los que tanto gustaban al oficial superior que en ese momento lo dirigía. 

Mas, no por lo razonables sino para evitar el tener que tomar tal decisión personalmente. Responsabilidad a la cual temía. O, como mínimo para evadir el incómodo trámite a instancias superiores. Porque el EMC le había recomendado al Comandante General de las Fuerzas Militares, CGFFMM y  este había ordenado que las operaciones de bombardeo aéreo en un frente combate solo las podía autorizar él.

Decisión que se tomó apresuradamente por los inconvenientes jurídicos y en especial, por los comentarios periodísticos mal intencionados. Los suscitados, hacía poco tiempo, por un bombardeo ejecutado por un helicóptero en los Llanos Orientales.

Eso contradecía la necesidad de un comandante a reunir la mayor fuerza posible. Lo que significa no estar solo sino buscar la ayuda de otros. Por eso siempre se tiende a combatir en compañía haciendo muy extraño que la solicitud fuese rechazada. La propuesta no causó ninguna impresión favorable de tal manera que cualquier idea en ese sentido no se aplicaría y menos propagaría para ser usada en la fuerza otras situaciones similares.

Es probable que una sugerencia de esa magnitud debe haber parecido excesivamente teórica y muy difícil de llevar a la práctica. Una manera de pensar que se consideraba sin mérito para ser tenida en cuenta y por lo tanto ni siquiera merecedora de ser expresada. Había quedado demostrado lo difícil que es para un militar, adoctrinado en procedimientos de guerra regular, el hacer un cambio mental hacia otros métodos de combate, como los requeridos por la guerra irregular.

Porque tiene un esquema formado sobre la forma de ejecutar sólo una clase de procedimientos. Y por ello limitado a hacer un esfuerzo tesonero de iniciativa para pensar en cualquier otra forma que le permitieran ganar un combate. Y es más cómodo afianzarse solo en las condiciones teóricas que se le indujeron en el pasado. Posteriores hechos dados por la desastrosa toma de la Base Militar de las Delicias mostraron que habíamos tenido razón solicitando un bombardeo, como mínimo disuasor, en ese momento.

Los altos cargos de las Fuerzas Armadas, como los que se suponía eran los Centros de Operaciones para la toma de decisiones en tiempo real, y los habíamos visto cuando estuvimos en el EMC, no concebían la importancia oportuna del empleo de medios de guerra regular, en momento oportuno, contra blancos en nuestro conflicto de baja intensidad.

Era desconocido aquel criterio que establece la importancia de la retroalimentación que proviene desde los escalones subordinados hasta el más alto rango y la importancia que esto tiene para el comportamiento de la tropa, que se encuentra en el frente guerra. Relacionan las más altas las exigencias que se les hacen, exponiendo su vida, con la confianza mutua que debe existir de parte de quienes los dirigen para sumir las consecuencias de sus decisiones. Y por lo tanto cuanto mayor será el rendimiento de combate. 

La simple autoridad militar por sí sola no es suficiente. Pues a los soldados se les está pidiendo que expongan mucho y esa demanda es necesario compensarla con otro criterio que es fundamental: el dominio de sus convicciones y de su espíritu por parte de un buen liderazgo.

El hecho de que se tuviesen aplicar tantos protocolos limitaba enormemente la capacidad bélica contra el enemigo. Porque, al mismo tiempo que le ponía no solo el  deber de producir resultados sino también todas las responsabilidades de mando, se le exponían a que, después, se le acusara de exceso de fuerza o inapropiado uso de ella. Habiendo sido limitado para adoptar iniciativas valiosas que exigían actuación inmediata para aprovechar momentos favorables de ocasión.

La ambigüedad del mando.
Como nunca recibimos una orden explícita de que podríamos adelantar operaciones ofensivas y de ataque, sin previo aviso, sólo podíamos proceder con mucho cuidado y paso a paso según las medidas tomara el enemigo y eso nos sacaba de la posibilidad de tomar la iniciativa. Porque no sabíamos cómo era que se deseaba que se desarrollará la confrontación y cómo debía ser conducida, de acuerdo a los imperativos de índole político. Que desconocíamos porque no se nos proporcionaron aunque si pedíamos.

Lo que suponíamos era que ni siquiera en el alto mando se conocían los criterios hacia dónde se dirigía el conflicto y por lo tanto nuestras  operaciones.

No hay nada más peligroso que una guerra conducida estratégicamente sin los altos e indispensables criterios políticos. Porque en lo político y en el nivel estratégico lo militar puede y debe recomendar pero no decidir. Sin embargo, en el nivel táctico lo político tiene que supeditarse a lo militar. Porque, en ese campo, se invierte la prioridad en cuanto respecta a la conducción del combate.

De esa forma las tropas no tienen doble comandante que siempre termina en una fatal confusión para lo que ellas deben hacer. Desconocimiento analítico que los dirigentes políticos normalmente tienen, pero tampoco los militares se lo evidencian.

Y ante la ambigüedad y la falta de claridad sobreentendíamos que teníamos libertad incluso para actuar aún en lo estratégico porque no teníamos dirección. Y que, en caso de darse esa dirección, teníamos claro que solo llegaría hasta el ataque y en el ataque mismo. Porque es cuestión, exclusiva, del comandante local conducir su iniciativa, tenacidad y dureza por sí mismo. Y que por ello no sólo no actuaría para buscar simplemente honores, sino que tampoco se le endilgarían culpas en caso de no lograr resultados e incluso de sufrir fracasos. Puesto que esto último era lo que se había acostumbrado dentro de la cultura institucional.

Aunque es fundamental que quienes comandan las tropas deben estar libres de presiones psicológicas y aprensiones que le limiten su actuación. Puesto que algunos se cohíben casi hasta el límite de correr graves peligros bajo el temor de ser enjuiciados, por exceso en la acción o por omisión. Y en ello lo mejor es el dejar de hacer o hacer exclusivamente lo que le diga. Aun viendo que puede hacer más. De esa forma evita deméritos así no haga méritos. Y es lo primero lo que cuenta para seguir ascendiendo en el escalafón.  


Destrucción de laboratorios

La opinión periodística.

El campo militar se ve considerablemente cohibido para operar, según lo exige la confrontación, y convierten en comentarios, opiniones en sucesos reales sobrepasando la diferencia entre los dos. Para ello aducen descalificaciones fundamentadas en supuestos sentimientos humanísticos totalmente subjetivos. Opiniones periodísticas particulares que las cuentan haciéndolas parecer como representativas del pensamiento colectivo y la opinión general del pueblo, sin serlo. O del medio que las difunde, quien si puede tomar posición de opinión. Cuando una cosa es el medio de comunicación y otra el hecho escueto de la noticia.

De tal manera y como mínimo, atenúan lo que para ellos es una bárbara crueldad aduciendo uso excesivo de la fuerza. Valoraciones que se hacen sin suficientes conocimientos del infierno que es un combate. Personas que creen que un combate se debe regir teniendo en cuenta consideraciones celestiales.

Cuando son todo lo contrario. La realidad de lo que en ellos acontece son atrocidades infernales. Y aunque no se puede hacer ni lo uno ni lo otro, tampoco son las noticias quienes deben establece subjetivamente el punto de equilibrio, prudencia o racionalidad, porque no son los jueces de la guerra. Ni los calificadores de lo que es el uso racional y proporcional de la fuerza.

La conjunción.
De esa forma, se juntaron las limitaciones de unos militares demasiado academistas, con las opiniones periodísticas para negar lo solicitado. Lo que, regularmente termina en ser un poderosos desestimulantes en la moral de combate y del esfuerzo y la entrega de las tropas.

Ellas están en la primera línea de fuego luchando con ardor. Al mismo tiempo ven como las fuerzas de retaguardia, conformada por los altos mandos lejanos, quienes los habían mandado a combatir, no apoyaban con igual entusiasmo esa lucha. Los que desconocían la realidad nacional y creían que estábamos: “Sin Novedad en el Frente”. Como la novela de Erich Maria Remarque.

La frustración.
Una las principales características de poderío de una Fuerza Aérea habían quedado truncada con esa restricción. La de la disponibilidad y decisión de una persona, que su deber es el de responder por un ocupado cargo de interés nacional, como lo es el Comandante General.

Claro que, actualmente, ya no es ni siquiera el Comandante General quien toma la decisión. Subió a la altísima categoría de las decisiones presidenciales. En lugar de mejorar retrocedimos. Pronto el Sargento artillero tendrá que consultar antes, en la casa de Nariño, el azimut del disparo de su pieza de artillería hacia un determinado blanco.  

El Oficial de Operaciones Aéreas de turno, en el Centro de Operaciones Aéreas, donde se deben tomar decisiones y dar órdenes inmediatas, pensaba que si hacia esa gestión, incomodaría con una solicitud sobre algo intrascendente para él, así fuese de vital importancia para nosotros. Y nosotros éramos unos subalternos de menor interés en esas esferas.

Nuestra inoportuna petición de bombardeo lo exponía a un rechazo contraproducente a sus aspiraciones de escalamiento profesional. El mismo oficial que era famoso porque con sus análisis teóricos y sus amplios conocimientos académicos evadía las acciones prácticas, reales y funcionales.

Claro que también sabíamos de sus prevenciones para no tener que ejecutar los complejos procedimientos para lograr la autorización de otras instancias de mayor autoridad. Entonces el bombardeo no se ejecutó. perdimos la oportunidad de disuasión. Tiempo después vimos como la falta de esa determinación dio pie y confianza al enemigo para adelantar un cruento ataque a una de nuestras tropas aliadas en la Base Militar de Las Delicias.

Dimos oportunidad.
Pues el enemigo aprovechó esa debilidad y meses después atacó la Base Militar, con las nefastas consecuencias que conocemos. Estamos convencidos que si hubiésemos ejecutado el bombardeo en Remolinos del Caguán, habríamos evitado el ataque. No replegamos la Base de Las Delicias, cuando era evidente que se debía hacer. Ni pudimos efectuar al operación sobre el río Mecaya. Ni hicimos el solicitado bombardeo aéreo. Ni contuvimos el asalto posterior, que preveíamos, con el refuerzo de tropa. Aunque el salto le demostró al enemigo la determinación y el valor para el combate de nuestros soldados. Para poderlos vencer debió reunir una correlación de fuerzas de 4 a 1. Y sin embargo le costó bastantes pérdidas y hasta casi que debió desistir.

Estas situaciones no se pueden valorar con la absoluta certeza matemática que acontecerán como se planea o se prevee. Porque sería predecir el futuro en forma adivinatoria. Pero las valoraciones de contexto, fundamentadas en muchos sucesos y lecciones históricas y, en especial, el comportamiento humano dentro de la sicología de la guerra, son suficientemente válidas como recurso para la mejor toma de decisiones. Ofrecimos un valioso blanco de oportunidad al enemigo que él sí supo aprovechar. Lo que contaremos más adelante.

Norteamericano enojado.
Distintos objetivos.
Otros de los inconvenientes que teníamos no sólo eran de logística y de combate. También de influencias externas en nuestra forma de pensar y de hacer las cosas. Como la seguridad para el contratista de la pista, ya contado. Otro caso fue le siguiente. 

En una oportunidad se presentó una comisión de militares norteamericanos que estaban patrocinando la modernización de la unidad. Querían buscar y que les recomendáramos el lugar más adecuado para la instalación del radar. 

Especialmente en lo atinente a la seguridad que podríamos darle a esa costosa instalación. Por supuesto que esa ayuda de transferencia de tecnología militar. con un radar táctico, era un gran avance. No sólo para la Base sino para la conversión al CACOM y, por supuesto, de la capacidad militar a nivel nacional. Esa contribución les daba una justificación moral para hacernos esas valoraciones militares. Sin embargo, en forma imprudente, a veces, ingresaban en otros terrenos de apreciaciones políticas y sociales. Las que, aunque aleatorias, eran más de nuestro fuero interno.

En la visita un coronel comenzó a dar apreciaciones sobre los temas del narcotráfico en el área y la forma como nosotros lo combatíamos. Se aproximaba sutilmente, para evidenciar y ponderar su apoyo, a que no éramos muy decididos en ese empeño. Como pretendiendo aclarar que no correspondíamos a su valiosa ayuda militar.
Que el combate al narcotráfico era un asunto de vital importancia para la seguridad de su país y sobre todo un asunto de su interés nacional en cuanto a la salud pública. Cómo nos quedó en evidencia qué estaba haciendo injerencia en nuestros asuntos internos locales y hasta personales, no nacionales, decidimos contenerlo con diplomáticos procedimientos.

Expresamos que nuestro empeño por combatir el narcotráfico no era por proteger a su juventud de los vicios. Que el consumo de sus jóvenes se debía a la falta de una adecuada formación humana y educación escolar. Que lo hacíamos por asuntos de nuestra seguridad nacional combatiendo el terrorismo en Colombia. El que era financiado con sus compras de narcóticos. Ellos deberían proteger sus jóvenes concentrándose, primordialmente, en la prevención. Que era lo fundamental para combatir la adicción, mientras nosotros conteníamos la producción por el terrorismo que nos generaba su consumo. Y para cuidar nuestros hijos del mismo mal.

24. ENTRE LEONES Y RATONES


24. Los arrieros. Un mes después llegaron dos arrieros que solicitaron hablar con nosotros. Los atendimos. Parecía no tener ningún tema específico que tratar. En la conversación sobre el motivo de sus correrías por esas regiones nos contaron que prestaban el servicios de sacar cargas, por las trochas, de maíz y yuca. De seguro que también, de regreso, insumos químicos para los laboratorios de coca.
Lo normal era que este tipo de personajes no se aproximaran a la instalación militar sin ningún propósito especial. Si la hacían por su cuenta corrían el grave riesgo de ser vistos por los insurgentes como colaboradores y de ser informantes de los militares. De tal forma que eran más simulados agentes enviados a recopilar información de nuestras instalaciones, recursos y actitud.

Mulada de arriería
Comentaron que, una noche, estaban a unos 12 kilómetros y habían escuchado fuertes explosiones. Sus mulas se habían asustado y trataron de huir. Pensaron que nos habían atacado y que habíamos tenido un combate, aunque todo parecía estar normal. Que éramos amigables y que no teníamos prevenciones extraordinarias con los extraños. Más bien bastante confiados. Supuestamente, ellos venían a advertirnos de una factible amenaza porque nuestros enemigos andaban por los alrededores. Entonces ellos estaban de nuestra parte y querían ser nuestros auxiliadores e informantes.
La misma amenaza que nosotros conocíamos mejor que ellos, que nos creían desprevenidos y que necesitábamos se nos hiciera el favor de la advertencia. Porque, según ellos, El Mocho, uno de los alias del jefe de la cuadrilla porque le faltaba un dedo de la mano, era hombre altanero, aguerrido y con deseos de mostrarnos su poderío. El mismo que años después fue dado de baja pagando su atrevimiento. Así que su actitud era valiosa y por eso apreciaríamos su amistad. Eran arrieros y como tales de astutos no les faltaba nada.
Lo que querían era verificar cuánto miedo esa información nos causaría y nuestra reacción por el ofrecimiento y el servicio prestado. Otro asunto era que los cabecillas de su sector pensaron que otra cuadrilla nos había atacado sin ellos saberlo y necesitaban una verificación positiva para resolver la duda.
Observamos que había desconfianzas entre los jefes de cuadrilla. Pensaban que era factible que se hubiese cometido una falta contra la autoridad del máximo cabecilla por parte de algún subalterno que había ejecutado operaciones ofensivas sin su consentimiento. O como mínimo el haber podido participar en ella para ganar méritos ante instancias superiores. Celos guerrilleros y competencia por alcanzar preponderancia interna grupal. Algo importante dentro de su jerarquía de su mando.
Intercambio de mensajes. Si eso no era así, era que teníamos una capacidad de fuego defensivo tan alta que nos podíamos darnos de lujo de gastar munición de artillería por simple entrenamiento. Entrenamiento que resultaba igualmente disuasor, como así lo fue. Uno de los efectos buscados con esos ejercicios. Porque también constantemente nos estaban haciendo llegar mensajes subliminales e indirectos, para apabullarnos y mantenernos restringidos en nuestras operaciones y confinados dentro de las instalaciones por temor.
Además de las frecuentes advertencias que provenían de escalones superiores que nos mandaban a manera de alertas, que no necesitábamos y conocíamos mejor que ellos, de factibles ataques. Pero el real propósito era el poder tener un argumento de disculpa si esos ataques factibles llegaran ser realidad y por tanto el disponer, de antemano, de la jofaina donde lavarse las manos al estilo Pilatos. Porque nos lo habían advertido con tiempo. Una cacería de indulgencias con disparo al aire y al azar.
La autoprotección por si acaso. La culpa seria nuestra, según ellos, por no haber hecho los esfuerzos suficientes para evitarlo que, en la realidad, es un imposible absoluto. Porque la doctrina imperante era la de que nunca a nadie se le hace un elogio por salir bien librado en un combate donde no se ha dejado vencer. Sino siempre deméritos por no impedirlo.  La persistente picardía de los prevenidos a costa ajena. Porque lo más importante para ellos es la autoprotección adelantada a costa de la desgracia ajena, enmascarada en cordiales actos fingido de amistad y lealtad.
La costumbre del EMC donde se especulaba en todo y de todas las maneras. De de esa forma se está más seguro que en ese amplio abanico de posibilidades enumeradas. Donde, con alguna de las alternativas, se acertaría salvando con ello el pellejo. No estaban en guerra nacional sino en acciones de salvamento particular 
Por eso cuando sufrimos la desgracia de Las Delicias nuestra actitud no fue la de recordarles que lo habíamos evidenciado antes y se lo habíamos recomendado, como ya dijimos, sino la de ayudar en cuanto podíamos por lealtad sincera y por deber imperativo. Las responsabilidades eran de otros. No la nuestra. Lo que no hicimos usando el malabarismo de las las instancias de la suerte, que tanto hemos criticado, sino con argumentos razonables y creíbles que, luego, la realidad los confirmó. 

Igualmente pedimos cambiar las reglas sobre los bombardeos aéreos sin reclamar sobre el que se nos había negado, como lo contaremos. Y si ahora lo rememoramos es por hacer honor a la realidad de lo acontecido nacional, mas no la de depreciar en lo personal. Nuestros compañeros necesitaron ese combate de Las Delicias, era apoyos y no reproches.
La respuesta para el bandolero. Los arrieros preguntaron si habíamos sido nosotros los que bombardeamos y se lo confirmamos. Eso nos indicó que, como mínimo, en un radio suficiente habíamos impactado con nuestra práctica de bombardeo con morteros. Los que hacían muchos años no se usaban. Antes no se habían interesado en averiguar a cuanta distancia se podía crear impactos sicológico, además del alcance real de las armas.
Ellos lo confirmaron. De esa forma se cumplieron nuestros deseos de demostrar con realismo que teníamos armamento de mediano alcance nocturno y que estábamos no solo dotados sino dispuestos a emplearlo cuando fuese necesario.
Una defensa pasiva en profundidad efectiva para causar efecto disuasor. Creemos que los arrieros debieron ser enviados por el enemigo para confirmar positivamente si era real esa capacidad. Hay circunstancias en que no solo es necesario saber volar los aviones sino hacer volar correctamente la artillería.
Emplazamiento en trinchera
Otra práctica. Para confirmar que los errores anteriores se habían corregido, ordenamos una tercera práctica. Ya no sería hacia la orilla opuesta y selvática del río Orteguaza sino hacia el sur. Desde un emplazamiento próximo a otro alojamiento de soldados. En esa dirección solo se tenía el cementerio de la unidad y el habitante más cercano era un colono que estaba por fuera del alcance de las armas.
Los preparativos. Se dieron todas las instrucciones y las órdenes necesarias para que no hubiesen merodeadores imprevistos y se declaró el área estéril, en la fecha y horas prefijadas. Las que fueron difundidas con mucha antelación, repetidas veces, y por todos los medios de comunicación.
Ordenamos calibrar las armas para que los impactos dieran en un blanco específico. Ajuste que verificamos con detalle encontrando que habían sido preparadas según los cálculos de las tablas de disparo. Tanto en ajuste da ángulos de elevación, azimut, cargas de impulso y con granadas de combate activas. Por ello sabíamos con precisión dónde sería el impacto.
En los ensayos anteriores habíamos preferido el uso de lotes de munición con fechas de vencimiento ya sobrepasadas. El fin era deshacernos de esas cargas por fuera del tiempo de confiabilidad dado por el fabricante, hacer una prueba de cuanto más podían seguir siendo activas, después de ese tiempo, y entrenar al personal. Esa fue la razón por la cual las hicimos sobre la zona selvática en donde no había nunca presencia humana. De tal forma que no había peligro alguno si una ojiva no se activara. Era un sector declarado como polígono militar. En ese lugar solo había esporádica presencia de monos aulladores que, en algunas ocasiones, hacían un gran ruido.
Extraño intruso. Cuando estábamos próximos a dar la orden de iniciar los disparos. Repentinamente se nos acercó uno de los empleados civiles, que supuestamente estaba de curioso en el lugar, porque el entrenamiento era solo para personal militar, a preguntarnos si verdaderamente ejecutaríamos la práctica. Se nos hizo extraña la pregunta por parte de alguien no llamado a participar y sin motivo evidente para ponerlo en duda en el último segundo.
Le preguntamos la razón de su inquietud y nos mostró cómo en ese momento y por el sector hacia donde caerían las bombas, surgía detrás de algunas malezas, en donde había permanecido oculto hasta ese instante, una persona que conducía uno de nuestros tractores agrícolas. El mismo que poco usábamos para podar los prados dizque porque siempre se mantenía malo y escaseaba el combustible. Pero en ese justo momento operaba perfectamente. Al menos para transitar. Porque, en ese lugar, no cortábamos malezas y menos ese día.
La duda. Preguntamos de quién se trataba. No era el operador asignado y habitual para cumplir esa función de mantenimiento de prados.
En ese lugar no se utilizaban los tractores porque no era área de prados, no teníamos ningún cultivo ni pensábamos hacerlo. Un empleado que no acostumbraba y menos usaba ese equipo en sus deberes profesionales. Era un día no laboral y, por ello, sí que menos debería estar haciendo presencia en el área. Además de las prohibiciones de mantener deshabitada el área y que contaba con un espontáneo auxiliar, que nos advirtió de su presencia.
Nos sorprendimos con ello. Todas las advertencias se habían difundido y confirmado su recepción con antelación. Contuvimos la orden de iniciar los disparos para hacer una verificación más positiva. Efectivamente, sin ayuda de anteojos pudimos ver que el empleado estaba transitando usando el tractor, sin que nadie se lo hubiese ordenado, por uno de los linderos de la Base y a la vista de todos nosotros con clara intención de hacerse visible.
Estaba a media distancia del punto de impacto calculado y en la trayectoria del disparo. Así que de haberse hecho el primer disparo no era posible que fuese víctima ni sufrido daños colaterales. Estaba por fuera del radio y cono de acción efectivo de la explosión. Aunque podía sentirla fuerte. 
Las granadas vencidas ya habían sido usadas y estas eran completamente confiables. Parece que él sabía que estaba corriendo alto riesgo previsto y que también sabía que en su poción no corría mayor peligro. Él había calculado lo que hacía.
Todo resultaba demasiado extraño y totalmente incoherente e injustificado. Era una circunstancia plenamente irregular considerando las advertencias hechas. Pensamos que debería existir alguna razón para tantas y tan poco factible coincidencias. Ignorábamos completamente y no sabíamos, en ese momento, cuál era la explicación. Aunque albergamos una ligera sospecha, así fuese muy poco factible.

Tractor podador
Tomando una decisión. Ante tal panorama de cosas parecía muy evidente que se trataba de impedir que siguiéramos haciendo las prácticas de bombardeo. Por ello dejamos en suspenso la orden de disparo.

Mas, debía hacerse algo para dar una lección. No podíamos permitir que se nos limitara el uso del armamento y se pusieran en duda nuestras órdenes. Queríamos mostrar la determinación de, como mínimo, dar una fuerte demostración de lo que podía ocurrir si se continuaba tal actitud. Que éramos decididos y no había posibilidades de amedrentarnos con esos comportamientos.
Teníamos la responsabilidad de evitar que si ordenábamos a un subalterno iniciar los disparos, y acontecía una desgracia, tanto él como nosotros nos veríamos expuestos a una grave acusación por uso indebido de las armas de manera consciente. Ya no podíamos dar esa orden a nadie.
Lo hicimos. Tomamos la primera granada que habían preparado, la pusimos en la boca de una de las armas y la soltamos para activar el disparo. Salió de inmediato y con bastante angustia seguimos su trayectoria. La que era visible como un minúsculo punto negro que volaba, a gran velocidad, en contraste contra un cielo de fondo encapotado con un techo de estratos de niebla, como a mil pies de altura, que había ese día.
Cuando el intruso escuchó el disparo, se bajó al instante del tractor y se tendió en el suelo debajo de la máquina. unos segundos después, se escuchó la estruendosa detonación  donde lo habíamos previsto. lA otro lado y a la misma distancia entre nosotros y el entrometido. Es decir que él estaba ubicado exactamente debajo del punto más alto de la parábola que describió el proyectil. Dimos el espectáculo que necesitábamos para demostrar lo que pensábamos cuando tomábamos decisiones, que no se podían burlar ni impedir.
Sin más preámbulos, ordenamos suspender el ejercicio, desmontar y almacenar las armas. Y comunicarle al empleado que pasara el próximo lunes, en horas de la mañana, por nuestra oficina a una conversación. Nos marchamos bastante incómodos con lo que habíamos tenido que hacer.
Los presentes quedaron extrañados con nuestra actitud pero con la convicción que éramos decididos y sobre la forma de cómo abordábamos nuestros asuntos de comando cuando era indispensable mostrar firmeza absoluta.
La conversación. Antes de la conversación indagamos al departamento de inteligencia sobre la confiabilidad del sujeto y se nos indicó que también existan sospechas. No lo suficiente confiables como para que se hubiese ameritado que se nos informase, aunque le hacían seguimiento. Con lo sucedido ya eran mayores las dudas, más no confirmables.
Tuvimos una conversación corta. De primera mano le dimos la oportunidad de presentar su apreciación sobre lo que habíamos hecho. Nos expresó su disgusto por el gran peligro al que lo habíamos expuesto, según él, sin justificación y menos habiendo sido evidente su presencia. Preguntó sobre lo que habríamos hecho si hubiese salido muerto. O que estaba en posibilidad de levantarnos una acusación penal por haber intentado asesinarlo.
Le contestamos que lo sabíamos y estábamos acostumbrados a correr peligros profesionales. Ese había sido solo uno, entre muchos, de los corriente de los que nuestro cargo actual y los anteriores, la profesión nos había demando. Como los asumidos durante nuestro desempeño como pilotos. Donde habíamos corrido bastantes volando aviones viejos. Que, mejor, aprovechara la oportunidad de decir lo que pensaba sin necesidad de hacer más preguntas, pues no teníamos disposición de someternos a un interrogatorio acusador. Que esa respuesta había sido solo por ser la primera y como simple cortesía de nuestra parte.
Lo dejamos desahogar sus sentimientos aunque fue parco en apreciaciones. Deseaba terminar pronto la charla. Cuando consideró que había terminado, mostró intención de marcharse levantándose y despidiéndose. Parecía como si desde antes de entrar lo que esperaba era una reprimenda inmediata y no lo dejáramos hablar.
Había sido todo lo contrario, se le habían acabado sus ideas y no lo habíamos interrumpido. Fue recibido con una inquietante escucha inesperada de nuestra parte. Eso lo incomodaba. Además no había previsto el tener que pedirnos nuestro punto de vista.

Disparo parabólico

Nuestros conceptos. Le pedimos el favor de no marcharse y de escucharnos en la misma forma como lo habíamos hecho con él. Por ello debió quedarse y esperar para ver qué diríamos, aún en contra de toda su gran mortificación e ira reprimida. Él sabía perfectamente, que de no hacerlo, se evidenciaría su actitud completamente adversa a nosotros. Lo que le era desfavorable.
En caso de ser despedido de su trabajo por lo que hizo y por su comportamiento ante esta conversación, se descubriría plenamente como parte del lado de nuestros enemigos. 

Además de no poder seguir siendo un infiltrado conveniente a ellos e inconveniente a nosotros. Alguien que sacaba doble partida. Y la pérdida de la posibilidad de seguir estando oculto, nuestro enemigos, se lo cobrarían. No le quedaba más alternativa que la de estar, así fuese a la fuerza, de nuestro lado. El otro si le era peligrosamente fatal. Sacábamos provecho de la crueldad del enemigo para con sus propios aliados.
El manejo mental. Para impresionarlo más, guardamos un corto pero prudente silencio antes de empezar a hablar. Teníamos que mostrarle que no lo haríamos con la emoción sino con la razón. Porque no era un asunto personal sino institucional y profesional. Y que, si de todas formas quería irse, le estábamos dando la oportunidad de reflexionar y escoger entre salir o quedarse. Si no partía era porque había admitido nuestra solicitud. Que había elegido someterse a recibir lo que él esperaba desde el primer momento cuando entró a la oficina. Es decir, un fuerte regaño.
Al quedarse estaba expresando, con su comportamiento, su aceptación a escuchar lo que diríamos, así fuese un suplicio. Solemnidad y diplomacia conveniente en tales circunstancias para dejar claro, con lenguaje actitudinal, quien tiene el control y la fortaleza en la situación. Lo que, del otro lado, resulta en debilidad para el interlocutor. Aunque no era una contienda bélica había que aplicarle algo de sicología de combate.
Le mostramos los detalles, anteriormente enumerados, como fundamento de nuestras dudas. Los que indicaban que él se estaba descubriendo como un foco de amenaza para nuestra seguridad interna. Quiso refutarnos cuando solo habíamos dicho unas pocas cosas. Levantamos la palma de la mano, a manera de indicarle que se detuviera y lo hizo. Con prudencia le dijimos que lo habíamos escuchado y ahora le correspondía darnos la misma oportunidad. Queríamos ser cortos y tajantes.
La oportunidad. Por incontenible reflejo nuevamente interpeló. Solo quería saber que haríamos. Habíamos puesta la regla de no preguntar pero la violó. Quería llegar al final pronto y saber la conclusión. Debía ser sobre su situación laboral, que es dinero y eso es lo único que le importaba ,como persona elemental e intrascendente.
Para no ser intransigentes, le dijimos que nada. Que podía seguir de empleado de la Base sin que sufriera ninguna sanción laboral. Aunque lo vigilaríamos con mucho detalle. Quizás tanto que se sentiría tan supervisado, de una manera tan estrecha y cercana, que de seguro le resultaría mortificante. Que podía asumirlo como acoso sicológico laboral. Lo que aceptábamos como otro riesgo adicional a los mencionados, pero insignificante e inevitable de la profesión. Estábamos dispuestos y entrenados para ello.
Y que para él si era lo mejor que le podía suceder. Para nosotros también. Pues aunque era un punto débil en nuestra institución, era mejor tenerlo bajo control y verificación, que no actuando a su libre albedrío y fuera de nuestro dominio. Tampoco podía pensar en una posible retaliación personal de nuestra parte, considerándonos como si fuésemos sus enemigos, puesto que no era nuestro talante. De esta forma nos dio la oportunidad de aproximarlo al plato fuerte.
El núcleo del asunto. Que de quien debería temer, en ese sentido, era de sus amigos que de muy seguro le estaban queriendo cobrar el haberse descubierto y el de no haber podido cumplir totalmente la misión encomendada. La de impedir totalmente el disparo de nuestras potentes armas, que tanto impresionaban a la población de la región y a la que ellos tenían que mantener bajo su dominio.
Pues ella es como el agua al pez. Si le falta se muere solo. Impacto que les era muy desfavorable pues ellos no podían hacer demostraciones de fuerza de esa magnitud. Ellos también habían dispuesto sus vigías y habían escuchado la detonación de la granada. En la misma forma como lo hicieron los arrieros. Ya deberían haber dado sus informes desfavorables a sus compinches. Nada tranquilizador para él.
Cuando identificó la real amenaza en la que se había metido y vio que nosotros la sabíamos, guardó silencio de tumba. Debe haber sospechado que, para agravar las cosas, haríamos otras prácticas de bombardeo que alertarían más a su ya real y peligrosa amenaza.
Se puso pálido y con ligero temblor en la voz dijo algo incoherente. Como queriendo decir que ellos lo habían acorralado. Y que de este lado lo habíamos expuesto a ser sacrificado. Ahora sí quería partir para terminar el diálogo. Vimos que ya era suficiente y dimos nuestro consentimiento. Podía respirar mejor y hasta gratitud debió sentir con nuestra decisión.

Los amigos de afuera
Cambio de actitud. Según supimos, luego, no volvió a salir de nuestros predios pues, por fuera de ellos, era totalmente vulnerable. Actuaba como un empleado laborioso, cumplidor y productivo. Tenía que reconquistar nuestro favor partiendo de menos de cero. Si lo abandonábamos, estaba completamente perdido. Le prestábamos cuidadosa atención.

Sabía que entre dos males el menos peor era lo mejor. El primero le era absolutamente peligroso. Y el segundo, nosotros, le resultábamos casi que insignificante, si es que nos pudiese considerar como peligro. Porque realmente éramos sus protectores. Sin embargo, estaba compungido de remordimientos y circunstancias confrontadas.
Los demás también recibieron una categórica lección de parte de alguien casi medio loco. O al menos muy exótico y fuera del contexto tradicional al que estaban acostumbrados a ver. Por eso llegaron a creer firmemente que todos los comandantes y, por extensión, toda la oficialidad de la Fuerza Aérea, estábamos formados y medidos con la misma regla conservadora, costumbrista, voluble y timorata. Y entre ese ambiente era donde vivíamos en aras de actuar, inicialmente, de cabeza de ratón. Aunque, después, la Base del GASUR ya mostraba una extraña mutación, de ratonera a leonera. Esta vez en el monte, donde realmente está el enemigo, no en Bogotá. Era el inicio del futuro CACOM.

23. ENTRE LEONES Y RATONES


Prácticas de combate.
23. El muelle y los diferenciales. Desde comienzos de la creación de la Base Aérea se había construido un hidropuerto fluvial sobre el río Orteguaza. Consistía en un muelle metálico flotante sobre en el río donde atracaban los hidroaviones. Tenia una rampa en piso de concreto que parte del río y sube una pronunciada pendiente hacia el terreno alto, donde están las instalaciones aeronáuticas. Disponía de argollas, cables y poleas para subir las aeronaves desde el agua. Termina en una  plataforma alta al frente de la entrada del hangar dotado de talleres donde se hacen las preparaciones mayores.
El muelle estaba acoderado a la orilla del río por medio de amarras flexibles que le permitían seguir los cambios de nivel del agua. Los tensores fueron descuidados algunos años antes y una creciente se lo llevó. Se fue navegando a la deriva como a unos 60 kilómetros de distancia. Allí se encalló en una de las playas y fue olvidado. Parece que el muelle se fue en búsqueda de su antecesor “Puerto Boy”, construido provisionalmente cuando el conflicto con el Perú. Lo contamos porque, donde se detuvo, está próximo a ese lugar. Es un valioso recurso, costoso material militar y hasta patrimonio de valor histórico.
Pensando en un rescate. Creímos que valdría la pena rescatarlo. No solo nos serviría para complementar los planchones que usábamos para alojamiento de los infantes de marina de la FUTACAL sino de atraque de sus lanchas de combate, “Las Pirañas”. Botes de casco blindado en fibra de vidrio, dos potentes motores fuera de borda y dotadas de poderoso armamento de combate. Material muy valioso al que hay que ponerle el mayor cuidado.
El remolcador. Para el rescate contábamos con nuestro remolcador “El Marandúa”. Herramienta indispensable en la maniobra. Es de suficiente potencia pues tiene dos propelas impulsadas con dos motores Diesel de buen caballaje y diseñado para operaciones de empuje o remolque.
Había un hábil piloto. El nivel de las aguas, en invierno, era suficientes para usar una de las dragas de succión empleadas en la extracción de material de aluvión para la pavimentación de la pista. Con ellas podíamos escavar los alrededores del muelle para liberarlo y hacerlo flotar nuevamente. Quizás, de una vez, reexplorar el viejo Puerto Boy porque nos habían dicho que aún se podían encontrar, entre la selva, abandonados viejos motores y otras cosas de los antiguos biplanos que participaron en la guerra. Objetos históricos.

Muelle flotante similar
Pensando en el combate. Simultáneamente, el otro punto de vista era el operacional, el más importante. Desplegábamos la FUTACAL. En especial sus tres elementos de combate fluvial para hacer presencia y operaciones en las proximidades de la Base Militar de Las Delicias en demostración de apoyo y acompañamiento. La misma que fue arrasada a finales de 1996. Además de hacer patrullajes por el río Mecaya.
Por el Mecaya los terroristas ingresaban mucho armamento desde el Ecuador con la complicidad de sus autoridades.  Situación que quedó en abierta evidencia pública cuando se comenzaron a revelar muchas cosas de los terroristas de las FARC en los diálogos de La Habana, años después. Aunque nosotros lo sabíamos desde mucho antes.

Que los militares ecuatorianos corruptos no hacían nada por contener el contrabando de armas. Al contrario, cobraban por facilitarlo. Como ya muchos lo saben porque los medios de comunicación y las redes sociales lo han difundido. Y se ha sabido masivamente que eran patrocinadores del terrorismo.
El mismo terrorismo que, años después, por el cual Colombia debió bombardear su campamento dentro del territorio ecuatoriano. La famosa operación donde fue abatido el cabecilla Raúl Reyes que causó un fuerte choque diplomático entre las dos naciones. 

Y con disgusto de otras como Venezuela y Nicaragua. El que fue atendido por el Señor Presidente Alvaro Uribe ante el foro de la OEA a donde debió ir a dar explicaciones. Situación que nos habríamos evitado si hubiésemos podido eliminar la presencia terrorista en la frontera con antelación.
Múltiple propósito. Era pues una operación logística y, al mismo tiempo, de operaciones de combate. El fin era esconder una operación militar en profundidad con la supuesta intención de rescatar una antigüedad que, a la larga, no tenía mayor importancia militar.
Algo complejo y costos en ambos campos, pero interesante y de interés nacional. Tenía varios objetivos simultáneos aunque, legalmente, estaba algo por fuera de nuestra guarnición y sin causar mayores inconvenientes a las demás jurisdicciones.
Pensamos, ahora, que si hubiésemos logrado hacer la operación, que tuvimos que aplazar por falta de recursos, quizás habríamos podido disuadir el ataque a Las Delicias. Aunque en ese momento no estábamos seguros pero si sospechábamos que sucedería. Como disuasor era el bombardeo de otro campamento que solicitamos meses antes del ataque a Las Delicias y que nos negaron. El que narraremos más adelante. 
La realidad es que esa conclusión, ya tardía, confirma que lo mejor, en cuanto a la iniciativa en la ejecución de acciones militares, siempre es provechoso tomar la delantera, cuando hay motivos de duda razonable, así no existan sospechas firmes sobre los sucesos del futuro.

La doctrina dice que si se hacen acciones que demuestren capacidad de movilidad, alcance, presencia, maniobra y otros conceptos de la guerra, son altamente disuasoras de posteriores amenazas. Estábamos convencidos del antiguo refrán latino del “Si vis pachen, para belllum”: "Si quieres la paz, preparate para la guerra".
Cuando comenzamos a ambientar la idea, como siempre, le salieron opositores. Algunos con mucha razón. Como la escasez de recursos en materiales y equipo para el combate. Otros no tan razonables. Su argumento más fuerte era que éramos demasiado imaginarios y fantasiosos en cosas que no ameritaban esos esfuerzos. Como los logísticos.
Claro que el comandante ve, con mucha frecuencia y desde otros muchos puntos de vista o criterios, no siempre tan visibles para los demás. Como el mantener la mente y el cuerpo de sus hombres en permanente actividad. Tiene que sacarlos de sus nichos de confort y anquilosamientos totalmente contraproducentes para las tropas. Por ejemplo, el de ponerse a pensar en brujas imaginarias y espantos fantásticos.
Una dificultad. Salió un inconveniente no previsto. La drástica pérdida de potencia de los motores del “Marandúa”. En viajes anteriores, desde la Base hasta la ciudad de Florencia a traernos abastecimientos, había mostrado reducción de la fuerza. Tratamos con el piloto el asunto y nos dijo que había revisado todo sin encontrar el motivo. Que se daba por vencido.
Le ayudamos, a manera de cazafallas improvisado, con ideas factibles. Como los malos ajustes de las bombas de inyección del combustible, pérdida de recorrido en los aceleradores, filtros de aire saturados y otras razones. Todo lo había verificado y estaba bien.
Tendríamos que hacer una muy costosa reparación recuperativa a ambos motores enviándolos a Bogotá por vía aérea y pagar los costos del mantenimiento. Dinero no disponible en el presupuesto. Otra solución parecía imposible.
Se nos iluminó el bombillo. Pensando en ello, recordamos que teníamos unos grandes expertos en los temas de la navegación fluvial. Nosotros éramos unos primíparos en ese campo y solo manejábamos la navegación aérea. La Base Naval de la Armada Nacional sobre el río Putumayo a 160 kilómetros al sur.  A la que le hacíamos frecuentes vuelos de apoyo. Ellos nos podían dar una mano con mucho agrado y profesionalismo.
Coordinamos con el comandante y nos comprometimos a enviarle nuestra pequeña reliquia aérea, pero cumplidora, el avión Beaver, para que trajese a un ingeniero naval y nos diera un diagnóstico de las máquinas. El avión de pistón y hélice de los años 30 era una fiel y útil locomotora, aunque lenta, pues nos transportaba hasta media tonelada de víveres en cada vuelo. No importaba la edad sino el servicio. Un carguerito muy estimado. De museo pero trabajador. Así fue. Temprano llegó el oficial y abordó el asunto con pleno empeño.

Beaver U6A
Tan solo era el medio día cuando se presentó el oficial a la oficina, con el resto de mecánicos que le habíamos asignado para ayudarle. Quería decirnos que las máquinas estaban en perfecto estado, no necesitaban reparación costosa y que ya habían solucionado el problema.
Consistía en una elemental limpieza de los filtros del aceite de los diferenciales. Por nuestros pocos conocimientos navales no les habíamos hecho el mantenimiento preventivo básico. Los filtros son internos pero de acceso externo. Están debajo de unos tapones que no sabíamos para qué eran. Son metálicos, lavables y bastó limpiarlos para que el aceite pudiese circular adecuadamente recuperándose la fuerza en los propulsores.
Los diferenciales son las cajas de trasmisión de la potencia entre los motores y las propelas que reducen la velocidad de rotación. Acción indispensable para que las hélices funcionen a las revoluciones apropiadas en el agua. Tiene un sistema de engranajes que emplean aceite que pasa continuamente por los filtros. Si estos se saturan, el aceite no circula y se pierde la potencia. Eso no lo sabíamos por ser un campo sobre el cual no estamos familiarizados. De no haber tenido la profesional asesoría habríamos incurrido en un alto costo sin motivo. Es lo valioso de tener buenos amigos y nuestros colegas de la ARC son ideales. 
Agradecimos tan valiosa ayuda del experto naval y nos aliviamos de una preocupación. Por supuesto que esperábamos que el comisionado debería permanecer algunos días haciendo la reparación, porque pensamos que era algo grave. Pero ante tanto éxito le facilitamos el avión de inmediato para que regresara a su hogar. Y aprendimos otra cosa más.
La espera. Estaba solucionado el problema. Faltaban los demás. Y cómo las cosas se nos complicaban cada día, en cuanto al combate, fue pasando el tiempo y, finalmente, no logramos ejecutar la operación del rescate del muelle. Nos quedó la satisfacción de haberlo intentado aunque sin lograrlo.
Con frecuencias las circunstancias nos superan y no todo se lleva a buen término. El muelle tendrá que esperar bastantes años más descansando en su playa. O pereciendo para siempre en una solitaria playa de un serpenteante río que circula lentamente, cual gigante anaconda,  en medio de la inmensa selva. Y el hidropuerto seguirá sin su muelle. La operación de combate tampoco la logramos.

Disparando mortero
Bombardeo parabólico.
Artillería liviana. Nos preocupaba la capacidad de respuesta de la Base Aérea ante un ataque. Por eso determinamos hacer un reentrenamiento del plan de defensa. El esquema incluía defensas pasivas y el emplazamiento de armas de mano junto con seis morteros como defensas activas.
Era importante hacer prácticas del plan. Por ello se programaron varios simulacros donde se debían hacer disparos de tiro parabólico. Para accionar estas armas se hizo un repaso teórico y algunos ejercicios de tiro simulado. Todo marchaba muy bien en la práctica diurna. Se programó una diurna de pocos disparos que se efectuó sin novedad. Después de ello otra nocturna, basado en los buenos resultados del anterior, dos días después, confiando en los buenos resultados, para los que no habían disparado en la primera.

Mortero
Uno de los artilleros, en esa segunda oportunidad, era uno de los hombres más antiguos de la infantería. Por una casual coincidencia no había podido asistir al refresco teórico. Para estar seguro de que actuaría correctamente, se hizo una charla directa preguntándole si recordaba bien las técnicas de manejo del arma. Aseguró que tenía claros los procedimientos de disparo. Además era razonable el creerle. Es un arma propia y común en su especialidad en defensa de bases.
Cuando se activó la segunda alarma simulada nocturna los encargados de estas armas, a orden individual, harían tres disparos reales a blancos imaginarios, ubicados a dos kilómetros de distancia, en azimut prefijado, en un área selvática y despoblada. Condición que se había verificado con anterioridad.
La primera pieza hizo los tres lanzamientos que eran seguidos y a discreción del jefe del arma. Se escucharon las explosiones de los impactos. Los vigías de tiro dieron sus reportes de las explosiones y las correspondientes correcciones. Eso nos indicaba la precisión y la activación efectiva de las ojivas.
Extraños disparos. Cuando le correspondió el turno a la segunda pieza. El primer disparo dio un extraño ruido de lanzamiento y no causó ninguna explosión de impacto. Sin embargo, como se había dado libertad de hacer los tres disparos a discreción del responsable del arma, este siguió con los otros dos lanzamientos.
Supuso que la primera granada había fallado la denotación, quizás por daño debida a la alta humedad o a descuido en las condiciones de almacenamiento. No dio mucha importancia al hecho y terminó haciendo los dos disparos restantes con el mismo resultado. Lo preocupante era que como estaba de noche no se podía hacer verificación inmediata del impacto.
Ante esta situación, fue demasiado evidente que era necesario suspender la operación de los demás morteros hasta que se pudiera hacer una aclaración exacta de tan extraño resultado, cosa que solo se podía hacer en el día. Además, si no se aclaraba, era necesario restringir una zona por contaminación con municiones activas sin ubicación definida.
La búsqueda. Al otro día se inició la búsqueda de las municiones, la verificación del arma, la comprobación de la calidad y condición del resto de proyectiles del lote utilizado, encontrando que funcionaban correctamente. Sobre las direcciones empleadas, se hicieron rastreos, partiendo de la distancia máxima prevista de impacto y en cercanías al emplazamiento. Aunque se tuvo mucha precaución porque tenían las espoletas activas. Pero no se podían encontrar las ojivas ni rastros de penetración en el follaje selvático. Al final del día todo parecía inútil.
El mortero estaba en una fosa de un montículo próximo a una bodega. Esta quedaba en un nivel inferior y en la trayectoria de disparo. El arma disparaba por encima de ese depósito. Pero debido a la poca distancia, que solo era de unos veinte metros, a nadie se le había ocurrido pensar que se debía buscar en ese lugar.
El hallazgo. Un soldado persistente ingresó al lugar y se sorprendió cuando vio tres agujeros en el techo del tamaño de las granadas. Y más cuando pudo ver que estaban en el piso sin activar y armadas. Con el debido procedimiento se manejaron y se corrigió la peligrosa condición. Afortunadamente, por la poca elevación alcanzada, con el impacto de la caída, no se activó la espoleta. De haberse accionado estas habrían explotado muy próximas a los operadores. Como era de noche no había nadie en el lugar y no contenía ningún material en eso días.

Granada de mortero
El motivo fue que el armero, que tan seguro estaba de sus conocimientos y habilidades, olvidó un detalle fundamental. El arma usa una carga iniciadora, que, a su vez, da fuego a un tren de cargas propulsoras en serie, cuya cantidad se calcula según la distancia que se desea alcanzar. El personaje solo puso la carga iniciadora y olvido poner las cargas propulsoras. Eso solo le dio potencia al arma para sacar los proyectiles del tubo sin mucha fuerza, cayendo a poca distancia.

Aunque los componentes de ensamble deben ser organizados en un estricto orden de secuencia, para simular un combate más real, extremó las condiciones de maniobra y por eso no usó ninguna iluminación. En la oscuridad, se saltó las “galletas”. Nombre coloquial dado por la tropa a las cargas de empuje. Por eso, las granadas salieron del arma solo impulsadas por el fulminante que inicia la secuencia de lanzamiento. Con el inconveniente que la ojiva ya tiene su espoleta de detonación activada y lista para detonar al suficiente impacto con el objetivo. Por eso desactivar municiones armadas para explotar es altamente peligroso.
Cargas de impulso
Fue necesario hacer todo un nuevo reentrenamiento teórico y práctico, para asegurar la idoneidad del personal que había perdido la destreza del manejo del arma.
Una experiencia bastante peligrosa y desagradable, pero muy aleccionadora para todos. Incluidos nosotros, ya que nos recordó que hay cosas en las cuales es indispensable hacer verificaciones positivas sin ninguna duda. Y que los refrescos teóricos son indispensables. Infortunadamente estas experiencias demandan no solo las debidas medidas correctivas sino que dejan antecedentes de deméritos profesionales en los folios de vida.