AERONAUTAS Y CRONISTAS

lunes, 9 de septiembre de 2013

LAS DELICIAS (XI)

LAS DELICIAS (XI)
LOS PRIMEROS RESCATADOS
Treinta minutos después llamamos: Torre Tres Esquinas, Tres Esquinas; helicóptero FAC 4122… FAC 4122. Contestaron: Siga FAC 4122, Control Tres Esquinas”. Informamos la hora de llegada y el número de heridos. Encontramos el punto de aterrizaje en la oscuridad, señalizado solo con los precarios medios de iluminación disponible en el lugar. Mecheros, luces de los pocos vehículos y linternas hacían de señalaros en el lugar de aterrizaje. Adicionalmente habían puesto en operación todos los medios de generación eléctrica disponibles para ayudarnos. Habían prendido el alumbrado público, las dependencias y viviendas, para que en algo nos sirvieran de orientación a la aeronave. Se pretendía crear una mancha de luz en medio de la infinita selva.
Tres Esquinas era una base aérea enclavada en medio de la jungla con el fin de hacer presencia nacional y desarrollo fronterizo. Misión asignada desde el ya olvidado conflicto con el Perú y por ello sin dotación especifica como unidad de combate y poder aéreo. Aterrizamos y pronto, aparecieron las destellantes luces de las ambulancias mezcladas con las voces de los médicos y las enfermeras.
Sin embargo, no era el fin de tan dramático rescate. Faltaba trasladar a los heridos a un centro de salud con mejores servicios. Transcurrieron 20 minutos cuando, desde lo profundo del negro cielo, se escuchó el distintivo rumor de un avión Hércules ambulancia que se aproximaba. No lo veíamos ni entendíamos cómo conseguiría aterrizar, más si lo sentimos sobre nosotros trayendo una esperanza de salvación.
De repente y cuando más próximo se sentía, la potente luz de una bengala abrió un gran hueco en lo alto de la ignota bóveda celeste e iluminó el espacio. Instantáneamente la noche se había convertido en día. El avión apareció suspendido en el aire, dentro de una resplandeciente burbuja de luz, cual musculoso y alado Dios griego, que acude a cuidar de sus guerreros.

ALADO DIOS GRIEGO

La silueta, en forma de cruz, giró majestuosa para aterrizar contrastando con el negro fondo del cielo. Cuando tocó tierra, dejó en claro su llegada con un potente chillido de ruedas, frenos y una nube de humo de caucho quemado. Los motores rugiendo a máxima potencia para contener la veloz y pesada mole salvadora. Sus hélices brillaron en cuatro grandes círculos reflejando los últimos destellos de la bengala. Todos nos unimos a la celebración con gritos de espontáneo júbilo. Lo había logrado y los sobrevivientes se salvarían.

Rápidamente embarcamos a los soldados y, a la media noche, despegó desapareciendo nuevamente en el oscuro velo. Exhaustos y complacidos respiramos profundo por la satisfacción de una nueva misión cumplida con aquel fatídico rescate. Nuestro mejor premio fue el saber que estos hombres pronto llegarían a un lugar donde curarían sus heridas debidas a su invaluable valor y entrega a la patria.

Las condiciones meteorológicas empeoraron con nubes bajas, espesa neblina y algo de llovizna, que no permitían otro vuelo seguro del helicóptero. De por si esa operación había sido muy peligrosa ya que el helicóptero ni la tripulación no estaban equipados para operación nocturna. Los que quedaron fueron rescatados al otro día cuando las condiciones fueron favorables.

Después de estos hechos las cosas comenzaron a cambiar significativamente para las Fuerzas Armadas en su lucha contra los inhumanos y violentos. El cansancio no lo sentíamos porque nos embargaba el gratificante estimulo del deber cumplido.

Mayor Ricardo Torres.  Coronel Iván González. Oficiales FAC.



miércoles, 4 de septiembre de 2013

LAS DELICIAS (X)


LAS DELICIAS (X)

TESTIMONIO DE UN RESCATE DE COMBATE

Para el año de 1996 las Fuerzas Armadas habían sufrido varios descalabros de combate en el sur occidente de Colombia. De infortunado recuerdo, ente otros, se tienen los de la Hormiga. Puerres, Orito, Patascoy y Las Delicias.

El 30 de agosto de 1996, 415 terroristas del bloque sur de las Farc arrasaron por sorpresa la base militar de Las Delicias. Al cabo de un desigual combate, murieron 31 militares, 60 fueron secuestrados y 15 quedaron heridos de gravedad. Este es el testimonio vivido y narrado por el Mayor Ricardo Torres, copiloto del primer helicóptero militar que aterrizó en el lugar de los hechos.

Eran las cuatro y media de la tarde cuando despegamos del Batallón Joaquín Paris en San José del Guaviare con rumbo a la población de Las Delicias en el departamento del Putumayo. Volamos en un Black Hawk de la Fuerza Aérea Colombiana. Yo era el copiloto de una tripulación de 4 personas que recibimos la orden de evacuar soldados heridos en combate.

Sobrevolamos durante dos horas y media sobre selva espesa, infinita y profunda. A la mitad del camino, nuestra cabina, que hasta ese momento vivió un ambiente fraternal y tranquilo, se fue quedando en silencio y se llenó de inquietantes secretos. La noche cayó sobre nosotros trayendo consigo un paisaje siniestro, tenso y enigmático, como preludio de acontecimientos fatídicos. Debajo, la jungla era cada vez era más primitiva e intrigante.
 

ANOCHECIENDO SOBRE LA SELVA

Después de recorrer 450 kilómetros llamamos repetidas veces: Ejercito, Ejército, de rotor... Ejército, Ejercito, de rotor... A la espera de una respuesta, imaginaba aquellos hombres tratando de sintonizar los radios cuando sintieran el rumor de nuestra nave. Lo único que escuchábamos era la lluvia de la estática atmosférica. El sistema de navegación marcó las coordenadas del pueblo justo debajo de nosotros, pero no podíamos verlo. Todo estaba oscuro. Hicimos varios giros, hasta que surgió debajo de una bruma densa, “Creo que es ahí!”, dijo el Capitán“. Miré y apareció un caserío desolado y destruido por la barbarie. Construcciones incendiadas, escombros, postes y cuerdas, formaban desordenada telaraña junto a pequeñas embarcaciones hundidas a la orilla del río.

Buscábamos un soldado, un campesino o alguna luz, pero nada apareció. Pensamos seguir hacia la base militar, el GASUR, más cercana, ubicada a 60 kilómetros sobre el río Orteguaza, pero no teníamos suficiente combustible en el depósito que alimentaba los motores. Era indispensable aterrizar en aquel pueblo fantasma donde los terroristas nos debían esperar o de lo contrario caeríamos en la selva. Pensamos en una emboscada preparada. Era inevitable entrar repeliendo posible fuego enemigo. Nuestra situación era crítica. En ese instante todas las posibilidades pasaron por la mente, desde la idea de arborizar, caer sobre algún cultivo ilegal o entrar en combate frontal.

Todas las alternativas eran peligrosas, pero el deber era llegar luchando contra el enemigo o contra el riesgo de un accidente para rescatar a los heroicos heridos. Descendimos a poca altura donde identificamos lo que parecían ser personas acostadas en el suelo y bultos en movimiento. Pensé que los habíamos sorprendido, aunque era raro que no se ocultaran. Eran soldados caídos valientemente y el movimiento era de cerdos salvajes husmeando en ellos. El comandante de la aeronave tomó las precauciones necesarias y ordenó alistar las ametralladoras.




VOLANDO TRAGADO POR LA SELVA

De inmediato, pusimos máxima disposición de combate, se posicionaron los escudos protectores de cabina y se desaseguraron las armas. Los pilotos con las manos sobre los controles de vuelo, los artilleros ajustaron los chalecos blindados y empuñando las ametralladoras con el índice en el disparador. Todos con los ojos buscando en lo profundo. Estábamos alertas, callados, con la adrenalina calcinando el miedo, el sudor escurriendo por el cuello y los corazones palpitando aceleradamente.

Muy bajos, las ráfagas de los rotores avivaban las cenizas, apartaban los árboles agitando las ramas, levantando hojas y polvo en diabólicos remolinos. El peligro era latente pero seguíamos vivos, ni un disparo ni explosiones ni gritos, nada. En vuelo lento, casi tocando el piso, el helicóptero se deslizaba, cual ángel de la noche explorando entre las ruinas de una antigua civilización extinta. Creí estar en un lejano asteroide en búsqueda de una patrulla perdida durante una fallida exploración espacial. Con las lámparas alumbramos las construcciones incendiadas, los rincones y las destruidas torres de los valientes vigías.


LA DESTRUCCIÓN

 La pegajosa humedad, con fétido y penetrante olor sepulcral, entró por las puertas de los artilleros. Era el vaho de los cadáveres que convertían el aire en irrespirable y nauseabundo gas. Nos invadió la desolación y el espectro de la muerte. En la plaza de armas, llena de cráteres por el intenso bombardeo, antes cancha para deportes, yacían 18 cuerpos: 5 incinerados junto a las trincheras, 8 caídos dentro de las ruinas y 5 ahogados en la orilla del río. Las víctimas de un cruento final.

El fuerte e inevitable viento de la máquina, agitaba a los heroicos patriotas inmolados pero no vencidos, inermes, cubiertos con los harapos del destruido equipo militar. Algunos, con los ojos abiertos en sus pálidos rostros, mostraban el último gesto de valor. Nos aproximábamos al tiempo que nos empeñábamos en detectar cualquier señal de peligro.

De repente, notamos ligeros destellos de luz titilando con suaves movimientos en la oscuridad. De inmediato detuvimos el vuelo pensando en el ataque frontal. Giraron las ametralladoras, quietud, máxima alerta y tensión con los nervios a punto de reventar. Solo el silbido de las turbinas y el golpe seco del rotor, pero no se escuchaban disparos.

Como sombras, surgiendo de tumbas, comenzaron a aproximarse siluetas arrastrando los pies y levantando los brazos en actitud de suplicantes zombis. Caminaban tambaleantes implorando ayuda. Cuando el potente chorro de luz del reflector del helicóptero los cubrió, aparecieron sus fantasmales figuras. Encontramos lo que habíamos venido a buscar desde el lejano Guaviare, de donde habíamos partido esa tarde, a muchas millas de distancia de la amazónica selva al oriente del país, sin saber lo que nos esperaba. Eran los sobrevivientes de la arrasada Base Militar de Las Delicias, sobre el río Caquetá. Parecían seres del otro mundo que solo el brillo de sus ojos lo negaba, porque el resto era igual: lodo, hilachas, sangre, sudor y lágrimas.

 

LAS RUINAS AL DÍA SIGUIENTE
Aterrizamos casi a las siete de la noche entre lo que había sido su albergue. Caminé hacia ellos y me sorprendió un Teniente médico de la Armada acompañado de un enfermero y 22 heridos. Había llegado antes que nosotros, subiendo por el río, desde la Base Naval destacada en la frontera con el Perú. Algunos, en estado grave, tenían no menos de 4 y 5 impactos de bala en distintas partes del cuerpo; otros intentaban caminar aunque solo conseguían arrastrarse.
Debíamos partir pronto, el enemigo podía estar acechando cerca. Unos acostados y otros sentados, pero al final no cabían todos en el helicóptero. Prioridad, se abordaron los más graves. Ningún soldado deseaba quedarse a la espera de otro vuelo y confundían al oficial con sus gritos de angustia. Era una situación inevitable así fuese dolorosa. Los menos afectados para después.

Mientras tanto, mi Capitán al mando del helicóptero, había abastecido la nave con los últimos 50 galones del combustible de reserva, que habíamos previsto llevar en un bidón auxiliar. Aceleramos los motores y despegamos mientras yo miraba por la ventanilla a quienes se quedaban por falta de cupo. En sus ojos se veía la angustia de tener que soportar el miedo de permanecer por más tiempo en el sitio. Volamos hacia la base aérea de Tres Esquinas.

En la cabina había un ambiente nauseabundo que emanaba de las heridas descompuestas que se mezclaba con el acre olor de la sangre y el sulfuroso humo de las armas que impregnaba sus cuerpos, empapados con el sudor causado por el fuerte calor tropical. Además de los lamentos y el negro abrazo de la oscuridad de un infinito espacio selvático. Era como estar en el infierno. Al instante perdimos de vista la diferencia entre el cielo y la tierra. Era el panorama de un mundo sin horizontes.


LAS TRINCHERAS. ÚLTIMAS DEFENSAS

lunes, 2 de septiembre de 2013

LAS DELICIAS (IX)



LAS DELICIAS (IX)

CONCLUSIONES

Tratábamos de controlar la parte emocional, que en estos casos es más peligrosa que la racional. Sin dejarnos llevar por la sensibilidad porque debíamos concentrarnos con lo operativo. Cuando se dan instrucciones sabiendo que pueden costar vidas o evitar rescates posteriores, se siente una combinación de sensaciones que se deben moderar. Primero, es la emoción y la euforia de la adrenalina que fluye con muchos deseos y empeño por colaborar. Segundo, y al mismo tiempo hay mucha tristeza debido a la adversidad, al darse cuenta que no podíamos hacer lo que queríamos hacer sintiendo física impotencia.

De esta experiencia tanto nosotros como el país, aprendimos lo que debíamos mejorar en el campo militar. Actualmente somos más fuertes. Tenemos más equipo para el combate nocturno, mayor capacidad de reacción y de sorpresa, y estamos mejor preparados.

Confirmamos que conocíamos mucha teoría académica pero nunca la habíamos verificación con la realidad. Las doctrinas suele ser muy generales y las simulaciones, por más reales que sean, nunca se aproximan a la verdad. En esas situaciones pudimos ver cómo funcionaron en la vida práctica y en un momento específico.

El caso de las Delicias solo fue un evento intermedio de muchos reveses anteriores y de otros posteriores. Por mencionar solo unos pocos, como los de Girasoles, Patascoy, Puerres, la Hormiga, Orito, El Billar, La Carpa, Dagua, Miraflores, Mitú y demás. Eso no significa que hayamos sido vencidos en la guerra sino que las cosas, aun siendo buenas, deben mejorar. Son oportunidades para ganar en lugar de perder. Y para ello no se puede calificar ignorando que se hizo mucho y lo mejor posible. No debemos concentrarnos en solo valorar lo poco imposible de hacer.

Aprendimos que se debe tener en cuenta la parte emocional del ser humano para así tomar las decisiones de mayor conveniencia. Y que quienes valoran esos hechos deben ser expertos y conocedores de tales circunstancias. Los mismos hechos que, hasta para los profesionales de las armas, les resultan difíciles de comprender y analizar. Bastante más para quienes no los han experimentado y solo tienen referencias didácticas y dialécticas. En estos acontecimientos, lo vivencial es siempre lejano a lo ideal. Vivirlos y sentirlos por experiencia propia es diferente a escucharlos y calificarlos, por referencia ajena.

Si los acontecimientos militares han de juzgarse, quienes mejor los pueden referir son aquellos quienes los vivieron y los contaron. Aunque no son los mejores para valorarlos, por ser parte interesada, si son quienes más se aproximan a la verdad.

Por acción u omisión, por exceso o por defecto, con o sin intención, por quitar o agregar, por exagerar o reducir y por interés subjetivo, los actores no son los aptos para sentenciarlos, pero si para esclarecerlos.

La justicia ordinaria es experta en procesar hechos de diversa índole. Sin embargo, los acontecimientos militares, las victorias y las derrotas, son de tal complejidad que requieren especialización en el tema. Ella podrá juzgar por lo que sabe y se le cuenta, más nunca por lo que ha vivido. Por ello ha existido la justicia penal militar.

Es evidente que el sistema de justicia ordinaria carece de la multitud de oportunidades vivenciales, así tenga los intelectuales, para acertar en sus conclusiones. Aunque ilustrada en el campo académico no lo es tanto en la experiencia operacional. De tal forma que no resultan ser tan poco los más aptos para culpar o inculpar.

Quienes juzgan esos hechos, no sólo debe ser imparciales sino, también, idóneos y especializados en calificar hechos históricos. Esas dos circunstancias anteriores son la razón por la cual las naciones han creado la Justicia Castrense, mal llamada Justicia Penal Militar.

Ella tiene las mayores luces para ver con acierto, ya que sus magistrados están próximos a los campos de batalla, palpan las circunstancias que rodean los acontecimientos y han visto tanto el gozo de las victorias como el dolor de las derrotas. Tienen amplia experiencia adquirida durante un largo actuar profesional, ponderando el comportamiento de los hombres en armas o durante prolongadas vidas en estrados judiciales, calificando combates.

Es ella quien puede saber, con mayor acierto, La veracidad o la deformación de la realidad. Estando, pues, en medio de las dos partes, la más interesada y la menos ilustrada, es la alternativa mejor para juzgar la guerra. No será la ideal porque la perfección es una utopía pero siendo la menos mala, que siempre es la mejor.

Es la única forma de cerrar la diferencia entre el ser y el deber ser, o entre lo real y lo ideal. Ya que nos es imposible llevar el mundo terrenal al nivel del celestial, estamos obligados a juzgar dentro de las posibilidades más perfectas, que nuestra mente nos pueda dar. Y esa perfección es la que nos ofrece una potente Justicia Castrense, con doctrinas y dogmas, amplia y claramente establecidos. Y con mucho conocimiento de los acontecimientos militares y del entorno que los condicionan o influyen.

ABORDAJE DE LOS HÉROES AL AVION FUNERARIO CON DESTINO AL DESCANSO ETERNO. EL ÚLTIMO DEBER POR QUIENES DIERON TODO POR LA PATRIA.
AL FONDO LA TORRE DE CONTROL DE LA BASE AÉREA DE TRES ESQUINAS

El sacrifico de las tropas, en la batalla de las Delicias, fue una valiosa lección de entrega, sacrificio y lealtad patriótica, que nos condujo a reflexionar sobre la guerra que hemos librado por tantos años. De tal forma que la sangre de sus soldados fertilizó las doctrinas militares futuras, donde han germinado los éxitos que en el presente estamos cosechando. Su sacrifico no fue inútil ni estéril. Es fecundo y por ello, en lugar de condenas y descalificaciones, merecen nuestros honores y recompensas.




CEMENTERIO “CAMPOS DE PAZ” DONDE DESCANSA EL CAPITÁN MAZO. EL HÉROE DE LAS DELICIAS JUNTO CON SUS VALIENTES HOMBRES

 Acostumbramos pensar que lo militar es la causa cuando realmente es el efecto. Quien más anhela no tener que combatir es el soldado, ya que es quien más sufre los dolores de la guerra. En las democracias, el soldado, está supeditado a las circunstancias sociales y a los designios políticos. El militar es consciente que le obliga corregir con dolor, en los arrasados campos de la guerra, lo que sus líderes civiles no han sabido construir con amor, en los fértiles campos de la paz.

Por tanto, el militar merece especial consideración, como el de un fuero en Justicia Castrense, que lo juzgue con acierto. Donde la primera intención no sea la de presumir la culpa sino la inocencia, como ordena el máximo mandato, la Constitución.  

No hagamos inculpaciones para condenar sino conclusiones para mejorar. La mejor justicia es la que corrige en lugar de degradar. No la vengadora sino la reparadora. La que es constructora en lugar de destructora.

Coronel Iván Darío González U. Oficial Fuerza Aérea Colombiana.

viernes, 30 de agosto de 2013

LAS DELICIAS (VIII)


LAS DELICIAS (VIII)

LAS REFLECCIONES

La relación costo-beneficio no lo justificaba, si se les mandaba con esas condiciones se perdería toda alternativa de apoyo aéreo futura. A pesar de que eso implicaba una situación más crítica para las tropas de las Delicias. No es una buena decisión de quien sabiendo, de antemano, que su victoria será pírrica la realiza negándose, con ello, oportunidades posteriores más factibles de mejores resultados.

Siempre en estas circunstancias hay algunos que quieren hacer más y otros que no, todos tienen un criterio. Unos creen que pueden y otros que no pueden. En una fuerza militar todos tenemos un horizonte, un punto de equilibrio distinto, entre lo que es el ser y el deber ser. Entre lo que se debe hacer o lo que se puede hacer con éxito. Algunos son más temerarios que otros. Debemos cuidarnos tanto de la excesiva prudencia como de la exagerada imprudencia. Los subalternos suelen pensar en lo inmediato.

El comandante tiene que mediar pensando en la conveniencia macro. En cómo sus decisiones van a influir sobre la victoria, si poniendo en riesgo al momento a sus hombres, su más valioso recurso, o preservándolos porque después le permitirán vencer. Casi que debe proveer el futuro y sobre como todo eso beneficiará al mejor el interés nacional.

CASETA DE COMUNICACIONES
EL COMBATE TERRESTRE.

La batalla en las Delicias duró toda la noche hasta las 07:00 de la mañana. En las primeras horas del día, el Capitán fue herido, pero sobrevivió, tratando salvar a los hombres que le quedaban con una maniobra de retirada. Pretendía llegar furtivamente al rio para ver si podía escabullirse usando la corriente. Para ello ejecutó un cubrimiento con fuego distractor, mientras los pocos hombres disponibles en condición de combate, porque no habían sido rendidos, ni heridos ni habían caído heroicamente, se evadían por una ruta de escape. La mayoría ya estaba fuera de combate. En ese empeño no fue posible por haber sido imposibilitados para el combate.

Más tarde, mientras el capitán suplicaba, en forma incoherente por las heridas recibidas, una cobija para abrigarse del frío que decía sentir,  al cabecilla terroristas, alias el Mocho César quien se burló del Capitán al ordenar a una bandolera que le diera una cobija, al tiempo que le guiñaba un ojo. La cual, cumplió la orden al instante. Le disparo al indefenso oficial asesinándolo aleve y cruelmente. No tuvieron compasión del vencido, como lo manda la altura de la sensibilidad humana. Quien dio la orden fue el bandolero apodado Mocho Cesar, quien antes había emitido mensajes amenazantes contra los comandantes militares de la región haciendo alarde de poder. Años después fue dado de baja por las tropas, dando por terminada su fingida superioridad.

EL RECONOCIMIENTO AÉREO.

Mientras tanto, en el GASUR, tan pronto amaneció vimos que la niebla todavía no se había disipado. El anticuado pero funcional avión de transporte, el C-47, no pudo despegar para hacer un simultáneo vuelo de reconocimiento en las Delicias y un apoyo logístico a la base de naval de Puerto Leguízamo. Necesitábamos un reconociendo para ver si era factible continuar con el apoyo aéreo combate.

Debimos esperar a que calentara un poco el clima para que se levantara la niebla. Para las 08:30 de la mañana el avión pudo despegar y al poco tiempo nos estaba reportando que la nubosidad no permitía ver bien lo que estaba sucediendo en las Delicias. Sin embargo, alcanzo observar que ya no había combate y lo que parecían ser varias construcciones convertidas en cenizas. Por ello no ordenamos más apoyo aéreo de combate. No era aplicable. El avión continuó con la otra misión para que de regreso hiciera otro reconocimiento, ya que la base de las Delicias queda en la ruta aérea que conduce a la frontera con el Perú.

Más tarde nos reportó que ya no se observaba en el lugar ninguna presencia de personal y mucha destrucción. Supimos que el combate había terminado y que lo claro era su total destrucción. No haríamos más ametrallamiento ni cubrimiento aéreo. Nos concentramos en lograr una operación de rescate por vía aérea. Ya por el rio Caquetá se estaban dirigiendo al lugar, de sur a norte, rápidos elementos de combate fluvial y unos lentos trasportes fluviales, que llegarían en las horas de la tarde a Las Delicias, procedentes de la Tagua. 

UNA REFLEXIÓN
Después supimos que los secuestrados habían sido llevados al Ecuador. Por trochas en la selva como trofeo de guerra. Para aprovechar el resguardo que les daba la frontera internacional con la condescendencia de esa nación.
Al mismo lugar donde, bastantes años más tarde, fue bombardeado el campamento de Raúl Reyes dando de baja al peligros terrorista. Así, sobradamente, se compensó la aleve agresión y el sacrifico de nuestros hombres.

Al mismo tiempo que se confirmaba nuestra teoría de que se debían bombardear los blancos enemigos con determinación. Los mismos bombardeos que se nos  habían negado hacer dentro de la nación, cuando era necesario. Usando restricciones burocráticas y con teorías académicas que no concordaban con la realidad que vivíamos en esa área de combate.

Después debimos hacer esos bombardeos pero dentro de esa nación vecina. Pasando las fronteras territoriales con consecuencias diplomáticas internacionales. A riesgo de provocar una confrontación internacional. Es decir, los riesgos que habíamos visualizado que podrían suceder, por desconocimiento, cuando estuvimos en el EMC. Y, después, los verificamos con el ataque contra el campamento de Reyes en el Ecuador. Pero ni en el EMC se conocía. Y si alguien lo evidenciaba la realidad de la periferia nacional, se desconocía y hasta descalificaba con rudeza.

Ni, luego, cuando pedíamos los apoyos de combate, desde Tres Esquinas nos prestaban atención. Dos Colombias diferentes: la de los cómodos escritorios de la burocracia militar central y la de las trincheras de las tropas en combate en las fronteras.  



RESCATE.

 Ese día, posterior al ataque a la Base de las Delicias, nos concentramos en coordinaciones de apoyo sanitario, inteligencia y planeamiento de una factible reacción por tierra y persecución.


En cuanto a operaciones de combate aéreo y apoyo de fuego ya no eran conducentes. Mientras esto acontecía habíamos planeado un rescaté por vía aérea. Eso implicaba usar helicópteros, los que no disponíamos en el GASUR por haber sido retirados antes. Acudimos nuevamente al nivel central. Del COA ordenaron el desplazamiento de un helicóptero “Halcón Negro” para esta misión.

El helicóptero más cercano estaba a 3 horas de vuelo, en San José del Guaviare. Se encontraba prestando apoyo final a la operación Conquista 1. En el vuelo de traslado se le hizo de noche y aunque no estaba dotado para operación nocturna, logró rescatar varios heridos.


LA TENEBROSA MISIÓN DE RESCATE.

Esa espeluznante misión de rescate es contada en la crónica escrita por el copiloto de la aeronave, tiempo después. y que se anexamas adelante. El informe pone en evidencia la crueldad de los hechos acontecidos en Las Delicias. Se pone como anexo, mas adelante de esta narración, por razón de guardar la necesaria secuencia de los hechos vistos desde el GASUR.

Cuando esa noche llegaron los primeros heridos, sentimos muchas cosas. Lógicamente, lástima y congoja. Teníamos que mantener el control y un dominio para poder actuar con racionalidad. No queremos decir que el comandante deba tomar una posición de insensibilidad. Todo lo contrario, hay que mantener la cordura, la lucidez para actuar con el mejor tino. Lo cual no significa que no sea consciente de la barbarie y el dolor de sus hombres.

La tripulación del helicóptero, de por sí, había hecho mucho ese día por rescatar a los heridos. Incluso había actuado por fuera de las normas de vuelo, ya que no estaba dotado para operación nocturna. Y, sin embargo, con una descomunal entrega había arriesgado su vida para ayudar a los heroicos soldados heridos.

Las normas no pueden ser absolutas cuando son superadas por las exigencias de un deber mayor. Aspectos que solo se pueden evaluar en el momento en que se presentan. Circunstancia que tampoco son vistas por los posteriores jueces de los hechos desde cómodos lugares y tranquilos ambientes de las oficinas. Sin los apremios de las situaciones. Aunque lo legal es fundamental, está por abajo cuando hay excepciones legítimas. Las mismas que confirman las reglas. Y dentro de esos motivos está el ayudar a la sobrevivencia de quienes no solo son seres humanos, sino que han arriesgado lo más valioso que poseen, que es su vida, por la máxima causa, la patria.

Le preguntamos a la tripulación si podía efectuar un segundo vuelo a lo cual respondió que no era posible a costa de correr grandes riesgos contra la seguridad de vuelo. Igual que la tripulación de la escuadrilla que había hecho el apoyo aéreo de combate la noche anterior.

Comprendimos perfectamente la explicación ya que ante tal posibilidad no se ameritaba arriesgar a una tripulación sana, una aeronave en perfectas condiciones de operación, además de la vida que los heridos que pudiera rescatar. En caso de accidentarse la aeronave, en lugar de aliviarse, los pondríamos nuevamente en condición segura de perder la vida.

Esa noche no hicimos más vuelos de rescate y los heridos que no pudieron ser recuperados esa noche debieron esperar hasta el otro día. La situación era desesperante pero era lo mejor que podíamos hacer ante la falta de recursos aéreos para ejecutar otras maniobras de rescate.

También estaba pendiente la recuperación de los caídos en combate. Ordenamos al teniente, juez penal militar de Tres Esquinas, que fuera en el primer vuelo de rescate del helicóptero  a identificar a los soldados fallecido.

Por experiencias personales anteriores, de rescate de personas perecidas en desastres aéreos, sabíamos lo difícil que es la identificación de las personas. En tan solo 12 horas después de su muerte, por la muy rápida degradación de los cuerpos en esas condiciones climáticas de humedad, temperatura y, especialmente, por la desfiguración producida por las heridas o la acción de los depredadores.

Le aconsejamos llevar rollos de tela adhesiva. De la más ancha que encontrará. De la usada para cerrar heridas que le sería facilitada en el hospital. Que pusiera a lo largo del pecho un trozo grande a manera de etiqueta. Además de un marcador de tinta indeleble para escribir sobre la misma los respectivos nombres de los soldados. Los nombres debería consultarlos rápidamente con los soldados heridos sobrevivientes porque en pocas horas, después, sería imposible reconocerlos. Incluso, por sus propios compañeros.

La recomendación le causó una ligera sonrisa burlona creyéndola una exageración. Expresó, con cierto aire de suficiencia, que no era necesario pues su tarea era fácil y la haría correctamente por su capacitación profesional. No insistimos en el tema pero si recalcamos que confiamos que la identificación no podía fallar, para no equivocar la entrega de los peritos a las familias dolientes.

Lo acontecido luego, cuando dos familias se quejaron porque les habían entregado los féretros que no correspondían a sus familias, nos dio la razón y fue motivo de mucha vergüenza para el oficial. Que fue su merecido castigo por no acatar un consejo que era más que eso, una orden.

De inmediato, le ordenamos al  oficial ir a distintos cementerios en el país para hacer las exhumaciones con el fin de hacer los cambios respectivos y la entrega de los cuerpos a las correspondientes familias. Tarea bastante desagradable y de pésima presentación Institucional por no haber dado el merecido valor que tenía una recomendación basada en viejas experiencias de la vida militar.


LA VERIFICACIÓN
Como complemento a lo expuesto, transcribimos aparte del libro “De las Delicias al Infierno”, publicado por Intermedio Editores.

“El gobierno cotejó la lista de las FARC con la del Ejército difiriendo en dos de los féretros: Edith Morales Tavares y Carlos Alberto Rodríguez Rodríguez, basándose en la identificación de cadáveres que se hizo por intermedio de los sobrevivientes en las Delicias.

El gobierno solicitó oficialmente al Ejército la exhumación de los cadáveres y pidió que se aclarara de quienes eran los cuerpos que habían sido enterrados con esos nombres. Pero el Ejército se había anticipado. El juez penal militar 132, teniente Luis Eduardo Peláez, había iniciado la investigación 20 días antes, luego de registrarse la inconsistencia en las cartas de identificación de los 2 militares.

Según Peláez, los cuerpos que supuestamente eran de los soldados Morales y Rodríguez presentaban heridas en la cara, lo que hacía, prácticamente, imposible reconocerlos sin que se confrontarán sus huellas. Las dudas también habían asaltado el Ejército cinco días después del ataque las Delicias, cuando Estrella y José Élmer, padres del Soldado Rodríguez, velaban en la sala de su casa en San Vicente Caguán el cuerpo que el Ejército les había entregado.

Varios de sus amigos forzaron la tapa del ataúd que, antes de salir de la funeraria en Florencia, había sido sellado con puntillas muy pequeñas. El cuerpo calcinado y un poco hinchado de un hombre quedó al descubierto.
Cuando Ismael, el sepulturero de San Vicente del Caguán, en donde reside la familia Rodríguez, se disponía a enterrarlo, escuchó que amigos de soldados decían en susurros: “El del cajón no es Carlos Alberto”. Sin embargo, las dudas no trascendieron.

Algo similar ocurrió el día del entierro del que se creía que la era Edith Morales Tavares. Su familia había llevado el cadáver hacia Circasia (Quindío), donde había nacido el muchacho. Después de que el militar, encargado en Florencia de coordinar el traslado de los cadáveres dentro de las condolencias, les pidió que no abrieran el ataúd porque el cuerpo presentaba un alto grado de descomposición y las heridas lo habían dejado irreconocible.

Amaris, madre del soldado Angedis Tavares, lloró desconsolada cuando le entregaron el ataúd. Aseguraba una y otra y otra vez que no era su hijo, por un “presentimiento de madre”, pero no fue capaz de abrirlo porque su esposo, Gustavo, se opuso.
“Ya conformarse con el hijo muerto y no busquemos más dolor”, le dijo en Circasia. Resignada, Amaris enterró a su hijo en el cementerio de esa población.

Dos meses más tarde y sin que los familiares de las víctimas lo supieran, un fiscal, un odontólogo, un médico forense y el teniente Peláez iniciaron los trámites de exhumación de los dos cadáveres. Cuando apareció la lista de las FARC, las huellas necrodactilares del cuerpo enterrado con el nombre de  Angedis Morales Tavares ya iban rumbo a Bogotá para que miembros del cuerpo técnico de investigaciones de la fiscalía las confrontarán con las que reposan en la Registraduría bajo el número 89000241.

El 8 de octubre, el sepulturero de Circasia buscó afanosamente a Patricia, prima hermana del soldado Morales Tavares, para avisarle que el cuerpo estaba siendo exhumado porque, al parecer, Angedis estaba vivo.
Patricia acudió de inmediato el cementerio acompañada de Doña Josefa, la abuela del soldado, para presenciar la diligencia, que se inició a las 10 de la mañana en la tumba número 31.

“Del ataúd salió un cuerpo verdoso de un hombre joven”, recuerda Patricia. El juez Peláez les pidió que intentaran reconocer las características y facciones de Angedis y le sugirió que tuvieran en cuenta que las esquirlas de granada le habían destrozado parte del rostro. Doña Josefa estaba llorando. Patricia y ellos se inclinaron durante algunos minutos sobre los despojos del soldado. La impresión y el hedor que manaba del cuerpo las obligaron a repetir la operación en varias ocasiones.

Buscaron una cicatriz de un alambre que había dejado en la pierna izquierda de Angedis y el tatuaje de la letra “A” en una mano. También buscaron las cejas pobladas y sus extremidades delgadas. Luego de unos minutos de aseguraron a Peláez que, definitivamente, no era el Soldado Morales.

En el cementerio de San Vicente del CAGUAN (Caquetá), al otro lado del país, se efectuó la exhumación del cuerpo de Carlos Alberto Rodríguez. El viernes 18 de octubre, en presencia de sus familiares y el personero de la localidad, Jaime Martínez Pico, se inició la labor.

Según Selena, la hermana menor de Carlos Alberto, “todos teníamos la boca tapada. El sepulturero del cementerio abrió el cajón con una pala y salió un señor que no era mi hermano”.

El juez Pelaez le pidió a la familia Rodríguez que observara con detenimiento ese cadáver. Luego de unos minutos, la sentencia de José Raquel, padre del Soldado, fue contundente: “A él no lo conozco”. Lo mismo opina Mauricio, hermano de Carlos Alberto.

La noche anterior a la diligencia, los tres se habían reunido en la sala de la casa del militar para ver, una vez más, las fotos que el soldado Rodríguez les había enviado cuando juró bandera. Para ellos era inconfundible: un cuerpo mediano, algo robusto y bastante moreno.

Pero el hombre que estaba en el ataúd era diferente: más alto, mucho más delgado y de rasgos finos. Para Lus Elena, Élmer y Mauricio no cabía duda: se trataba de otra persona.

Un cuerpo más fue exhumado ese mismo mes en Lérida (Tolima). Ese cadáver era, supuestamente, el del Soldado Armando Sandoval Martínez. Su familia tuvo que sufrir el doloroso proceso de identificación, y el resultado también fue el mismo: Todo indicaba que se trataba de otra persona. Los resultados de la diligencia salieron tres meses después y fueron divulgados en el oficio ID000D56 del 9 de enero de 1997, del Ejército nacional. En este, el juez penal militar 132, teniente Luis Eduardo Peláez, informaba: La identidad final de tres cadáveres exhumados es la siguiente: En la sepultura de Carlos Alberto Rodríguez estaba el Cabo Primero Armando Sandoval Martínez. En la tumba de Angedis Morales Tavares estaba soldado Luciano Vargas y en la de Sandoval se encontraban militar José Antonio Tupué Ortiz.

El cadáver de Armando Sandoval fue enviado a Lérida y el de Tupué Ortiz lo sepultaron en Florencia, a petición de sus familiares. Los restos de Luciano Vargas fueron reclamados por sus padres y enterrados en El Doncello (Caquetá). Ya no había duda: Dos de los militares, que figuraban en la lista del Ejército como muertos, habían “resucitado”.

Para entonces, Estrella Rodríguez y Amaris de Morales se habían unido al grupo de madres que se habían tomado la sede de la Defensoría del Pueblo para pedir la pronta liberación de sus hijos”.


EL VUELO AMBULANCIA.

El Comandante de la FAC estaba altamente preocupado por la situación de los soldados rescatados esa noche. Cuando el helicóptero de apoyo volaba de las Delicias a Tres Esquinas, aproximadamente a las 19:00 horas, nos llamó para decir que existía la posibilidad de ordenar un vuelo ambulancia, con un avión Hércules, que llegara esa misma noche al GASUR y continuará el rescate de los heridos llevándolos directamente a Bogotá donde serían mejor atendidos en el Hospital Militar.

Por todo lo que ya hemos mencionado, con respecto a las facilidades para vuelos nocturnos que tenía EL GASUR, se requería que el avión ejecutará el aterrizaje iluminándose por sus propios medios. Por nuestra parte repetiríamos las mismas improvisadas facilidades de la noche anterior. Esta era una maniobra que las tripulaciones de los aviones C-130 habían ejecutado muy poco y no estaban actualizadas en el procedimiento. Sin embargo, habían encontrado a una tripulación que creía poder ejecutar con éxito el aterrizaje y en caso de no lograrlo podrían abortar el intento.

Para ello se necesitaba que nosotros indicáramos si la situación de gravedad de los heridos ameritaba correr ese riesgo nocturno o, en caso contrario, esperar hasta las primeras horas del otro día. Para dar ese concepto solicitamos al señor Comandante una espera mínima de una hora mientras hacíamos la necesaria valoración de los heridos, que estaban por llegar. Pedimos a los médicos disponibles de nuestro pequeño hospital que nos dieran su apreciación lo más rápido posible para transmitir el concepto al superior.

La opinión de los médicos fue la de que la mayoría de los heridos que había traído el helicóptero estaban en alto riesgo de perecer esa noche si no recibían un nivel máximo de asistencia médica, el cual no disponíamos en GASUR. El señor comandante nos había sido enfático en que teníamos que considerar el alto riesgo que implicaba la operación nocturna de un pesado avión ambulancia, contra los beneficios que se pudieran lograr. Sopesando la situación de los heridos y las circunstancias de la maniobra aérea, decidimos recomendar la ejecución del vuelo ambulancia. El comandante lo ordenó de inmediato.






BENGALA LANZADA POR EL C 130 AMBULANCIA PARA FACILITAR EL ATERRIZAJE EN MEDIO DE LA OSCURIDAD.







De esa forma el avión pudo llegar y hacía la medianoche los primeros heridos, que eran los más graves, estaban recibiendo la mejor asistencia médica que la institución militar les podía brindar en Bogotá.

El día domingo, el helicóptero efectuó otros vuelos desde las Delicias al GASUR trayendo los otros heridos y los fallecidos. Para el caso se improvisó el proceso de embarque de los heridos, los trámites administrativos y el servicio de morgue con los caídos en combate. El avión Hércules hizo de ambulancia aérea y vuelo funerario a los lugares de destino.

LOS ALTOS MANDOS Y LAS AUTORIDADES DE CONTROL

En esos mismos vuelos comenzaron a llegar muchos altos mandos militares y autoridades de supervisión interna, que estaban interesadas conocer, de primera mano, tanto lo que había acontecido como lo que se estábamos haciendo. Los atendimos a todos en la mejor forma. En especial a las autoridades civiles de control del estado y otras personalidades, a quienes les dimos la información preliminar. Con ella nos debían adelantar las investigaciones de tipo penal, disciplinario y administrativo, por todo cuanto presumían que no habíamos actuado con la debida suficiencia o acierto. No prevalecía el principio de la buena fe y menos el de la presunción de la inocencia. Y eso que ya teníamos nueva Constitución Nacional. La prioridad era la vieja tradición de pensar, de antemano, que siempre las cosas están mal hechas, evaluadas por quienes casi nada saben del asunto y observan los toros desde la segura barrera. Si mucho desde el burladero. La idea era la de encontrar alguna deficiencia en el apoyo que dimos, ya fuese por defecto o por error en nuestras decisiones y procedimientos. No importaba que esa deficiencia fuese consecuencia de órdenes dadas por ellos mismos. De esa forma buscaban un culpable en quien direccionar las culpas para reducir la posibilidad de que alguien descubriera que gran parte de las culpas habían sido el producto de sus mismas actuaciones.

Esos organismos de control estaban más concentrados en lo que faltaba por hacer, así fuese en lo que no podíamos hacer por insuperable deficiencia de recursos, que en lo mucho que habíamos logrado con los pocos medios disponibles.
Después de eso terminó la parte bélica y se inició la batalla más difícil para un soldado, la jurídica. La tropa teme más al enemigo interno que al externo. El último puede acabar con su vida en un instante. El otro le ocasiona una agonía eterna.