AERONAUTAS Y CRONISTAS

jueves, 10 de mayo de 2018

16. ENTRE LEONES Y RATONES


16. Hay que dirigir la orquesta. Fue una solución no surgida de la idoneidad, el conocimiento ni el ingenio. Fue de suerte y necesidad que, en algunos casos, hace que suene la flauta por casualidad. Aunque no sabemos cómo y cuáles notas salen. Porque no hemos aprendido a leer un pentagrama y menos el de la electricidad. Pero “Es flaca sobremanera, toda humana previsión, pues en más de una ocasión, sale lo que no se espera”.

Planta eléctrica
La poda.
Los serruchos perdidos. Era necesario podar unos árboles de mango próximos la casa de Rojas Pinilla. La tenían cubierta con sus ramas y la humedad la estaba pudriendo. Además arrojaban muchos frutos descompuestos que daban mal olor y hojas sobre los techos y los prados que eran un foco de zancudos. Daba un desagradable aspecto de abandono. Ordenamos podar.

El rechazo. Los empleados encargados del mantenimiento de instalaciones adujeron que no era posible porque no tenían motosierras en funcionamiento. Algo que se nos hizo extraño porque podían hacerlo usando machetes. Eso era una disculpa inválida para no hacer el trabajo. Por eso no se interesaban en arreglar las motosierras.

De todas formas les dijimos que si no teníamos herramientas de motor podían hacerlo al estilo antiguo usando serruchos troceros. Que los buscaran en el almacén de suministros. Fueron donde el almacenista quien les aseguró que no había existencia de esas sierras. Lo mismo que había sucedido con la piedra lumbre. Tenían otra vez una ingeniosa treta del almacenista a manera de disculpa.

Nos sorprendió aún más pues la base había sido construida, aunque hacía bastante años, tumbando árboles y por eso debía existir, como mínimo, serruchos troceros y de aserrío. Muchas casas e instalaciones fueron construidas de cancel y para ello debieron usar esas herramientas.

Podíamos usar la presión laboral pero preferíamos recurrir a métodos menos agresivos como la vía de la sutil descalificación profesional ante la comunidad. Pues los demás empleados siempre estaban a la expectativa de que ellos se convirtieran en la punta de lanza y los líderes para contraponerse a todo lo que les sonara autoridad y acatamiento. Su fin era demostrar que no se les podía exigir mejor o más desempeño laboral del que ellos, simplemente, consideraban se les podía pedir o deseaban hacer. Siempre a su libre albedrío que es propio de la gente con pésima disposición al trabajo y el ser útiles a la sociedad.

Vivienda de Rojas después de la poda.

Otra búsqueda. Intrigados con el asunto fuimos personalmente al almacén, en la misma forma como habíamos hecho cuando buscamos la piedralumbre. El almacenista nos informó lo mismo que nos habían dicho los trabajadores. Pensamos que debía el almacenista ser aliado con sus compañeros pues él tenía conocimiento a quien había entregado las sierras de motor, pero se lo reservaba con silencio premeditado para entorpecer.
Era un empleado civil como los encargados del mantenimiento de las instalaciones. Era compinche con los compañeros en ese asunto. En ese momento no era lo más adecuado, proceder con la alternativa de la imposición y las sanciones drásticas. Eso estaba  fuera del propósito más lejano del cambio de mentalidad. Dejamos el asunto de lado, por el momento, y seguimos con nuestras pesquisas.

Buscamos en el almacén, que se encontraba en las mismas condiciones de descuido que vimos cuando la visita anterior y no encontrábamos los serruchos. Como es un objeto de gran tamaño y no se puede guarda en los compartimentos regulares de los entrepaños, era factible que, los hubiesen puesto sobre la estantería donde hay más espacio. Algo que se acostumbra hacer en las bodegas. Por eso el almacenista no los veía y tampoco los tenía relacionado en el listado de elementos en existencia.

Nos encaramarnos escalando un estante y justo casi al frente vimos un serrucho trocero. Cubierto de una gruesa capa de polvo que indicaba el largo tiempo que llevaba sin que nadie lo moviera. De seguro el almacenista lo sabía pero no esperaba que un comandante fuese tan suspicaz como para descubrir el escondite.
Estaba en perfecto estado, aunque debía llevar más de cincuenta años en ese lugar. Buscamos más y encontramos tres. Incluido uno de aserrío, que aunque no era aplicable, se lo pusimos de presente al almacenista para hacerle más evidente su pobre idoneidad por no saber el inventario del material a su cargo. Y hasta la picardía de su mala fe. Claro que si quien llegase a necesitar la herramienta fuese uno de su familiares particulares o uno de sus colegas empleados civiles, de seguro habría sabido donde estaba.


Serruchos Troceros

El reproche. Después les mandamos decir a los trabajadores remisos sobre nuestro descubrimiento. Pero que ya no harían ese trabajo pues los soldados eran capaces de hacerlo mejor que ellos y con más disposición. Queríamos dejar la comparación de lo que hacían las personas con espíritu de servicio y sin recibir paga laboral como ellos. Se lo merecían por su comportamiento despreciable y su mediocridad profesional. Los asignamos a otras labores.

Cuando los soldados terminaron el trabajo se merecieron una licencia. Algo que era de mucho valor pues tenían muy escasas oportunidades de salir a un descanso.  También les evidenciamos a los empleados que cuando se quiere hacer algo no había que buscar impedimentos. Les estábamos echando en cara sus salarios. Al tiempo que les demostrábamos que no eran agradecidos con la institución que tantos favores y comodidades les había facilitado a sus ancestros, ahora a ellos y sus familias.

Medidas drásticas. Quedaron demasiado mal ante sus compañeros, que en su mayoría eran cumplidores, en cuanto al prestigio social. Lo logrado con su negativa, como la del médico, había sido lo contrario. En su lugar habían quedado descalificados y eran motivo de burla. Eran medidas drásticas. Que en esas circunstancias se hacían más que necesarias o de lo contrario los objetivos propuestos no serían logrables. Necesitan modificar sus maneras de comportarse.

Con esa actitud era evidente que buscaban entorpecer el progreso  y que estaban inclinados a ser un obstáculo y, en parte, la causa de la mala imagen que de esa unidad militar se tenía en el nivel del comando central. Aspecto que era evidente en favor de los terroristas que pululaban en la región. Era difícil trabajar con empleados adversos y resistentes, con el fin de estar más en favor del enemigo que de la institucionalidad. Pero ese era el recurso humano disponible. Como se acostumbra decir, a manera de consuelo, en el ambiente de los cuarteles: "No hay más que hacer. Es lo que da la tierrita".  
Se hacían indispensables metiendo un palo a la rueda que giraba hacia el objetivo de alcanzar el CACOM. Lo que era lo favorable a los insurgentes locales.

Las palmas selváticas. De igual manera era necesario limpiar unas viejas palmas que por su antigüedad les colgaba un abultado racimo de hojas secas. Dentro de ese grueso manojo, lleno de humedad, alimañas y podredumbre habitaban murciélagos y hasta serpientes. Estaban algo próximas a las casas y propiciaban un ambiente malsano. Dimos la instrucción de podarlas y acondicionarlas dejando solo las hojas nuevas y verdes de lo alto.

Lo asumimos. Por supuesto que el solo subirse a ellas era un trabajo incómodo y esforzado. Por ello también surgieron muchas disculpas para demorar y evadir ese deber. Ante tal negativa les dijimos que no se incomodaran y no insistimos en el asunto.
Dijimos que personalmente lo haríamos sin su intervención. Se rieron creyendo que nunca seriamos capaces de hacerlo. Lo más seguro nos imaginaron trepando a lo más alto al mejor estilo de leñadores y aserradores canadienses. Dotados de arnés de seguridad y estribos de espuela metálica con una sierra en la mano haciendo el ridículo. Otro motivo de comentarios jocosos y burla. Por supuesto que espantando arañas venenosas y alimañas. Que estaríamos metidos en un gran problema del que saldríamos derrotados.

Fuegos pirotécnicos. Esperamos una tarde calurosa de verano, fuimos a las palmas y prendimos fuego a las puntas bajas de las hojas secas. Las llamas tomaron fuerza subiendo como chispa en un pajar, formado una gran antorcha. Estábamos dispuestos a que se murieran pero ellas ni los empleados perezosos podían vencernos.

Así fue. Las largas y pesadas hojas secas caían encendidas. En la parte más alta, donde se adherían las hojas a la palma quedó un grueso anillo de brasas que duró dos días incandescente. Pero, finalmente, también se desprendió. Solo quedaron unos pocos cogollos marchitos aunque vivos. Pensamos que, finalmente, las palmas morirían. Es una planta de muy lento crecimiento. Pero meses después estaba totalmente fresca y luciendo nuevos retoños. Cuando la selva se incendia son las que más sobreviven. Su madera es de gran dureza. Es una macana casi que de características metálicas. Con ella los indígenas hacen puntas de flechas y los dardos de sus servatanas ennvenedadas para la caceria y como armas de guerra.

En ocasiones anteriores habíamos visto grandes incendios, avivados por los vientos alisios en tiempo de verano, de los pajonales, en los Llanos Orientales. Notando que las palmas se conservaban después de haber pasado el fuego. Son plantas muy resistentes a los incendios forestales que en esas regiones se producen en forma natural o por los colonos que usan esa técnica a manera de control de malezas.

Palmera silvestre

Resurgieron. El fuego las había liberado de la enfermedad que las estaba matando y de todo ese material vegetal descompuesto. Las esterilizo liberándolas de las plagas. La naturaleza también tiene sus métodos curativos aunque hay que ayudarla. Y los empleados quedaron desengañados de sus expectativas burlonas.

Las comunicaciones internas.
Mala telefonía. La multitud de necesidades obligaba a intervenir en todo. Un día notamos que cuando usábamos el teléfono interno este no funcionaba o fallaba con frecuencia. Era más fácil comunicarse con Bogotá que localmente. En especial cuando era mayor la distancia. Era anormal porque la pequeña planta telefónica, con solo cien abonados semiautomáticos, pero voluminosa en tamaño, la escuchábamos funcionar a diario. Estaba en un cuarto próximo a nuestra oficina.

Era de una marca europea de muy buena calidad aunque bastante anticuada. Operaba en forma análoga, con tecnología de circuitos y conmutación electromecánica activados por pulsos. Le pedimos a la dependencia responsable de las comunicaciones que corrigiera el inconveniente.

Lo irrecuperable. A los dos días llego el responsable y nos dijo que no era posible porque estaba demasiado deficiente. Había solicitado al comando central en Bogotá que nos dotara de una planta nueva, de última tecnología digital, por tonos y con circuitos integrados de alta confiabilidad.
La respuesta al pedido había sido negativa pues no tenían presupuesto para ello y no estábamos incluidos dentro del plan global de modernización que habían previsto para otras bases aéreas en el resto del país.

Indagamos por la hoja de vida del equipo, sus mantenimientos preventivos y correctivos periódicos. La respuesta es que no existían. Entonces le asignamos el deber de abrir un registro a partir de ese momento. Así el registro histórico no existiera, teníamos que partir desde ese elemental detalle que había sido un gran descuido. Para subsanar el problema, debíamos hacer una valoración y con ello saber que materiales se requerían para hacer un mantenimiento recuperativo. Y la respuesta fue que ya no existían repuestos en el comercio para esos equipos. Es decir el problema era incorregible. Además que la planta ya no resistía ni siquiera una intento de rescate y menos repotenciación.

La capacitación. Al encargado le preguntamos algunos detalles técnicos y descubrimos que esa persona tenía deficiencias de capacitación básica y de conocimiento de las especificaciones propias del equipo. Le era difícil contestar cosas tal como el tipo de corriente eléctrica que usaba la planta. El voltaje empleado. Sobre el mantenimiento de los acumuladores, el funcionamiento de los pulsos y otras cosas elementales. Pero nada le era familiar, a pesar de que era un suboficial de la rama técnica y especializado en comunicaciones. Con lo poco que nos informó, casi que a base de preguntas obligadas para inducirlo a pensar, pues no era expresivo por su bajo nivel de manejo del tema, vimos que tenía similitudes con las redes eléctricas de la telegrafía alámbrica por Morse que existía hacía años en los pueblos. En algunos  de ellos, nuestros  familiares habían sido telegrafistas y les aprendimos, por pura curiosidad juvenil, algunas cosas aunque simples. Más las que nos enseñaron en el bachillerato.

El reto. Le dijimos que estábamos seguros que esa planta era recuperable y que si él no era capaz, según lo que aseguraba, nosotros sacaríamos una hora diaria en la tarde, después de nuestras ocupaciones y la podríamos a funcionar. Posiblemente no en toda su capacidad pero sí bastante, pues estaban útiles solo doce abonados de los cien que tenía. Y si el problema era la red, la podíamos renovar por partes.

Le pareció que le estábamos hablando con demasiada autosuficiencia. Era anormal que personas de nuestro rango y cargo pudiésemos intentar tal labor, que sólo era propia, en los detalles, de su campo técnico y operativo. Mientras que nosotros también, en nuestra interioridad, lo veíamos a él, como se acostumbra observar a los operarios de las empresas de comunicaciones oficiales en las calles de las ciudades, trabajando desinteresadamente. Porque están amangualados en sindicatos corrompidos y asociales.


Planta telefónica

Actitud proactiva. Para no entrar en confrontación creciente le preguntamos sobre otros temas relacionados con sus deberes y mostramos interés en ayudarle a solucionarlos. Pretendíamos generarle confianza. Algo que lo interesó pues no esperaba tal actitud de parte de nosotros. Una autoridad que se suponía no le interesaba indagar sobre asuntos menores, solo propios para personal subalterno.
Nuestro propósito era el de intrigarlo y darle la confianza para que preguntara de cómo podíamos lograr el reto. El que de lograrse lo dejaría descalificado. Sospechaba que no buscaríamos dejar oculto que le estaríamos haciendo su trabajo. Y justo resultó. No quería que le pasara lo mismo que a los operarios de mantenimiento de instalaciones con los serruchos troceros o el médico. Preguntó sobre cómo era posible la reparación.

Le dimos una explicación sencilla. Consistía en algo tan elemental como el simplemente hacerle limpieza al lugar y al equipo, que estaba lleno de polvo y descuidado. Lo más importante era descarbonar los contactos eléctricos de los relevos que se habían sulfatado o cargonado y con el mugre de tantos años de descuido e indolencia de los responsables. Suponíamos que los condensadores que se usaban para evitar las chispas que se producen y causantes del quemado de los contactos, estarían inservible. Son elementos que, aunque eran de la vieja tecnología de los condensadores electrolíticos, casi nunca se dañaban. Sí así fuese los cambiáramos, que también era factible y como mínimo debíamos evitar el aislamiento entre los contactos. Estaba atento porque no había imaginado que le hablaríamos en esos términos.

Que en vista de que no dispusiéramos de los líquidos limpiadores especificados para ese trabajo, que era lo más correcto y como, según él, la planta ya estaba en sus últimos momentos de su vida útil, se podía hacer con simple lija de grano fino para no desgastar demasiado el material de aporte del contacto. Entonces le pedimos que nos consiguiera un simple pedazo de lija de alta numeración y lo haríamos.

Ante eso nos pidió que se lo dejáramos hacerlo y veríamos si daba resultado. Seguía escéptico que fuera tan simple. Ante su ya muy gentil ofrecimiento y cambio de actitud, lo aceptamos.

El progreso. A la semana siguiente lo mandamos llamar para que nos diera razón de lo hecho. Nos comentó que aún no había terminado de hacerlo pues le faltaban unos pocos. Con lo ejecutado había logrado recuperar casi el noventa por ciento de todos los abonados. Algo considerable pues era dudoso que un equipo de tantos años, operando en un ambiente tan húmedo y sin mantenimiento pudiese casi que estar funcionando en toda su capacidad. No se había imaginado que con una simple limpieza y una lija se lograra tanto. También estaba claro la altísima calidad y durabilidad de los equipos de comunicación que producía esa compañía alemana de tecnología en comunicaciones. 

Le dijimos que con un poco de ingenio y credibilidad se podían lograr buenos resultados. Desde ese momento acostumbraba participarnos de sus logros en los asuntos técnicos de las comunicaciones en aprecio por haberle dado una buena lección.

Solicitamos la nueva planta y nos prometieron que nos incluiríamos en el plan de modernización. Lo cual se hizo realidad un año después. Mientras tanto nos solventamos completamente con la vieja maquinaria aún funcional.

15. ENTRE LEONES Y RATONES


Misma doctrina, distinto nombre.
15. El entusiasmo. Su sentido de pertenencia y el cumplimiento del deber habían crecido considerablemente. Mejoraban ambos aspectos, el logístico y el operacional. El de los recursos con el del combate. Esquema inventado por los antiguos ejércitos del acontecer humano y que luego pasó a ser la forma de hacer las cosas en el campo empresarial. Cuando se desarrollaron las industrias sistematizadas, organizadas, planificadas y de producción en serie del mundo moderno. En especial las de la era industrial.

Con ello queríamos demostrar que era necesario y bueno reingresar la doctrina empresarial, como la de Alfred Sloam que ya contamos, al entorno militar, Doctrina que había nacido en la milicia hace miles de años pero la teníamos olvidada: la conjunción de la gerencia o la administración con la producción. Ideas que, en el campo militar, son la logística y el combate. Y que eran vistas como de inapropiadas, o, al menos, como Ideas Raras, por no incorporar el rígido componente autoritario. Calificadas de “civilistas”, según contamos. Muchos colegas tenían la firme creencia que en lo militar era indispensable ejercer la autoridad en forma obligante antes que adoctrinante.

De lo contrario se estaba militarmente errado y cobraba el consabido costo de ser evaluado de poco competente profesionalmente. En especial en el ejercicio del mando. Al fin y al cabo es más fácil dar órdenes para que se cumplan solo por la imposición, que lograr que se ejecuten por la fuerza de la convicción. O por el adoctrinamiento y, sobre todo, con el ejemplo. Lo que demanda bastante esfuerzo intelectual, retórico, riqueza de ideas y habilidades de liderazgo. Aspectos que no son muy afines a la severa y poco académica vida de cuartel.

La comunicación silenciosa. las tropas eran bastante parcas en expresar sus sentimientos debidos a las consideraciones aquí narradas. Inexpresividad ya fuera por su idiosincrasia cultural y preparación académica. Incluso porque en su medio se consideraba que una demostración de aprecio a la autoridad era perder esa protección necesaria, para que el superior no la utilizase en pedirles mejores resultados. Además podía ser visto como halagos interesados. Pero nada de eso indicaba que son personas de bastante sensibilidad y agradecimiento cuando ven que sus superiores les tienen estimación, así estos últimos no reciban la retroalimentación correspondiente de su parte en expresión verbal mas si en resultado operacional.

Por eso emplean otros medios. En especial dando todo la que más que pueden en el cumplimiento del deber. Se dedicaron a más de lo que ellos consideraban sus obligaciones, que es lo fundamental, o de lo que se les estaba exigiendo. Incluso por fuera de lo que era su obligación profesional. Por situaciones no explícitas, pero si indirectamente, perfectamente claras, ese crecimiento aumentó. Si se cotejan con otras circunstancias, se llega a la conclusión de que es muy factible que ellos no solo respondieron a su deber oficial sino en gratitud en la casi frontera de lo personal.

Acumulando efectos. La estima por el buen trato a la tropa, que tanta falta les hacía, fue el detonante de su cambio de comportamiento y desempeño. Sin darles nada especial, porque era nuestro deber lo que les habíamos aportado. Únicamente lo que se merecían y lo que se les debía dar, por el simple hecho de ser seres humanos y que antes se les negaba. El CACOM se continuaba perfilando.

Los soldados de la FUTACAL lograron que su agrupación fuese tan exitosa y afamada, que después de pasar de un estado deprimente y ser reprochados por su comportamiento, fueran tenidos en cuenta para constituir ya no una pequeña Fuerza de Tarea Conjunta, que es un nivel menor dentro de la organización militar, sino una Brigada Conjunta. Cuerpo de tropas que es de los más grandes en capacidades de combate.

Fuerzas especiales

La mayoría de los soldados de ese tiempo ya se han jubilado, porque son profesionales, con excepción a la infantería de aviación, que eran soldados del servicio militar obligatorio. Logramos un buen nivel de empatía y entendimiento. Llegamos a sentirnos mutuo aprecio, que aun conservamos.
Cuando en un cuerpo de tropa se desarrolla comprensión entre superiores y subalternos, hay una entrega casi que ilimitada por alcanzar el éxito en las misiones que se le encomiendan.

Años después y ya en condición de retiro del servicio activo, supimos que el aprecio había llegado a consideraciones tan exageradas que si no fuese porque son aspectos inválidos ni permitidos en la vida militar, podrían calificarse de una secreta y silenciosa adoración. Pensamiento tan exorbitante que no podemos más que calificar de fantasioso. Porque aunque no lo podemos comprobar, pero sí son bastante evidentes. Que en una valoración de contexto razonable merecen esa calificación. Pues sin pedirlo habían realizado actos de dudosa legalidad a nuestro favor simplemente por complacernos y en retribución de lo que habíamos hecho por ellos en ese tiempo.

Pensamiento que  en algo perduraba ese aprecio, aunque lo narrado había acontecido hacía mucho y por su cuenta sin que hubiésemos tenido la oportunidad de prevenirlos. Actos que al no tener forma de confirmarse no podíamos formalizarlos con razonable verificación, para denunciarlos para las debidas causas judiciales. Esta eran conclusiones personales genéricas, vaporosas y erráticas, y por ello no confirmables ni calificables de plena prueba, como las llaman los tribunales.

El extranjero enojado.
Helicópteros rusos. Una de esas circunstancias se dio cuando a la Base Aérea llegaron dos helicópteros de fabricación rusa contratados por el ministerio de defensa quienes prestaban servicio a tropas del Ejército. Las que a su vez daban seguridad a unas empresas explotadoras de yacimientos de petróleo. Nos pidieron protección y alojamiento. Como pudimos les facilitamos por unos pocos días la estadía y resguardo. Las tripulaciones eran de origen ruso y no eran solidarias con nuestras necesidades a pesar de que se lo habíamos solicitado.

En una ocasión nos informaron que la situación era intolerable porque los empleados del servicio les habían pedido reducir el consumo eléctrico. En especial en el uso indiscriminado que hacían de los aires acondicionados. Por ese tiempo teníamos bastante restricción de combustible para las plantas eléctricas y pedíamos a todos el máximo esfuerzo en ahorro de energía.
Decidimos hacerles una demanda más formal y usando nuestra autoridad. Como fuimos informados de su actitud grosera, casi que insultante con las solicitudes anteriores, decidimos ir personalmente.

En los contactos iniciales, cuando llegaron, habían sido amables y moderados. Después resultaron ser atrevidos con nuestros subalternos y empleados. Por ello no les pedimos que fuesen a nuestra presencia. Decidimos ir donde ellos a sus propios alojamientos. Ante la posibilidad de ser mal recibidos, como nos lo advirtieron, mandamos informar a los soldados que nos prestaran alguna seguridad pero con la máxima discreción posible.

El contacto. Cuando tocamos la puerta del alojamiento, que estaba al frente de la zona verde exterior, porque no era de pasillo interior, y ya bastante avanzada la mañana, ellos aún estaban durmiendo y eso parece que les molestó. Les indicamos el motivo de nuestra visita.
Al principio el piloto responsable de ellos nos recibió con amabilidad. Pero uno de los copilotos, que estaba acostado durmiendo, se levantó permaneciendo sentado en la misma cama y comenzó a limpiar, sin razón aparente, una pesada daga como para hacernos saber que no éramos bien recibidos. Pensamos que no faltaría que fuese un brutal mercenario entrenado en el circo ruso para lanzar certeros yataganes a cierta distancia y con suficiente fuerza y letal precisión. Por ello aproximamos con suavidad la mano a la funda de la pistola por si las cosas se ponían demasiado peligrosas. Suspicacia que apreciaron.

En ese momento nos dimos cuenta que nuestra precaución de alerta a la tropa no había sido innecesaria. Parece que los soldados sabían más de la actitud de los extranjeros de lo que se nos había informado. Pues la seguridad que habíamos pedido, que estaba oculta y por ello creíamos ausente, también se percató de la situación. Sin retirar nuestra vista de los dos sujetos nos dimos cuenta de su presencia.
Notamos que algunos soldados, a los que no habíamos visto, que estaban próximos y plenamente alertas, habían salido de su escondite cuando se percataron de la creciente altanería de los visitantes. También fueron vistos por los arrogantes pilotos que se creían con derecho actuar a su libre albedrío con cualquiera. Entonces su actitud cambió y fueron más cordiales, aunque parcos en ofrecer su colaboración.

La actitud de estos sujetos nos fue demasiado enojosa pero mantuvimos la calma. Sabíamos que si actuábamos con impudencia y los provocábamos hasta el límite de su capacidad de tolerancia psicológica, podían actuar por reflejo instintivo e irracional, no controlado, contra nosotros. Pero de seguro se expondrían, irremediablemente, a una densa lluvia de balas sin ninguna compasión.
Por ello no ingresamos a su alojamiento y conservamos una adecuada distancia como para que no fuesen a pensar que los estábamos sometiendo a un condición de irremediable autodefensa por exagerada hostilidad. Desde la puerta les explicamos el motivo de nuestra presencia y se nos dijo que colaborarían.


Helicóptero. Internet

Afortunada partida. Después de eso no demoraron mucho en su estadía y se marcharon sin nisiquiera despedirse ni dar las gracias. Dejándonos pésima impresión de la calidad humana y social de lo que son esos mercenarios, que el ministerio de defensa había alquilado.
Parece que los soldados los siguieron sometiendo a una vigilancia estrecha que se les convirtió en franca hostilidad que decidieron no soportar más y mejor se fueron. Prefirieron no correr riesgos innecesarios y para nosotros también fue agradable su partida.     

Y no solo fue el respaldo de la tropa en situaciones como esta sino en otras circunstancias. Notábamos que con su actitud y comportamiento nos estaban agradeciendo nuestro buen trato. Pero esas cosas no las decíamos porque ellos lo negarían con toda vehemencia. En esa silenciosa comunicación quedaba evidente que las cosas sucedían sin que existieran palabras. Motivo por el cual tampoco son confirmables de ninguna forma aunque resaltan en el análisis.

Electricidad inversa.
El relámpago.  En las épocas de lluvias se presentaban fuertes tempestades con descargas eléctricas. En una noche tormentosa un relámpago dañó el transformador elevador a la salida de la caseta de plantas. El trasformador tiene la función de recibir el bajo voltaje de salida de las plantas y subirlo para entregarlo a la red para reducir las pérdidas en la transmisión.

Como es una pieza de alto costo no teníamos como remplazarlo. Pedimos ayuda a Bogotá y nos dijeron que no era factible que nos pudieran suministrar otro con prontitud. Normalmente no están disponibles en el mercado y hay que encargarlos con anterioridad o mandarlos hacer. Quedamos como las Empresas Públicas de Medellín cuando se le fundieron los cables de Guatapé. Se avecinaban varios días sin electricidad. Teníamos que regresar a las técnicas de vida primitivas en todos los campos.

El fundamental problema era que las pocas plantas de emergencia no abastecían con suficiencia las necesidades vitales. Tales como las comunicaciones administrativas, algunas operativas y solo parcialmente las aeronáuticas. Los computadores de las oficinas estaban paralizados.

Lo sabido. La preocupación nos puso a pensar. Primero teníamos que saber cuál era la configuración de la red. Los electricistas, extrañamente, parecían solo saber, según ellos, de la baja tensión y nada de la alta tensión. Dijeron que esos arreglos solo los podían hacer los técnicos que mandaran desde Bogotá. Y eso que también notamos ciertas deficiencias en las destrezas de la red de baja tensión. Nuestros conocimientos eran someros pues solo habíamos estudiado algunos conceptos básicos y eso requería más profundidad. La necesidad era apremiante y necesitábamos una solución. Lo que no supiéramos teníamos que dejarlo a la incertidumbre y correr los riesgos correspondientes exigidos.

La red consistía en una caseta de plantas Diésel ubicada sobre la mitad del recorrido de vía central a lo largo de la Base. Estaba en el punto medio de dicha vía. Tenía dos circuitos de alta tensión, cada uno hacia cada uno de los dos sectores: el noreste y el suroeste. El trasformador elevador fundido estaba ubicado en la parte externa de la caseta de plantas y alimentaba los dos lados. Era el corazón de todo el sistema eléctrico. Su capacidad era bastante alta para procesar toda la potencia del circuito general. Las plantas estaban en perfectas condiciones.

Pensando al contrario. Pensando cómo solucionar el problema, recordamos que si se tenía un elevador también existían los trasformadores reductores para lograr los voltajes de la baja tensión, que es la utilizable por los usuarios. Es decir, los 220 volts y los 110 volts del alumbrado público y el domiciliario y para las oficinas. El transformador reductor de mayor capacidad estaba al final de la red de alta tensión del sector suroccidental.

Se nos ocurrió la idea de que si conectamos el trasformador reductor al contrario, se convertiría en un elevador provisional. Aunque de menor capacidad pero de emergencia. Así no fuese ese su diseño, podíamos obtener al menos uno de los circuitos activo y ese debía ser el de los servicios vitales. Como el de comando y control con sus comunicaciones militares fundamentales.

Las conexiones. El asunto era que como estaba al extremo suroccidental, de la Base teníamos que trasladar una de las plantas a donde estaba ese trasformador. Era difícil movilizar el trasformador. Así lo decidimos. Le mandamos desconectar la salida del bajo voltaje a la red del trasformador reductor. En esos terminales se conectaba el bajo voltaje producido por la planta eléctrica. El sector de baja que nos quedaba aislado se acoplaba al reductor más próximo. Entonces el último reductor quedó convertido en elevador.

Transformador

Siendo ese trasformador de menos potencia que el grande deteriorado, solo podíamos alimentar una parte de las cargas. Para ello mandamos separar el sector nororiental de alta tensión de la Base. Que no era el vital reduciendo a la mitad el consumo total. Además de los otros trasformadores reductores del sector suroccidental que tampoco fueran indispensables. No sabíamos cuánto se reducía la carga. Con un cálculo somero, basado en la potencia individual nominal impresa en las carcasas de cada trasformador, nos aproximamos a la potencia requerida. Decidimos que con una de las plantas Diésel pequeña podíamos absorber las demandas dejando un margen apreciativo de tolerancia.

Sin historia. En la caseta teníamos dos generaciones de plantas. Las modernas, potentes, grandes y pesadas, con refrigeración por agua. Y otras plantas antiguas, livianas y de menos potencia. Pero con la característica fundamental que eran refrigeradas por aire. Lo que era importante porque demandan menos atención ya que estaría a la intemperie y eran menos propensas a fallar. A pesar de su edad funcionaban perfectamente. Escogimos la que parecía la más confiable a la vista. Porque cuando preguntamos por las hojas de vida de los equipos nadie sabía ni siquiera que era eso. No les registraban nada relacionado con su vida útil ni su historial técnico.

El Alejandro. Se presentó otro obstáculo. Para sacarla de su antigua morada en la caseta nos fueron a consultar un delicado problema porque no cabía por la puerta. Fuimos a ver. Se nos hacía raro la forma de cómo la habían entrado. Era verdad lo que nos decían. 

Los curiosos, como siempre en búsqueda de diversión morbosa, estaban expectantes para ver si desistíamos admitiendo nuestra imprevisión o de cómo les resolvíamos ese inconveniente. Se necesitaba una solución al estilo de nudo Gordiano.

A Alejandro Magno los sacerdotes de uno de los dioses de la ciudad de Gordio le plantearon que, por tradición y para que su campaña fuese exitosa, debía primero desatar un fuerte nudo que estaba amarrado a un madero dentro del templo. Alejandro fue a ver como lograba superar esa condición. Al momento de resolver el inconveniente sacó la espada y de un tajo lo cortó. Así siguió su triunfal conquista.
Nosotros tampoco dudamos. Entramos al taller de herramientas y salimos con una de las pesadas almadanas del mecánico. Dimos el primer golpe fuerte al muro del frente, rompiendo unos ladrillos por donde debía salir y les dijimos, entregándoles la masa: “Así se hace”. De inmediato lo derribaron.  Después de muchos años de habitar en la caseta podía salir la planta vieja (casi todo era antiguo) a la luz del sol rumbo al nuevo anclaje.

Al hombro. Otro inconveniente era como cargarla pues es una máquina de varias toneladas. La misión se la encomendamos a la Infantería de Aviación donde están las máquinas de guerra más fuertes que habían escavado el canal de desagüe del pantano.

El Comandante y sus hombres se idearon una extraña anda. Al estilo de las usadas para cargar los santos en las procesiones de semana santa o las viejas turegas de arrieros. Tenía dos maderos largos colocados al costado longitudinal de la máquina. Además de otros dos al través, adelante y atrás. Los ocho brazos sobresalientes de las cuatro  crucetas, con su pesada carga central, fue tomada por una buena cantidad de hombres que la levantaron sobre los hombros como si fuese algo ligero.
Para ellos eso fue más una diversión que un trabajo pues era poco frecuente que se hicieran cosas por fuera de lo rutinario. A menos que se les ocurrieran cosas diferentes a sus superiores. Con divertida marcha acompasada , para no causar tropiezos y algo de diversión, que dentro de la tropa no falta para solventar sus necesidades, llegó a su destino. Hombres que cantaban y marchaban a un mismo ritmo para no perder el paso de su divertido jolgorio.

Fue conectada en la forma como lo habíamos previsto y aunque esperábamos una explosión del vetusto trasformador no pasó nada. Al contrario la red se energizó. Los voltajes fueron correctos. Lentamente fuimos poniendo cargas sin novedad. De esa forma estuvimos bastantes días hasta que nos enviaron un nuevo trasformador. Cuando llegó el nuevo trasformador deshicimos el esperpento eléctrico y todo regresó a la normalidad. Además de la guerra de balas también estaba la guerra de la logística.

14. ENTRE LEONES Y RATONES



14. Las fuentes de la información. De nuevo acudimos a los viejos de la tribu. Comentaron que había existido, pero desaparecido, hacía bastantes años, una ladrillera al costado sur de la pista de aterrizaje y no distante. Consistía en una veta de arcilla, un molino de maceración, una enramada donde se moldeaban y secaban los ladrillos a la sombra. Y un horno de coción. El lugar era identificable, someramente hacia el poblado abandonado donde encontramos los aljibes, pero había sido cubierto por la selva. Lo fundamental era encontrar el horno. Con el tendríamos un importante avance porque nos evitaría construirlo partiendo de ceros.

La búsqueda. Un sábado, encabezamos una exploración selvática con 50 soldados armados de machetes y nos adentramos en la manigua a buscar indicios. Como estos hornos se construyen con el mismo ladrillo, la consigna era, igual que con los desagües de la pista, buscar muros o residuos de ladrillo. Los que de seguro debieron abandonar cuando en el proceso se dañan y desecharían en el mismo lugar. Después de cortar rastrojos y palos, un soldado encontró un ladrillo. Nos concentramos en el lugar y vimos que había una ligera hondonada longitudinal cubierta por arboles vivos, materia orgánica descompuesta de hojas, ramas podridas y raíces. Era el horno del cual no quedaba nada.

Luego nos contaron que, en ocasiones de mucho apremio, para tapar los huecos de la pista, habían tomado los ladrillos del horno y lo habían derruido. Es no solo fue la solución incorrecta sino que habían destruido la fábrica donde podían producir ladrillos para ese mismo fin. Por supuesto que ante tal descuido los empleados de la Base también habían aprovechado para sacar materiales con que hacer algunas obras en sus casas particulares. La Base se había quedado sin la gallina ni los huevos de oro por una mala decisión.

En el desmonte encontramos bastantes arboles de guayaba que alguien había sembrado y la selva no había logrado hacerlos desaparecer. El desmonte los hizo fortalecer y dar mejor cosecha. Después los soldados acudían al lugar a hartarse de guayabas. 

El tonel.  Lo único que sacamos en provecho fue que observamos una chatarra extraña próxima a la vía que conducía a la balastrera y el desaparecido poblado que pasa justo próxima a donde debía estar el horno. Antes la vimos pero no le habíamos prestado atención pensando que era algo que habían abandonado por no ser importante. O que había sido algún residuo de un depósito de hierros olvidados y ese elemento, por lo voluminoso, había sobrevivido.

Consistía en un extraño cilindro de lámina gruesa y oxidada, puesto en forma vertical del tamaño un poco más grande que una caneca de 50 galones. De las usadas para cargar combustibles. Pensamos que sería un tubo inútil. Lo raro era que estaba en las proximidades de las ruinas del horno. Tenía bocas redondas laterales en la parte baja con tapas metálicas circulares cogidas por arriba con un tornillo flotante que les permitía girar para abrir. Las que cerraban por su propio peso. Creímos que sería algo antiguo sin importancia.
Un tonel macerador

De curiosos miramos en su interior y tenía un eje central grueso, desde abajo hasta arriba donde sobresalía. Se sostenía con travesaños inferiores y superiores en cruz que le permitían girar libremente porque ese eje pasaba por un orificio entre las crucetas. A él estaban adheridos con soldadura varios ángulos perpendicularmente en varios niveles a todo lo largo a manera de cuchillas batidoras. Aún se podía mover sin usar mucha fuerza. Necesitábamos nuevamente consulta.

Los sabios recordaron que ese barril era el molino donde se maceraba el material para hacerlo homogéneo, porque aunque la veta de arcilla era de material de grano delgado, necesitaba ser ligero para que no se produjeran ladrillo porosos, lo que los hace frágiles. 

Debía ser casi greda de una finura como la que se usa para esculpir figuras de barro, esculturas o hacer vasijas de barro. No tenían proceso de prensado ni de inyección como se hace actualmente con maquinaria moderna. Los ladrillos solo se perfilaban echando la arcilla en moldes cuadrados de madera llamados gabelas. Que son rejillas de tablas con huecos del tamaño y forma del ladrillo que se ponen sobre mesas. Llenadas, se rasaban por arriba para emparejar y se aplanaban con la mano. Se sacaba la gabela levantándola con cuidado y quedaba el bloque de barro cuadrado que era el ladrillo crudo.  Y que de la veta de ese material no sabían nada pero que era cerca al molino.

La explanada. En otra búsqueda encontramos que había un terreno plano como del tamaño de media cancha de futbol por donde estaba el viejo molino. Parecía haber sido hecho para ese fin aunque era un poco alejado de las actuales instalaciones deportivas. Tenía mucha maleza. Casi por simple curiosidad y porque de todas formas si aprovechábamos ese trabajo inicial, podríamos tener otra cancha para los soldados que habían construido su barraca de madera también próxima.
Hicimos llevar un cargador de pala. El banqueo terminaba a un lado en un barranco descendente que parecía haber sido un lleno de tierra para agrandar el área. Al otro lado era un talud ascendente de unos dos metro de alto.

La veta. Como lo pensado era agrandar la cancha, mandamos cortar el terraplén para ver si se podía hacer con maquinaria o si por casualidad encontrábamos algo de roca. En general para verificar las características del terreno. Eso nos indicaría si podíamos agrandar la cancha. Cuando el cargador raspó con el cucharón, de abajo hacia arriba, arrancando la cubierta de malezas, aparecieron cuatro estratos de arcilla roja perfectamente definidos. El primero de arriba, cubierto de malezas, era una delgada capa de material orgánica negra que permitía el crecimiento de las yerbas. Debajo arcilla roja mezclada con arena de la no apropiada para los ladrillos. De la misma que habíamos usado antes en el intento fallido de hacer los primero ladrillos. El tercero, de una hermosa greda fina y más colorada que el anterior pero sin nada de arena ni ninguna otra materia extraña. Finalmente y debajo, nuevamente la arcilla roja con arena. Eureka, encontramos la veta.

De allí sacaban la arcilla, la llevaban al molino para macerar, luego a las gabelas donde se conformaba el ladrillo, pisando y nivelando a mano. Después de secados a la sombra se metían al horno donde se endurecían a alta temperatura. Descubrimos todo el viejo proceso, lo único que nos era útil en ese momento era la veta. Por estar la mina de la materia prima en ese lugar era donde estaba la fábrica de ladrillos. El principal material con que se construyeron los anticuados edificios, de la Base. Las construcciones que a pesar de ser un clima húmedo y caluroso habían perdurado hasta nuestros días.

Estrato de arcilla

De esa fábrica no quedaba nada de lo hecho por el hombre. Solo el talud, después de suspendidos los trabajos porque la guerra también se terminó, de donde se sacaba la arcilla pero que estaba oculto con vegetación. Eso era lo importante. Afortunadamente no teníamos conflicto internacional pero sí interno. Nuestra propia guerra contra el terrorismo.

El proceso. Teníamos ya demasiado. La materia prima y el conocimiento de cómo producir ladrillos. Solo algunas limitaciones materiales, como el molino con el cual macerar, las gabelas fáciles de hacer de madera y el horno por construir. No teníamos el carbón que supliríamos con abundante combustible vegetal, la madera seca que sacaríamos de la selva. No tan energético aunque abundante, así se alargase el tiempo de quemado. 

Analizamos el motivo por el cual era necesario moler la materia prima. La razón era que al tener un material de partícula bastante pequeña no solo se deja moldear sino que al reducirse el granulado había menos burbujas y aire atrapado en la masa. Por lo cual los ladrillos se hacen macizos y fuertes. De esa manera se logra un ladrillo sólido y resistente.
Si comprimíamos la arcilla podíamos suplir con compresión la maceración y sacar el aire atrapado en el material. Si era suficiente, evitábamos la molida.

El macerador de caneca que encontramos no era fácil de reconstruir y además era de un diseño de bajo rendimiento. En su tiempo era movido por un caballo que, atado a un yugo, tiraba de una palanca horizontal que hacía girar el eje central caminando circularmente alrededor del tambor. Si le poníamos un motor, que no teníamos, y tendría que ser de gasolina. Y sus oxidados componentes no resistiría un fuerte trabajo.

Las Cinvar-Ram. De niños habíamos visto como los campesino usaban una ingeniosa prensa mecánica inventada por un creativo ingeniero mecánico santandereano para hacer ladrillos de tierra cruda. Fueron las famosas prensas llamadas Cinvar-Ram. Trabajan con una poderosa fuerza de compresión producida con una palanca que extrae el aire de la tierra que se pone en la caja de moldeo. Y aunque esos ladrillos no eran cocidos, si eran lo suficientemente compactos para que con ellos pudiesen construir sus humildes viviendas a bajo costos y en lugares apartados. Si podían, los endurecían con algo de cal o de cemento.
En ese tiempo en el campo era altamente costoso construir casas de ladrillo cocido por las dificultades de transporte y poca disponibilidad comercial que los encarecía.

Con ellas podíamos evitar totalmente la maceración, reducíamos la porosidad y dábamos forma al ladrillo sin usar molde, en una sola operación. Las gabelas llenadas y razadas no los dejaban todo lo fuerte que se podía lograr. Sin embargo, en caso de guerra todo hueco es trinchera, dice el refrán popular y con ellos construiríamos lo que necesitábamos.
Lógicamente que para muchos era otro proyecto loco de un comandante militar, que por nuestro grado y cargo, según ellos, no debería estar metido en ese tipo de asuntos.


La Cinva-Ram

Las buscamos en el comercio para comprar. No era como ahora que todo está en Internet, y no las encontramos. Decidimos fabricar una Cinvar-Ram. Recordábamos poco del diseño. Con la ayuda de familiares nos enviaron información por correo. Fuimos al botadero de chatarra donde podíamos sacar las planchas de acero, ejes, ángulos y palancas. Escogiendo el material en el arrume, ¡Sorpresa! Había una caja cuadrada de gruesas paredes en acero y con el tamaño y dimensiones donde cabía un ladrillo. Removimos los hierros que la escondían.

Encontramos una vieja y dañada Cinvar-Ram. Se podía arreglar, aunque con dificultad, pero era más fácil repararla que hacer una nueva. Seguimos buscando y para agrado ya no encontramos una sino tres. Estaba demostrado que no éramos los únicos en encontrar solución a la falta de ladrillos. Otros ya habían hecho lo que nosotros estábamos tratando de reinventar.  Eso no era nada nuevo en ese alejado lugar. Cuando existen necesidad la gente es más creativa de lo que nos imaginamos.

Los juguetones. De las cuatro reparamos dos y comenzaron a funcionar. Debido a los jóvenes que son los soldados, muchos son casi niños recién salidos del hogar, conservan espíritu infantil, gozón y juguetón. Aun en las cosas que son serias. Por eso el servicio militar es un formador de hombres. Se colgaban hasta tres de las palancas y las dañaban. Después de varias reparaciones decidimos reforzar las palancas de compresión junto con las cajas que explotaban ante tanta fuerza. Nuevamente de la chatarra, con acetileno, cortamos planchas viejas de acero duro sobrante de viejos buldócer y reforzamos hasta tal punto que parecían cajas fuertes. Dejaron de estallar. Las palancas de tubo recibieron ángulos soldados a lo largo y no se rompían.

El secadero. Se construyó un destartalado chircal de madera tosca cubierto con gruesos plásticos sobrantes del que se usaba en la carpa para cubrir el concreto. Debajo de ese techado se pusieron camas longitudinales de madera redonda a manera de estanterías que formaban galerías. En ellos se filaban los ladrillos crudos para que a la sombra secaran lentamente sin agrietarse. Con la apropiada arcilla y la compresión desapareció el inconveniente de las rajaduras.

Primitivo chircal o secadero del ladrillo crudo.

El Marandúa. De los hornos que habíamos visto no nos eran factible construir uno. Pensamos en algo compatible con nuestras oportunidades. Un horno para quemar ladrillo se construye con ladrillo ya terminados y no teníamos ni siquiera esos ladrillos para construir el horno. Tendríamos que comprar ladrillos y transportarlos por río desde Florencia en el remolcador de la Base. El famoso Marandúa porque lo habían fabricado en esa Base Aérea sobre el río Tomo en el Vichada, al oriente del país, cuando se pretendió construir la ciudad del futuro, Marandúa, por iniciativa del entonces presidente de la nación a comienzos de la década de 1980. Cuando el proyecto se detuvo fue cortado en partes y llevado en avión al occidente y reensamblado en el río Orteguaza. Ladrillos que nos salían también costosos.

Remolcador y plancho acoderados, iguales al Marandúa. 

El estigma. Nuevamente surgió la creatividad del soldado ingeniero ladrillero que los demás veían de lambón, como lo calificaban algunos compañeros celosos porque no patrullaba. Además, para mayor envidia se le daban licencias. Las que sus contradictores también querían pero no se ofrecían a trabajar en el proyecto porque se consideraban tan suficientemente militarotes, rudos y combativos, como para prestar su fuerza física y creatividad en asuntos administrativos y logísticos. Y cuando comprendieron que si lo hacían obtendrían los mismos beneficios, ya su orgullo se lo impedía a menos de exponerse a ser vistos como faltos de firmeza en sus ideas ante los demás compañeros. Descalificación colectiva y pérdida del prestigio social inaceptable. Los tabúes y estigmas limitadores que suelen surgir dentro círculos humanos cerrados, como son los de tropa. En especial cuando es en mentalidades y doctrinariamente, insuficientemente formadas.

El horno. El soldado tenía la solución. También la aprendió de su padre. Si hacía con cuidado las paredes y los quemadores de un horno mediano temporal con ladrillo crudo y cargaba su interior con una primera tanda de ladrillos también crudos, podía producir una cantidad suficiente para construir un horno definitivo de ladrillos cocidos. No podía ser grande porque si se apila mucho ladrillo crudo se revienta porque no resiste su propio peso.  Como los ladrillos de las paredes recibirían calor solo por la cara que daba al interior, resultaba un ladrillo mitad endurecido y mitad crudo, la exterior.

El horno

Se desarmaba este horno inicial y se volvía a reconstruir volteando los ladrillos. Así terminarían cocidos completamente. Hecho esto tuvimos un horno de ladrillo terminado y definitivo, que producía de continuo sin tener que desarmar.
Junto al chircal se hizo un leñero dónde se acumulaba la madera para secar, traída de la selva y se inició la producción. La madera no era un combustible tan energético como el carbón pero disponible. Solo que se requería de más tiempo para lograr las temperaturas necesarias. A los primeros ladrillos se le dio destinación específica, la batería de baños, la despensa, el rancho y el comedor de la tropa.

La licencia. Tanto estos trabajos como los éxitos operacionales más significativos, como fue la baja en combate de unos bandoleros y la destrucción de laboratorios de coca, que luego narraremos, además de el de la ladrillera, ameritaba un premio extraordinario para los soldados. Que no fuese la necesaria facilitación de comodidades logísticas mínimas, decidimos concederles una licencia larga y colectiva a toda la FUTACAL.
Estimulo que estaría acompañado con una sorpresa. Por dificultades de transporte, antes solo se daban licencias a grupos pequeños, cortas y según lo permitían los pocos cupos que quedaban disponibles del avión en los vuelos programados primordialmente para abastecimientos. Y tenían prioridad los heridos y enfermos para tratamientos médicos. En esta oportunidad fue lo contrario. La prioridad fueron los soldados, la licencia y el regreso del avión con materiales para compensar la capacidad disponible.

Aprovechamos uno de los pagos mensuales de la soldada para que dispusieran de algún dinero para llevar a sus casas y gastos. Un grupo fue llevado a Neiva en el avión grande, como ellos lo llamaban, que solo era el anticuado DC 3, y un grupo menor a Armenia en un bimotor pequeño. Eran los lugares donde quedaban más próximos a sus hogares. Los soldados no podían creer que eso fuese realidad. Nunca les habían dado una facilidad tan amplia y completa. Incluso pensamos que algunos desertarían, pero corrimos el riesgo. A los 15 días todos regresaron felices y dispuestos a seguir cumpliendo con sus deberes con más entrega. Hasta los que desaprobaban a los soldados ladrilleros admitieron que se favorecieron, ganando indulgencias con padrenuestros ajenos. sin embargo ellos también habían ganado sus propios méritos porque tenían bastante acosado al enemigo.