AERONAUTAS Y CRONISTAS

miércoles, 9 de mayo de 2018

5. ENTRE LEONES Y RATONES




5. El retiro del componente aéreo. Como las obras se habían detenido por tiempo considerable, se comenzó a madurar en el nivel central, la idea de que era necesario disminuir el dispositivo aéreo. Con la paralización de la ingeniería nos era difícil justificar la permanencia del Componente Aéreo que hacia parte de la FUTACAL. Argumentábamos la futura necesidad de seguridad al proyecto y del personal del Cuerpo de Ingenieros del Ejército norteamericano que hacia la interventoría cuando se reiniciaran obras. Así asegurábamos nuestra propia seguridad.

Y aunque era verdad que los trabajos estaban detenidos, también lo era el que la guerra antinarcoinsurgente se había recrudecido hasta tal punto que hacia indispensable la presencia del componente aéreo en el lugar. Como lo demostró, luego, la gran falta que hizo para apoyar el infortunado ataque y derrota de nuestras tropas en el combate de Las Delicias. Lo que veremos mas delante. 

Empezó con el retiro del avión y el helicóptero armado de transporte porque era lo que resultaba más oneroso para el presupuesto de la FAC. Avión que un principio fue artillado y avión ambulancia. Pero, luego, fue desarmado y dejado solo en la simple configuración de carguero y lanzador de paracaidistas.

Ante tal circunstancia, dimos todos los argumentos posibles para que eso no sucediera. Pero finalmente debimos darnos por vencidos por la imposición de la autoridad sobre la lógica de la razón. La última explicación que nos dieron fue que era una orden militar.

La seguridad de los personajes. Se nos dijo que se requería ese equipo volante para conformar un grupo de protección para los altos mandos militares y políticos colombianos amenazados en la capital de la nación. Supusimos que eso solo era una disculpa. La sospecha la confirmamos después.

El real motivo era la seguridad genérica de las delegaciones diplomáticas, pero en especial la norteamericana. Estaban bastante atemorizados con los comentarios que se hacían en el sentido de que las FARC estaban planeando tomarse Bogotá con una incursión proveniente de los Llanos a través del Sumapaz y las montañas orientales de la capital. Donde se hizo famoso el bandolero Romaña.

Amenaza que se creía factible porque no se había contenido en el lejano origen y en las áreas remotas de donde había surgido y se había dejado llegar hasta los núcleos urbanos de mayor importancia. Los colombianos habíamos comenzado a vivir encarcelados en las ciudades muertos de un pánico insoportable. Los que estábamos en el área rural mirábamos el fenómeno desde afuera. Casi que esperábamos que ese miedo hiciera reaccionar de manera favorable a la paquidérmica burocracia centralista. Que se dieran los cambios de doctrina que se nos habían negado con terquedad.

Como el armamento y mucha de la dotación eran del famoso Plan Colombia, los norteamericanos vieron que estaban gastando dinero en algo que no estaban necesitando ante la suspensión de los trabajos de ingeniería en GASUR. Mientras que la seguridad de sus diplomáticos, en el nivel central, estaba siendo critica. recordaban la toma de la embajada dominicana años antes en Bogotá y la de Irán. Los invadía el pánico. 

Poco tiempo después, en una visita del irascible y altanero embajador norteamericano al GASUR, se refirió al tema, aunque en forma rápida y corta, pero suficiente para que supiésemos el motivo, con lo cual confirmamos que nuestra sospecha no era infundada. Ante tal decisión, de tan alta alcurnia y siendo del máximo interés político, debimos resignarnos a quedarnos sin esas facilidades de combate.

Primaban lo personal de los asustados funcionarios en la capital y lo que ellos pensaban, erradamente, sobre el cómo confrontar la amenaza. No en las ciudades sino como argumentábamos, en el origen  lejano. La estrategia en profundidad. Que nos parecía la adecuada, pero que no gustaba, antes que la contención en la proximidad a los cascos urbanos cuando resultaba ya demasiado complicado.

La promesa. Nos aseguraron que en caso de un ataque seriamos auxiliados como primera y máxima prioridad. No nos pasaba desapercibido que eso sería poco factible. Era mucha la distancia a la que nos encontrábamos desde los lugares de donde podrían salir los auxilios de combate y las dificultades para llegar oportunamente a apoyar nuestra necesidad.
Dudas que fueron evidentes cuando solicitamos un bombardeo, altamente rentable y de gran valor disuasor, pero que sin razón, nos fue negado. Y cuando meses luego necesitamos el apoyo de fuego aéreo durante el cruento combate de la Base Militar de Las Delicias a finales de 1996.

Una fuerza aérea se característica por su largo alcance y desempeño en profundidad de combate, pero eso tiene sus limitaciones. Nos era muy claro el perfil del dispositivo de poder aéreo con las unidades aéreas amigas y la realidad nacional.

La doctrina del momento. Teníamos que aceptar la doctrina militar imperante en ese momento. Doctrina que se ha dado en forma silvestre, ya que ha surgido de un proceso de mutación espontánea y sin ningún planeamiento estratégico de defensa nacional. Precisamente la que debía ser rediseñada en las dependencias centrales del EMC, en donde nos despeñábamos antes de ser destinados a ese Comando. Predominaba la de ir detrás de los hechos, en lugar de anticiparse tomando la iniciativa. No dejando que los demás la generaran tomando la delantera y nosotros la persecución de hechos cumplidos en forma tardía.

Si esos cálculos y planes han existido, por lo menos nunca han sido difundidos ni expuestos, a los niveles de mando que están en la obligación de conocerlos para aplicarlos. Son tan reservados que ni siquiera quienes los han de planear y, mucho más, ejecutar no los conocen. Que no puede ser tan guardados ni siquiera bajo el concepto de la necesaria seguridad de la información por compartimentación. Todo parece indicar que no es secretismo sino, mejor, oscurantismo. No es estratificación de la información, más bien ausencia de ella. Era lo que se vivía en el EMC y que conocíamos bien.

La configuración. El dispositivo militar nacional era el de una inapropiada concentración de fuerzas militares en el centro de la nación, basado en el hecho de que donde hay más gente debe haber más fuerza militar. Como si la fuerza militar fuera para dominar la población interna y no para proteger, a esa misma población, del peligro externo.

Y aunque, en este caso, no se trataba de una amenaza externa internacional contra la nación, si de una amenaza interna que se creó en la periferia del país y próxima a las fronteras patrias. Algo bastante similar a un intento de invasión internacional. Por lo cual debía verse y tratarse como tal. Lo que en el EMC no se veía.

Ya habíamos tenido las experiencias del M19 trayendo armas e invadiendo por la costa pacifica. La que fue exitosamente contenida en los combates en el Chocó desde la zona cafetera. Y los acontecidos en la costa nariñense, próxima a la frontera del Ecuador. Junto con el hundimiento del carguero Karina. País donde se refugiaron, finalmente. salvamento al que acudieron debido al valor y profesionalismo de un compañero de EMC. El único con mentalidad visionaria. Años después, también, reconfirmamos este punto de vista con la presencia del terrorista que debimos abatir pasando la frontera con el Ecuador.

Ademas, el dispositivo militar estaba pensado en priorizar el orden interno y la amenaza delictiva, objetivo propio de la fuerza policial y no de la militar.

Fronteras descuidadas. Se había creado una sentida ausencia militar y una difusa presencia periférica fronteriza, objetivo fundamental de la fuerza militar, como lo es el de protección de la soberanía y la defensa nacional en profundidad. Ya sea para la necesaria posición inicial, defensiva y disuasora. O porque es la primera línea en el avance preliminar en caso de necesitarse una ofensiva destructora contra la amenaza.

Como no tenemos ese fuerte dispositivo permanente, tenemos que crearlo en cualquier momento. Movilización que el enemigo externo aducirá de justificación para su propia movilización diciendo que le dimos motivos de ataque por provocación.
Por supuesto que no tenemos que ser como los norteamericanos desplazando permanentemente portaaviones, que no tenemos, hasta el lejano océano Indico como fuerza preventiva inicial en profundidad. Pero si como mínimo fortalecer nuestras fuerzas aeroterrestres y fluviales. A nivel fronterizo terrestre, marítimo, fluvial y aéreo. Y de soberanía marítima. Esas son las teorías y doctrinas miliares mundiales y nosotros no pensábamos de esa forma.

La historia lo confirma. Nuestro descuido y debilidad fueron los que dieron motivo a los atrevidos intentos de invasión peruana a nuestra provincia de Quito. Cuando Bolívar y Sucre debieron vencerlos en la batalla de Tarqui. El de la Pedrera y Tarapacá en 1911 y al de Leticia en 1932.

Además del apoderamiento que había hecho la Casa Arana peruana a la franja entre el río Napo y el Putumayo, con avances hacia el río Caquetá, a comienzos del siglo XX. O el apoderamiento de una gran parte del Vaupés por parte del Brasil. Las condiciones existentes a finales de siglo }XX eran idénticas a las vividas durante el conflicto con el Perú. Tal como está sucediendo actualmente con Nicaragua en el archipiélago de San Andrés. O Venezuela en el golfo de Coquibacoa y el río Arauca. Y la humillante amputación de Panamá por los norteamericanos.

Después de construidas las trochas en el sur de la nación, por razón de esa guerra, muy poco era lo que se había hecho para comunicar la región. En ese tiempo se habían construido caminos de herradura de Pasto a Puerto Asís. De Garzón a Mocoa, que tan indispensables fueron con el reciente desastre ocurrido en el 2017.

El de Guadalupe y Aipe a Florencia, remontando el alto de Gabinete. El de Algeciras hacia San Vicente del Caguán pasando por Balsillas, Las Perlas y El Pato. Y el de Colombia, Huila, a la Uribe, Meta. Estas dos últimas, usadas después por los bandoleros de las FARC en su fuga desde Marquetalia y Sumapaz.
Durante muchos años la vía fluvial y la vía aérea eran los únicos medios disponibles en tan amplia área. Con los años se convirtieron en carreteables de especificaciones muy sencillas. No pasaron de simples vías de piso de tierra de poca duración, baja velocidad y frecuente cierre.

CARRETERA A MOCOA

Regresando al tema.  La reducción del parque aeronáutico, nos condujo a hacer una valoración minuciosa de toda la circunstancia y las medidas prácticas que deberíamos tomar para compensar, en todo lo que más fuese posible con las nuevas circunstancias y el debilitamiento. 
Además del poderoso crecimiento de la potencia de combate del enemigo que nos rodeaba, que había logrado un alto nivel de presencia y dominio del área. Era casi que el gobierno en todos los aspectos económicos y sociales. Incluido hasta el religioso.

El contrapeso. Nuestra conclusión fue que debíamos replegar dos unidades militares. Una era la unidad que teníamos en avanzada en el casco urbano de Solano, por la distancia y la pérdida de la posibilidad de apoyo aéreo, a la que se nos había llevado con el retiro del equipo de vuelo. Aunque eso era contrario a lo que pregonábamos.

Debimos hacer lo mismo que tuvo que hacer Bolívar, admitiendo lo que no nos parecía lo correcto, como cuando los federalistas de Tunja le pidieron combatir a los centralistas de Bogotá. Aunque él era furibundo centralista. Condición previa para darle el Ejército que él pedía para atacar a los realistas en Venezuela y se vio obligado a atacar las fuerzas centralistas de Nariño.  No pudo evitar combatir a sus simpatizantes en la doctrina política que él consideraba la indispensable para gobernar el país. Una retirada táctica política, momentánea y planificada, para después contraatacar militarmente con mejor ventaja.

Valoración y repliegue. Se trataba de nuestro Puesto Militar de la Infantería de Aviación, emplazado en el municipio de Solano, a 8 km del GASUR. La distancia era corta, pero la única forma de llegar, en caso de combate, era un viejo carreteable que se había convertido en trocha, por más de 50 años de abandono o por el río Orteguaza. Bloqueadas esas dos vías por el enemigo no se podía hacer nada por ellos. Y menos por vía aérea, ante la ausencia de las aeronaves ya comentado.

Nos demoramos en hacerlo porque pretendimos obtener consentimiento de alto mando. Más por seguir la sagrada tradición de que nada un subalterno debe hacer sin no ha sido ordenado por su superior o mínimo avalado. Nunca por nuestra convicción. Costumbre que se ha deformado haciendo que se transfieran las más mínimas decisiones locales hasta los más elevados niveles  centrales. Lo que tanto le complace a los altos mandos. Y a los subalternos faltos de convicciones y carácter para evadir responsabilidades si lo actuado no es acertado o del gusto de los superiores.

Nosotros, como nadie en ese tiempo, no podíamos hacer esa retirada según ese dogma, así quisiéramos asumir la responsabilidad y las consecuencias de nuestros actos. Y no era el caso tampoco de seguir la actitud de Bolívar cuando en Barranca no se acogió a las órdenes que le había dado Lamar y dejó su desesperante espera poniéndose a combatir por su cuenta realistas por el río Magdalena. Cualquiera de las dos cosas les seria descalificable.

Lo que si era certero era que en caso de llegar a suceder un revés militar, sabíamos que seríamos acusados por no habernos replegado, aun sin permiso. En ese caso la posición sí sería la de que no era necesario el permiso previo. O, simplemente, por no pedirlo a tiempo. De cualquiera de las dos formas se le encontraría un defecto.

La cultura. Era la cultura del EMC. Teníamos que entrar en el elevado costo de caer en la paquidermia burocrática. Y esa pesada toma de decisiones es contraproducente ante las rápidas y dinámicas fortalezas de ocasión, que demandan las operaciones tácticas y el combate activo.

Sin embargo, las tradicionales costumbres nos maniataban. Existía un terrible desconocimiento o, al menos, una confusión que impedía ver que la incertidumbre militar disminuye en la medida que aumenta la distancia entre la táctica y la estrategia. Porque la primera se aproxima a lo real, mientras que la segunda ronda por las nubes de lo ideal. Y la incertidumbre militar crece  cuando la distancia entre la estrategia bélica se aproxima a la política.

Por eso nos demoramos hasta que fuese evidente que muestras presunciones tuviesen su razón clara para ellos. A un riesgo de errar por omisión. Y esa evidencia nos la dio el descalabro de la toma de la Base Militar de Las Delicias. Después de eso replegamos el puesto avanzado de Solano. Así pareciera una confirmación de debilidad ante el enemigo o miedo, pero era necesario tener un fundamento demasiado claro de que ciertas decisiones deben tomarse a nivel táctico. Aunque los altos mandos, con frecuencia, las consideran como si fuesen de importancia estratégica nacional, sin serlo.

Con respecto al caso de la Base Militar del EJC en Las Delicias, parecía como si hubiésemos esperado sacar provecho de una dura adversidad, la que habían sufrido nuestros soldados en ese bárbaro ataque. Pero era más por motivos de razón y lógica con relación a la doctrina imperante en el nivel central que de abusivo aprovechamiento local. En esto no había habido planificación ni intención ni premeditación. Solo fue casual ante los obstáculos, por lentitud y acaparamiento del mando, surgidos en el pensamiento doctrinario centralismo militar del alto mando.

La comprobación. La realidad nos dio la razón sin pedirla. Que no éramos unos ilusos cuando desaprobábamos la forma como el EMC, organismo asesor, orientaba sus actividades. De por si, al mismo Comandante del Batallón de la Tagua, un excompañero de estudios en la Escuela Superior de Guerra, al que pertenecía la Base Militar de Las Delicias, personalmente le habíamos sugerido replegar esa Base ante el escaso apoyo que le podíamos dar, tanto él como nosotros.

La Base estaba ubicada sobre el río Caquetá a distancia intermedia entre su batallón en La Tagua y GASUR. Aunque no la conocíamos ni sabíamos de sus capacidades, la veíamos a simple vista bastante desprotegida.

Recomendación que le dimos en una oportunidad cuando él viajaba en nuestro avión e hizo escala en GASUR en el vuelo de apoyo de  Bogotá a La Tagua. La respuesta fue negativa. Nos explicó que lo había, también, solicitado y su Comandante del Ejército, en Bogotá, no lo había permitido. También él era víctima del centralismo tanto como nosotros. 

La delegación. Muchas decisiones, para ser tomadas al nivel local, en el EMC las convertían como de su exclusiva incumbencia. Criterios creados más por consideraciones caprichosas personales que de interés y razones fundamentales del nivel central. Los acongojaba un constante miedo de delegar a los subalternos. No se daban cuenta que esa falta de autonomía suele ser grave error por excesivo centralismo que impide la libertad de ejecución.

Les era imposible equilibrar la dirección centralizada de la estrategia nacional con la ejecución descentralizada de la táctica operacional. Cultura que supo muy bien crear y aplicar el Estado Mayor Alemán cuando desarrolló la triunfante, inicialmente, Guerra Relámpago. Con la que exitosamente Rommel dejó sorprendido a sus superiores, además de su enemigo, a pesar de que no se le había indicado que le hiciese de esa manera.

Más bien lo estaban considerando demasiado atrevido. O porque se suponía que ellos, los sabios de la tribu, debieron ser capaces de verlo por mágico alquimismo desde la distancia sin ir al frente de batalla. Precisamente era el acaparamiento del mando y la forma de actuar sin delegación, que habíamos descalificado estando en el EMC.

En ese momento fuimos consientes y comprobamos plenamente que lo que no compartíamos en el EMC, era real. Una barrera peligrosa y bastante inapropiada cuando se estaba en la línea de combate. Habíamos pasado del cielo al infierno. No ya en lo religioso sino en lo militar. Vimos que las teorías tienen razón cuando se basan en evaluaciones razonables. Sobre todo con lógica y sentido común. 

4. ENTRE LEONES Y RATONES



4. Los intereses políticos y diplomáticos. En los años 90, paradójicamente, quienes se interesaron por el GASUR después de 60 años de su creación, fueron los norteamericanos. Ellos estaban empeñados en combatir el narcotráfico. Necesitaban un punto de lanzamiento de operaciones que se encontrara en medio de la gigantesca zona cocalera del Caquetá, la que habían visualizado satelitalmente. Basados en el Plan Colombia contra los narcóticos, decidieron poner sus ojos en la vieja y olvidada Base Aérea de Tres Esquinas, perdida en medio de la jungla.

Como la Fuerza Aérea no disponía de recursos para mejorar la infraestructura, la embajada de los Estados Unidos había contratado las obras y para ello había exigido un mínimo de seguridad.

El Comandante, anterior a nosotros, había iniciado una serie de mejoras de las instalaciones con los norteamericanos. La principal era la pista de aterrizaje que permitiera la llegada de aviones pesados. En especial, durante los fuertes períodos de invierno, que con frecuencia impedían las operaciones de los vuelos, vitales para el abastecimiento de la unidad.

También para los que requería la importante Base Naval fronteriza de la Armada Nacional, en Puerto Leguízamo, sobre el río Putumayo en el límite con el Perú. Tarea de la cual se había completado solo la mitad de la pista, cuando se detuvieron los trabajos, casi coincidiendo con nuestra llegada.

Errores de planificación. El problema fue el incumplimiento de la ejecución de las obras. Detención debida a un mal estudio, por parte del contratista, sobre las fuentes geológicas de materiales de construcción. Por ese error las obras se habían paralizado.

El contratista era una firma de ingenieros de Barranquilla como las que hoy en día son famosas por los contratos incumplidos con el estado y los escándalos judiciales de sobornos a altos funcionarios oficiales corrompidos.

En esos lugares es difícil encontrar piedra dura, en beta sólida o suelta, del tamaño natural apropiado para construcciones civiles. En los ríos hay muchas playas pero son de arena delgada silícea y casi no contienen canto rodado de mediano ni grueso calibre.
Para conseguir la cantidad de esas especificaciones es necesario extraer, transportar, lavar y clasificar mucha cantidad de material bruto del fondo de los ríos. Tarea de selección que no se podía hacer en el mismo lugar de explotación por lo difícil de la seguridad para las instalaciones, la maquinaria y el personal.

Debía extraerse y llevarse a la Base y procesarla sin poder evitar el tener que movilizar mucho material para conseguir la suficiente cantidad útil. Sobraba demasiada arena delgada que se desechaba en altos montículos en un sector alejado de las obras. Mientras que era escaso y por ello costoso, los del tamaño requerido para la preparación del concreto.

Se basaron solo en una apreciación somera sin analizar realmente la composición de las fuentes de materia prima. Simplemente vieron muchas playas en los ríos sin medir su composición y la concentración. Pensaron con la misma mentalidad usada con relación a los ríos de montaña del resto de país, donde eso es casi que innecesario hacerlo. En ellos los detritos de los ríos contienen toda clase y calidad de materiales para las obras de ingeniería. Ingeniería que podríamos llamar de montaña pero nada de selva amazónica.

En casos tan específicos como estos, donde el mismo contratista tiene que producir la materia prima desde el origen, porque no existen proveedores, se requiere hacer una valoración minuciosa de todos los múltiples factores que el proceso demanda. Incluido lo que los militares llamamos, el análisis del terreno. Es decir los factores periféricos como la vegetación o cubierta del suelo, la hidrografía, el clima, la topografía, las vías de comunicación y otros. En especial la seguridad que es inevitablemente e inherente a las obras de ingeniería, así no parezca, de gran importancia en ellas. En especial en ese lugar.

Errores de cálculo operacional. La seguridad para proteger los equipos y el personal que, en la medida en que se alejan de la base de lanzamiento de las operaciones de combate para dar seguridad, también se hace costosa y riesgosa, demandando mayor despliegue de potencia de combate. La amenaza aumentaba en forma geométrica. En esa dirección estaban los núcleos insurgentes que dominaban el poblado de Solita y los demás del piedemonte cordillerano. Núcleos urbanos bastante controlados y hasta adeptos a los terroristas.
Además de los demás ríos que, aunque son numerosos, tenían presencia enemiga. Los ríos, en estas regiones, son las arterias de comunicación, desplazamiento y abastecimientos de los frentes guerrilleros.  

Otro error importante, dentro de bastantes, consistió en no evaluar los considerables cambios de nivel de los ríos y su profundidad. Factor importante porque de ello depende si las dragas deben succionan del fondo o cargar en las playas. O para evitar que no contenga demasiada materia orgánica. En el fondo predomina la graba pesada y en las playas la arena ligera.

Draga de succión. Internet.

También para la navegación de los bongos que en verano encallan en los bancos de arena, lo cual hace casi imposible el transporte fluvial en tiempo de bajo nivel. Cuando no había suficiente agua para succionar se intentó cargar con palas mecánicas llevadas en los planchones y trabajando en las playas, pero era poco lo que se podía cargar pues estos se atascaban por la poca profundidad del río. Y eso a pesar de que estos planchones son de fondos planos y poco calado. Equipos de diseño fluvial distinto al oceánico.

El equipo apropiado habría sido las dragas de cadenas de cucharas que se usaban en la explotación de oro en los ríos y regiones de aluvión en el Chocó. Las famosas dragas que abrieron los canales y formaron los carillones en Condoto e Istmina, que aún se pueden ver, aunque ya bastantes cubiertos por la selva en las cabeceras de los ríos Atrato y San Juan que están próximos. Donde creemos que si reactivara esa explotación aurífera no solo se ejecutaría la apertura del canal interoceánico a nivel sino que se autocostearía con su producción del precioso metal. Pero esa posibilidad no la evaluó el contratista.

Trataron de corregir la imprevisión acercándose lo máximo posible a la cordillera donde esperaban encontrar material pesado navegando aguas arriba por el río Caquetá. Eso ayudó bastante pero entre más se remonta el río los caudales son menores. Y ya sabemos lo que eso significa. Además de las mencionadas dificultades con la seguridad.

El equipo tales como la clasificadora, las plantas eléctricas, cargadores, volquetas, mezcladoras de concreto, palas hidráulicas, además del cemento, acero de construcción, junto con otros materiales y víveres eran llevados del centro del país hasta Florencia donde se embarcaba en el río Orteguaza en los planchones. otras veces por la vía de Solita. Se navegaba 120 Kms hacia el sur hasta Tres Esquinas. Trasporte que también demandaba escolta fluvial.  

Fueron demasiados factores que debieron ser calculados según las épocas de invierno, el lugar de explotación, la existencia de material adecuado, la distancia, la seguridad, la pluviometría, la navegación, la amenaza, la clasificación, el rendimiento, el equipo y los costos. En la sola consecución de los materiales se gastaron mucho más de  lo previsto, que después hizo falta para terminar la obra.

Similitudes. Las actividades de ingeniería, en estos casos, son bastante similares a las operaciones militares de minuciosa previsión. Donde son incontables las variables de toda índole y las logísticas son básicas. Un proyecto de ingeniería de esta clase debe verse casi como una planificación de guerra. Prima el factor organizativo sobre el económico y el material.

Por eso a los militares nos hace falta planificar como ingenieros. Pero a los ingenieros y administradores civiles como si fueran militares. En este caso estábamos los dos, pero sin armonía en el lado logístico. Ellos nos pedían seguridad en profundidad y, en ocasiones por fuera de nuestra guarnición. La que fue definida según lo que para ellos era su confiable cálculo de ingeniería. Pero así se la proporcionáramos, dentro o fuera de la guarnición, ellos no tuvieron éxito en la explotación de las canteras, el posterior transporte y el proceso del material.

Una Fuerza de Tarea Conjunta. Por razón de la seguridad de las obras, los norteamericanos pidieron y fue ordenada, la creación de una suficiente capacidad de choque, con perfil fundamental, de fuerza defensiva. Esa fue la doctrina que estableció para esa fuerza el EMC. Por lo cual se conformó la Fuerza de Tarea Conjunta Cándido Leguízamo, FUTACAL. Para ello, se envió al GASUR, inicialmente, tres Compañías de Contraguerrilla del Ejército, tres Elementos de Combate Fluvial de la Armada Nacional y una Contraguerrilla de la Infantería de Aviación. La FAC aportó un componente aéreo integrado con un helicóptero liviano artillado, un helicóptero mediano armado, y un avión mediano. Además de los ya existentes y viejos, pero muy nobles, resistentes y flexibles Beaver y C 47. Útil para casi todo lo logístico, menos en capacidad de fuego.

El movimiento. En operaciones de defensa del GASUR se incluían operaciones en profundidad y presencia, para conquista dominio y control territorial. Usábamos tácticas de despliegues furtivos y asaltos sorpresivos. Seguidos de combate y que terminaban con repliegues abiertos y rápidos para causar impacto sicosocial. El enemigo y los colonos se sorprendían sobre la forma de como podíamos infiltrar su áreas sin ser detectados. Luego, de cómo hacíamos alardes de maniobra y movimiento en las retirada sin que se nos pudiera contener.
Es decir algo totalmente diferente a lo que el recatado EMC pensaba que debía ser con sus ideas de guerra regular en conflicto internacional semiadaptados a la confrontación irregular. Contradecíamos las reglas dadas por el nivel superior pero no teníamos más alternativa. Y poníamos a prueba las ideas que no gustaban en esos escritorios de la encumbrada y lejana capital. De los resultados dependía la valoración de acierto o desacierto de nuestros argumentos para proceder a la modernización de las viejas doctrinas. 

La táctica. Las cosas en la frontera nacional eran diferentes a como las veían los teóricos centrales. Nuestro criterio, basado en la realidad, era el de la táctica ofensiva como defensa activa estratégica, en lugar de la defensiva pasiva con actitud evasiva e inactiva. 

Con ello mortificábamos y hostilizábamos la amenaza haciéndole perder su reconocimiento como autoridad dentro de la población local. Les dañábamos sus planes y la organización. Poníamos en riesgo su existencia, trastornábamos sus fuentes económicas, perturbábamos sus planes, rompíamos la línea de mando, limitábamos el fortalecimiento, hacíamos perder el control y su posicionamiento social e impedíamos sus objetivos.

Diferente concepción. La seguridad de área, territorial y periférica en profundidad, era lo que demandaba la clase de amenaza y en lo que se basaba nuestro perfil operacional. Además de una seguridad individual y cercana, de autoprotección de nuestras instalaciones.

Sin embargo, los ingenieros civiles pensaban que la seguridad debía ser puntual, estática, próxima y permanentemente a su lado. Solo estaban satisfechos si veían las lanchas de combate fluvial acoderadas a sus equipos de extracción. Ingenieros que se apoyaban en los operarios para que los respaldaran en las exigencias que nos hacían relacionadas con su seguridad. Ellos los sometían con las habituales amenazas laborales ´diciendo que los despedían por  abandono del trabajo, si no se hacia la seguridad abajo sus errados puntos de vista, siendo desconocedores del tema militar.

De hacerse como ellos pensaban, esa concentración de tropas y trabajadores convertía, a protegidos y protectores, en un rentable blanco de ataque para el enemigo. El enemigo podía impactar la logística y la fuerza de combate con un solo disparo.
Es decir estábamos entre dos criterios totalmente opuestos y extremos. El que se nos dio desde los mandos superiores y los que nos exigían los clientes. Y ambos se contraponían al nuestro, que buscaba el equilibrio racional y de área, según las circunstancias. 

Otros contradictores. El contratista también se consideraba con derecho a dar su opinión y hasta exigir. Se basaba en el hecho que estaban trabajando para los norteamericanos y que la embajada en Colombia tenía peso político en los asuntos internos.

Creían que su seguridad debía ser de tipo policivo. Como la que una empresa de seguridad privada contrata con porteros de bancos o para almacenes comerciales. Ellos pensaban que nuestra tropa de combate debería ser casi una armadura o escudo individual protector de trayectorias de disparos como si fuésemos sus chalecos antibalas.

Por el contrario, nosotros, teníamos la convicción que debíamos tener flexibilidad, oportunidad, mimetismo, sorpresa, despliegue y otros conceptos. Varios de los cuales pertenecen a las teorías generales sobre la guerra regular de Carl Von Clausewitz pero llevados a la guerra de baja intensidad, que es diferente a la tratada por el famoso teórico. Y aunque esta era una guerra irregular, muchas de sus ideas son aplicables siempre y cuando sean adaptadas correctamente.

Y no era que nuestras apreciaciones fuesen tampoco infalibles y totalmente certeras. Como acostumbran los particulares exigir cuando suelen decir, para pedir con fuerza, que se les “garantice”. 

Término habitual en la argumentación sindical. Sabiendo que en seguridad todo esquema siempre tiene sus falencias. La seguridad completa es siempre una utopía analítica e imaginaria. Algún riesgo existe y más en estos casos cuando el margen de incertidumbre no se puede reducir completamente. Solo se puede lograr un mínimo aceptable y el resto es peligro que se tiene que asumir.

Las influencias. Los trabajadores y sus ingenieros directivos locales, presionaban a los altos directivos externos de la compañía contratista para que nos exigieran en ese sentido. Bajo criterios de seguridad laboral o de compromiso contractual, con los diplomáticos que les habían asignado el proyecto.

Por intermedio de ellos podían influenciar sobre nuestro gobierno nacional y, desde luego, este sobre nuestros superiores militares y su EMC. Los que también eran permeables porque desconocían los detalles de lo que acontecía en el terreno y en la maniobra. Y seguían siendo militares incondicionales reverenciales a todo cuanto los extranjeros les exigieran. Nada había cambiado desde cuando salimos de esa leonera. De esa manera, los civiles demostraban su ignorancia sobre los asuntos militares pero con posibilidad de fuerte influencia indirecta.

Nos distraía mucho y debíamos evitar hasta dar explicaciones, con el fin de prevenir o atenuar conflictos indirectos con nuestros superiores o los diplomáticos. Tratábamos de satisfacer lo mejor posible los requerimientos. Aunque siempre bajo el temor de que si se daban satisfacción a esas exigencias particulares y el dispositivo fallaba, fácilmente estaban dispuestos a mostrarlo como error nuestro. No de su errada doctrina y personales caprichos.

Lo que vimos hacer cuando allí estuvimos y ya lo comentamos. O, también, si fuese lo contrario, que si nuestro esquema también fallase, se nos podía acusar de no actuar en ese tema bajo criterios básicos militares.  Y el contratista, fácilmente, podía aducir falencia sobre la seguridad de nuestra parte para justificar la paralización de las obras o para pedir adiciones económicas. El procedimiento habitual de todas nuestras empresas de ingeniería que licitan con el gobierno.

Confrontación. Asuntos que no contribuían a la armonía entre los dos. El miedo no les permitía entender nuestra posición y nosotros no podíamos comprender sus desconocimientos.  En este y en los demás campos mencionados. Los que, normalmente, no eran sobre la parte académica de la ingeniería civil sino de la administración y la gerencia científica.

Ellos se consideraban aptos para definir cómo debía ser la seguridad aunque nosotros no interveníamos en sus métodos de ingeniería, así viésemos que estaban cometiendo errores, como los ya mencionados y otros que se dieron. Y los que más adelante mencionaremos. Los que fueron el motivo básico de su descalabro en el cumplimiento del contrato.

Y no pudieron nunca argumentar que se había debido a insuficiente seguridad, porque, a pesar de las dificultades y discrepancias, siempre se les mantuvo libres de peligro. Les manteníamos contenida y alejada la amenaza. Pero ellos no eran capaces de visualizar nuestra prudencia con sus asuntos internos de ingeniería para correspondernos con sus exigencias sobre nuestros criterios íntimos sobre la seguridad.
Si en el campo militar hay soberbia, lo es más en el campo civil que la militar y eso destruye la armonía. El fanatismo es ciego.

La inteligencia. Las operaciones de inteligencia eran difíciles, debido al miedo y el hermetismo al que el enemigo había sometido a la población. Sospechábamos que era muy factible que estuviésemos despertando un león dormido. Pero esta fiera montaraz insurgente la preferíamos a la fiera urbana burocrática del EMC.

De todas formas no desistíamos en mantener una posición media entre ofensiva y defensiva. Buscábamos salir de la extrema pasividad del pasado que, con el tiempo, se había convertido en peligrosa inacción y debilidad. Hacíamos lo posible. Aunque restringidos por los recursos, el desconocimiento de la magnitud de la amenaza y las pocas ventajas que eran necesarias.
Teníamos que aprovechar las escasas oportunidades de éxito y los sorpresivos blancos de ocasión que fuesen rentables. Se requería un adecuado equilibrio entre fortalezas y debilidades. Entre amenazas y oportunidades.

Aunque la situación de seguridad era bastante crítica, denominábamos el lugar con el término de Base Aérea. Más para darnos cierta preponderancia institucional y automotivación sicológica, igualándonos con las verdaderas Bases Aéreas, pero con eso no hacíamos mérito a la verdad. Éramos realmente un simple Grupo Aéreo de presencia local. Por supuesto muy poco de lo que es un Comando de Combate. Aunque cuando era de exigencias, se nos decía que si debíamos serlo y como tal actuar. Realidad que los comandantes anteriores no se habían atrevido a evidenciar antes su superiores. 


El primer hangar. Internet.

3. ENTRE LEONES Y RATONES


3. El origen del GASUR. La unidad, desde creada dentro de un plan de recuperación posbélico. Más para propósitos de desarrollo fronterizo y presencia nacional, con programas de ayuda a la colonización, que propiamente como una Base dotada para contener otra amenaza internacional.
Sí que menos para afrontar al crecido enemigo insurgente narcoterrorista interno de finales de siglo XX. El que no se sospechaba en ese tiempo que allí surgiría.  El mismo que, debido al narcotráfico, se fortaleció poderosamente en toda la región. Todos los claros de selva desmontados a su alrededor son cultivos de narcóticos.

La fundación. Desde sus inicios la unidad ha sufrido varios cambios, tanto de ubicación como de denominación. Con motivo del conflicto con el Perú en 1932 se formó el Repostadero de Aeronaves de “Puerto Boy” a unos 70 kilómetros al sur de la confluencia del río Caquetá y el río Orteguaza a donde llegaba la Escuadrilla Aérea del Sur.

 
Puerto Boy en el Caquetá. Internet

En 1933 el Presidente Enrique Olaya Herrera y el Ministro de Guerra el Capitán Carlos Uribe Gaviria nombraron con Decreto 1736 la también llamada “Base Aérea del Sur” para atender el conflicto.

El 13 de abril 1934 se dictó el Decreto creando la “Base Auxiliar en el Sur” con el fin de centralizar todo el material aeronáutico que se hallaba en el área una vez superada la emergencia nacional. El Gobierno consideró que era necesario crear una instalación más estable y definida.
Al Teniente Diego Muñoz Rodríguez se le encargó la elección de sitio donde funcionaría. Se asesoró de un Oficial Alemán de apellido Mook y el nativo Carlos Manchola. Escogió el lugar denominado “La Victoria” sobre el río Orteguaza a 5 kilómetros antes de su confluencia con el río Caquetá.

Posteriormente el Ministro de Guerra Benito Hernández Bustos y el Ministro de Agricultura Aurelio Franco, con el Decreto 736 le titularon 1.234 hectáreas de los baldíos de la Nación. Manchola fue el encargado de descuajar la selva y limpiar con la colaboración de diez indígenas y veinte colonos.

Caquetá a la izquierda. Orteguaza a la derecha. Internet

En noventa días prepararon el terreno para las primeras instalaciones construidas en madera y paja. Una vez se terminaron, los hombres y el equipo aeronáutico fueron reunidos y transferidos a la nueva Base.

Se suprimió la Base Auxiliar en el Sur y surgió definitivamente la “Base Aérea de Tres Esquinas”, como se llamó, por la forma de la desembocadura de los ríos.

 
El hidropuerto de Tres Esquinas. Internet

En su primer periodo presidencial Alfonso López Pumarejo y su Ministro de Guerra Alberto Pumarejo, a finales de la década de 1930, dispusieron que esta unidad dependiera de la dirección General de Aviación con la misión específica de prestar el servicio de transporte aéreo en la región.

La planta de personal fue conformada por cuatro oficiales, siendo el Comandante un Mayor, un farmaceuta, un enfermero, un mecánico segundo, un mecánico tercero, un ecónomo, un Jefe de rancheros. Un Sargento Primero, tres Sargentos Segundos, un Corneta, tres Asistentes, dos Rancheros y ciento tres Soldados.

Para 1962 el Comando de la FAC, encargó al Fondo Rotatorio de las instalaciones para supervisar la ejecución del Plan Orión, en pro del fomento agropecuario de la región y cooperar estrechamente con la compañía de Servicio de Transporte Aéreo Nacional SATENA, recién creada.

En 1963 el General Gustavo Rojas Pinilla es recluido en Tres Esquinas para cumplir un mes de cárcel condenado en el juicio por la toma del poder en 1953. Además fue privado de sus derechos políticos. Habitó “La Casa Rojas”, como se le ha llamado y que aún existe.

El 04 de abril de 1969 se inaugura el primer acueducto. La ingeniería continuó y se abren trochas y avenidas para los futuros cuarteles.

En 1986 se reestructuraron las unidades de la FAC asignándole la categoría de “Grupo Aéreo”. Le asignaron la misión de “conducir operaciones aéreas en apoyo del Comando Unificado del Sur, CUS, con sede en Leticia, en guarda de la soberanía nacional, el orden público y prestar servicios para el desarrollo de la región”.

El 4 de diciembre de 1989 la FAC,  la Base Aérea de Tres Esquinas fue bautizada CT. Ernesto Esguerra Cubides en honor al ilustre pionero de la aviación militar, quien perdió la vida en accidente aéreo en 1933 en el conflicto con el Perú,

Nueva Misión. Desde la década de 1980 el narcotráfico se venía fortaleciendo con el proceso de la pasta de coca llegada de Perú y Bolivia, más la producción local, creando una potente economía clandestina. A comienzos de la década de 1990 estaba en su máximo auge en la región.

La insurgencia, específicamente las FARC, encontró una rica fuente de financiación con el cobro de cuotas denominado El Gramaje. Llamado así por ser proporcional al área cultivada, el peso del narcótico producido o los químicos comerciados. También por la prestación de servicios de protección, alquiler de pistas y el chantaje a los cultivadores y narcotraficantes. Adquirieron fuerte influencia además de manipulación económica, política y armada.

Otro grupo terrorista que intentó conquistar esa región fue el M 19. Pero no logró prosperar. Aunque ejecutaron una acción novelesca como lo fue el secuestro de un avión Curtiz cargado con varias toneladas de armas. Lo hicieron volar desde la pista clandestina de Dibulla, entre Santa Marta y Riohacha, hasta el Orteguaza. Allí lo obligaron a acuatizar pues la pista que prepararon era inoperable. 

Los cambios requeridos. Los EE UU ofrecieron mejorar las instalaciones para controlar los espacios aéreos fronterizos con el Ecuador y el Perú, que eran usados por el narcotráfico. Por vía aérea los narcotraficantes traían ilegalmente la pasta de coca de estos dos países más la proveniente de Bolivia, para ser purificada en los laboratorios y seguir, luego, con destino a los EE UU.

Las necesidades eran: la pavimentación de la pista de aterrizaje, construir una plataforma con hangares para talleres, asignación de aeronaves y una estación de radar. Además de las logísticas correspondiente.

Eso modificaba totalmente la tradicional misión y la dotación. Fundamentalmente se requería de un cambio de mentalidad y doctrina del personal para instalar el CACOM. Como lo habíamos dicho.

La maquinaria y los materiales fueron traídos por carretera del centro del país hasta la ciudad de Florencia  y al municipio de Solita. Después, vía fluvial por el río Caquetá en bongos hasta la Base.

La Nueva Seguridad. Para dar seguridad al proyecto se creó la Fuerza de Tarea Conjunta Cándido Leguízamo FUTACAL, en octubre de 1993 y se comenzó la obra por parte del contratista  de ingeniería civil CONTECO. La ejecución sufrió retrasos por diversos inconvenientes de planificación del contratista. Los que después, para finales de la década, se iniciaron y culminaron por otros medios.

Mientras tanto durante 1996 y 1997 se le asignó al GASUR la misión de combatir las dos amenazas: la subversión y el narcotráfico. E iniciar la transformación para pasar de ser un Grupo Aéreo para llevarlo a ser un CACOM. Para eso desarrolló múltiples actividades logísticas y operaciones contra las FARC. Se presentaron fuertes combates y graves trastornos de orden público.

En octubre de 2.000 mediante contrato entre el Cuerpo de Ingenieros de los EE UU y la empresa CODINEM se inició la construcción de la rampa para las aeronaves.


Instalaciones entre la pista, sin pavimentar, y el río Orteguaza

Luego la dotación del radar fue contratada por los EE UU y el consorcio IURB. El proyecto fue entregado por la Embajadora de los EE UU, Ann Paterson, en noviembre de 2001 al Presidente Andrés Pastrana, al Ministro de Defensa y a los comandantes de las FF MM.

Mediante Disposición 003 de febrero de 2002 el Grupo Aéreo del Sur GASUR es denominado COMANDO AÉREO DE COMBATE 6, CACOM 6, asignándole la misión de “Conducir operaciones aéreas para ejercer soberanía nacional”. Siendo su primer comandante el Coronel Hugo Enrique Acosta Téllez quien declaró: “Gracias a las inversiones realizadas en los últimos años nos hemos convertido en CACOM y seguimos hacia la modernización, como la Unidad insignia de la Fuerza Aérea Colombiana”.

El gulag amazónico. Conocido el origen y el final de lo que es esta unidad militar, regresemos al recuento. Los comandantes eran nombrados por períodos de dos años.
La unidad se consideraba, por su aislamiento, lejanía y pobre infraestructura militar y logística, como la unidad de extradición. No era la política ni la doctrina oficial de la FAC, y por tanto no explícita, más si era tácita, vivencial, cultural y real. Una norma no de derecho aunque sí de hecho. Por eso los factibles candidatos hacían lo posible por esquivar ese nombramiento. 

A ella enviaban a los miembros de la Fuerza Aérea considerados poco competentes, negligentes, remisos para el servicio o, más bien, indisciplinados y perturbadores. Era el lugar para deshacerse de los considerados imprudentes e incómodos con sus ideas y sus formas de pensar innovadoras y por ello molestos. O los suficientemente subordinados y dóciles como para no protestar por esa asignación. 

Pensamiento que se había convertido en el dogma corriente que predominaba en la mentalidad colectiva de la Fuerza Aérea. Con los años, terminó siendo la justificación de un profundo y continuo relegamiento de esa Base en los planes de desarrollo nacional y militar. Por ello no se mejoraba su infraestructura ni era abastecida adecuadamente. Todo era viejo y descuidado. 

La vida era austera, con limitaciones en todos los sentidos. Con alta amenaza insurgente por parte de las FARC y el M19, junto con los cortos períodos de comando, que hacían imposible ejecutar proyectos de largo plazo.

La máxima aspiración de quienes eran asignados al lugar era terminar a salvo y sin mayores traumas personales y profesionales, su tiempo de destierro. Y lograr ser reasignados a otras guarniciones del país más benévolas y con menores restricciones o inconvenientes. En definitiva, un desarraigo similar a un Archipiélago de Gulag siberiano de donde era un logro salir salvando el pellejo, cual la famosa novela de Aleksandr Solzhenitsyn

Incluso muchos creían que bastante tenía de similitud, por estar en la misma región de la nación, con la Colonia Prisión de la Araracuara. Desmantelada a finales de 1950 trasladándose a la Isla Prisión de Gorgona. Al menos para el ciudadano corriente poco conocedor del país, eso le sonaba como lo mismo.
Por esas circunstancias, el nombramiento a ese lugar de un comandante era visto por compañeros, superiores y subalternos, como una degradación profesional y una descalificación personal. Era casi que exponerlo a pedir el retiro del servicio y truncar su carrera militar.

Una sublevación. Evidencia de ello fue el que, en años anteriores, ya se había dado una insubordinación armada de toda una Compañía de tropa de la Infantería de Aviación, por las pobres circunstancias, el descuido y el modo de vida en que se les mantenía. Rebelión que no fue instigada por ningún mando sino que surgió espontáneamente desde la misma soldadesca, exasperada por las malas condiciones. Hecho que nos recordaron lo contado sobre la guerra con el Perú por el Soldado Arturo Arango en su libro “180 Días en el Frente”.

La única forma cómo se logró que cesaran en el intento de rebeldía, fue con la presencia física y el diálogo directo con el General Comandante de la FAC, quien fue a la selva donde se habían aposentado. En ese momento, pero con grado de General, era el mismo oficial, que siendo de grado Teniente Coronel en Emavi, había sido el protagonistas de los hechos contados en la otra crónica titulada "Ideas Raras".

Para ello les debió prometer buen trato, licenciamiento y amnistía a su delito militar. De lo contrario estaban dispuestos a llegar hasta el combate. Con el grave peligro de que decidieran, al verse acosados, a pasar a engrosar las fuerzas de los subversivos.

Algo paradójico. El superior de ese momento en Tres Esquinas, un buen hombre y un abnegado comandante,  fue retirado del servicio por el suceso. Él también fue  víctima, como su tropa, del olvido en que se tenía esa unidad. Y, luego, fue el piloto que voló el avión Curtiz secuestrado para transportar las armas del M19, desde la costa atlántica hasta las proximidades de la que había sido su Base Aérea pocos años antes. Como ya se dijo.

El estigma. Estando en condición de jubilado se desempeñaba como piloto de una empresa comercial carguera. En una ocasión fue secuestrado por el M19. Lo obligaron a hacer un vuelo desde una pista ilegal en Dibulla, en proximidades de Santamarta, donde los rebeldes habían descargado clandestinamente parte de un lote de armamento adquirido en el exterior. Con varias toneladas voló directo, atravesando todo el país, hasta las riveras del río Orteguaza en el sur.

Ante la imposibilidad de aterrizar sin peligro de estrellarse, por lo corta y rudimentaria pista que habían improvisado los terroristas, debió acuatizar en el río a poca distancia de la Base. El mismo lugar donde había sido su comandante y había acontecido el percance de la insubordinación de parte de su tropa. Salvó la vida. Los ilegales recuperaron parte del armamento y el avión se perdió.

Aún podíamos ver el estabilizador vertical de la cola del avión, en medio del río cuando bajaba de nivel. Parecía hacernos recordar que la región le hubiese tenido a este comandante un infortunado sínodo en varios aspectos de su vida. Y que estábamos en el mismo lugar, francamente, enigmático en muchos aspectos.

De nosotros, igualmente, se podía esperar que fuésemos sacrificados por el estigma inevitable. El reservado para quienes nos atrevíamos a invadir sus soberanos predios de república independiente insurgente.  Debíamos esperar ser otra víctima más de la inefable historia del lugar.


Después del acuatizaje. Internet.

Sin cambio. La realidad es que las condiciones sociales, políticas, desarrollo y económicas no habían cambiado mucho desde los tiempos del conflicto colombo peruano. Cuando se dio la invasión y la inhumana explotación de los aborígenes colombianos por parte de la empresa cauchera del peruano Julio Cesar Arana a comienzo de siglo XX. Tal como lo cuenta el Sargento Tobón en su libro “Sur”.

También, a mediados de siglo, la Base fue escogida como prisión y destierro del expresidente Gustavo Rojas Pinilla (su título oficial, como se hacía denominar era: Excelentísimo Señor, Presidente, Teniente General, Jefe Supremo) después de su juicio por haber intentado perpetuarse en el poder.
Casa de Rojas Pinilla bajo los árboles.

Lo que llegó a ser. La Base Aérea de Tres Esquinas en el Caquetá, desde la guerra con el Perú, estuvo prácticamente reducida a una condición de subsistencia básica y en algunas ocasiones se propuso el desmantelamiento. Sin embargo, resistió varios ataques y amenazas insurgentes, logrando mantener la fortaleza suficiente sin haber estado en inminente riesgo de ser destruida o dominada.

Por el contrario, en los años posteriores, pasó de ser el pequeño Grupo Aéreo del Sur, como lo fue durante 60 años, para ser el actual CACOM 6. Ha sido objeto de reactivación operacional contra el narcotráfico y el terrorismo convirtiéndose en un fuerte centro de combate narcoterrorista en el sur del país. Cambio que es el principal motivo de esta narración, junto con la transformación de conceptos militares sobre el conflicto.

La Base ganó su actual importancia estratégica, partiendo de una acción continua de repotenciación desde mediados de los años noventa. Demostró lo efectivo que resulta el estar próximos al enemigo, en posición de avanzada ofensiva. Se ratificó como punto fundamental de reacción y lanzamiento de operaciones contundentes, después de la lamentable perdida de la Base de Las Delicias del Ejército Nacional, EJC.

Justo lo que necesitábamos. Demostrando que la amenaza se confronta a la distancia con ofensiva remota. No en el repliegue defensivo pasivo en las ciudades y centros urbanos, como mero y débil principio doctrinario, el que aprovecha el enemigo. Lo que no compartíamos en el EMC.

Creíamos, desde 1992, que así no era como se debía combatir fuerzas irregulares, mimetizadas, bastante dispersas, móviles y adaptadas al entorno. Con una vida casi que elemental, usando solo lo indispensable para la supervivencia. Cómo actúan los combatientes irregulares bajo las doctrinas de los conflictos de baja intensidad. Por eso pedíamos un cambio doctrinario fundamental que debía implantarse a nivel nacional y político.

Actualmente, y sin haber sido un plan colombiano premeditado en esa dirección y con esa intención, solo por la fuerza de las circunstancia de una necesidad extranjera de combatir el narcotráfico, se ha convertido en uno de los principales bastiones contra la insurgencia en Colombia.
Únicamente cuando, después de mucho tiempo, se hizo evidente que las FARC, finalmente, se habían acantonado en los Llanos del Yarí en su trashumar desde Marquetalia, en la década de 1960, pasando antes por Colombia, Huila. El Río Pato (1970) y el Guayabero (Casa Verde) en 1990.