ENTRE LEONES Y RATONES
Crónicas Militares Comentadas
LOS LEONES
1. Objetivo.
El propósito de
este recuento es el de compartir la forma como demostramos, con una experiencia
real, que era necesario y correcto un cambio de concepto en la doctrina militar en Colombia.
Apreciación que no tenía aceptación en los colegas detractores que se
obstinaban en rechazarlo. Por eso lo dejamos de testimonio y de como acontecieron
los hechos.
Quizás algunos podrán
tener distintas apreciaciones a las nuestras, los que las vivimos y aquí narramos.
Para ellos también está abierta esta tribuna del universal medio del Internet. Para que escriban sus opiniones como sus mentes se las dicte.
Sostenemos que un
militar debe ser guiado por la adecuada relación entre la teoría y la realidad.
La academia y la operación. La autoridad del alto mando y la ejecución de los
subalterno. La administración y la producción, como lo llaman los negocios civiles.
Pero que en la vida castrense se denominan: “la logística y el combate”. Usar los términos civiles en el medio militar se le ha considerado un pensamiento
“civilucho”. Que es la forma despectiva para denominar lo que se considera reprochable en
lo militar, por ser la aproximación a cierta indeseable inclinación mental del
militar a lo civil y como debilidad doctrinaria.
Razón por la
cual argumentamos que para que el militar colombiano sea completo e idóneo,
debe ser tan ilustrado en lo teórico como diestro en lo práctico. Con la pluma
y con la espada. Necesita ser flexible, polifacética y multifuncional, por el
amplio espectro de su actividad profesional. Porque requiere un extenso horizonte
de conocimientos académicos y capacidades prácticas.
La excesiva especialización
lo limita. De tal forman que su desempeño exige, paradójicamente, que su particularidad
sea la generalidad. En lenguaje coloquial: todero, imaginativo, de inventiva y
con capacidad de arriesgar en forma metódica, calculada y previsiva, por medio
de una buena preparación intelectual.
El complejo medio
militar no permite, por sus restricciones y diversidades, ser compartimentado en capacidades profesionales. Las circunstancias imponen salirse de los limitantes nichos de confort que se
generan dentro de las complejas organizaciones militares, donde se tiene que
actuar con alto desempeño, tanto para la guerra regular como la irregular, en
la defensa nacional. O nuestro conflicto interno de baja intensidad y del orden
público.
Una mezcla amorfa de circunstancias que hacen de su profesión tan característica y tan
exclusivas que parece que no se da en ninguna otra parte. Podrá creerse que es
mucho pedir. Por eso es que es tan exigente la profesión militar en
Colombia. Porque, de lo contrario, solo sería un oficio que no hace los méritos
suficientes para recibir los beneficios especiales que la sociedad colombiana
le ha dado.
Todo lo contado
sucedió en tan solo veinticuatro meses y simultáneamente. Aunque se narran por
separado en dos partes: la logística y las operaciones. Experiencia que nos afirmó la convicción de la
necesaria modernización de las Fuerzas Militares en varios campos. En especial en
el tradicional pensamiento costumbrista, conservador, centralista y doctrinario
de los escritorios.
Versus la independencia liberal, la apertura, la
descentralización de la oportunidad de acción y de pensamiento en el campo
operativo. Y la toma de decisiones bajo alta exigencia y limitaciones físicas,
que imponen las operaciones y el combate en el terreno.
Y nos confirmó la conveniencia de
la adecuada conjunción entre la dirección y el comando centralizado. Con la ejecución
delegada y descentralizada. Igual a los proyectos de construcciones civiles.
Los que inician los arquitectos, ingenieros diseñadores y calculistas en oficinas.
Que, luego, ejecutan y dirigen los ingenieros residentes e interventores en la
obra.
Igual es en lo
militar. Así algunos militares consideren inadecuado practicar criterios tan "civilistas" porque, para ellos, eso conduce a una peligrosa degradación de lo
que tiene que ser la acción de comando. La que ellos creen que es solo el hacerse obedecer con el solo uso de la
ruda imposición de la autoridad militar, sin usar la convicción. Porque el
liderazgo, para sus acostumbradas formas de pensar, es más de exigencia que de
creencia.
Alto nombramiento. Nos asignaron al Departamento de
Operaciones del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Militares, EMC. Un cargo
militar del nivel central y por ello considerado como un alto privilegio
profesional. Destinación que nos honraba sobre manera. Los Estados Mayores,
dentro de la organización militar, son el equivalente a las Juntas Directivas
de las empresas y negocios privados. Ellos trazan las doctrinas de la
institución, crean los planes operativos y los ponen a consideración del Comandante
para dar las órdenes. Después de eso, controlan la ejecución y corrigen lo que
sea necesario. El EMC es el máximo de todos los Estados Mayores en el
país. Es quien define, supuestamente, las políticas de defensa nacional en el más
alto rango. aunque era un cargo de oficina en contraposición a nuestra inclinación y preferencia por las operaciones aéreas.
Los pilotos esquivos. Se daban dos clases de pilotos. Los que queríamos
volar por reto y casi que por emocionante aventura de dominar máquinas
exigentes. Eran los aviones viejos. Hasta peligrosos porque implican buenos conocimientos. Los que tenemos
por afición el estudiar, por que el conocimiento nos da idoneidad. Mas no por
llamar la atención para mostrar que se es inteligente. Destreza y reto que, para
nosotros y perfil personal, es tenido como algo valioso, así no nos produzca
resultados benéficos, réditos promocionales o económicos ni fama artificial, en la vida real.
Rimbombante autoestima. Es reflejo natural el evitar las
dificultades. Pero quienes las esquivaban eran los que hacían más alarde de capacidades para volar en sus
conversaciones de casinos ante los colegas. O con sus demás amigos que nada
sabían de aviación para impresionar falsamente. Incluso haciendo ver la
profesión como si tratara de una aventura quijotescas y de mucho valor para afrontar
el peligro. Cuando realmente lo que estaban haciendo era ocultando su miedo con sus historias
épicas.
Incómoda rasquiña. Regresemos al tema. En definitiva, en el
EMC nos causaba escozor la burocracia militar y el ver a tanto oficial, de alto
grado, matando el tiempo en tareas superfluas, con poca capacidad analítica y
baja creatividad. Personas que aunque conocían la realidad nacional, la
ignoraban con premeditación por conveniencia. Procuraban no tratar los temas
trascendentes. Meterse en esos asuntos complejos podían arriesgarse a ser
removidos de tan cómodos cargos. Necesitaban pasar sin importancia y sin
idoneidad, así fuese sin mérito profesional. Aunque sin la satisfacción de un
buen desempeño por el deber cumplido.
Algunos con muy buena hoja de vida en el campo del combate y excelentes resultados en las operaciones militares. Que les asignaban esos cargos administrativos y de oficina como un premio y descanso por sus resultados, pero que no encajaban en el rendimiento intelectual que se requería en esos cargos.
Lenta mutación. No se podía intentar nada diferente ni
proponer un mejoramiento, cambiando esa enquistada tradición. Porque eso era
violentar anticuadas costumbres y dogmas que, aunque ya tenían poca aplicación, se les veía como infalibles. Como durante generaciones anteriores esa inercia
había tenido algún éxito, predominaba el criterio de “mejor malo conocido que
bueno por conocer”, sin importar que la razón indicase la necesidad de innovar.
Para ellos cambiar era riesgoso y hasta temeroso, por la infalible guillotina profesional
de ser decapitados si hacían algo diferente. Así estuviese justificado. No era correcto hacer cambios porque si el invento no
funcionaba a plena satisfacción del superior, terriblemente severo y dispuesto
a evaluar más por capricho que por justicia, se corrían riesgos personales, que, con sutileza, eran evitables. De esa forma la modernización era extremadamente
lenta. No dependía de la instantánea fuerza argumental sino del muy lento
relevo generacional.
Oportuna intervención. En varias oportunidades tratamos de
hacer evidencia de la situación. Sanos intentos que chocaron, provocando diabólicos
rechazos. Con explosiva y enojosa soberbia calculada cerraban toda posibilidad de
adelantar cualquier clase de autocrítica constructiva.
Las malas costumbres. Por eso nos nombraron de Comandante de
Tres Esquinas, lo cual mucho nos agradó. Bastante por lo que haríamos, pero más
por lo que dejábamos de hacer. Pues nos alejaba de quienes no nos gustaba
compartir, pero debíamos soportar por obedecer.
Las oportunidades. La ventaja que teníamos era que habíamos visitado
muchas veces esa Base Aérea en los vuelos rutinarios de transporte, apoyo logístico
y abastecimiento. Junto con los puestos de frontera del
Ejército y la Armada Nacional. Y no solo en vuelos momentáneos sino pasando algunas
temporadas en ese destino. Por eso la conocíamos bien. Ambiente selvático que,
en mucha forma, armonizaba con nuestro espíritu campechano y rural de origen
montaraz. Origen y pensamiento que, en los altos estratos sociales de la ciudad capital
del país, muchos creen necesario ocultar para no parecer faltos de alta alcurnia y sin orígenes de nobleza para ingresar a la elevada élite militar. Los abolengos
que, supuestamente, se deben tener cuando se llega a altos grados militares.
El estigma del origen. En los cimeros estratos militares, el
origen provincial es sinónimo de ineptitud innata. Pero la naturaleza agreste y
primitiva, que rodeaba a esa Base Aérea, nos era de cierta empatía. Sobre todo
por la autonomía para actuar a nuestros gustos y costumbres. La sola distancia
de los centros de poder nos hacía sentir la libertad que deseábamos para dar rienda
suelta a la creatividad y la innovación sobre las cosas simples y cotidianas, que
tanto extrañábamos. Aunque también nos gustasen las de alta academia,
tecnología y nivel científico, que nos agradaba estudiar.
Entre cielo e infierno. Al fin y al cabo habíamos recibido una
buena formación religiosa, durante seis años, en un internado católico de un
pintoresco pueblo del suroeste antioqueño. Allí donde nos enseñaron las teorías
del alma, la formación espiritual, la moral, la ético, la sensibilidad social y
los depurados sentimientos de compasión con el sufrimiento humano.
Después
pasamos al mundo de los militares que nos enseñaron las teorías de la guerra.
Que no es otra cosa que el ejercicio de la fuerza, hasta la violencia si es
necesaria, en forma científica, planificada
y estudiada.
Es decir, en nuestra formación, fluctuamos entre los dos extremos:
el del cielo y el del infierno. Nos ubicábamos en cualquiera de las posiciones
intermedias según lo demandaran las circunstancias.
Aunque estábamos,
lógicamente, más cómodos cuando los deberes coincidían con nuestra doctrina y
forma de pensar, entre la cruz del Gólgota o la tumba del infierno. O entre la pluma y espada. Por eso la espada la tomábamos según la
necesidad: por la empuñadura si era necesario usar el cortante filo de la hoja.
O por la hoja si lo apropiado era mostrar el crucero de la empuñadura. Como hicieron los conquistadores españoles argumentando la propagación con la fuerza del cristianismo en América.
El extranjero atrevido. Ante tales situaciones, veíamos con
naturalidad, las picaronas burlas que se nos hacían y escuchábamos en los
corrillos de corredores. Y las sarcásticas conversaciones e indirectas relacionadas
con nuestro nombramiento. No ignorábamos los comentarios, preguntas
indiscretas, rumores de doble sentido e ironía que suscitaba nuestra
designación.
Una pregunta insolente. Estando en esas un oficial extranjero nos pidió tener una conversación informal. Se la aceptamos, mas por curiosidad que por deber. En la charla se atrevió un oficial norteamericano, como es el
habitual en los que son emigrantes latinos en los Estados Unidos, con oportunidad de ser autoridad en ese país, a hacernos una burlona pregunta
sobre lo que él pensó era la gran preocupación y los presuntos miedos que
deberíamos tener por el traslado a tan difícil guarnición. Que de existir en
nuestro ánimo, no eran buenos para su proyecto de ingeniería que ejecutaba en esa Base Aérea.
Inquietud que recibió una esquiva
respuesta. Evidenciamos que él suponía que esa era una de nuestras debilidades profesionales,
surgidas de dar crédito al “rumor general” infundado. Asunto de interés a sus objetivos. El mismo rumor al que su famoso General Mac’Arthur había dado grado
militar y bautizado como el “General Rumor”. Comandante imaginario que tenía
más autoridad y se le acataba más que a él.
Las opciones. Como no acostumbrábamos andar en esos círculos
de circo coloquial, no estábamos enterados del último chisme. Aunque si intuíamos
que nuestra nueva destinación era una de las factibles razones de la cita ordenada por el Comandante general de presentarnos en su despacho. La otra era que nos anunciaran el retiro del servicio en vista de los malos
comentarios que nuestros colegas del EMC habían lanzado, de antemano, sabiendo que
por ese medio mucho se influye en la toma de decisiones de los superiores.
La entrevista. Cuando llegó el día de cumplir la entrevista, asistimos
con toda la resolución y con la desprevención de aceptar cualquiera de las dos
alternativas: traslado o despido. Por supuesto que los intrigantes si sabían de
qué se trataba. Lo que para nosotros era una dualidad incierta. Ambas nos eran totalmente
aceptables. Si resultaba ser el nombramiento, era el reto que deseábamos y además
un alivio a nuestro aburrimiento en el EMC. La otra nos llevaba a disfrutar de
la pensión e iniciar otra meta más en la vida civil. Para la que, en parte, también nos
habíamos preparado.
El deposito. Los Estados Mayores son primordialmente
asesores y con esas acciones crean el fundamento de la doctrina militar. En
especial el EMC, pues es quien determina los dogmas institucionales y los
derroteros del Comandante General de las FF MM. Es decir, el máximo nivel de
mando para cuidar la soberanía nacional.
Debía ser un
motivo de satisfacción profesional estar en él. Sin embargo, no estábamos cómodos y nos
era, más bien, una mortificación. Nos
dimos cuenta que el habitual comentario burlón en los pasillos, sobre la
multitud de cargos poco útiles en el centro nacional de la cúpula militar,
denominado como el famoso “Depósito de Coroneles”, no era un invento ligero. Ni
simple tema de jocosas conversaciones durante las desinhibidas charlas de la
oficialidad en los ratos de ocio en los casinos. Era una realidad contundente.
Según el rumor
coloquial entre los militares, es a donde se mandan los oficiales que no tienen
mucha destreza operacional y espíritu combativo. Además de no mostrar mayor
habilidad mental o intelectual. Pero que, sin ser descalificables para el servicio,
es necesario ubicarlos donde no causen mayores estorbos.
Los pilotos reticentes. Exactamente, según
esa mentalidad, un cargo apropiados para nosotros. Los que éramos aficionados
a volar los aviones más viejos, porque exigen las máximas habilidades e imponen
muchos retos en las destrezas de vuelo. Las tripulaciones escogidas, para esos
aviones, eran las consideradas como las adecuadas para quienes también eramos vistos como los pilotos más bien mediocres y de pobre desempeño operacional. E,
igualmente, para los cargos de oficina. Apreciación, premeditadamente fabricada, para esconder otra realidad muy diferente.
Además de que llenábamos
la necesidad de los comandantes de encontrar pilotos voluntariamente dispuestos
a volarlos. La mayoría de los colegas buscaba afanosamente esquivarlos y por
ello se presentaba constante déficit de tripulaciones para esos equipos.
Incluso recurrían al chocante y velado tráfico de influencias con los
superiores.
Los dispuestos a operar la tecnología vieja y riesgosa éramos pocos.
Se nos veía como los demasiado sumisos como para no pedir volar mejores aviones
ni hacer objeciones cuando a esas aeronaves nos asignaban. O porque, según ellos, éramos incapaces de
volar aviones más sofisticados, debido a nuestra poca idoneidad profesional para el vuelo. Esa era su teoría para justificar su indeseable comportamiento de esquivar misiones de riesgo. O satisfacer su exagerado sentido de arrogancia personal o la consabida vanidad de los profesionales del vuelo.
Los aviones que volamos eran los que los demás pilotos despreciaban y trataban de evadir. No solo porque existía
el mito de que a las mejores tripulaciones se les debía premiar
con aviones de última generación más costosa. Y por ello se incurría en los
menores riesgos de accidentalidad. Motivo de orgullo que satisfacía la
exagerada egolatría propia de los que, históricamente, han sido tenidos como los valientes hombres capaces de
dominar el miedo y el peligro a las
alturas.
Sin embargo, eran estos los más temeroso a perecer en un accidente
aéreo debido a la baja tecnología y antigüedad del equipo. Temor que salía primordialmente
de su pobre capacitación en el empleo eficiente, debido a su desinterés y
reticencia al estudio, para conocer las reales capacidades de esas aeronaves anticuadas y operarlas en forma segura.
Por ello terminaban
siendo más choferes mecanicistas, que auténticamente profesionales racionalista.
Buscaban afanosamente los aviones deslumbrantes y apropiados para alardear. Los
que hemos llamado los simples “Pilotos Mueve Suiches”. Simplemente porque desconocen a profundidad
el funcionamiento de la máquina y la forma de emplearla en cualquier condición.
En especial en las imprevistas y las de máxima exigencia. Les gustaban solo los
aviones que no eran amenazas reales y con los que no era necesario penetrar en profundidad
sobre su funcionamiento para ser confiables. Donde las condiciones de
emergencia fuesen muy remotas.
Tenemos que
admitir que en los aviones de pasadas generaciones se presentaban más
emergencias que en los aviones de última tecnología. La llamada tecnología de
punta. Precisamente por ello los anticuados eran exigentes y demandaban mejores
destrezas humanas de pilotaje adquiridas con dedicado estudio. Lo que para los mediocres
es aburrido e incómodo.
Bastantes de
estos heroicos, precisamente, perecieron por sus deficiencias en capacidades y
profundización en el tema. Y tampoco queremos decir que los que logramos
sobrevivir seamos mejores. O que fue que nos cobijó la simple suerte. Por supuesto que si. Aunque con bastante ayuda estudiando con meticulosidad los secretos del avión. Pero como mínimo éramos prudentes en ver la realidad
y afrontarla como se debía. De todas formas esos superhéroes preferían los aviones modernos que tienen más automatismo y confiabilidad. Los que
por ello no demandan los aburridos estudios para lograr la mínima seguridad operacional
y la mejor calidad exigida en el desempeño profesional.
PILOTO MEDIEVAL
Esa pedantería también
les permitía, a los esquivos pilotos de los aviones antiguos, poder mostrar su exorbitante
orgullo de decir que eran los elegidos para volar los modernos y costosos. Porque,
supuestamente, eran los mejores en el desempeño y a los que se
debía confiarles lo mejor y lo más valioso.
La tradicional y
fuerte arrogancia propia de los pilotos. Los que quieren parecer que no son seres
humanos que caminan sino que levitan. La soberbia que, cuando el arte de volar se
mezcla a la de los militares engreídos, se potencia al máximo.
Egocentrismo que
para lo militar, podríamos decir, hasta es necesario por las características de
la profesión para afrontar con éxito los riesgos. Porque cuando un militar no
se autoestima lo necesario para correr los peligros del servicio, de antemano,
está vencido. Pero en cuanto a lo de volar aeronaves, no tiene ninguna justificación esa odiosa
actitud. El modernismo, prácticamente, ha eliminado casi todo el riesgo que en
el pasado romántico era inherente al peligro de remontar las alturas de manera aventurera. La
confiabilidad de los aviones modernos es casi que absoluta y por ello el
pilotaje actual no es una osadía.
En el EMC. El mayor interés era la limpieza y el orden del recién activado “Centro de
Operaciones Conjuntas” COC. Que de operaciones no tenía nada. Únicamente se
dedicaba a recopilar información sin darle ninguna utilidad practican en toma
de decisiones. Además, el descuido en el empleo de la información era notorio.
No la usaban sino a manera de simples y morbosos chismes. Solo era para la
búsqueda amarillista de culpables en rangos inferiores, escudriñando errores
operacionales ajenos. Así se resaltaban ellos como excelentes militares superiores
porque, los demás, eran demasiado ineptos subalternos. Era la regla
general. Mientras ellos, de grados altos, tenían muchas culpas por su forma de
actuar tan impropia en sus cargos, funciones y deberes.
Tenían
disponible toda la teoría sobre los hechos acontecidos a los demás para
descalificar. No para ameritar. Nunca para una autovaloración de lo que desde el
nivel central ellos hacían. Reveses operativos que, en gran parte, se debían
corregir de arriba hacia abajo y nunca al contrario. Para eso era que les
servía su autoridad, no en forma positiva sino retrógrada. Al menos en la parte
ideológica, la que era de su competencia, por ser su responsabilidad
prioritaria el nivel estratégico nacional. No la del nivel táctico, donde se
enfrascaban sin ser su prioridad. No era claro el cómo cambiar esa preconcepción,
infortunadamente, arraigada por una larga tradición y falta de evolución.
Las culpas de lo
que no salía bien, a nivel Brigadas o Batallones, siempre eran debidas a la
falta de idoneidad en los dirigidos, donde bastantes salían muertos o heridos
en combates fallidos. Y nunca debido a los errores en las decisiones, que en
el nivel central, en su mayoría se dejaban de tomar. O las que se tomaban en forma inadecuada.
Precedía mucho el concepto de la perpetua infalibilidad pontifical. Sus
pensamientos se reducían a análisis de asuntos casi que meramente de nivel
brigada, con sentencias casi que sacramentales. Muy lejos de los conceptos macro
estratégico, ya fuesen del amplio campo interno nacional y más del
internacional, como lo son los objetivos y las proyecciones de ese importante
departamento.
Las influencias. Después supimos
que algunos de los compañeros de trabajo habían abogado para que nos asignaran
a una región alejada y peligrosa. De las clasificadas como de “orden público”,
donde se pasan incomodidades y riesgos. Intentaban librarse de alguien
imprudente e irreverente que, con sus puntos de vista, les hacía pasar
incomodidades, a sus intereses, con nuestras apreciaciones .
Es una forma
habitual no solo de salir de personajes fastidiosos sino el sutil castigo para aquellos
que no se adaptan a sus normas y costumbres personales. Las que se implementan
para sobreaguar en el cargo por la vía de las menores molestias familiares y
sociales, así no cumplieran con los deberes profesionales.
En el momento no
lo supimos. Luego descubrimos sus veladas influencias, supuestamente, para supuestamente degradarnos de esa forma, a manera de sanción. Al contrario, nos hicieron un bien. Con sus intrigas nos habían ayudado a salir
de la "leonera" que tanto nos mortificaba. Y en donde tan incómodos nos sentíamos, para mandarnos a lo que, para ellos era, una despreciable "ratonera". Pero en la
que podíamos aplicar las ideas e iniciativas reprimidas que nos exprimían internamente.
Una oportunidad. Fue una
oportunidad de ocasión. Podíamos gozar de la libertad y la autonomía que anhelábamos
para actuar bajo nuestras maduradas convicciones. Excepto por una ligera
inquietud sobre las molestias materiales que se podían causar a la familia, que
tampoco eran muchas. De resto, nos sentíamos agradados con el traslado y la
nueva designación a una unidad militar atrasada y remota y, por
ello, con grandes metas por lograr. Algo que los demás veían con miedo pero para nosotros era un reto a superar.
No podemos negar
que, de todas formas, teníamos algo de incertidumbre de tener que comandar en
un lugar alejado y escaso de recursos físicos, lo que era un real duelo personal. Al fin y al cabo esa unidad era considera, por tradición muy
arraigada dentro de las mentalidad extraoficial institucional, como un lugar de
destierro y degradación. Lo que tampoco ignorábamos.
Es una
acostumbrada forma de matoneo, entre militares, el estar compitiendo con
autovaloraciones grupales para gozar, con morbo ácido, viendo a quienes ellos
consideran los descalificados. El placer de sentirse los calificados por no haber
sido, supuestamente, degradados. Por eso existen tales formas de
valoraciones no reglamentarias, folclóricas, pero que influyen bastante en las decisiones
que los comandantes toman. Es una costumbre antigua dentro del conservador medio militar.
Dos casos históricos están en el nombramiento de César a Hiberia o de algunos
Generales al frente ruso por Hitler.
Incluso hasta un
oficial de la misión militar norteamericana en Colombia pidió, a nuestros superiores,
hacernos una entrevista para una velada valoración. El mismo de la entrevista ya mencionada. Nos ordenaron que fuésemos
a esa cita. Que debió ser al contrario. Pero por la refleja sumisión a todo lo
que provenga del norte, nos lo ordenaron de inmediato. No es que nos impongan las situaciones. Sino que nos doblegamos complacientes ante todo lo que suene septentrional,
confirmando con ello nuestra innata mentalidad sumisa meridional.
Tendríamos que
trabajar coordinadamente. Esa misión extranjera tenía en desarrollo unos proyectos
costosos de infraestructura en ese lugar, dentro de los planes para combatir el
narcotráfico. Y ese territorio era fundamental. No solo por los inmensos
cultivos de coca sino porque era la ruta aérea por la cual se traía la materia
prima semiprocesada desde Perú y Bolivia. La misma que era refinada en la
mayoría en los laboratorios del lugar. De allí salían muchos vuelos
clandestinos con producto terminado, coca pura, hacia los EE UU.
Le aclaramos que
era un tema que trataríamos solo a nivel interno institucional y únicamente con
personal nacional. Eso le disgustó. Con ello rechazábamos sus observaciones sobre
un asunto que el consideraba con derecho a saber por los aportes presupuestales
que su país hacía, supuestamente, en favor de nuestra integridad y fortaleza
nacional. Decidió tragarse el sapo y cambio de tema sobre otras cosas menos
importantes, para aligerar la tensión que entre ambos había provocado su
imprudencia.
Por ese medio descubrimos
que era otro de los que no sabían que preferimos, mil veces, ser “cabeza de ratón”,
con deseos de enfrentar a un felino en la primera línea de combate. Sin tener
que seguir siendo una simple “cola de león”, espantando moscas en la segura retaguardia
de los mediocres. La misma que otros usaban de burladero para defenderse de los
riesgos profesionales inherentes.
El Rey León y El Simple Ratón
Los rumores. Entre los oficiales de nuestra generación y, en
especial, en los compañeros de promoción de oficiales de la FAC, estaba vivo el
pensamiento y la plena convicción que quien fuese el destinado a ser el
Comandante del Grupo Aéreo del Sur “GASUR”, lo sería por razones de
incompetencia y degradación, debido a sus escasas capacidades profesionales.
Por supuesto que nosotros también creíamos lo mismo durante los veinte años de servicio
activo que ya teníamos.
Desde luego, el nombramiento
como Comandante de esa unidad era un motivo más que evidente por el cual debíamos,
según la tradición, sentir desengaño y disgusto por tan grave descalificación.
Pero el fuerte deseo de salir de donde estábamos y el saber que seríamos muy
autónomos para actuar, nos hicieron buscar motivaciones con actitud mental positiva, en lugar de incurrir en razones negativas. Sacando provecho la adversidad, lo
veíamos como la oportunidad de demostrar lo que pensábamos, y que nada gustaba en el Olimpo de los altos mandos.
El citador. Como necesitábamos
saber si la asignación había sido por descalificación o, por el contrario, por
ameritación, lo cual era remoto, conservamos una prudente expectativa. Esperábamos lo que nos plantearía el Jefe de Recursos
Humanos de la FAC cuando nos llamase a anunciarnos la asignación que deseábamos
para salir de la tigrera. Para sorpresa quien nos citó fue el General
Comandante de la FAC.
Noticia que se hizo
pública en los mentideros y todos estaban a la espera de nuestra reacción
ante la sorpresa que sufriríamos, cuando nos enteráramos de la noticia.
Les hacía falta ver cómo actuaríamos para tener un buen motivo de socarronería
usando el hazme reír del momento. Faceta que alimentaban con sus chistes graciosos
de los habituales burlones y bufones cortesanos de ocasión, para alentar y
mejorar su prestigio entre su público de oportunidad y sus superiores. Sus virtudes eran el hacerse
los célebres a falta de méritos de más valor. Eran bastante populares en ese
medio de oficinistas desocupados y la burocracia militar de escondederos.
Resultaba lógica el primer motivo dela citación. Nuestra promoción estaba en el tiempo y en el grado donde se
acostumbraba designar al Comandante de esa unidad. Además, ya habían sido designados
los demás cargos y parecía que solo faltaba el candidato para el GASUR. Un
factor contribuyente era la coincidencia que éramos de los últimos escalafonados
dentro de la promoción y por ello bastante factible que fuésemos
los señalados. Quienes ocupaban los puestos más altos en el escalafón solían
ser tenidos en cuenta para cargos administrativos, de menor exigencia y mejor comodidad
personal. No para los puestos operativos de más responsabilidad, obligaciones y riesgos
profesionales, como lo era GASUR. El Comandante del GASUR era un cargo fundamentalmente
operativo. Aunque también resultó, como lo vimos luego, de bastantes y
difíciles retos administrativos y logísticos.
Si era el
despido, ya habíamos afincado proyectos que nos daban la estabilidad para disponer
de tranquilidad. Afortunadamente en esos tiempos se estaban produciendo algunas
transformaciones políticas de privatización en la administración oficial antioqueña, que, por pura casualidad, nos serian favorables.
El descubrimiento. Pues resultó ser la primera. No nos sorprendió el nombramiento sino la forma como el Comandante
nos lo planteó. Era más una oferta de confianza que de una descalificación. Si
no se nos hubiese ofrecido de esa forma habríamos caído en el mismo desengaño del
mariscal Sucre. Bolívar lo asignó a recoger desertores, rezagados y organizar
la logística de retaguardia, antes de iniciar la campaña del Perú, sin haberle puesto
de presente las razones del porqué de ese deber. La que para Sucre fue de
segundo orden y la vio como desprecio a sus méritos. Por eso Bolívar le debió mostrar
lo fundamental que era esa misión para superar a los españoles diciéndole que si no era Sucre el adecuado para ello, él, Bolívar, lo haría personalmente. Los
resultados se vieron después cuando Sucre fue el vencedor en Ayacucho. Por
algo Napoleón dijo que la guerra era más un esfuerzo de logística que de
batallas.