AERONAUTAS Y CRONISTAS

sábado, 23 de febrero de 2013

TESTIMONIO DE UN RESCATE DE COMBATE

TESTIMONIO DE UN RESCATE AEREO DE COMBATE

Para el año de 1996 las Fuerzas Armadas habían sufrido varios descalabros de combate en el sur occidente de Colombia. De infortunado recuerdo, ente otros, se tienen los de la Hormiga. Puerres, Orito, Patascoy y Las Delicias.

El 30 de agosto de 1996, 415 terroristas del bloque sur de las Farc arrasaron por sorpresa la base militar de Las Delicias. Al cabo de un desigual combate, murieron 31 militares, 60 fueron secuestrados y 15 quedaron heridos de gravedad. Este es el testimonio vivido y narrado por el mayor Ricardo Torres, desde la parte aérea, como copiloto del primer helicóptero militar que aterrizó en el lugar de los hechos, con la participación del Coronel Iván González, desde la parte terrestre, como comandante del Grupo Aéreo del Sur, en la Base Aérea de Tres Esquinas, Caquetá.



UH 60
Eran las cuatro y media de la tarde cuando despegamos del Batallón Joaquín Paris en San José del Guaviare con rumbo a la población de Las Delicias en el departamento del Putumayo. Volamos en un Black Hawk de la Fuerza Aérea Colombiana. Yo hacia parte de la tripulación de 4 personas que recibimos la orden de evacuar soldados heridos en combate.

Sobrevolamos durante dos horas y media sobre selva espesa, infinita y profunda. A la mitad del camino, nuestra cabina, que hasta ese momento vivió un ambiente fraternal y tranquilo, se fue quedando en silencio y se llenó de inquietantes secretos. La noche cayó sobre nosotros trayendo consigo un paisaje siniestro, tenso y enigmático, como preludio de acontecimientos fatídicos. Debajo, la jungla, era cada vez era más primitiva e intrigante.



CABINA DEL UH 60
Después de recorrer 450 kilómetros llamamos repetidas veces: Ejercito, Ejército, de rotor... Ejercito, Ejercito, de rotor... A la espera de una respuesta, imaginaba aquellos hombres tratando de sintonizar los radios cuando sintieran el rumor de nuestra nave. Lo único que escuchábamos era la lluvia de la estática atmosférica. El sistema de navegación marcó las coordenadas del destino justo debajo de nosotros, pero no podíamos verlo. Todo estaba oscuro. Hicimos varios giros, hasta que este surgió debajo de una bruma densa, “Creo que es ahí!”, dijo el Capitán“. Miré y apareció una base militar desolada y destruida por la barbarie. Construcciones incendiadas, escombros, postes y cuerdas, formaban desordenada telaraña junto a pequeñas embarcaciones hundidas a la orilla del río.


CAE LA NOCHE
Buscábamos un soldado, un campesino o alguna luz, pero nada apareció. Pensamos seguir hacia la base aérea más cercana, ubicada a 60 kilómetros sobre el río Orteguaza, pero no teníamos suficiente combustible en el depósito que alimentaba los motores. Era indispensable aterrizar, para reabastecer, en aquel pueblo fantasma donde los terroristas nos debían esperar o de lo contrario caeríamos en la selva. Pensamos en una emboscada preparada. Era inevitable entrar repeliendo posible fuego enemigo. Nuestra situación era crítica. En ese instante todas las posibilidades pasaron por la mente, desde la idea de arborizar, caer sobre algún cultivo ilegal o entrar en combate frontal.



ATERRIZANDO ENTRE LA SELVA
Todas las alternativas eran peligrosas, pero el deber era el de llegar luchando contra el enemigo o contra el riesgo de un accidente para rescatar a los heroicos heridos. Descendimos a poca altura donde identificamos lo que parecían ser personas acostadas en el suelo y bultos en movimiento. Pensé que los habíamos sorprendido, aunque era raro que no se ocultaran. Eran soldados caídos en acción y el movimiento era de cerdos salvajes husmeando en medio de ellos. El comandante de la aeronave tomó las precauciones necesarias y ordenó alistar las ametralladoras.

De inmediato, pusimos máxima disposición de combate, se posicionaron los escudos protectores de cabina y se desaseguraron las armas. Los pilotos con las manos sobre los controles de vuelo, los artilleros ajustaron los chalecos blindados y empuñaron las ametralladoras con el índice en el disparador. Todos con los ojos buscando en lo profundo. Estábamos alertas, callados, con la adrenalina calcinando el miedo, el sudor escurriendo por el cuello y los corazones palpitando aceleradamente.



ARMAMENTO EN LA MANO
Muy bajos, las ráfagas de los rotores avivaban las cenizas, apartaban los árboles agitando sus ramas, levantando hojas y polvo en diabólicos remolinos. El peligro era latente pero seguíamos vivos, ni un disparo ni explosiones ni gritos, nada. En vuelo lento, casi tocando el piso, el helicóptero se deslizaba, cual ángel de la noche explorando entre las ruinas de una antigua civilización extinta. Creí estar en un lejano asteroide en búsqueda de una patrulla perdida durante una fallida exploración espacial. Con las lámparas alumbramos las construcciones incendiadas, los rincones y las destruidas torres de los valientes vigías.

La pegajosa humedad, con fétido y penetrante olor sepulcral, entró por las puertas de los artilleros. Era el vaho de los cadáveres que convertían el aire en irrespirable y nauseabundo gas. Nos invadió la desolación y el espectro de la muerte. En la plaza de armas, llena de cráteres por el intenso bombardeo, antes cancha para deportes, yacían 17 cuerpos, 5 incinerados junto a las trincheras, 8 caídos dentro de las ruinas y 5 ahogados en la orilla del río. Las víctimas de un cruento final.

VIENTO INFERNAL
El fuerte e inevitable viento de la maquina, agitaba a los heroicos patriotas inmolados pero no vencidos, inermes, cubiertos con los harapos del destruido equipo militar. Algunos, con los ojos abiertos en sus pálidos rostros, mostraban el último gesto de valor. Nos aproximábamos al tiempo que nos empeñábamos en detectar cualquier señal de peligro.

De repente, notamos destellos de luz titilando con ligeros movimientos en la oscuridad. De inmediato detuvimos el vuelo pensando en el ataque frontal. Giraron las ametralladoras, quietud, máxima alerta y tensión con los nervios a punto de reventar. Solo el silbido de las turbinas y el golpeteo seco del rotor, pero no se escuchaban disparos.

Como sombras surgiendo de tumbas, comenzaron a aproximarse siluetas arrastrando los pies y levantando los brazos en actitud de suplicantes zombis. Caminaban tambaleantes implorando ayuda. Cuando el potente chorro de luz del reflector del helicóptero los cubrió, de repente, aparecieron sus fantasmales figuras. Encontramos lo que habíamos venido a buscar desde el lejano Guaviare, de donde habíamos partido esa tarde, a muchas millas de distancia de la amazónica selva al oriente del país, sin saber lo que nos esperaba. Eran los sobrevivientes de la arrasada Base Militar de Las Delicias, sobre el río Caquetá. Parecían seres del otro mundo que solo el brillo de sus ojos lo negaba, porque el resto era igual: lodo, sangre, sudor y lágrimas.

Aterrizamos casi a las siete de la noche entre lo que había sido su albergue. Caminé hacia ellos y me sorprendió un Teniente médico de la Armada acompañado de un enfermero y 22 heridos. Había llegado antes que nosotros, subiendo por el río, desde la Base Naval destacada en la frontera con el Perú. Algunos, en estado grave, tenían no menos de 4 y 5 impactos de bala en distintas partes del cuerpo; otros intentaban caminar aunque solo conseguían arrastrarse.



LAS RUINAS
Debíamos partir pronto, el enemigo podía estar acechando cerca. Unos acostados y otros sentados, pero al final no cabían todos en el helicóptero. Prioridad, se abordaron los más graves. Ningún soldado deseaba quedarse a la espera de otro vuelo y confundían al oficial con sus gritos de angustia. Era una situación inevitable así fuese dolorosa. Los menos afectados para después.

Mientras tanto, mi Capitán al mando del helicóptero, había abastecido la nave con los últimos 50 galones del combustible de reserva, que habíamos previsto llevar en un bidón auxiliar. Aceleramos los motores y despegamos mientras yo miraba por la ventanilla a quienes se quedaban por falta de cupo. En sus ojos se veía la angustia de tener que soportar el miedo de permanecer por más tiempo en el sitio. Volamos hacia la Base Aérea de Tres Esquinas.

En la cabina había un ambiente nauseabundo que emanaba de las heridas descompuestas que se mezclaba con el acre olor de la sangre y el sulfuroso humo de las armas que impregnaba sus cuerpos, empapados con el sudor del calor tropical. Además de los lamentos y el negro abrazo de la oscuridad de un infinito espacio selvático. Era como estar en el infierno. Al instante perdimos de vista la diferencia entre el cielo y la tierra. Era el panorama de un mundo sin horizontes.

Treinta minutos después llamamos: Torre Tres Esquinas, Tres Esquinas; helicóptero FAC 4122… FAC 4122. Contestaron: Siga FAC 4122, Control Tres Esquinas”. Informé la hora de llegada y el número de heridos. Encontramos el punto de aterrizaje en la oscuridad, señalizado solo con los precarios medios de iluminación disponible en el lugar, que nuestros aliados logrado instalar. Mecheros, luces de los pocos vehículos y linternas hacían de señalaros en el lugar de aterrizaje. Adicionalmente habían puesto en operación todos los medios de generación eléctrica disponibles para ayudarnos. Habían prendido el alumbrado público, las dependencias y viviendas, para que en algo sirvieran de faro orientador a nuestra aeronave. Se pretendía crear una mancha de luz en medio de la infinita selva.

LA BASE AEREA
Tres Esquinas es una Base Aérea enclavada en medio de la jungla con el fin de hacer presencia nacional y desarrollo fronterizo. Misión asignada desde el ya olvidado conflicto con el Perú y por ello sin dotación especifica como unidad de combate y poder aéreo. Aterrizamos y pronto, aparecieron las destellantes luces de las ambulancias mezcladas con las voces de los médicos y las enfermeras.

Sin embargo, no era el fin de tan dramático rescate. Faltaba trasladar a los heridos a un centro de salud con mejores servicios. Transcurrieron 20 minutos cuando, desde lo profundo del negro cielo, se escuchó el distintivo rumor de un avión Hércules ambulancia que se aproximaba. No lo veíamos ni entendíamos cómo conseguiría aterrizar, más si lo sentimos sobre nosotros trayendo una esperanza de salvación.

El comandante de la unidad había sido consultado por el máximo mando de la nuestra fuerza militar para pedir su opinión sobre si la gravedad de los heridos rescatados ameritaba intentar una difícil operación de un pesado avion ambulancia, en la noche, a ese destino sin ayudas técnicas confiables para un aterrizaje aceptablemente seguro. Era riesgoso pero ante el concepto de los médicos, decidió recomendar la operación. Y el comandante FAC, en un acto de solidaridad con sus soldados, la ordenó asumiendo todas las consecuencias.

De repente y cuando mas próximo se sentía, la potente luz de una bengala abrió un gran hueco en lo alto de la ignota bóveda celeste e iluminó el espacio. El avión apareció suspendido en el aire, en medio de un resplandeciente círculo, cual musculoso alado dios griego que acude a apoyar y cuidar a sus guerreros.



EL AUXILIO AEREO
Su silueta, en forma de cruz, giró majestuosa para aterrizar contrastando con el negro fondo del cielo. Cuando se posó en tierra, dejó en claro su llegada con una potente rastrillada de ruedas, frenos y una nube de humo de caucho quemado. Los motores rugieron a máxima potencia para contener la pesada y veloz mole salvadora. Sus hélices brillaron en cuatro grandes círculos reflejando los últimos rayos y destellos de luz de la bengala. Todos nos unimos a la celebración con gritos de espontáneo júbilo. Lo había logrado y los sobrevivientes se salvarían.

Rápidamente embarcamos a los soldados y, a la media noche, despegó el avion desapareciendo nuevamente en el oscuro velo. Exhaustos y complacidos respiramos profundo por la satisfacción de una nueva misión cumplida con aquel fatídico rescate. Nuestro mejor premio fue el saber que estos hombres pronto llegarían a un mejor lugar donde curarían sus heridas debidas a su invaluable valor y entrega a la patria.

Las condiciones meteorológicas empeoraron con nubes bajas, espesa neblina y algo de llovizna, que no permitían otro vuelo seguro del nuestro helicóptero de rescate. De por si la operación anterior había sido muy peligrosa ya que el helicóptero ni la tripulación no estaban equipados para operación nocturna. Los que quedaron fueron rescatados al otro día cuando las condiciones fueron favorables.

Después de estos hechos las cosas comenzaron a cambiar significativamente para las Fuerzas Armadas en su lucha contra los inhumanos y violentos.

Mayor Ricardo Torres.  Oficial FAC.

martes, 11 de diciembre de 2012

EL SUEÑO DE VOLAR

EL SUEÑO DE VOLAR

No se me permitió ingresar a la escuela primaria en el municipio de Concordia Ant. en donde residíamos en enero de 1962, por tener tan solo 7 y medio años. Debí esperar al siguiente año. Las normas escolares eran estrictas en ese aspecto.

Mientras eso sucedía, nuestra abuela materna, que vivió casi toda su vida en Urrao, decido visitar familiares y amigos de su juventud. Para ello me invitó de compañía.
Mientras estábamos en esa localidad, una de las pocas en la región que tenía campo de aviación, como se les decía a los aeropuertos en ese entonces, anunciaron la llegada de una comisión del alto gobierno que vendría de Bogotá, en compañía de otros funcionarios de Medellín, en un avión especial.

Las autoridades locales convidaron a varias personas para el recibimiento. La familia que nos hospedaba fue de ellas quisieron que fuésemos al acto de bienvenida que se realizaría en el aeropuerto. Eso era una gran novedad no solo para los locales más acostumbrados a ver aviones, sino para nosotros que nunca los habíamos podido ver de cerca. Pues ni cortos ni perezoso nos unimos a la comitiva.

La pista era en tierra destapada y solo una parte estaba en grama. No tenía torre de control. Había únicamente una estación meteorológica y un pequeño cobertizo, que hacía las veces de terminal, donde se resguardaban los pasajeros. Era la precaria infraestructura aeronáutica disponible.

Desde cuando el avión hizo la solemne y majestuosa maniobra de aterrizaje, todo fueron fuertes sensaciones para un niño de poca edad, de origen rural y pueblerino, que vestía pantalones cortos según la costumbre. El poderoso ruido de los motores era como un estruendo de volcán. Rugían con fuerza y potencia descomunal. El tamaño de la aeronave semejaba una bestia prehistórica que, de alguna fantástica y mágica forma, podía remontar el aire a pesar de su tamaño y peso.

Cuando se detuvo, era tal el impacto, sobre todo para los niños, que nos quedamos paralizados observando el fenómeno. Hasta nos causaba miedo. Estábamos con la boca abierta como si el asombro nos hipnotizara. Era demasiado grande y su estructura de aluminio sin pintar, brillaba como un espejo de acero pulido.

Las ruedas eran muy grandes y en la cola lucía la bandera colombiana para demostrar claramente la nación a la que pertenecía. Las hélices, por su dimensión, era increíble que pudiesen girar a tanta velocidad que se hacían invisibles e impulsaran esa enorme masa. Si la memoria no falla, la matricula era la del DC 3, FAC 654.



EL FAC 654 A QUE REMPLAZÓ AL ORIGINAL FAC 654 DESPUÉS DE QUE SE CONVIRTIERA EN EL FANTASMA FAC 1654

Habiendo bajado los pasajeros y entretenidos con quienes los recibían, los jovenzuelos curiosos fuimos perdiendo el temor y decidimos acercarnos al prodigio que nos había fascinado. Uno de los miembros de la tripulación, que atendía asuntos de la máquina, nos observaba con aire de alerta cuidando que no fuésemos a cometer una imprudencia.

Con el fin de ser cordiales, decidimos proponerle conversación en busca de conocer sobre el fenomenal invento. El hombre no fue fácilmente abordable. Casi que en actitud despectiva nos prestaba solo la necesaria atención y respondía con monosílabos a nuestras preguntas cuando le era indispensable. Era evidente el poco interés que le valían los que, para él, eran imprudentes mozuelos de poca consideración. Fue evidente que le éramos incómodos.

En esas, se me ocurrió decirle que de uno de los motores salía aceite como pensando que con ello lograría ganar su voluntad y romper el hielo. Yo no tenía la menor idea de que eso era casi que inevitable en ese tipo de motores, lo cual solo vine a saber muchos años después. La observación no le gustó mucho. Su respuesta fue la de que nos debíamos retirar porque era peligroso el estar debajo del avión.



PILLUELOS

La pedante respuesta tampoco me fue de buen recibo. Me surgió, de manera repentina, una idea que no tenía ningún fundamento, mucho menos que fuera creíble por lo ilógica y descabellada.

Como por reflejo instintivo, nada racional, le dije: yo voy a volar este avión. Eso sí le llamó la atención. Con sonrisa más bien burlona, preguntó, sorprendido ¡Sí! ¿Y cuando? A lo que contesté: No lo sé, pero algún día.

No me creía yo mismo lo que acaba de decir pero tampoco tenía la intención de desmentir. No hubo más oportunidad de hablar porque en ese instante, mi abuela me llamó para que la acompañara porque debíamos regresar al pueblo. Sin despedirme, me alejé pensando en el agrado que al tripulante causaba mi partida por deshacerse del osado chiquillo pedante. Al mismo tiempo en la inquietud que debí dejar en el superhombre.

Mi abuela quiso saber que me estaba diciendo el señor. Le conté que era yo quien le estaba diciendo que yo quería volar aviones como esos y que algún día lo haría. Tampoco me creyó y mejor guardó silencio. Por supuesto que no quise insistir porque sabía perfectamente que no era normal creer tal ocurrencia a un niño en un pueblo remoto. Después, ella vivió lo suficiente para verme como estudiante de aviación.

Pasaron los años de primaria y bachillerato. Un día del mes de noviembre del año 1973, fui proclamado bachiller en el Seminario Menor de Jericó. El secretario académico del plantel, durante la ceremonia, anunciaba la profesión que cada uno de los nuevos bachilleres pretendía seguir. En mi caso, dijo: "AVIADOR". De inmediato se dejó oír un murmullo en el público asistente al acto, quizás de sorpresa o de incredulidad, por lo inusitado. Era como si fuese algo exótico en un pueblo alejado de los aviones.

Otros años más, me graduaba como piloto militar y era ascendido al primer grado del escalafón del rango de oficial, el de Subteniente. Para ese momento invité a un querido profesor sacerdote del bachillerato, que siempre había confiado en mi aspiración, a pesar de lo difícil que parecía la realización.

Como religioso le pedí que tuviese la gentileza de bendecir la espada que se nos da como símbolo y expresión de autoridad. La misma que los militares conservamos de por vida y se coloca sobre el féretro cuando se nos llama a la eternidad.

Años después volé ese tipo de aeronaves, durante diez años, por todo el país. Por las zonas mas lejanas de frontera y en múltiples recorridos. En la flota de aviones que volaba estaba el FAC 654. Cuando dejé de volarlos, también coincidió con la determinación de la Fuerza Aérea de suspender la operación de los C 47 o DC 3.

Eran aeronaves de trasporte y lanzamiento de paracaidistas pero muy longevas en tecnología. Algunos fueron trasformados en artilleros con un trabajo de repotenciación y modernización. Fue rematriculado como el FAC 1654 con capacidad ya de fuego aéreo y denominado “El Fantasma”. No es adivinable cuantos años más vivirá subiendo al cielo y regresando a tierra.


EL FANTASMA

El resto fue enviado al retiro. Uno de ellos pasó al museo aeronáutico donde actualmente se encuentra de reliquia de una época pasada. Allí, con agrado, lo contemplo disfrutando de su merecido descanso. A él y a sus colegas, los traté con aprecio, cuidado y el mejor respeto. Por eso me respondieron con lealtad.

Ahora siento que me dicen que juntos logramos sobrevivir de esa aviación esforzada en donde todo es alerta constante porque nada es automático. Es una comunicación misteriosa entre seres, donde ellos tienen vida propia y expresan su amistad telepáticamente.

Una premonición surgida en un momento imprevisto y en un pueblo lejano se hizo realidad. Aunque, para ese instante, era algo irrealizable por lo distante en el tiempo, el lugar y las circunstancias.

La foto aérea es del hermoso valle donde se asienta el pueblo de Urrao entre las montañas de Antioquia y donde se aprecia la pista ya pavimentada, lugar del sueño de volar.

Además la de unos curiosos pillos a los cuales solo les falta la compañía de una picaresca perrilla, admirando esa fantástica máquina voladora del DC-3. Como me aconteció a esa tierna edad: “Es flaca sobremanera / toda humana previsión / pues en mas de una ocasión / sale lo que no se espera”.


LA PISTA DEL SUEÑO DE VOLAR