AERONAUTAS Y CRONISTAS

viernes, 1 de junio de 2018

30. ENTRE LEONES Y RATONES


30. Salto al vacío. Todo eso y bastante más, como las áreas de bombardeo que calculaba el navegante en segunda guerra mundial. Donde, luego, el artillero, definía el punto exacto de liberación de armas. Pero cuando ingresamos a la era de la “radionavegación terrestre y ahora la espacial o satelital”, la “navegación a la estima de precisión” la ignoramos.

Y nos quedamos sin lo uno, que por ser muy moderno no teníamos. Ni lo otro, que tampoco sabíamos. Porque o no lo habíamos estudiado o que, por negligencia, lo habíamos olvidado. 
Nos deshicimos de ese miembro de la tripulación, el navegante. Creyendo que nunca más necesitaríamos usar los anteriores y confiables métodos. De tal forma que era ya solo los pilotos quienes debían hacer el trabajo del navegante y volar el avión, al mismo tiempo. Mayor reto aún.

Ya muchos pensaban que si no se nos dotaba de radaraltímetros pasivos, medidores de distancia electrónicos, radares de navegación de área y  de aproximación de aeródromo, luces de trayectoria de descenso. Sistemas de aproximación con piloto automático, con captura y seguimiento de sendas de planeo, eje de pista y muchas otras facilidades modernas, que ahora existen, era imposible hacer la guerra en áreas remotas sin ayudas modernas. 
Y esa configuración de equipos sofisticados no era el caso de nosotros. No solo no teníamos los modernos medios sino ni siquiera los viejos.

Es importante tener pilotos ampliamente capacitados para toda clase de situaciones inesperadas. Nuestro gusto por volar tiestos anticuados y cafeteras traqueteantes,l se debía en gran parte a eso. Porque obligaban a saber de todo un poco. Así fuese un océano de extensión con un centímetro de profundidad.

Cada vuelo era una batalla de supervivencia y un reto a vencer. Pura adrenalina. No en Ferrari sino en Ford tres patadas y, si mucho, con Jeep Willys. Por pedantería, queríamos pasar de la era de piedra a la moderna sin tener que pasar por la edad del hierro. Pero cuando se trabaja con las uñas es muy útil saber más de la cuenta. Pues es el último recurso vital. Nos faltaba mucha logística aeronáutica para llegar al CACOM.


Faro de aeródromo.

Para completar, habían casi seis octas (75%) de techo de nubes, formado por niebla baja y una ligera llovizna. La cantidad de nubosidad que cubre el campo, ocultando la pista a las aeronaves, se mide meteorológicamente en octas. Eso le da una idea rápida a las  tripulaciones de una de las dificultades que tendrán para ver la pista, cuando el cielo no está despejado, con la necesaria antelación. Lo que es fundamental para alinearse en la trayectoria adecuada de aterrizaje.  
Aunque no éramos una unidad dotada, como un Comando Aéreo de Combate, las necesidades tan apremiantes nos habían convertido, repentinamente, en una unidad de guerra con medios demasiado improvisados. El peligro que estábamos corriendo era muy alto. 

Ideas extrañas eran a las que recurríamos para solucionar deficiencias. Comprobamos que en Tres Esquinas, no estábamos ni siquiera en el primer nivel de la tecnología militar. El primero de los cuatro en complejidad propuestos por el investigador Keith Krause.
El primero es la habilidad para operarla y mantenerla.
El segundo, para reproducirla.
El tercero, para adaptarla.
Y el cuarto, el más complejo, la habilidad para crearla.

Estaba dicho. La situación que vivíamos en la mitad de la década de 1990 nos confirmaba que el Mayor José M. Silva Plazas había tenido mucha razón. En 1930, en una autocrítica para las FF MM, durante una conferencia pública, diagnosticó que el atraso en la instrucción militar era como mínimo de un cuarto de siglo. Proponía la forma de cerrar la brecha académica. Pedía que se redactaran reglamentos y manuales propios.
Pero como todavía no estábamos maduros para ello, debíamos adoptar los reglamentos de cualquier ejército más avanzado que el nuestro, modificándolos según las condiciones nacionales.

Doble esfuerzo. Eso era lo que estábamos haciendo en Tres Esquinas, adaptando y modificando, al proponer procedimientos y técnicas logísticas o de combate alejadas de las teorías centrales. Aunque combatiendo según las circunstancias muy particulares del lugar sin los mínimos recursos y sin nada de sofisticación.
El esfuerzo más que doble. Casi partiendo desde inventar la tecnología. Y siguiendo los demás escalones, adaptala. Mejor dicho, todo. Luchar contra casi que lo imposible. Contra el enemigo y contra la pobreza. Emocionante reto.

Un enemigo que disponía de una inmensa selva para dispersarse y mimetizarse. Además de su completa adaptación al medio. Y bastante recurso económico proveniente del abundante dinero del narcotráfico. No pediamos para ostentar. Pues gastábamos, la verdad sea dicha, de manera austera en las operaciones y en el modo de vida. Teníamos que superarnos improvisando soluciones artesanales.

Se suponía que deberíamos saltar el nivel primario del desarrollo y, de una vez, adoptar métodos modernos. Pues sabíamos que estábamos ya en el tiempo donde existía mejor tecnología militar. Pero el atraso, la escasez de medios y la imposible alternativa de recibir un apoyo generoso, era pensar más con la ilusión que con la realidad.

Si mucho para lo esencial, como era el abastecimiento de agua potable. Y estábamos decididos a lograr lo que más nos fuese posible. Así no fuese todo lo necesario o lo ideal.

Rápida decisión. Volvamos a los aviones que debían regresar a tierra.
La decisión era de alto riesgo pero la tomamos rápidamente porque en cuanto a combustible en aviones se trata, cada segundo cuenta. Apurar y acertar en la decisión de asegurarles el aterrizaje o su regreso, significaba el salvamento de los cuatro miembros de la tripulación y el de los dos aviones. De lo contrario, el desastre.

Si fallábamos, a los pilotos solo les quedaba la última opción, la de la eyección nocturna. Maniobra peligrosa no solo para su llegada al suelo, en medio de la selva con relativos márgenes de sobrevivencia, sino la posterior búsqueda y rescate, de una tripulación. Además de perder los aviones. 
Por otra parte, apoyar una hora más el combate, mejoraba mucho las posibilidad de sobrevivencia de las tropas involucradas en la confrontación. Corrimos el alto riesgo de asegurarles que lograrían aterrizar con nuestras máximas ayudas. Y ellos siguieron combatiendo otra hora más. Dimos nuestro consentimiento.

En dirección contraria.
De cola a cabeza. Ya éramos, realmente, cabeza de ratón haciendo la guerra, pero la nuestra. No la de la cola de león, que ya había quedado. No espantábamos moscas. Tomábamos decisiones de combate con determinación. No importaba lo que, luego, dijeran negativamente los sabios de Bogotá de las locuras que estábamos haciendo. Ni que tan tampoco valoraran o ignoraran, después, como así lo fue. 

Los extremos esfuerzos de guerra, a que las incomprendidas circunstancias por parte de quienes están alejados y por fuera de las trincheras, nos retaron. Esos eran los riesgos que ellos habían querido, con cierto agrado, que corrieramos para ver si era verdad lo que argumentábamos o si perecíamos en el intento. No estábamos dispuestos a darles gusto en lo último. Teníamos que superarlos,  como fuera, para demostrar que nuestras ideas y juicios,  que nos habían puesto en desacuerdo, eran los correctas y ellos los errados. Estábamos cruzando el Rubicón. Y la suerte estaba echada.

Nuestra única opción era la de poder rendir un informe posterior similar a los lacónicos y sarcásticos partes que le enviaba el General Maza a Bolívar, después de cumplir las tareas que le encomendaba en la campaña del sur. Igual que la nuestra: “Misión toda cumplida. Sin prisioneros. Maza aún vive”.

Maza era claramente consciente que esos peligrosos deberes, que le mandaban, no eran tanto porque sus superiores querían reconocerle el mérito a su valor sino con la intención de ver si la guerra los libraba de tan incómodo subalterno. Subalterno que aún seguía aplicando, tercamente, el decreto de la guerra a muerte a pesar de que ya Bolívar lo había cancelado. Bolívar también sabía lo que significaba ese completo cumplimiento. y lo de que no habían quedado prisioneros. Y que Maza seguía existiendo.

Aunque para nuestra demostración no había que llegar a los extremos de Maza, sí era necesario que se confirmara que nuestras teorías eran correctas. Porque resistían los embates de los dos adversarios: el de los enemigos armados en la periferia nacional y el de los detractores intelectualistas colegas del interior centralista.

Las improvisaciones. Para ayudar al máximo al aterrizaje, ordenamos mantener en marcha todos los generadores Diésel a plena potencia, los nuevos y los antiguos.
Encender las luces, incluyendo las domésticas y el alumbrado público. Algunos mecheros con ACPM improvisados. Los pocos vehículos, con las luces prendidas, fueron puestos en la pista. Además de cuantas linternas de mano y lámparas portátiles se encontrara.

Despertamos e incomodamos a todos, incluidos los hogares, pero era necesario. Debían poner su grano de arena encendiendo las luces internas y externas de sus casas. En especial las más próximas a la pista. Aunque no faltó la señora de casa que se quejó de la incomodidad a sus dulces sueños y al de  sus hijos, con tanto ruido.
Era el momento de la verdad. En medio de la jungla cualquier luz, por tenue que sea, debido a la intensa oscuridad del cielo, que se confunde con la selva vista desde la cabina de un avión, es un gran alivio para las tripulaciones. Puede ser el detalle salvador.

Pusimos en alto nivel de alerta de auxilio a todo el personal de la unidad. En especial el servicio médico y hospitalario.

Avión OV 10

Las peligrosas maniobras. Después de la hora adicional, el avión líder de la escuadrilla informó que la nubosidad no le permitía posicionarse adecuadamente para el aterrizaje. Que haría un primer intento.

La neblina estaba empezando a cubrir el terreno y no lo veíamos. Cuando en la aproximación de aterrizaje salió del techo de nubes, pudimos ver sus reflectores de aterrizaje y donde estaba el avión, como un punto de luz difusa en medio de la niebla.
Estaba más alto de lo debido para aterrizar en la corta pista disponible. Dejamos que los pilotos siguieran sus conclusiones. Al instante estaba iniciando un sobrepaso por no darse las condiciones seguras para aterrizar. Habíamos fallado el intento de aterrizar del primer avión.

Los que estamos en tierra, observando desde en lugar próximo a la pista, vimos pasar del avión a poca altura, con los motores rugiendo para tomar de nuevo altura. Y nosotros sin poder hacer ninguna otra cosa por ellos. Nos quedamos mudos, conteniendo los impulsos de hacer recomendaciones a las tripulaciones. Fingiendo una latente serenidad. No queríamos causarles más embarazos para que actuaran por su cuenta.
A pesar que han pasado más de veinte años, de los hechos, aún sentimos preocupación de pensar que en esa noche y de esa forma, expusimos a grave peligro la escuadrilla que tanta ayuda dio a los soldados comprometidos en el combate.

Intentaron por segunda vez y aterrizaron. Todos sentimos que se nos quitaba un gran peso encima. De esa forma terminó la quemante preocupación. Ya no podíamos hacer nada más, aunque lo queríamos.

Las reflexiones. La relación costo-beneficio no justificaba que se les mandase a otra operación de ametrallamiento. Si salían con esas condiciones a otra misión nocturna de apoyo se perdería toda alternativa de ayuda futura. Era un evidente suicidio. Las tripulaciones estaban extenuadas después de haber estado en lugares distantes y en diversos lugares del país, durante esa larga noche, en diversos combates. Para venir a terminar en este alejado lugar de la selva.

Por el sólo agotamiento físico y mental, por prolongado estrés, era seguro que sería un descalabro.  A pesar de que eso implicaba una situación más crítica para las tropas de las Delicias. No es una buena decisión de quien sabiendo, de antemano que su victoria será pírrica, la realiza y con ello se niega oportunidades posteriores de mejores resultados, así sean solo factibles.

Siempre en estas circunstancias hay algunos que quieren hacer más y otros que no, todos tienen un criterio. Unos creen que pueden y otros que no pueden. En una fuerza militar todos tenemos un horizonte, un punto de equilibrio distinto, entre lo que es el ser y el deber ser. Entre lo que se quiere hacer o lo que se puede hacer con éxito. Algunos son más temerarios que otros. Debemos cuidarnos tanto de la excesiva prudencia como de la exagerada imprudencia.

Los subalternos suelen pensar solo en lo inmediato. El comandante tiene que mediar pensando en lo macro. En cómo sus decisiones van a influir sobre la victoria. Si poniendo en riesgo al momento a sus hombres, su más valioso recurso, o preservándolos porque después le permitirán vencer. Casi que debe proveer el futuro y sobre cómo, todo eso, beneficiará mejor el interés nacional.

Son sus silenciosos pero poderosos conflictos mentales. Su guerra es interior antes que exterior. Las consecuencias de lo que haga o deje de hacer, siempre es de muy posibles riesgos fatales, culpas legales, morales o políticas, de graves consecuencias. Aunque también de méritos. Si es que se los reconocen, porque también existe la muy frecuente alternativa de que se los ignoren. A estos conflictos son los que muchos temen y por ello evitan dar órdenes. Saben que si los hacen tampoco será mucha la retribución. 

Al día siguiente vendría la operación de rescate que fue otro escalón que subimos en la escalera para llegar al CACOM. Operación en la que nos habría sido de mucha utilidad el helicóptero que nos habían retirado, enviándolo para Bogotá, cuando nos redujeron el componente aéreo de la FUTACAL, por órdenes superiores, como ya lo contamos. Lamentamos mucho su ausencia en estos momentos cuando fue vital el haber podido disponer del recurso.


Caseta de comunicaciones destruida

Reconocimiento aéreo. Mientras tanto, en el GASUR, tan pronto amaneció vimos que la niebla todavía no se había disipado. El anticuado, pero funcional avión de transporte, el C-47 miliar o DC-3 civil, no pudo despegar para hacer un simultáneo vuelo de reconocimiento en las Delicias y un apoyo logístico a la base de naval de Puerto Leguízamo. La visibilidad era muy poca pro la densa niebla que persistía desde la noche anterior. La que casi no deja aterrizar la escuadrilla de ametrallamiento.
Necesitábamos un reconociendo para ver si era factible continuar con el apoyo aéreo de combate.

Debimos esperar a que calentara el aire para que se levantara la niebla. Para las 08:30 de la mañana el avión pudo despegar y al poco tiempo nos estaba reportando. La nubosidad no permitía ver bien lo que estaba sucediendo en las Delicias. Sin embargo, alcanzó a observar que ya no había combate y lo que parecían ser varias construcciones convertidas en cenizas. Por ello no ordenamos más apoyo aéreo. No era aplicable. El avión continuó con la otra misión para que de regreso hiciera otro reconocimiento, ya que la base de las Delicias queda en la ruta aérea que conduce a la frontera con el Perú.

Más tarde nos reportó que ya no se observaba en el lugar ninguna presencia de personal y muchos daños. Supimos que el combate había terminado. Que estaba claro que era su total destrucción. No haríamos más ametrallamiento ni cubrimiento aéreo. Nos concentramos en lograr una operación de rescate por vía aérea. Ya, por el río Caquetá, se estaban dirigiendo al lugar, de sur a norte, rápidos elementos de combate fluvial y unos lentos transportes fluviales, que llegarían en las horas de la tarde a Las Delicias, procedentes de la Tagua.

La operación de rescate. Al día siguiente, sábado 31, posterior al ataque a la Base de las Delicias, nos concentramos en las coordinaciones del apoyo sanitario, inteligencia y planeamiento de una factible reacción por tierra y persecución. En cuanto a operaciones de combate aéreo y apoyo de fuego ya no eran conducentes. Mientras esto acontecía habíamos planeado un rescaté por vía aérea. Eso implicaba usar helicópteros, los que no disponíamos. Acudimos nuevamente al nivel central.

Del COA ordenaron, por la tarde, el desplazamiento de un helicóptero “Halcón Negro” para esta misión. El helicóptero más cercano estaba a 3 horas de vuelo, en San José del Guaviare. Se encontraba prestando apoyo final a la operación Conquista 1. En el vuelo de traslado se le hizo de noche y, aunque no estaba dotado para operación nocturna, logró rescatar varios heridos.

Esa espeluznante misión de rescate es contada en la crónica “Rescate Aéreo de Combate”, por el copiloto de la aeronave en forma resumida. El informe pone en evidencia la crueldad de los hechos acontecidos en Las Delicias.

El testimonio. Lo vivido y narrado por el Mayor Ricardo Torres, copiloto del helicóptero de rescate militar que aterrizó en el lugar de los hechos.

Su historia. Para el año de 1996 las Fuerzas Armadas habían sufrido varios descalabros de combate en el sur occidente de Colombia. De infortunado recuerdo, entre otros, se tienen los de la Hormiga. Puerres, Orito, Patascoy y Las Delicias.

El 30 de agosto de 1996, 415 terroristas del bloque sur de las FARC arrasaron por sorpresa la base militar de Las Delicias. Al cabo de un desigual combate, murieron 31 militares, 60 fueron secuestrados y 15 quedaron heridos de gravedad.

Eran las cuatro y media de la tarde cuando despegamos del Batallón Joaquín París, en San José del Guaviare, con rumbo a la población de Las Delicias, en el departamento del Putumayo. Éramos el único helicóptero y el más próximo en ese vasto espacio aéreo para prestar ayuda a los soldados de Las Delicias. Volamos en un Black Hawk de la Fuerza Aérea Colombiana. Yo era el copiloto de una tripulación de 4 personas que recibimos la orden de evacuar soldados heridos en combate la noche anterior.

Sobrevolamos durante dos horas y media sobre selva espesa, infinita y profunda. A la mitad del camino, nuestra cabina, que hasta ese momento mantuvo un ambiente fraternal y tranquilo, se fue quedando en silencio y se llenó de inquietantes secretos. La noche cayó sobre nosotros trayendo consigo un paisaje siniestro, tenso y enigmático, como preludio de acontecimientos fatídicos. Debajo, la jungla era cada vez más primitiva e intrigante.



Anocheciendo sobre la selva

Después de recorrer 450 kilómetros llamamos repetidas veces: Ejército, Ejército, de rotor... Ejército, Ejército, de rotor... A la espera de una respuesta, imaginábamos aquellos hombres tratando de sintonizar los radios cuando sintieran el rumor de nuestra nave. Lo único que escuchábamos era la lluvia de la estática atmosférica.

El sistema de navegación marcó las coordenadas del pueblo justo debajo de nosotros, pero no podíamos verlo. Todo estaba oscuro. Hicimos varios giros, hasta que surgió debajo de una bruma densa, “Creo que es ahí”, dijo el Capitán“. Miré y apareció un caserío desolado y destruido por la barbarie. Construcciones incendiadas. Escombros, postes y cuerdas, formaban desordenada telaraña junto a pequeñas embarcaciones hundidas a la orilla del río.

Buscábamos un soldado, un campesino o alguna luz, pero nada apareció. Pensamos seguir hacia el GASUR, la base militar, más cercana, ubicada a 60 kilómetros al norte sobre el río Orteguaza, pero no teníamos suficiente combustible en el depósito que alimentaba los motores.
Era indispensable aterrizar para reabastecer con los bidones de combustible adicional que llevábamos en el compartimento de carga. Reserva de combustible improvisada porque la aeronave no tenía, en su configuración normal, la capacidad de ejecutar ese vuelo de emergencia a tanta distancia.

Teníamos que hacer una escala técnica en ese lugar. En aquel pueblo fantasma, donde los terroristas nos debían esperar, para hacer el trasvase del combustible o de lo contrario caeríamos en la selva. Pensamos en una emboscada preparada.
Era inevitable entrar repeliendo posible fuego enemigo. Nuestra situación era crítica. En ese instante todas las posibilidades pasaron por la mente, desde la idea de arborizar, caer sobre algún cultivo ilegal o entrar en combate frontal.

Todas las alternativas eran peligrosas, pero el deber era llegar luchando contra el enemigo o contra el riesgo de un accidente, para rescatar a los heroicos heridos.
Descendimos a poca altura donde identificamos lo que parecían ser personas acostadas en el suelo y bultos en movimiento. Pensé que los habíamos sorprendido, aunque era raro que no se ocultaran.
Eran soldados caídos valientemente y el movimiento era de cerdos salvajes husmeando entre ellos. El comandante de la aeronave tomó las precauciones necesarias y ordenó alistar las ametralladoras.


Helicóptero engullido por la selva

De inmediato, pusimos máxima disposición de combate, se posicionaron los escudos protectores de cabina y se desaseguraron las armas.
Los pilotos con las manos sobre los controles de vuelo, los artilleros ajustaron los chalecos y cascos blindados, empuñando las ametralladoras y con el dedo en el disparador. Todos con los ojos buscando en lo profundo. 

Estábamos alertas, callados, con la adrenalina calcinando el miedo, el sudor escurriendo por el cuello, empapando pechos y espaldas. Y escuchando palpitante el corazón en los oídos.

29. ENTRE LEONES Y RATONES


29. El combate en Las Delicias.
El motivo. El General Rumor comenzó a causar graves efectos al enemigo. Como se dice, les salió el tiro por la culata. La actitud de la población había comenzado a crearles una exigente hostilidad. Entonces debieron pensar en otra acción desesperada. Para ello ejecutaron el ataque a la Base del Ejército en Las Delicias, encabezadas por algunos de los negociadores en Cuba.

Como no dio resultado y quedaron, nuevamente, tan mal con las marchas campesinas, como supuestos defensores de la agricultura coquera, pasaron de la presión social impuesta, a la ofensiva militar abierta. Y creyeron triunfar con la destrucción de la base militar de Las Delicias. En ella asesinaron varias decenas de soldados, dejaron heridos a otros tantos, secuestraron al resto y destruyeron la Base.

El resultado fue inverso porque llamaron la atención de la conciencia colectiva colombiana. Se rompió la indiferencia nacional con la región, por muchos años. Comenzaron a sufrir el retroceso de ese disparo mal planeado en cuanto a lo político y sicosocial. Sin prever los efectos colaterales de una acción armada.
Fueron totalmente rechazados por la evidencia que demostraron de su barbarie. Arrinconados, enmontados, aguantando hambre, muertos de miedo, ciegos y diciendo incoherencias. Fue un acto de desespero porque el impacto real sobre nuestro poder nacional de combate fue insignificante.

Así las noticias lo presentaran como un gigantesco descalabro militar que era motivo para pensar en que las FF AA  estábamos sufriendo una casi derrota completa.
La magnificación de los hechos era un buen atractivo para captar audiencias dentro de la competitiva vida periodística. Para los que sabíamos del real impacto de ese combate sobre el poder militar nacional, sólo era una momentánea y ligera pérdida de moral de combate local y un somero debilitamiento de la mentalidad nacional en la confianza en las FF AA para contener la amenaza terrorista.
Para los ilegales era otra arma más en su dogma de empleo de todas las formas de lucha.


De todas maneras, nos desconsolaba el hecho de que para apretar el disparador de los bombardeos se debía pedir tanto permiso a los indecisos militares burócratas de Bogotá.
Lo evidencia el hecho que, después de ese combate llegaron 11 Generales inquietos a Tres Esquinas. Dentro de ellos dos bastante preocupados porque les contáramos la historia de primera mano de lo acontecido. Y la mayoría con la preintención de ver cómo habíamos fallado, para poder inculpar a alguien, porque la responsabilidad no podía trascender al poder central atrincherado en sus escritorios. 

Si el GASUR debía cambiar de mentalidad para llegar al CACOM, la cúpula sí que debía mutar sus anquilosadas doctrinas. Como las evidenció el Capitán británico de caballería. Norman Dixon en su libro “Sobre la Sicología de la Incompetencia Militar”. 

El relevo. La Operación Conquista 2 se había paralizado casi completamente por las marchas campesinas pero la tropa del Batallón de La Tagua, que estaba haciendo el cierre de la desembocadura del río Caguán, aún permanecía allí. El comando del Batallón le envió un destacamento de relevo. Necesitaban un descanso de combate.

Los del Caguán fueron enviados a la Base de las Delicias donde, aunque no era un lugar de descanso, por lo menos, tendría una menor amenaza. Pasaba a la retaguardia de la Operación Conquista 2. La nueva ubicación les daría un relativo receso sin modificar ni debilitar el esquema de las operaciones.

El comandante. El Capitán Comandante de la tropa ya había estado en esa Base anteriormente, y por ello era buen conocedor del lugar, así como lo relativo a las fortalezas y debilidades del destacamento.

Se encontraba desmotivado. Había pedido el retiro de la institución, por voluntad propia. No se le había dado el permiso de desacuartelamiento demorando su salida sin motivo aparente. Posiblemente debido a las dificultades de remplazo por la necesidad creada por la Conquista 2 de bloquear el Caguán y, por otra parte, por las razones ya dichas. Sobre la resistencia que el personal ponía para ir a esos destinos aduciendo toda clase de inconvenientes personales o profesionales.

Los preparativos del ataque. La destrucción de la Base Militar de Las Delicias ya la venían valorando las FARC desde hacía algún tiempo. Calcularon la capacidad de reacción, el aislamiento, las posibilidades de apoyo y las condiciones del área para una aproximación furtiva, usando la densa selva que la rodea.

Los narcoterroristas adelantaron una minuciosa acción de inteligencia de las defensas activas y pasivas de la unidad. Estudiaron con detalle el terreno, los lugares de donde sacarían el recurso humano y de armamento para el asalto. 
Decidieron que debían emplear una correlación de fuerza de choque de 4 a 1 en hombres y armamento para el asalto. Y de 6 a 1 considerando los apoyos. 400 narcobandoleros contra los aproximados 100 soldados de dotación en Las Delicias.

Evaluaron la distancia, confluencia y mimetismo de las vías de aproximación. Como el ya mencionado río Mecaya y su compañeros, que fluyen paralelos aproximándose al lugar del ataque. Calcularon la capacidad de reacción, el aislamiento, las posibilidades de apoyo y las condiciones del área para el acercamiento sin crear sospechas ni filtración de su planeamiento y movilización.

Elaboraron una maqueta de las instalaciones y del terreno e hicieron prácticas simuladas del ataque. Todo lo registraron documentalmente. Hasta lo plasmaron en ayudas audiovisuales, las cuales usaron para perfeccionar la maniobra. Todo eso lo supimos después de la toma de la Base por medio de documentos abandonados por los insurgentes ante la fuerte presión a que fueron sometidos durante nuestra posterior persecución.

El ataque. Para el comandante del GASUR, el día 30 de agosto de 1996 las labores habituales terminaron sin inconvenientes. Como a las 19:30 horas se presentó el Mayor Comandante de la FUTACAL para informar que había recibido comunicación del Batallón de la Tagua, en la que se pedía estar alerta para un posible apoyo aéreo en Las Delicias, donde había sucedido algo, sin saber que podría ser. La solicitud era más de alerta que un requerimiento claro de apoyo de combate.

Trinchera de combate.

El lenguaje. La claridad, precisión, concisión y oportunidad, son fundamentales en estos casos. Como lo debió ser durante nuestra participación de apoyo al combate de la policía antinarcóticos o el manejo operacional del avión Fantasma o la decisión de un bombardeo o la permanencia del componente aéreo en Tres Esquinas o el rol para una operación de contención en el Caguán o de una turba enfurecida de población civil, en un rápido recuento. Eso en cuanto lo operacional. Lo logístico ya fue narrado.   

Con frecuencia se transmiten ideas bastante etéreas debido a la confusión y el desconcierto, que caen en la imaginación y sin forma clara el propósito. Por ello no es definible si es solo una inicial y simple alerta o una solicitud definida o una exigencia categórica. Los niveles de lo pretendido son vaporosos.

La alerta. Estando de noche y como no teníamos capacidad aérea ofensiva, de manera preventiva llamamos a Bogotá, al Centro de Operaciones de la Fuerza Aérea COFA. El mismo donde en ocasión anterior habíamos pedido el bombardeo cuando atacamos al enemigo en Remolinos del Caguán. 

Teníamos la esperanza, aunque con bastantes dudas, que en esta oportunidad si fuésemos creíbles. Se trataba de informar y alertar sobre una factible solicitud positiva posterior de apoyo nocturno con fuego aéreo cercano. Posiblemente con bombardeo, ametrallamiento y cohetería. Sin poder decir cuando, aunque si el lugar, Las Delicias.

Un ametrallamiento, desde el aire con armas automáticas montadas en aeronaves y el disparo de cohetería con cabezas explosivas, también es un bombardeo. Pero como la restricción de no bombardear no fue claramente especificada por el gobierno nacional ni fue pedida por los altos mandos, aunque era necesaria, considerábamos que el uso de esa configuración armada no era bombardeo. Que ese concepto se limitaba sólo al disparo de armas explosivas de alto poder de caída parabólica.

Por la indefinición de la orden podíamos evadir en algo la restricción. Aunque a riesgo de luego ser descalificados por errada interpretación y por ello motivo de acusación. Habían siempre cosas indefinidas de ambos lados: los que pedían apoyos y quienes los autorizaban. O, después, calificaban si las cosas no salían como ellos, luego, considerarían que debió ser. Aquel principio de: Claro, preciso, conciso y oportuno, de las comunicaciones militares, era solo teoría de salón y nada de doctrina y menos de ocasión.

Nos dijeron que harían lo posible aunque todo indicaba que sería muy difícil debido a que se encontraban copados con múltiples operaciones en diversas partes del país. Los insurgentes habían atacado esa noche otras poblaciones (27), en diversos lugares para debilitar la capacidad de apoyo en su operación central sobre Las Delicias.

Alrededor de las 20:00 horas nos llega otra comunicación de la Tagua donde se nos dijo que el Capitán había llamado para anunciar que la situación era muy grave. Que los estaban atacando, los bombardeaban y que necesitaba toda la ayuda posible. La comunicación se había cortado y no se sabían más detalles.
Los sobrevivientes contaron, luego, que después de ese mensaje volaron la caseta de comunicaciones, no hubo más llamados y el Capitán se dedicó a dirigir el combate y la defensa de su unidad.

El requerimiento de apoyo aéreo. Pedimos al COFA, en Bogotá, un apoyo de ametrallamiento aéreo e iluminación. El apoyo más factible saldría de la Base Aérea de Villavicencio, que se encuentra a unos 400 km del lugar del combate. Gran parte de la capacidad de ametrallamiento simultáneo de la FAC ya estaba comprometida. Tal recurso de poder aéreo estaba bastante disperso por el territorio nacional.

Un detalle llamativo, casi que pintoresco del momento, fue que además de la solicitud telefónica al COFA, para que se nos prestara la suficiente atención, aunque dudábamos, por parecer para ellos de exagerados, reforzamos con un mensaje telegráfico directo con clasificación de prioridad, al Señor Comandante de la Fuerza Aérea Colombiana. Queríamos que quedara un registro documental físico así hubiese una grabación de audio de nuestra llamada telefónica en el COFA.

Como no era horario de oficinas, estábamos en máximo apremio y no era oportuno seguir los estrictos protocolos de elaboración de un mensaje con todas las reglas de cortesía para la correspondencia militar, que es muy diplomática y más para tan alto mando, lo hicimos a puño y letra. Y la remisión fue fotostática por vía fax. En el pedíamos el apoyo y enfatizábamos que el combate se encontraba, en ese momento, en progreso. Sin las normas de codificación ni clasificación requeridas.

Pero estábamos seguros que causaría el efecto deseado. Y así fue, el señor General Jefe de Operaciones Aéreas de la FAC nos respondió con una llamada personalmente, a pesar de lo avanzado de la noche, para ratificar. Hasta preguntó si nosotros habíamos elaborado el documento. A manera de curiosidad, más que de inconformidad, por lo inusual y coloquial.  

A la media noche nos llamaron de Bogotá diciendo que habían mandado una escuadrilla de apoyo. En su trayectoria directa al blanco pasarían próximos a la Base de Tres Esquinas.


Los alojamientos destruidos 

El apoyo. Sobrevolaron Las Delicias a la una y media de la mañana con dificultades de visibilidad por niebla, humo del combate y la oscuridad para visualizar los puntos a batir. Para intentar una identificación lanzaron bengalas. Así pudieron hacer ametrallamientos hacia las posiciones que se suponían serían las enemigas.

Fue importante el efecto pues lograron que disminuyera la intensidad del combate. El que se hacía visible por los fogonazos de las explosiones del bombardeo enemigo, con cilindros bombas artesanales, pero destructivos, las trayectorias de las balas trazadoras y el resplandor de los incendios. Era lo que se captaba desde el aire en la oscuridad de la noche.

Difícil situación. Después de una hora de disuasión, la escuadrilla aérea nos llamó para informar que suspendía el apoyo para regresar a Villavicencio por agotamiento del combustible. Que podía permanecer otra hora más si le asegurábamos el aterrizaje en la Base de Tres Esquinas. Posibilidad que era bastante remota y riesgosa.
No disponíamos de las facilidades para asegurar un aterrizaje nocturno confiable. Tales como ayudas de radionavegación, procedimientos de aproximación, un piso duro con demarcación y alumbrado de pista.

El ceilómetro. Hasta nos faltaba la meteorología básica, que es fundamental, tal como la medición de visibilidad horizontal y la altura de nubes. Debido a esa grave limitación, habíamos pensado, en meses anteriores, fabricar un ceilómetro artesanal, lo que no nos fue posible debido a la prioridad de otros factores y la escasez de recursos.

Algunos también se rieron de esa nueva idea loca, porque no sabían la importancia y el alto valor que tiene ese dispositivo en condiciones de vital apremio.

Con un reflector se ilumina la base de las nubes y con un cálculo trigonométrico se mide la altura. Dato importante para la tripulación,  pues le indica la altura hasta la que necesitará descender sin visibilidad para encontrar el espacio despejado indispensable sobre el terreno para disidir si intenta aterrizar o aborta la maniobra. Lo que llamamos “Altura de Techo de Nubes”.

Además ver los espacios o huecos de nubosidad por donde el avión puede penetrar con las mejores posibilidades de identificar los obstáculos. La mancha de luz dentro de las nubes le indica la posición exacta debajo de la cual se encuentra el aeródromo. Con ello efectuar un patrón de aproximación de baja precisión pero de mucha ayuda a falta de mejores y mas modernos métodos de alta precisión.

La meteorología la mediamos a puro ojímetro, que era nuestro ceilómetro empírico. En esa oportunidad vimos lo importante que sería contar con ese dispositivo , así fuese al estilo y técnicas antiguas pero funcional. Como se hizo durante la segunda guerra mundial. No estábamos lejos de esas épocas debido a nuestro atraso técnico. Los controladores aéreos necesitaban esas facilidades para poder dar tan necesaria información al avión.

Reflectores en Gibraltar

Pensando en eso, meses antes, habíamos preguntado mucho si habían visto algo similar. Sospechábamos que debió  existir antes. Alguien recordó un poco con nuestra descripción. Nos llevó a ver lo que estaba abandonado en la maleza en muy mal estado. Un voluminoso armatoste que aun conservada el espejo parabólico Pensamos que era un dinosaurio que debió proceder de un viejo buque de escolta de convoyes en el oscuro Atlántico norte durante la segunda guerra mundial.
Los que se usaban para comunicarse en forma silenciosa en las noches. Se ve que algún día habían dispuesto de esa facilidad en Tres Esquinas. No era recuperable. Pensamos que podíamos fácilmente fabricar uno moderno más pequeño y potente con menor consumo de energía. Pero no se nos dio el momento, pues nadie más sabía del tema para colaborar.


Operarios de reflector

El faro. La otra ayuda, el faro giratorio de aeródromo. Para la ubicación y el acercamiento a la trayectoria de aproximación para el aterrizaje. Lo habíamos visto. Aún estaba en el extremo de una alta torre metálica al pie de nuestra oficina. No funcionaba desde hacía muchos años. Tantos que ni los más viejos recordaban cuando había dejado de iluminar. Como mínimo 50 años. También habíamos pensado en recuperarlo pero nadie en la Base savia como se hacía.
Nosotros no disponíamos del tiempo para esa otra aventura de restauración de antigüedades y menos que se nos dotaran de uno moderno.

Quienes asignaban los presupuestos pensaban en tiempos de paz, la de Bogotá. No la de guerra, en la selva, que era otro mundo. Éramos un asteroide errante en medio del cosmos que pocos sabían dónde se encontraba. Como Rommel en el norte del África.

Es esencial para los pilotos porque les permite medir la distancia al destino según el tiempo de demora entre el destello verde y el amarillo, usando un cálculo de triangulación. Y, sobre todo, enfocar el eje de una pista no iluminada, desde la  distancia necesaria de maniobra y sin necesidad de tenerla a la vista, durante la aproximación. De esa forma poder llegar a la altura mínima de decisión de aterrizaje en forma segura. Porque los pilotos saben que están dentro del cono de aproximación y procediendo por la zona libre de obstáculos. Tal certeza se logra por medio de un procedimiento de vuelo prediseñado y ya, igualmente, bastante olvidado.
Como el del aterrizaje nocturno, sin ninguna ayuda de tierra usando el lanzamiento de bengala. El que se debió hacer, a la siguiente noche, para rescatar los soldados sobrevivientes del combate. 


CIRCUITO DE AERÓDROMO VIRANDO SOBRE EL FARO GIRATORIO DE TORRE PARA ENCONTRAR LA TRAYECTORIA DE ENFRENTAMIENTO DE LA PISTA EN LA OSCURIDAD O EN CONDICIONES DE POCA VISIBILIDAD