UNA ESCUELA
DE CADETES Y UN COMANDO DE COMBATE
Nos agradó cuando fuimos destinados como
segundo comandante de la Escuela Militar de Aviación. Podíamos actuar sobre
algunos aspectos que ya, en otra ocasión anterior, habíamos querido implantar
en el campo de la capacitación y formación de los oficiales. Aspecto logrado
sin ningún éxito por las oposiciones y la resistencia al cambio de la vida
castrense.
EL COMIENZO
Pedimos disfrutar de un periodo de
vacaciones, que durante algunos años se nos habían negado, antes de asumir el
cargo y mientras se efectuaban las reparaciones a la casa que debíamos ocupar.
Pero se nos exigió presentación de inmediato sin ninguna consideración, ya que
debimos trasladarnos sin disponer de un lugar donde alojar la familia. Algo que
era salvable puesto que no había exigencias mayores. Siendo factible se nos
hubiese otorgado los días mínimos indispensables para efectuar las reparaciones
básicas de la vivienda.
Cumplimos lo ordenado dejando la familia
en el destino anterior mientras tanto. Pues nuestro primer hijo estaba muy
pequeño y no podía alojarla en un espacio minúsculo y sin las debidas
comodidades indispensables. Nos asignaron un cuarto de barraca durante un mes.
Del cual casi ni salimos debido a lo incómodos con la actitud demostrada. Y
esperamos la llegada de la familia cuando la casa fuese habitable después de
las reparaciones.
Esa intransigencia sin razón afectó la
familia. La toleramos con resignación bajo el principio de la obediencia plena,
algo que exige la profesión militar. Pero que era, a todas luces, bastante
retrogrado, como el nuevo superior solía actuar. Y como, después, se comportó
con nosotros, durante el cargo que desempeñamos. La familia lo toleró con
resignación silenciosa.
LAS INSTRUCCIONES BÁSICAS
La primera instrucción que nos dio el
nuevo superior fue que el campo operativo estaría totalmente separado del campo
administrativo. Algo que concordaba con nuestras ideas. El, como Director,
asumía todo lo operacional mientras nosotros no debíamos preocuparnos de nada
de ese aspecto. Que debíamos concentrarnos exclusivamente en lo administrativo
como Subdirector.
Por eso durante los meses siguientes
estábamos poco enterados de lo que acontecía en el campo operacional. Porque,
además de ser hermético en ese aspecto, era celoso y prevenido en evitar que
hasta conociéramos los detalles de lo que acontecía. Lo que, luego, nos fue
contraproducente cuando, ante las circunstancias que superaron su capacidad de
manejo de las situaciones, nos exigió deberes operativos sin habernos permitido
familiarizarnos con ese campo.
Vio que necesitaba de nuestra ayuda y
respaldo sin admitir sus incompetencias. Y ahí si cambió, por su libre albedrío
y sin previsión, asumir funciones operativas con las
correspondientes responsabilidades, sin la debida preparación para ello. Cuando
antes nos había dejado en claro que sería solo de su incumbencia lo operativo
por su sobrada destreza profesional. La que le resultó insuficiente, como se
verá, cuando nos atacó el enemigo.
Aunque es necesario que las funciones
sean separadas pero no excluyentes. Pues debe actuar en conjunción moderada
para generar sumatoria de esfuerzos porque en algún momento lo demandarán las
circunstancias. Si se prevee que las cosa no cambiarán, que serán estáticas,
que no habrá anormalidades, se puede programar una separación constante y
sistemática. Pero casi nunca, menos en lo militar, las cosas son así. Es de
todo un poco. Por eso nuestra teoría de militares polifacéticos y
multifuncionales. Deben ser líderes ampliamente ilustrados capaces de actuar y
decidir tanto en la planeación como en la improvisación. Basados en un rico
espectro profesional de conocimientos.
Otra circunstancia era de tipo personal.
Que solo deberíamos salir de la Base con permiso. Sin importar que acordásemos
la necesaria permanencia de alguno de los dos dentro de las instalaciones con
funciones de comando responsable. Argumento que nos pareció muy justificado en
cuanto a lo que deseaba que fuese nuestro mutuo dedicado empeño por atender las
funciones del cargo. Sin embargo, la orden se nos hizo bastante extraña pues
por el hecho de haber salido de los predios físicos y dentro de lo que,
supuestamente seria la guarnición, un superior nunca deja de ser responsable.
Una vieja orden militar exigía que para
salir de la guarnición, aun en vacaciones y durante las licencias, era con
permiso previo. Incluso, la de presentarse al comandante a donde se llegaba
para cumplir con aquello de la disponibilidad permanente de la vida militar.
Una orden ya caduca. Eso era cuando la nación solo tenía caminos de herradura.
La movilidad, las comunicaciones y el desplazamiento eran muy precarios. La
lentitud del cambio y de la modernización en las normas era tan anquilosada que
aún existía. Nadie se había preocupado en actualizarla o deshacerla. Otro
asunto más que demuestra la pesada inercia institucional y su excesivo
tradicionalismo.
Sin embargo, aún se daban militares que
seguían siendo de esa mentalidad y naturaleza envejecida. Aun mas, exagerando
la interpretación de esa norma a limites casi que retrógrados para con el
subalterno. Porque cuando él se ausentaba no tenía el detalle de informarnos
del nivel de responsabilidad que automáticamente asumíamos cuando salía de las
instalaciones.
Consideraba que otro deber permanente
nuestro era el de que teníamos que estar siguiendo sus pasos para estar
enterados de su permanente ubicación. Por si solos o con constantes
averiguación, por medio de terceros, para saber si éramos responsables de todo.
No era facilitador amistoso a pesar de
su rango, pero si exigente severo al mejor estilo de los viejos comandantes
soberbios y vanidosos propios de tiempos pasados en el campo militar. Actitud
bastante odiosa y poco funcional para el interés institucional.
Lentamente fuimos descubriendo que el
motivo era que se sentía, desde su interioridad y se lo dictaba el
subconsciente, que era incapaz de asumir el manejo pleno de sus asuntos
profesionales y más el de la Dirección de la Escuela, por sí solo. Le era
indispensable sentir la proximidad de un apoyo sicológico. Así fuese en el
campo operación, del cual nos aisló desde el principio.
Una cosa fue lo que nos dijo y otra lo
que indicaba su comportamiento. Era de espíritu dudoso, titubeante en el
carácter y en la estabilidad emocional, para asumir con plenitud el cargo, a
pesar del alto grado que tenía. Pensó en darnos la impresión de suficiencia
profesional de palabra, pero las ideas y sus decisiones indicaban lo contrario.
Entonces comenzamos a entender el motivo del apremio por el cual exigió que nos
presentáramos de inmediato cuando nos asignaron el cargo. Con lo que afectó la
familia sin necesidad evidente.
Para justificar la situación aceptamos,
sin ninguna otra petición, pensando que quizás sería considerado y que nos alternaríamos
en las oportunidades de descanso. Pasó un tiempo largo y no llegó esa
oportunidad. Nos dejó en claro que se nos concedería esa oportunidad siempre y
cuando la pidiéramos. Lo que era chocante, pues ante tanta milimetría fue
evidente que nos exponíamos a que se nos negara. Nos había expuesto a hacernos
sentir una odiosa subordinación minuciosa, estrecha y restrictiva. Unas
demostraciones de autoridad innecesaria, pues sabía que contaba con toda
nuestro acatamiento a su autoridad.
Así que durante un año solo lo
solicitamos una sola vez y eso por física necesidad. En una única oportunidad
se percató del detalle y nos ofreció, como consideración muy especial, el
derecho a salir de las instalaciones. Para nosotros fue algo menor pues ya
estábamos acostumbrados a estar todo el tiempo atendiendo asuntos profesionales
sin percatarnos si era o no tiempo de descanso. Aun así no nos pasó
desapercibido ese generoso, único e inusual detalle. De los que, buenos y
malos, está llena la estrecha y obligante vida militar.
LA SOBERBIA IMPRUDENTE.
El superior tenía un hijo que estudió
aviación y se desempeñó años después en una empresa aérea actuando de copiloto.
Y una hija que estudió periodismo. Ella actuaba en algunos medios de
comunicación. Se distinguía por tener un carácter explosivo, altanero, ofensivo
y atrevido. Cometía acostumbradas imprudencias, tanto profesionales en su ramo.
Y personales con quienes eran subalternos de su padre.
Asuntos que le eran tolerados por su
capacidad de influencia institucional e intriga por la prevención que suscita,
en muchos, el abuso de algunos personajes comunicadores, que usan su capacidad
de orientar criterios en el público para moldear, a su manera, la conciencia
colectiva. Y buscaba sobresalir en el medio profesional exagerando su
imprudente comportamiento usado para descollar. Aun a costa del injusto
demérito ajeno con personas sin oportunidad de contradecir sus sesgadas
apreciaciones.
En una oportunidad cometió unas
imprudencias de trato sin ningún motivo significativo solo para darse aires de
superioridad y autoridad sin razón. Detalle que dejamos pasar como si no
hubiese acontecido. Lo ocultamos con prudencia, simulando que no lo habíamos
notado. Aún más, nos fue evidente pero lo aceptamos para que se pensase que lo
soportábamos, quizás, por cobardía, falta de carácter, humilde tolerancia o
hasta debilidad en la personalidad. Era lo deseable en el momento para que
rápidamente se creyera ignorado y olvidado. Un recurso apropiado por si, luego,
esa condición fuese conveniente a una posterior intención. Lo guardamos aunque,
indudablemente, nos marcó.
LA IMPROVISADA MISIÓN
Además, desde antes de nuestra llegada,
la unidad había asumido otra misión, adicional a la básica, que es la de
formación de nuevos oficiales. Esa misión era la de combate insurgente sin
haber sido preparada para ello. Lo que vimos desde el primer momento que
llegamos. Pero como se nos había hecho la claridad de solo intervenir en lo
administrativo, no teníamos oportunidad de aportar iniciativas al respecto.
Para, luego, pedirnos que interviniéramos de lleno cuando se hizo evidente la
incapacidad de manejar la realidad operacional, que nos presentó el ofensivo
enemigo subversivo.
MISIÓN NO PLANIFICADA
Desde un comienzo nos había inquietado
que no ejerciéramos adecuada presencia disuasiva y dominio sobre los barrios
residenciales periféricos dentro de cuya población se infiltraban personas
hostiles. La instalación militar está inmersa dentro del casco urbano y, por
tanto, rodeada de muchas cuadras residenciales.
No se nos había asignado con puntualidad
la misión de actuar como una unidad de combate. Pero, en la práctica, los
superiores del nivel central, la habían insinuado. Eso debido a las presiones
políticas de último momento cuando la situación de orden público ya era
bastante grave. Y nuestros superiores siempre se han plegado a las improvisadas
exigencias de los políticos. Casi que para simplemente complacerlo pero sin la
planificación mínima necesaria. Lo cual ha llevado a actuar sin el adecuado
cálculo que requiere el campo militar. Lo indispensable para atender la
compleja confrontación armada. En especial el conflicto de baja intensidad.
De todas formas las autoridades
nacionales querían que se operara más militarmente que políticamente, así fuese
improvisado. Porque era muy necesario un mayor accionar bélico contra los
grupos insurgentes del occidente colombiano. Se suponía que no importaban casi
nada los errores operacionales militares que eso causara. Se les podían
señalar, después, no a los culpables políticos centrales, por haber ignorado en
su debido momento, los fenómenos regionales y locales, sino a las instituciones
armadas. Por último, se les podían asignar las culpas a los militares de culpas
políticas, quienes eran los generadores de causa insurgente. Los militares eran
un recurso para depositar todas las culpas.
Era la encrucijada, que había
desencadenado el conflicto, por el retardo e imprevisión de los dirigentes
políticos del nivel central. Puesto que todo cuanto se relaciona con el orden
público solo es atendido por esa instancia. Además, no existe delegación de
recursos económicos y militares. Por ello es constante la incapacidad del nivel
local para atender por sí mismo esa obligación.
Para lograr esa intención, la habían ido
dotando de aeronaves y tripulaciones de combate lentamente. Otra dirección
misional bastante diferente, sin cálculo adecuado ni orientación doctrinaria
clara, a lo que es una escuela de formación de oficiales. Que como tal era su
misión primordial. Una responsabilidad anexa que no había sido adecuadamente
planeada ni desarrollada.
Cuando llegamos ya se estaba actuando en
esas dos direcciones tan opuestas. Como una unidad de combate siendo una
academia militar. Lo cual nos aumentaba la amenaza por no tener las necesarias
fortalezas. Estábamos llenos de las debilidades resultantes del conflicto por
la dualidad misional. Eran los factores que más preocupaban y que poco dominaba
nuestro superior. Por eso separó tajantemente el factor operacional del administrativo.
Quiso actuar con especialización delegada pero a tal nivel que ignoró las
mayores oportunidades y fortalezas de una apropiada sinergia directiva.
LOS ADVERSARIOS
Los terroristas estaban secuestrando en
forma masiva a ciudadanos. Para responder a ello le asignaron a la escuela la
misión de apoyar al Ejército y a la Armada del occidente del país con fuego y
maniobra aérea. Por eso nuestra unidad se fue visualizando como una significaba
amenaza para los grupos sublevados, violentos y peligrosos.
Sugerimos que se debía crear otra unidad
con las características físicas, humanas y doctrinarias, propias de una base de
combate. Dedicada a esa actividad exclusiva, ya que la Escuela no estaba
configurada como un Comando de Combate. La conjunción con la misión docente no
compaginaba adecuadamente con el combate y el resultado era una confusión tal
que resultaba en deterioro de ambas cosas.
Lo que nos hacía vulnerables. En el
campo operativo no teníamos mucho que aportar puesto que, como ya se ha dicho,
se nos había hecho la clara advertencia de no participar en lo que era
exclusivo del director de la Escuela, pero con deficiencias como comandante de
un comando de combate.
UNA ORDEN EQUIVOCADA
Otro aspecto era el estímulo al
personal. Según la errada manera de ver las cosas, por los superiores
burócratas centrales, en el occidente colombiano había la suficiente necesidad
para la asignación de aeronaves y pilotos. Y para dar la orden de activar el
combate con autonomía local. Pero no había ninguna amenaza real, como la que
ellos mismos pregonaban, para reconocer los derechos de ley de la retribución
económica. Como la llamada prima de orden público, por parte de la dirección
encargada de la ejecución presupuestal.
Es decir que, también a nivel central,
había una separación muy clara y falta de conjunción entre lo operativo y lo
logístico. No existía la mencionada sinergia central. Y si arriba se daba esa
deficiencia, pues también ese defecto se repetía al nivel regional y la
periferia nacional. Así que la solicitud de ese derecho fue negado.
LA DEFENSA LIMITADA.
A los pocos meses de nuestra llegada
estaban cayendo cilindros bomba (Tatucos) dentro de la Escuela. A pocos metros
de las instalaciones, oficinas y alojamientos. Lanzados desde las calles
aledañas. Y, según Bogotá, por nuestra culpa por no hacer suficiente acción
externa de disuasión e inteligencia. Cuando, tan solo unos días antes, también
nos habían prohibido patrullar y hacer presencia fuera del perímetro de las
instalaciones. Que para Bogotá ese era el límite de nuestra jurisdicción.
Actividad de inteligencia e investigación que era necesaria para anticipar, con
conocimiento previo, las que eran evidentes amenazas. Amenazas provocadas por
nuestra actividad ofensiva contra el enemigo.
La orden incluía la advertencia de tener
que asumir las responsabilidades penales si alguno de nuestros hombres salía
lesionado por incumplir esa orden. O por provocar situaciones donde alguno se
veía obligado a lesionar a algún particular en acción defensiva.
Después del ataque a las instalaciones,
afortunadamente, nadie fue muerto o herido. Pero por pura necesidad debimos
mandar patrullas y agentes al exterior en contra de la orden. Solicitamos, y
nos quedamos esperando, que nos levantaran la restricción, la cual nunca llegó,
porque eso era evidenciar que se habían equivocado. Todavía debe está vigente
la orden, que es imposible de cumplir sin que lluevan más cilindros sobre las
tropas y las instalaciones. Tanto en esta como en otra instalación en cualquier
parte del país.
Sin embargo, pregonaban que la doctrina
predominante en el momento, para la institución en general, era la de Primero
lo Operacional, antes que lo administrativo o los asuntos de bienestar no
indispensables para el combate. Entonces dudamos en cual nivel de prioridad
quedaría la docencia. Y si lo primordial era el combatir o la preparación de
nueva tropas.
Era claro que para nosotros eran
operaciones de combate con un pasador puesto en el disparador. Como lo era la
restricción de no patrullar en los alrededores de la Base para evitar la
aproximación de los agresores. Que nos bombardearían sin que pudiésemos hacer
nada disuasor externo. El pasador tenía una cuerda que llegaba hasta los
escritorios de Bogotá, donde nadie se atrevía a halarla. Y hay de quien en la
provincia osara retirarlo para disparar.
MIEDO A LA DELEGACIÓN
Era un latente miedo de comando de que
algún subalterno cometiese una imprudencia, cuando hiciese algo por defenderse.
La que pudiese ser motivo de acusación de incompetencia contra los altos mandos
en su deber de mantener suficiente dominio y control sobre los subalternos. Así
fuese en una lejana área de combate y aunque no se conociesen las
circunstancias puntuales de lo que acontecía. Un temor demasiado paralizante.
Para esa doctrina. Se argumentó que el
Ejército, con sus recursos disponibles en su Brigada de la misma localidad, nos
daría todo el apoyo de inteligencia, advertencia sobre la amenaza y protección
en la parte externa. Pero eso nunca sucedió, como sospechamos que no sucedería.
Los dos bombardeos nos sorprendieron, sin que se nos diera la más mínima alerta
y ni se ejerciera control externo de la amenaza. Todo fue solo alarde y nada de
realidad efectiva.
EL PRIMER BOMBARDEO.
Comenzando la noche del 8 de junio de
1999, estábamos próximos a iniciar el descanso cuando, de repente, escuchamos
una fuerte explosión.
Desde las calles próximas a la Base
Aérea un grupo insurgente, contra el cual habíamos combatido, por los
frecuentes secuestros extorsivos de ciudadanos en la región, en retaliación,
nos lanzaron cilindros bombas. No todos explotaron pero si causaron
considerables daños. Especialmente a las instalaciones y algunas casas de los
residentes de los barrios vecinos.
Activamos el plan de defensa. Nuestra
función era ubicarnos en las dependencias directivas a donde fuimos con
considerable riesgo. Debimos pasar sobre cilindros sin explotar pero activos.
Mientras que el Director se ubicó en el llamado Centro de Operaciones. Nuestro
despacho tenia daños en las ventanas y, afortunadamente, las comunicaciones
internas estaban funcionando. Nos pusimos en contacto para coordinar lo
necesario.
Según el Comité Local de Emergencias, se
estimó que entre 30 y 50 viviendas resultaron afectadas en el lugar del
lanzamiento. Afectaron bastantes ventanales y varias viviendas averiadas.
Desde las dependencias debíamos
contribuir a coordinar las operaciones defensivas. Aunque cuando asumimos el
cargo el superior nos habían advertido con claridad que nosotros solo debíamos
encargarnos de lo administrativo. Que la Dirección se ocuparía, exclusivamente
y sin nuestra participación, de los asuntos operativos. Nos comunicamos con el
superior para indicarle nuestra ubicación y disposición para ayudar, a pesar de
la advertencia mencionada.
LAS SELVAS.
Las operaciones en la Base Aérea de Tres
Esquinas, contadas en otra crónica y en este mismo espacio, titulada “Entre
Leones y Ratones”, nos habían dado el panorama de lo que es una situación de
combate contrainsurgente. En cierta forma nos habían curtido en tales asuntos.
Y creíamos superados esos tiempos de zozobras y zarpazos. Nuevamente la
realidad nos recordó que las circunstancias seguían casi iguales. Lo único que
cambiaba era solo que las primeras eran en la selva amazónica y estas en un
casco urbano. Diferentes en cuanto al entorno pero ambas son selvas hostiles y
agresivas. La una de bosque tropical húmedo. La otra de concreto y asfalto. La
vida era igual.
LA OTRA LLAMADA
Unas horas más tarde, como a la media
noche, el Director nos llamó desde el Centro de Operaciones. Realmente no tenía
casi ninguna idea importante que comentarnos. Se le notaba en el orden y en la
concatenación de las ideas, además de los tonos de la voz, que estaba bastante
perturbado.
Se comunicó solo para tener alguien con
quien compartir sus temores, a manera de desahogo. Y para que esas
comunicaciones le sirvieran, después, de justificación de haber actuado con
pleno dominio y control de la situación, cuando alguien le pidiera dar alguna
explicación.
Aunque pensamos que sus palabras, la
manera de hablar y la entonación, indicaban todo lo contrario. Lo que quedaba
registrado en las grabaciones. Además sabíamos que la realidad era diferente.
Pues no solo no necesitaba hacer nada de eso porque el plan de defensa se
ejecutaba según lo establecido automáticamente y no había cambios ni
situaciones nuevas para ordenar. Tanto por su parte, cómo superior máximo y
nosotros, como segundos en el mando y menos como administrativos. Teníamos era
que dejar que el sistema de defensa actuara según lo previsto. Como así se
hizo. Y funcionó.
UN ENOJO INJUSTIFICADO
Mientras le escuchábamos atentamente, su
simplista y desencaja perorata, que no guardaba ninguna concatenación con lo
que estaba aconteciendo ni aportaba nada valiosos para atenuar la ya estresante
espera, se molestó.
Comenzó a recriminarnos porque según él
no le estábamos prestando atención. Habíamos evitado interrumpirlo pues no
había motivos para ello ni era necesario interpelarlo para demostrar,
falsamente, que él o nosotros teníamos muchos valiosos aportes que hacer.
Esa atenta escucha le causó considerable
disgusto. Entonces, le aclaramos que lo más adecuado era mantener la calma.
Prudencia que para él resultó inapropiada. Esperaba que por lo acontecido
debíamos estar tan descontrolados como él. Porque de no ser así no le estábamos
dando la debida importancia al suceso y a lo que deberíamos hacer. Que no era
nada diferente que dejar que trascurriera el plan de defensa previsto y que
acontecía sin novedad. Si había algo diferente, nosotros no lo sabíamos y él
tampoco. En todo lo que decía no había ninguna acción distinta de lo planeado
para ejecutar.
Nuestra serenidad le resultó
contraproducente y la convirtió en motivo de mayor enojo. Nos reprochaba por no
actuar y comportarnos en la misma dirección de su miedo. Como si necesitara que
fuésemos solidarios con él actuando en la misma forma. Después de un largo
discurso se calmó por físico cansancio y agotamiento de conceptos en su
descoordinación y dio por terminada la comunicación sin ninguna conclusión o
decisión.
En lugar de apreciar nuestra moderada
actitud, como el resultado de la apropiada inteligencia emocional que
necesitaba la situación, la vio como inadecuado adormecimiento emocional que
para él fue incorrecta.
EL EFECTO Y EL ESPECTRO
Su actitud ya nos había causado disgusto
por su actuación reactiva sin justificación. Recordábamos que cuando nos ordenó
no actuar en el campo operacional no había visualizado lo suficiente. Que, de
seguro, se podrían presentar circunstancias donde necesitaría no solo nuestra
ayuda sino la directa y franca participación. Como así lo pedía en ese momento,
cuando ya los hechos le habían demostrado que esa no había sido la más
apropiada decisión.
En algunos momentos las personas que
actúan en la parte logística y gerencial del campo militar, tienen que
transformarse en combatientes francos. Así sea solo momentáneos y ocasionales.
Por ello sosteníamos la teoría de que el oficial tiene que ser formado en forma
genérica. De tal manera que sea polifacético y multifuncional de amplio
espectro. La única forma que pueda actuar con flexibilidad adaptándose
rápidamente a las fuertes presiones que ocasionan los ambientes altamente
hostiles y de máxima exigencia. Tanto mental como material.
Evidentemente, el superior no manejaba
las cosas de esa manera. Lo que por la arrogancia y por el grado y rango, debía
saber y aplicar. Y cuando se vio obligado a deshacer la separación de funciones
que había establecido, ya no recordaba lo que nos había ordenado de manera
categórica y definitiva. En esta inesperada circunstancia, vio que si debíamos
ser operacionales. Habiendo creído, antes, que no participaríamos en el campo
operacional. Pues si lo hacíamos le estaríamos usurpando lo que, con celo, se
había reservado exclusivamente para él.
Después de un rato y ya casi qué próximo
al amanecer decidió tomar un descanso y dejar el dispositivo de defensa bajo
nuestra responsabilidad. El cual ordenamos reducir al mínimo nivel preventivo
de alerta. Ya venían las labores administrativas de reparación de los daños y
retoma de actividades normales.
LOS ANTECEDENTES
Desde hacía algunos años el Barrio la
Base había estado solicitando la salida de la Unidad del casco urbano. Unas
veces incitados por ambiciosos urbanizadores que han empleado sus influencias
en la autoridades políticas locales. Otros por razones de movilidad urbana y
otros por el exagerado y supuesto peligro que les cayese un avión desde el
aire. Además de los insurgentes, apoyados con simpatizantes izquierdistas, a
quienes le es muy útil la lejanía de todo aquello que sea una fuerza armada.
Porque la proximidad de una fuerza militar le es contraria a sus objetivos
revoltosos y subversivos.
Dentro del barrio aledaño ha existido
una latente y vieja animadversión contra la Unidad, que unas veces se apacigua
y en otras se revive. De tal forma que ha sido un ambiente propicio para que
los insurgentes promuevan animadversión contra lo militar. Para ello, dentro
del barrio, existen agitadores ocultos. Insurgentes enmascarados de
seudofundamentados revindicadores sociales. Argumentaban que por estar EMAVI
dentro de la ciudad es un peligro para la gente. Que por ello debe ser sacada
del casco urbano y llevada a un lugar alejado donde su presencia no sea un riesgo
para ellos.
LA MANIFESTACIÓN PÚBLICA
Como el lanzamiento de los cilindros
bombas se había efectuado desde las calles del Barrio La Base, usando de
plataforma de lanzamiento las carrocerías de pequeños camiones, la detonación
de los disparos habían causado daños periféricos. La gente se atemorizo
sobremanera y se disgustó con nosotros porque según ellos éramos los causantes
de ese miedo colectivo y de los perjuicios materiales. Aunque no fuésemos parte
de los terroristas que habían ejecutado el ataque.
Los ánimos se fueron exaltando y los
residentes organizaron un comité de protesta. Organizaron una
manifestación con pancartas, pregoneros, agitadores de multitud, griterías y
mucha gente que se desplazó hacia la entrada de la Unidad. Cerraron las calles
e impidieron el tránsito de vehículos para causar impacto buscando captar la
mayor atención.
El Director nos encargó de atender la
protesta. Aunque no éramos los asignados a los asuntos operacionales sino solo
los logísticos. Había dejado de ser el operativo y ahora nosotros debíamos ser
los toderos. Tarea que no nos amedrentaba pues esa era la doctrina que
pregonábamos, de toderos y decidimos ponerla a prueba.
MANEJO DE MANIFESTANTES
Mandamos reforzar la seguridad para que
los manifestantes no pudieran ingresar de manera violenta ni causarnos daños
adicionales al bombardeo. Esperamos que transcurriesen unas horas. Sabíamos que
cuando saliera el sol y subiera el calor, los ánimos se irían calmando. Había
señoras y jóvenes dentro de la multitud que parecía no tener deberes mayores
que cumplir, pero presentes por la novedad del espectáculo y al morbosidad del
espectáculo, que era entretensión a su ocio. Pocos hombres adultos pues los
demás se encontraban laborando. Y sus niños demandaban de atención en casa y
había mucha presencia de personal femenino.
Después del mediodía y cuando ya algunos
de los mismos manifestantes y perjudicados, por la falta de nuestra atención se
habían expresado en contra de los protestantes, les prometimos que les
atenderíamos sus reclamos. Eso lo supimos por medio de infiltrados nuestros
dentro de la marcha. Lo que estaba en contra de la orden de los altos mandos
militares centrales de la nación. la de no salir de la Base. Les pedimos que
nombraran algunos voceros para tener un diálogo amistoso y comprensivo, dentro
de nuestras instalaciones. Así lo hicieron, les permitimos el ingreso y nos
reunimos en la oficina.
Adicionalmente. Como una forma de
demostrar que no estábamos en son de pelea ni que necesitábamos demostrar
autoridad, que teníamos actitud darles trato de igualdad ante ellos, no usamos
el uniforme. Nos pusimos un atuendo de paisano lo más informal posible.
Demasiado deportivo y casual. Como si las circunstancias y su demostrada furia
contra la institución nos tenían sin mayores preocupaciones ni prevenciones.
También podían tomarlo como un alarde de suficiencia o que su asonada no nos
inquietaba. Y la pantomima fusionó. Cuando enviamos a un vocero a comunicarles
nuestra intención de escucharlos, a la vista de todos ellos, no creyeron que
les estábamos enviando un mensaje sincero.
No vieron en nuestra figura a alguien
que representara una verdadera autoridad. ni creían que fuésemos interlocutores
válidos, con capacidad de decisión y negociación en un conflicto que ellos
pensaban que lo habían escalado a nivel de alta gravedad. Como si no le
diéramos casi ninguna importancia. Con un poco de insistencia del mensajero
aceptaron.
Se sorprendieron cuando vieron que el
personal de seguridad armada les abrió el campo para ingresar a las
instalaciones militares acatando nuestra orden. Y, por el contrario, les dio
protección. El manejo comenzó a funcionar de ablandamiento a su actitud
agresiva.
EL PODER DE LA ATENTA ESCUCHA
Les dejamos expresar una larguísima
perorata de argumentos que habían preconcebido y elaborado imaginativamente
sobre la valides de sus reclamos y reproches. Exigían nuestra partida pronta
del lugar por ser unos vecinos perjudiciales.
Pedían que no recurriésemos al
argumento, para ellos injustificado, que la Base Aérea se había construido
fuera de la ciudad en década de 1930. Cuando los terrenos aledaños eran rurales
y que ellos eran quienes habían invadido los alrededores. Ni que la Base Aérea
se había convertido en una fuente de plazas laborales que habían atraído a sus
abuelos para ser empleados de la misma. Razón por la cual se habían establecido
construyendo sus viviendas alrededor de la Base. Estaban bien preparados en sus
razonamientos.
Que no cesarían su protesta y su
bloqueo, porque estaban decididos a mantenernos sitiados para vencernos por
asfixia, hasta que no tomáramos medidas reales y contundentes. Y que no se
marcharían pronto del lugar.
Después de su extensa exposición se
fueron cansando. La mayor vocera era una señora joven, de unos treinta años,
que no parecía tener ninguna responsabilidad laboral ni familiar. Poseía
fluidez verbal, facilidad de expresión de ideas comunistoides, con
seudointenciones sociales y de discurso propio de agitadora profesional. Con
tinte revolucionario, de léxico subversivo y evidente adoctrinamiento en
cátedra universitaria socialista.
Se expresaba en tono y lenguaje
comunistoide y repetitivo, aprendido en forma mecánica. Como el usado en
lecciones de milicianos insurgentes. Hacia lo posible que no se le notara el
encasillamiento doctrinario y el fanatismo incisivo. Pero era evidente su corto
espectro analítico. Sin comprender lo que pregonaba, estaba convencida de su
simple y ciega obsesión temática. El perfil de quien era y sus intenciones, la
delataban.
LA RESPUESTA
Cuando sus argumentos y glosario
parecían agotársele, la ayudábamos con las palabras para estimularla a
continuar dándole la falsa impresione que estábamos tomando interés por sus
argumentos. Y ante ese estimulo se extendiera. Nuestro fin era aumentar su
cansancio. Cuando ella y sus acompañantes ya no resistieron la maratónica
plática y el interminable monólogo, que perdió contenido, manifestaron sus
deseos de marcharse porque no tenían más que decir.
Entonces, aprovechamos para decirles que
debían esperar pues no solo les interesaría mucho conocer lo que
pensábamos y lo que teníamos planeado hacer. Con ello estimulamos una
artificial inquietud por saber a qué conclusión, posiblemente favorable, a su
propósito habíamos llegado tan rápido por el poder de sus, supuestamente,
convincentes argumentos.
Además, que era injusto a su prudente
sentido democrático, cordialidad y correcto deseo de compartir con nosotros, el
marcharse tan repentinamente. Que siendo ellos tan buenos vecinos, debían
darnos la misma oportunidad que le habíamos dispensado para escuchar sus
exposiciones con toda libertad y mucha receptividad. Que debían corresponder,
de igual manera, a nuestra buena disposición. Ante tal reto debieron aceptar.
Nuestra intención era alargar aún más la
respuesta que, de seguro. Los desesperaría y tendrían que marcharse
decepcionados ante tanto esfuerzo y gasto de energía mental inútil. Les
aplicamos la misma técnica de los interminables cicerónicos y castrista
discursos. Como los que usan los postizos sindicalistas sin fuerza
argumental. Que pretenden dar la impresión de poseer la razón por la cantidad,
antes que por el contenido. Que recurren a la extensión cuando les falta fondo.
Para ello les hicimos otra premeditada exposición bastante larga. De la calle,
les trajeron la razón que los manifestantes se estaban dispersando. Había
llegado la noche y no disponían de medios para sostener la permanencia en el
bloqueo. Cuando vieron que ellos mismos no podían continuar más tiempo en esa
charla, se fueron saliendo.
Se enteraron que los colegas
manifestantes, que los esperaban afuera de las instalaciones, se habían
marchado. Supuestamente les quitaron el respaldo. Entonces mandaron a avisar,
de afuera a los que estaban aun con nosotros, que ese esfuerzo ya no valía la
pena y la decepción se fue apoderando de los interlocutores.
La multitud, ante la larga espera, se
había reducido y aburrido. Estaban preocupados de haber desatendido sus deberes
familiares y laborales. Algo que los perjudicada más que lo que pretendían
ganar con su manifestación. Los ánimos se fueron aplacando y la protesta se
extinguió por inanición, cansancio y ausencia de materia.
Aplicamos la experiencia que habíamos
aprendido contra la larga manifestación de los campesinos cocaleros, amenazados
por los insurgentes en el Caquetá, como respuesta al Operación Conquista II.
Donde debieron disolverse por agotamiento.
SE CONFIRMÓ LO PREVISTO
Fue un desacierto pensar que la nueva
vida, en esa Unidad, era solo para atender los programas y las actividades
académicas con horarios prefijados. Por fuera de las operaciones aéreas de
entrenamiento de alumnos de vuelo. O las de combate con el solo apoyo de la
inteligencia del Ejército. O el como contrarrestar la ofensiva enemiga
presentada con sus bombardeos, que aunque artesanales, eran peligrosos. Sino
también la repentina amenaza de una multitud enfurecida. Lo que obligó a ese
superior a cambiar de concepto para que alguien, diferente a él, interviniera.
A pesar de que a su llegada nos dijo que solo actuaríamos en lo administrativo
y lo logístico.
Le dimos satisfacción al Director de
haber manejado la situación, de orden operativo, donde el nada hizo. Únicamente
se limitó a mantener una actitud pasiva, en espera de ver que reacción
tomábamos. No expresó que ya podíamos invadir su campo operativo que nos había
cerrado. De nuestro lado captamos que, luego, no podría decirnos que no recibió
nuestro apoyo por no haber tomado iniciativa ni interés por el asunto. El mismo
que nos había prohibido. El que se había reservado para su exclusiva destreza
operativa. En lo que nos había dicho que era de su sola incumbencia.
Pero en este caso y ante tan preocupante
gravedad, nos asignó esa tarea. Pero no por delegación abierta. Solo
limitándose a esperar ver lo que haríamos, aun en contra de lo que había
ordenado, sobre la separación de lo operacional con lo administrativo. Una
forma ambigua de manejo de las cosas donde se pueden eludir las
responsabilidades. La famosa Zona Gris. Si no se hace se puede acusar de falta
de interés. Es decir por omisión. Y si el subalterno llegase a actuar por
propia cuenta y falla en lo hecho, se dirá que usurpó su autoridad
con injerencia en el campo que antes se le había prohibido. O que si lo hubiese
sido hecho por su iniciativa y le falló, él lo habría hecho correctamente o al
menos mejor. Es decir, que erró por exceso.
La manera de actuar para no tener que
decir que había un cambio de criterio. Porque se consideraba que el deshacer
una orden era evidenciar su error y, por tanto, deficiencia de comando. Un
viejo tabú que se consideraba descalificación profesional. Era el desconocer la
técnica acostumbrada de ser exactos, categóricos y explícitos, cuando se cree
que otros pueden hacer lo mejor. Pero cuando es necesario cambiar porque se
hizo evidente que lo ordenado no funcionó ni era lo mejor, se debe ser
igualmente claros, diáfanos y definidos. Aceptar, de igual manera, que se han
invertido o modificado lo establecido y que se justifica o se hace necesario,
el cambio de criterio. Oportunidad para evidenciar con entereza las
convicciones como demostración de criterio racional y de inteligencia
emocional.
El SEGUNDO BOMBARDEO
Los cadetes de último año y próximo a la
graduación como oficiales, suelen hacer una gira de familiarización por
institutos de formación, industria militar aeronáutica y lugares turísticos por
los EE UU. El propósito es aumentar el conocimiento de la tecnología y la
industria sobre las posibilidades del poder aéreo en la defensa de la nación.
El Director de EMAVI los acompaña. Durante
esos días nos fue encargada la Dirección de la Escuela en los dos sentidos,
tanto el administrativo como el operativo.
A los pocos días de haber partido, el 18
de septiembre de 1999 a las 19:55 horas, fuimos nuevamente bombardeados con
tatucos. Bombas construidas artesanalmente con los cilindros
metálicos usados para la venta del gas propano para cocina. Se les extrae el
combustible y son cargados con explosivos y metralla. Los mismos usados en el
primer bombardeo. Se lanzan por medio de un cañón hecho de tubos de amplio
diámetro.
Se volvió a usar esta misma técnica
porque como sabíamos de nuestra vulnerabilidad externa, debida a la falta de
inteligencia periferia, habíamos reforzado el sistema de seguridad y aumentado
la rigurosidad en los protocolos para el acceso. Eso obligaba a la amenaza a
actuar a mayor distancia debiendo aumentar el alcance de la armas. Lo cual
reducía su efectividad.
En el lugar de lanzamiento, se estima que entre 30 y 50 viviendas resultaron
afectadas. En el lugar se vieron grandes ventanales en el piso y varias
viviendas averiadas. El estallido causó la rotura de una conducción de gas y el
escape que se produjo, fue controlado, minutos después de la explosión por los
servicios de emergencia de la ciudad.
Las bombas lanzadas cayeron y explotaron cerca al alojamiento de bomberos y de
los cadetes. Las detonaciones y la metralla afectaron en algo las
construcciones pero no causó ninguna herida ni muerte a las personas. Aunque si
temor.
LAS PROTECCIONES
Las edificaciones están rodeadas de
muchos árboles frondosos sembrados en las calles. Su abundante follaje, son un
bonito adorno arquitectónico urbanístico y en este caso un buen amortiguador de
las ondas explosivas. Aunque demanda mucho barrido diario de hojas
y mantenimiento de canales y techos. Dan el aspecto de haber
sido una ciudadela diseñada, desde hace años, con ambiente muy ecológico,
campestre y naturista. Esta densa vegetación fue de mucha utilidad para
amortiguar los efectos de las detonaciones y la metralla.
Además de la dispersión de los edificios
y la presencia de muchas áreas abiertas, cubiertas de prados, facilitó la
difusión de las explosiones sin mayores efectos. Es una unidad militar difícil
de destruir con medios primarios de combate. Así se causen algunos daños que
resultan siendo, finalmente, menores.
Algo de impacto nada rentable para esa
técnica de ataques. Se tendrían que emplear hombres bombas suicidas difíciles
de infiltrar con las precauciones que habíamos tomado. Al estilo de los pilotos
kamikazes japoneses o los musulmanes que secuestraron los aviones contra las
Torres Gemelas. Como sucedió el Club El Nogal en Bogotá.
No habíamos pensado que esa era una
excelente barrera de protección contra un bombardeo, como lo fue. Se
desprendieron y cayeron brazos de los árboles. Los troncos fueron descascarados
y astillados. Muchos impactos de proyectiles de metralla se veían en las
paredes. Y bastantes chamizas, ramas, hojas sobre techos y calles, que quedaron
casi intransitables en algunos sectores.
Sin embargo, eso no evitó que todas las
ventanas de los alrededores quedaran hechas añicos. Ligeros daños en los techos
y mobiliarios. Pero nadie salió lesionado.
EL LANZADOR
Fue con una camioneta de carrocería de
madera descarpada sobre las que se montaron las baterías de lanzamiento. Por su
construcción rustica y falta de un diseño confiable, normalmente, las
explosiones de lanzamiento causan daños en los alrededores. Además de que, por
empatía del disparo, las mismas bombas que son lanzadas, para explotar en forma
retardada en el lugar de impacto, se activan por empatía en el mismo lugar de
lanzamiento. Lo cual hace demasiado peligroso el disparo.
En tal caso se produce una doble
detonación, la de lanzamiento de la bomba y la de la bomba misma, que detona
con antelación por acción de la explosión de lanzamiento, causando muchos
daños. Incluido al mismo vehículo de lanzamiento. A veces, hasta impidiendo la
activación de parte de los demás tatucos instalados. Los que por alguna razón
se demoren en disparar. Por eso los operadores los fabrican con medios de
retardo para tener tiempo de alejarse de la plataforma, por lo extremadamente
peligroso que resulta el permanecer en las proximidades.
Recordamos cuando habíamos hecho los
polígonos de morteros en Tres Esquinas. Disparábamos hacia la densa selva para
amortiguar las potentes detonaciones de las ojivas. Las que, de todas formas,
fueron escuchadas por los distantes arrieros, como se cuenta en la crónica de
“Entre Leones y Ratones”.
OTRO GRAVE TEMOR.
Había una preocupación adicional.
Nuestra familia estaba visitando unos amigos en la ciudad. Como el ataque fue
al comienzo de la noche, de seguro regresarían encontrando las vías cerradas.
Debían pasar por las calles próximas exponiéndose al peligro de estar en el
sitio en donde se habían emplazado las plataformas de lanzamiento.
Nos comunicamos con los amigos pero ya
habían salido de la casa en dirección a EMAVI. Por tiempo, deberían estar muy
próximos. No teníamos telefonía móvil. Nos preocupaba que estuviesen en algún
lugar no solo desprotegidos sino expuestos a la agresión del enemigo, si estos
se enteraban que eran personas allegadas a nosotros.
Si los bandoleros interceptaban nuestra
familia esta se exponía a un gran peligro. Los terroristas no tienen ningún
recato en atacar personas indefensas y no combatientes. Su vulnerabilidad la
emplean como arma de guerra para paralizar las posibilidades de respuesta. Los
terroristas saben que la población civil, no involucrada en la confrontación,
se usa de escudo si les es favorable. Porque puede resultar afectada con fuego.
O simplemente como rehenes bajo su dominio expuestos a su directa amenaza de
muerte para chantajear y doblegar la voluntad de lucha. Para el terrorismo todo
vale como conflicto de baja intensidad y sin reglas ni principios humanos. Son
justificadas todas las formas de lucha. No les importa el estado de indefección
ni la debilidad de los seres inocuos e inocentes no participantes de la
confrontación.
LAS OPCIONES.
Teníamos solo tres opciones. Que dicho
plagio no se diera por casualidad y pudieran ingresar a la Base Aérea pasando
desapercibidos y poniéndose bajo nuestra protección. Ya fuese porque los
atacantes se hubiesen escapado después del ataque en prevención o miedo de una
contraofensiva nuestra. O, la otra, en caso de ser plagiados, de que tuviésemos
que salir a concertar un chantaje negociado pero muy desfavorable para que los
liberaran. Y en caso extremo el tener que intentar un rescate a la fuerza, con
casi seguro sacrificio de seres queridos.
EL DEBER CONTRA EL APRECIO
Una situación de indefección personal
que se sumaba a la importante responsabilidad que teníamos de defender a todos
nuestros hombres de combate y sus familias. Además las valiosas instalaciones
aeronáuticas y la infraestructura de la Base Aérea. Parece cruel pero es
bárbara la guerra.
Inevitablemente debimos dejar que las
cosas sucedieran de cualquier manera sin poder hacer nada diferente. Fue una
terrible angustia que debimos sufrir silenciosamente. Pues comentarla era dejar
en evidencia, a nuestras tropas, una gran debilidad que podía hacer perder su
intención defensiva y de combate. No tuvimos alternativa. Afortunadamente ellos
se las arreglaron de alguna forma y pudieron llegar hasta entrada de la Base
Aérea sin ningún daño y los acogimos dentro del cantón militar.
Luego nos comentaron que vieron que algo
extraño sucedía cuando llegaron a las proximidades a EMAVI. Ya había cesado el
bombardeo y no encontraron mayores obstáculos en las calles para llegar hasta
nosotros. Los atacantes habían huido y los vecinos se habían resguardado en sus
casas ante el pánico que les causaron las explosiones. Fue un gran e inesperado
alivio cuando los recuperamos.
EL RECUERDO
Solo habíamos pasado una situación de
angustia similar cuando casi no logramos aterrizar, en Tres Esquinas, la
escuadrilla de aviones que prestaron el apoyo de ametrallamiento aéreo en el
combate de Las Delicias.
Así son las situaciones de altísima
exigencia que deben asumir los comandantes por razones de su cargo y de quien
todos esperan los mejores resultados. Actuar con cordura, tino y tomar
decisiones acertadas en medio circunstancias de mucha tensión sicológico donde
parece que se doblega el espíritu y la serenidad.
Esa era nuestra otra misión en la
Escuela. La de capacitar comandantes idóneos. Y lo estábamos haciendo, tanto en
el campo académico como el físico. Incluidas lecciones completamente reales y
con ejemplos nada imaginarios. Les mostrábamos a los alumnos para la que debían
prepararse cuando asumieran los cargos para los que estaban destinados
BUSCANDO AL SUPERIOR
Como en el anterior bombardeo, activamos
el plan de defensa. Al amanecer, cuando teníamos la confianza que no caerían
más bombas, lo desactivamos. Necesitábamos ahorrar energías en espera del día
para iniciar las reparaciones.
Mantuvimos enterado a los altos mandos
de Bogotá sobre la no pérdida de vidas ni heridos. Pedimos ayuda para localizar
en los EE UU al Director y ponerlo al tanto de lo acontecido. Mas con la
intención de que sus superiores no lo fuesen a sorprender sin el conocimiento
mínimo de lo acontecido. Lo que es acostumbrado calificar de irresponsabilidad
sin serlo.
Según la anticuada y aun imperante
doctrina era que el superior, así estuviese al otro lado del mundo, debía saber
todo lo de su cargo, solo por saberlo, porque para actuar era imposible. Eso
era visto de falta de interés en el cumplimiento de sus deberes y en el aprecio
por las obligaciones encomendadas. Algo absurdo pero vivencial, porque ni
siquiera era reglamentario peo una costumbre tan fuerte que se había hecho norma.
Por tradición, dentro de las organizaciones estructuralmente rígidas, más no
por fundamento legal ni justificación racional.
TEMOR A LOS MEDIOS
Esa costumbre llegó a exagerarse tanto
que algunos comandantes casi que pedían que se les narrara los combates en
tiempo real, como si fuese un partido de fútbol. Lo habíamos visto en el Centro
de Operaciones Conjuntas COC. Porque si un periodista llamaba a un General este
tenía que estar informado lo suficiente para responderle, de manera obligante,
con los detalles propios de una chiva noticiosa fresca. Imperaba la
emocionalidad periodística subjetiva, sobre la ponderación militar informativa y
objetiva. Y para los altos mandos se convirtió en más importante el dar
respuestas a los medios de información, con sus típicas especulaciones, que
atender las delicadas obligaciones del cargo y de los acontecimientos.
Teníamos que jugar el partido y narrar
desde los micrófonos. Tocar las campanas y marchar en la procesión. A algunos
la presión de la prensa los aterrorizaba. Porque la realidad era que al
Director de la Escuela, desde otra nación, le era imposible podernos ayudar. Y
debíamos evitar otra perorata inválida y cantaletoza, con las anexas amenazas,
como las que nos dieron en el primer bombardeo.
Por ello gastamos más esfuerzos en
localizarlo y en esa comunicación, que en ese tiempo era bastante dificultosa,
que en atender lo que era trascendente en el momento. Pero no queríamos
exponernos a otra recriminación como la anterior.
Sabíamos de sus inseguridades en el
ejercicio de la autoridad y de su inestabilidad emocional. Contrastaba con
nuestra mencionada serenidad mental. La cual, en lugar de calmarlo y confiar en
la delegación, por el contrario, le producía molestia adicional. Esperaba que
actuáramos, a su manera emotiva, ante las mutuas preocupaciones y los mismos
hechos. Con su misma intranquilidad sociológica por falta de autocontrol.
Estábamos en dos lados opuestos y
confrontadores. Era parte del entorno de alta exigencia sicológico que producen
los combates. Donde son tan importantes las fuerzas de las armas como la de las
almas.
EL MENSAJE IGNORADO
Los conflictos irregulares y el
terrorismo no tienen límites ni recatos morales ni humanitarios. Y estábamos en
medio de uno. Aunque para los altos mandos de la FAC, en la capital, no les
parecía que así fuese. Como nos lo dijeron en la posterior reunión de
“Comandantes de Bases Aéreas”, citada por el alto mando de la FAC, cuando
expusimos nuestra grabe situación de combate.
El superior moderador se enojó porque le
hablamos más de estos acontecimientos que de la buena marcha de los programas
académicos y que, por ello, no implicaban mayor importancia en ese momento para
nosotros ni para el resto de la FAC. Porque si no ameritaba mención era porque
no era lo más trascendente y marchaba bien. Esperaba solo que le dijéramos que
el cronograma de ejecución docente no sufría ninguna novedad. Lo que
nos confirmó que lo que nos habían enseñado en las cátedras militares, sobre la
“Gerencia por Excepción”, era simple ciencia oculta para estos encumbrados
comandantes. Las que se estudiaban para cumplir programas académicos ordenados
más no para aplicar en la realidad.
Solo querían escuchar las cosas buenas y
bonitas que trascurrían sin novedad. No lo excepcional, traumático y difícil,
los combates. Querían ver la guerra que acontecía en la periferia nacional en
versión de novela peliculezca sin conexión con la cruel realidad. No había
mayor distancia desde Tres Esquinas, pocos años antes, a Cali.
LAS ÓRDENES
En esa reunión, subliminalmente y con el
debido respeto diplomático, debíamos evidenciar el grave error de la orden dada
por ellos. Teníamos que ser prudentes para no herir la falsa o fingida susceptibilidad.
La de algunos comandantes ineptos que usan el enojo para imponer autoridad,
cuando no son racionales y por ello sin capacidad de convicción con sus
dirigidos. Bravuconería que utilizan para cohibir a los subalternos francos,
realistas y sinceros.
El mensaje de fondo fue lo
suficientemente claro. Pero no tuvieron la sutileza para aceptar el error de
las órdenes dadas. Y si fue visto, no fue, premeditadamente, admitido ya que
querían que solo le diéramos énfasis a lo de forma, desechando lo de fondo.
Porque el tema del orden público, que era lo importante en ese momento, más que
la cátedra para los alumnos, no les era de conveniencia. Pues dejaba claro que
fue inapropiado mezclar salones de clase con trincheras, cuando ordenaron la
creación de un Comando de Combate, dentro de una academia con misión de
ilustración y formación antes que de combate.
Actitud que se debía, además, a otra
absurda orden. La de no hacer inteligencia externa, contra los insurgentes que
podrían atacar la Unidad. Consistía en que asumiéramos un comportamiento
puramente defensivo. Algo que era imposible porque estábamos actuando de manera
activa, ofensiva y efectiva contra el enemigo. Lo que, irremediablemente,
provocaría un ataque contra nuestras instalaciones fijas, ya que no tenían casi
ninguna posibilidad de éxito sobre las aeronaves y las operaciones aérea
ofensivas.
Por eso sucedieron los dos ataques. Ese
tema no debía ser mencionado y quedamos de atrevidos en esa reunión de
comandantes. Porque se corría el riesgo de dejar en evidencia las erradas
órdenes. Solo deseaban que abordáramos el aspecto académico. Lo que se quería
era que metiéramos la cabeza en la arena, como el avestruz.
A la amenaza que teníamos en el campo
institucional, se le unió el alto riesgo que corrió nuestra familia. Debido a
que nosotros no teníamos dominio ni control de las calles próximas y, menos, en
profundidad. Por la orden que en ese sentido nos habían impartido. Nos habían
argumentado que no podíamos hacer inteligencia porque nuestra jurisdicción solo
llegaba hasta la reja del antejardín. Según ellos el Ejército Nacional haría
todo lo relacionado con la inteligencia en los barrios aledaños, donde existía
bastante animadversión de los moradores contra nosotros. Que en caso de ataque,
la Brigada del Ejército en Cali nos alertaría y protegería de la
amenaza externa. Lo que no
pasó y por eso teníamos que ser autosuficientes.
Eso nos redujo a actitud de defensa pasiva
de la sola custodia de los predios de la Base Aérea. Había que hacer un
despliegue en profundidad de inteligencia para crear una franja perimétrica
externa de defensa activa, que sirviera de contención impidiendo la
aproximación. Eso significaba una actitud ofensiva moderada a mediana distancia
donde se hacía una gradual reducción de la hostilidad manteniéndola alejada lo
más que pudiésemos.
Para que no nos sucediera como a algunas
potentes bases de combate norteamericanas en Viet Nam. Que, a pesar de su
capacidad de combate, fueron rodeadas y atacadas por las fuerzas del Viet Cong
poniéndose en grave riesgo de ser tomadas. O lo que nos había sucedido en la
Base de Las Delicias, con gran infortunio.
Como sospechábamos, la alerta del
Ejército no sucedió. Por ello el enemigo se pudo aproximar tanto a nuestra
cerca perimetral para efectuar el bombardeo. Ya que esos dispositivos son de
corto alcance y demasiado imprecisos debido a su fabricación artesanal.
FACTOR PERSONAL CONTRIBUYENTE
Creemos que uno de los motivos que
facilitó que se descalificara la preocupación expuesta en la reunión, se debió,
primordialmente, a nuestra personalidad y controlada prudencia.
Normalmente somos de actitud
tranquila y moderada, aun en situaciones de peligro. La misma que nos fue útil
cuando debimos controlar las bastantes emergencias a las que nos expusimos
volando usualmente los viejos aviones.
No somos emotivos de palabra ni usamos
mucho lenguaje gestual ni tenemos actitud teatral. Ni somos inclinados a
impresionar creando la idea de ser valerosos. Como lo hacen los pilotos
fantasiosos dados a la parlanchinería contando sus historias románticas y
heroicas para darse fingidas ínfulas de idoneidad de vida épica y valerosa. La
que de llegar a serlo, debe ser, más bien, contada después. Hacerlo a diario es
mostrar el temor de que, en cualquier momento, les acontecerá algo tan trágico
que ya sus batallas ganadas no podrán ser narradas. Somos de los que creemos
que el silencio es, con frecuencia, más elocuente que la palabra, en su
momento. Luego, si se ha sobrevivido, serán más convincentes los hechos y las narraciones.
Entonces, se nos tenía, por nuestra
prudente serenidad, de ser despreocupados y descuidos con la
importancia que le dábamos a las cosas cotidianas. Y que, por ello, a las
extraordinarias. De tal forma que la predisposición era la de pensar que éramos
poco creíbles. Defecto que se nos toleraba porque tampoco éramos peligrosos
dentro la habitual competencia profesional y social. Como realmente lo éramos.
Sin embargo, también éramos unos de esos
útiles comodines a los que se les necesita para evadir riesgos personales. Pero
que no son convincentes por falta de emotividad actitudinal, gestual o verbal,
para impresionar, cuando se supone que se debe serlo por simple costumbre
cultural. Pues siempre hemos creído que las cosas y los argumentos se sopesan
por su lógica, racionalidad y contenido. No por las apariencias. Que es lo
realmente válido.
Éramos conscientes que ese
comportamiento nos era riesgoso, tanto en el desempeño profesional rutinario
como en el combate. Era otro reto particular el mantener bajo control el
peligro de las situaciones dentro de un rango tolerable. Sin ser demasiado
atrevidos porque se nos podían salir de control. Más no una calma tanto de utilidad
en el momento como después.
Se nos creía de falta de interés y
desprevención por el peligro. Cuando era todo lo contrario. Es más, en
ocasiones estimulábamos esa falsa imagen. Ya fuese si se trataba de hostilidad
sicológica, laboral o hasta social. O ya surgida espontáneamente, de parte de
quienes eran adictos al matoneo en contra de los demás, por celos y envidias. Y
si no, las provocábamos conscientemente para tener justificaciones razonables para
una demanda posterior. Con ello hacíamos bajar las alertas para
sacar, luego, ventajas previstas y calculadas en condiciones más favorables.
Quizás, si hubiesen querido impresionar
falsamente con una exposición dramática, habríamos logrado que se diera énfasis
al mensaje de nuestra presentación en la reunión de comandantes. Viendo las
caras de los asistentes, que llenaba el auditorio, vimos que eran incrédulos de
lo que contábamos y que no era de su mucho interés porque no abordábamos lo que
querían escuchar. Que era solo lo lindo.
LAS NEGACIONES Y LA CONFINACIÓN
Una explicación adicional posterior. Teníamos
una casi absoluta certeza de que el tiempo nos daría la razón que lo expuesto en
esa ya lejana ocasión, era válido, sin imaginar cómo podría ser eso. En esa
misma reunión, donde propusimos la creación de un Comando de Combate, por fuera
de EMAVI, en forma totalmente independiente, para el suroccidente colombiano,
también fue rechazada la idea de ampliar el radio de acción de la inteligencia
en las zonas aledañas a las bases aéreas.
Veinte años después se repitió el ataque
contra una Base Aérea, en la ciudad de Yopal Casanare, confirmando lo predicho
sobre el bombardeo con cilindros o tatucos, a las Bases Aéreas. Lo cual nos
recordó y confirmó nuestra premonición. El mismo grupo terrorista. La misma
distancia. Casi que la misma plataforma móvil. El mismo dispositivo explosivo.
En horas de la noche y desde un vía pública aledaña.
Otra propuesta, hecha en esa ocasión,
fue la no suspender los bombardeos, que también se rechazó. Esa orden de
suspensión se había dado, hacía poco tiempo, porque una tripulación de un
helicóptero ejecutó un bombardeo en proximidades de la población de
Santodomingo en los Llanos Orientales. Apoyaba tropas de tierra empeñadas en
combate.
Habían sido guiados por un avión
plataforma de vigilancia de una empresa norteamericana contratado por una
petrolera. Pero de un manera tan precaria que parecía haber afectado a varios
civiles, que los terroristas utilizaban como escudos humanos. Pues investigaciones
posteriores de las trayectorias de las metrallas y declaraciones de terrorista
arrepentidos, indicaron que los terroristas habían detonado un carro cargado
con explosivos que tenían previsto para detonar al momento del paso de las
tropas contra las que combatían.
La tripulación del avión extranjero, que
pidió el bombardeado y hacía de observador, se escudó en la inmunidad
diplomática, sin ser funcionarios de la embajada. Quien, para favorecerlos, así
los declaró, para salvarlos de la responsabilidad judicial que les competía.
LA TRAICIÓN
Solo la tripulación colombiana fue
injustamente enjuiciada y condenada. Mientras los extranjeros se fueron a
disfrutar de su impunidad habiendo sido no solo solicitantes del bombardeo sino
que lo orientaron. Es decir, claros y evidentes
participantes. Remordimiento que es el único castigo. El simple
estigma, de por vida, de sus conciencias por traición a los compañeros
colombianos de combate.
Por eso somos bastantes escépticos de la
confiabilidad que podemos tener con el involucramiento extranjeros en nuestros
asuntos internos. En especial, si son de seguridad y conflicto. Sabíamos que
eso mismo fue lo que sucedió con ellos en Viet Nam. Y, ya antes, con nosotros,
cuando la invasión de Panamá por parte de Teodoro Roosevelt quien terminó
amputando nuestra soberanía por la fuerza. Solo le bastaron cuatro acorazados.
Dos al lado en cada océano.
DE NUEVO LA PRENSA.
El bombardeo de Santodomingo y sus
efectos, fue la situación que la prensa aprovechó para magnificar el hecho y
deformar lo acontecido para hacerlo ver como un crimen intencional y
premeditado de la tripulación de la aeronave militar. Como si la tripulación
hubiesen actuado en la misma forma criminal como se hizo en la terrible masacre
en Viet Nam del Sur, sobre la aldea de Mi Lay, por parte de helicópteros
norteamericanos tripulados por pilotos enloquecidos con el consumo de
narcóticos.
Se adoctrinó la conciencia nacional y al
sistema judicial, en el sentido de castigar a los pilotos de la FAC por esa
acción de guerra. Incluida la negación del fuero de la Justicia Penal Militar.
Para que cayesen en las garras de la justicia ordinaria, proclive al terrorismo
por su formación universitaria en la doctrina de la rebelión comunista. Quien,
ante la presión mediática de la prensa, fueron condenados a largos años de
prisión calificándolos de asesinos comunes y genocidas.
APROVECHAR LA ADVERSIDAD PARA MEJORAR
Pensábamos que ese tipo de operaciones
se podían hacer de manera segura, confiable y precisa si se mejoraba la
tecnología y los procedimientos. Porque era una realidad, que la imperativa
necesidad exigiría a las tripulaciones repetir esos bombardeos. De por si unos
años antes una helicóptero de la Policía Nacional había explotado en el aire
por la activación repentina de una de las bombas artesanal con la que estaban
atacando a una cuadrilla de insurgentes.
Y era mejor perfeccionar la técnica
antes que el negarlo para, simplemente, ahorrarse el esfuerzo del mejoramiento.
Era ocultar lo inevitable. Para ello era necesario elaborar doctrina y
perfeccionar los sistemas de armas. La respuesta fue que eso no era posible.
Quedó totalmente prohibido ejecutar ese tipo de operaciones desde los
helicópteros.
Más no solo fue eso. Era una ampliación
de otra vieja orden que consistía en limitar el bombardeo con aviones. Los que
se efectuarían solo por orden del Comandante General de las FF MM. Lo que nos
había causado tanto daño en los combates en el Caquetá. Como está contado en la
crónica “Entre Leones y Ratones”. De este mismo blog.
APARECE EL ACTOR POLÍTICO
Restricción que, años después y
afortunadamente, por otras insistentes peticiones de mandos
medios, fue cancelada dicha orden por el presidente Uribe. Decisión
que dio excelentes resultados en grandes y brillantes combates Aire-Tierra.
Siendo el primero, el que asumió exclusivamente la FAC, por su propia cuenta y
riesgo, contra el terrorista alias Negro Acacio. Con ello demostró la eficacia
de ese tipo de armamento y de su poderosa capacidad de combate, inutilizada y
paralizada por simples prejuicios.
Una situación idéntica a la acontecida
cuando el presidente norteamericano Lindon Johnson debió permitir los
bombardeos masivos de distintos blancos en Viet Nam del norte. Y en Laos para
contener la ruta de abastecimientos Hồ Chí Minh. Aunque en ese caso no se lograron
significativos resultados de valor. A pesar del bombardeo masivo y casi que indiscriminado
con toneladas de bombas lanzadas desde bombardero pesados.
Con la operación contra Acacio se
estaban eliminando paradigmas enquistados en las mentes de los altos mandos del
Ejército, que aun consideraban que la Fuerza Aérea era una fuerza militar solo
útil para apoyos logísticos, trasporte y evacuación aeromédicas tácticas. Y
otras cosa menores y nunca en la primera línea de combate. Mucho menos de ser
factor decisivo para la victoria contra el enemigo.
Era muy alto el escepticismo con
respecto a los soldados del aire. Y como ellos han acostumbrado, por
inapropiada soberbia histórica institucional y hasta arrogancia personal,
adjudicarse los altos cargos militares, habían limitado la evolución
doctrinaria del combate aeroterrestre. Solo en muy pocas oportunidades habían
permitido que los más alto cargos militares los ocuparan militares de la ARC o
la FAC. Solo lo indispensable para salvar apariencias.
Pero la certera baja del famoso criminal
Negro Acacio dejó en evidencia que se estaba cometiendo un grave error. Se
deshizo el tabú de los altos mandos que no confiaban en la capacidad del poder
y la precisión del armamento aéreo. Después vinieron otros ataques donde
sobresalió la Operaciones Fénix, dando de baja al cabecilla, alias,
Raúl Reyes. En adelante se diezmó tanto a las FARC que se vieron obligadas a
solicitar un acuerdo con el presidente Santos, sucesor de Uribe.
LA PRÓXIMA DESTINACIÓN
Para esa época ya estábamos cumpliendo
el tiempo requerido para ser promovidos al grado superior. Siempre hemos vivido
poniéndonos metas a cumplir en distintos plazos. La próxima era la de
clasificar para el ascenso al grado de Coronel. El último del rango de los
denominados “oficiales superiores”. Y, lo más seguro, el último al que aspirábamos
porque estábamos comenzando a tener las nada convenientes diferencias de
criterios en lo profesional y a dar ponderación a lo personal. Esa aspiración
era deseable porque nos mejoraría los ingresos. Y era ya un rango satisfactorio
en nuestros desempeños profesional.
LA IDENTIDAD
Es decir, llegábamos al máximo nivel de
desempeño. Y por identidad, entereza y firmeza en nuestras propias convicciones
debíamos dar cumplimiento a lo que creíamos y decíamos. No podíamos ser
contrarios a lo que pensábamos. Que si era aplicable a los demás también tenía
que ser para con nosotros mismos. De no actuar de esa forma traicionábamos
nuestra conciencia por faltos de dignidad
La meta inmediata que comenzaba a
mostrársenos era que nos aproximábamos al famoso “Principio de Peter”. O “Principio de Incompetencia” Que no se
debe confundir con falta de idoneidad profesional sino que es la desadaptación
al medio en la media que se asciende en el escalafón. Porque se pueden tener
los conocimientos y las capacidades, pero en ese nivel ya no era contra las
dificultades normales que un superior debe vencer dentro de su cargo,
responsabilidades y deberes. Sino que se choca contra todo el sistema, sus
factores internos y mucho contra los externos. Los que aparecen por muchos
motivos.
Es algo en lo que todos debemos ser
conscientes y sinceros para no forzar situaciones, que en lugar de favorecer a
las organizaciones las perjudican. Si hay algo malo en una estructura militar
es que a sus altos cargos lleguen, no los que nunca se han atrevido a correr
riesgos, sino aquellos que nunca se han equivocado ni han hecho nada malo. Pero
no porque han sorteado con éxito situaciones de máxima exigencia sino porque se
la han pasado evadiéndolas. Aun siendo ese el mayor error. Pues la naturaleza
fundamental de la profesión militar es afrontar y vencer peligros. Por eso es una
profesión de altos riesgos.
UN PUNTO DE INFLEXIÓN
Estábamos en un periodo de transición de
reajustes salariales donde se daba una considerable diferencia entre nuestro
grado y el superior inmediato. Había comentarios, bastante válidos, que esa
transición progresiva seria dilata en el tiempo. Por razones de disponibilidad
presupuestal del gobierno, se detendría justo en el nuevo grado que
recibiríamos, como así sucedió. De tal manera que, si no éramos ascendidos,
nuestra pensión de reservistas se vería afectada considerablemente y de por
vida. Un desestimulo después de los pesados años que habíamos cumplido en
distintas misiones.
Una de las aspiraciones de los militares
de nuestro grado era la de ser asignados a una comisión oficial en el exterior.
Si primero nos ascendían y, luego, nos asignaban el cargo diplomático
tendríamos doble beneficio. El del ascenso y el de ser funcionario en el
extranjero. Y evitábamos el riesgo de que fuese al contrario. Porque el ingreso
en ese cargo depende del ingreso en el grado. Con eso era suficiente para
darnos satisfechos por los servicios prestados, ya que no teníamos por objetivo
en la vida el de la riqueza. Solo la seguridad de las necesidades básica
satisfechas.
Nada de la vida por el relumbrón del
uniforme y la ostentación de altos grados por vanidosas apariencias. Y menos
sin grandes méritos. Pues todo lo echo lo vimos siempre como lo normal dentro
de una vida profesional variada e interesante. Quizás un poco atípica en la del
militar FAC, pero tampoco llena de heroísmos. Aunque si muy emocional y cargada
de estimulantes retos a superar. Además de la servir a la nación antes que así
mismos. Que es una valiosa recompensa interior, en lugar de la
exterior. Estábamos muy satisfechos. Solo faltaba la puntada final.
CAMBIO REPENTINO DE DESTINO
Se presentó un riesgo en la segunda
meta. El Director nos informó que habíamos sido asignados a la embajada de un
país europeo, lo cual era bueno. Después nos llamó de manera seria y solemne
para informarnos que nos habían cambiado el destino para uno suramericano. Con
el primero, Colombia no tenía mayores diferencias en sus relaciones
diplomáticas, las que si existían con el segundo. Por eso resultó hasta
emocionante.
El primero era para un paseo de
burócratas funcionarios diplomáticos sin nada importante que hacer ni de qué
preocuparse. El premio para los que, supuestamente, son distinguidos y exitosos
militares en la guerra. Así haya sido solo de escritorio o de pilotos de aviones
de alto rendimiento supersónico a grandes alturas sobre el planeta. Lejos del
suelo real. El otro una oportunidad de aprendizaje real de como son los manejos
de los conflictos internacionales traumáticos y más terrestres. Y, por ello,
más vivenciales, aunque menos celestiales.
Como fue un cambio de última hora, hasta
de riesgo de que se nos negara el cargo, se nos hizo extraño. Averiguamos y
encontramos que se debió al odioso e inmoral tráfico de influencias de un
arrogante y vanidoso compañero. Además de codicioso, tuvo celos profesionales
de nuestro nombramiento. Ya que a él le había asignado el que a nosotros nos asignaron.
Nos intercambiaron. El creía que era más importante dar gusto a sus pedanterías
personales que al interés nacional. Lo que es bastante común a la soberbia
militar. Cambio que tampoco afectaba nuestras metas personales ni
profesionales.
Reperfilamos los objetivos, como lo
hemos mencionado, y supimos que si nos retirábamos del servicio, después de un
año, las cosas nos serian no solo más satisfactorias sino favorables. No
teníamos motivos para forzar a Peter. La institución y nosotros seríamos
favorecidos. A ella no le convenía un miembro con ya disminuidos motivos para
aspirar a más, mientras que el otro si tenía anhelos personales que lograr.
Desde las Reservas, estaríamos disponibles si llegase a ser necesario.
También. Que nuestro Director, a pesar
de que habíamos servido con mucha dedicación durante ese año y con ello
resaltado sus éxitos profesionales, ganando indulgencias con
padrenuestros ajenos, no había tenido la entereza ni la solidaridad de habernos
protegido de ese riego con autentico empeño. Afortunadamente no se nos negó y
se nos asignó el cargo. Solo fue un intercambio. Sin embargo, ello no dejo de
inquietarnos por lo extraño y riesgoso.
TODOS TRANQUILOS
Decidimos aplicarle otra norma de vida,
de gran valor, en la autosuperación personal. Que consistente en buscar los
aspectos positivos para sacar ventajas hasta de la misma adversidad. El asunto
nos pareció interesante, en lugar de ser lo contrario. Teníamos cosas buenas.
El cambio de moneda, el clima, el idioma, la presencia de familiares en ese
destino y el conocimiento que teníamos de esa nación.
Siete años antes habíamos hecho un detallado
estudio sobre su economía. El mismo tema que se nos asignó durante la comisión.
De tal manera que ya conocíamos el tema. Solo bastaba con actualizarlo. Lo
habíamos guardado durante años. Nos pareció, entonces, que sería más bien un
año sabático en retribución a los combates en la selva y cascos urbanos, como
lo contado en otras crónicas. Además que estaríamos algo alejados de incómodos
superiores con los que teníamos diferencias de criterios doctrinarios y
tolerábamos por obediencia debida. Dotados con el simple liderazgo delegado
pero no merecido a los ojos de subalternos.
Entonces se nos afincó más nuestro
objetivo a corto plazo de cumplir esa tarea y, después, retirarnos del
servicio. A si lo hicimos para posteriores satisfacciones profesionales,
familiarizar, intelectuales, personales y hasta económicas. Así esto último no
fuese lo primordial pues lo que ya merecíamos nos permitía vivir con dignidad.
El riesgo al que nos expuso la
insensatez de algunas personas con jerarquía pero poco permeables a las buenas
ideas, nos impactó. Pues teníamos la certeza
de que el peligro habría podido ser contrarrestable o al menos atenuable
si se hubiese comprendido muestras buenas intenciones contenidas en las sugerencias.
Una guarnición que habría podido ser
tranquila resulto ser de alta peligro. Tal vez más que las fuerzas oscuras que
debimos afrontar en la selva amazónica del sur del país. Lo cual nos impactó
más. Ya que esperábamos estar más alejados del riesgo, que el caso anterior
vivido a mediados de la década.
Tomamos la decisión de ignorar el asunto
teniéndola la certeza de que la actitud indiferente, poco proactiva y nada
facilitadora de la población de esa guarnición, que es una forma pasiva de
agresividad, tendría sus consecuencias que lamentar. Debido a una mezcla de
falta de gobernanza compartida entre autoridades políticas, militares,
policiales, gremios económicos, formadores de la conciencia cultural colectiva
y hasta las eclesiásticas. Que tanta participación aún tiene en el campo del adoctrinamiento
de la mentalidad popular.
Pues las gentes eran despectivas con las
autoridades que podían protegerla de sus propios peligros de seguridad. La actitud
pasiva, casi que hasta hostil, haría que esa región sufriría las consecuencias
a futuro. Lo creímos, no con certeza absoluta pero si como producto de fuerte
duda bastante lógica y razonable. Con un margen de probabilidad demasiado alto
como para que no nos pudiese pasar desapercibido. No un futuro próximo pero si
a largo plazo. Como mínimo en sus próximos veinte años. Pues eso niveles de agresión
tan elevados, como los bombardeos, eran más que suficientes para pensar en
ello.
Adicional a las ya demostrados con los
secuestros masivos de la población civil. Y las multitudes manifestándose en
contra de nosotros. Producto de una cultura altanera ante cualquier forma de
autoridad. Creada por medio de un fuerte adoctrinamiento de varias generaciones
de jóvenes en las ideologías marxista, comunistas, socialistas violentas y
sindicalismo asocial y agresivo. Función bien cumplida en los claustros de sus
universidades. En especial las oficiales. Donde actuaban muchos profesores
pagos por el Estado pero dedicados a promover la violencia contra la comunidad,
crear odio de clases y rebelión violenta.
Fenómenos colectivos que, cuando se
desbordan en insensatez colectiva, terminan en manifestaciones destructoras,
bloqueos de vías, quema de medios de transporte y saqueo de comercio.
Vandalismo contra la infraestructura pública y las propiedades privadas. En
especial las rurales que sufren poca protección estatal y tienen un alto valor
por la riqueza agrícola y la fertilidad el suelo. Codiciadas por comunidades
argumentando derechos ancestrales.
También todo cuanto sean símbolos
culturales y monumentos históricos. Por supuesto, instalaciones de las
autoridades armadas y sus hombres. Todo acompañado de actos delictivos como
agresiones físicas personales, robos, secuestros, chantajes, amenazas y daño en
general a la economía y la capacidad productiva.
Quisimos poner eso en evidencia pero no fuimos
comprendidos ni aceptados por nuestros superiores. Y la prudencia indicaba que debíamos
acogernos a sus criterios así fueren contrarios a nuestras firmes conclusiones.
Razón por la cual era mejor dejar que los hechos posteriores dijesen quien estaba
más próximo a la cordura. Aunque si llegase a resultar como lo preveíamos, de
seguro, nadie saldría a aceptar que lo habíamos advertido. Pues eso ya les sería
muy inconveniente y vergonzoso admitir que fueron demasiado desatinados. Aunque
sentenciados por la historia. Así es como funciona las cosas. Infortunadamente
confirmando la teoría de Norman Dixon.
Pero también sabíamos, que dentro de ese
mismo margen de tiempo, inevitablemente tendría que crearse un Comando Aéreo de
Combate en esa guarnición. Pues ya era una necesidad inevitable.
Al año cumplido después de estos
sucesos, pasamos a la vida de ciudadanos corrientes con la satisfacción de ese
primer deber cumplido. Después vinieron otros igualmente o quizás hasta más
gratos. Sin los apremios de autoridades tan impropias, que fácilmente pasan al
campo de lo insolente. Las que con su desempeño frenan el rápido progreso que
necesita la nación.
EPÍLOGO
La conclusión general es la evidencia de
lo difícil que son los cambios doctrinarios dentro de las instituciones
altamente jerarquizadas, rígidas, ortodoxas, dogmáticas, intransigentemente,
conservadoras, piramidales, fanáticamente tradicionalistas y altamente paquidérmicas
e inerciales. Como lo evidencio el Capitán Norman Dixon en su libro “Sicología
de la Incompetencia Militar”.
Vencer esas barreras es parte de los
esfuerzos que se requieren para impulsar el progreso. Lo que se logra reuniendo
al máximo los pequeños aportes. Por algo los ejércitos no triunfan
por el gran poder del General sino por la sinergia de las pequeñas, pero
muchas, fuerzas de los soldados. El General solo da dirección. Los que
realmente impulsan y hacen marchar el tren es la potencia acumulada de las
tropas. Son las locomotoras.
Coronel Iván González
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