AERONAUTAS Y CRONISTAS

lunes, 1 de abril de 2013

EL PALOMO



BOLI-VARIADA APÓCRIFA. EL PALOMO.


A principios de noviembre de 1814 marchaba solitario Bolívar a Santa Rosa de Viterbo. Iba para Tunja a dar cuenta al Congreso de los sucesos desgraciados de la fallida campaña de Venezuela para la cual se le había dado un Ejército que perdió en el evento. El mismo que lo acompañó en la campaña del Magdalena. A los infortunios de su patria se unía el rencor de sus amigos, que lo perseguían para prenderlo, al tiempo que difundían las más negras especies contra su honor, atribuyéndole la caída de Venezuela.

El libertador llego al pueblo, sobre una bestia cansada, y no hallando medio de reemplazarla, tuvo que esperar un día para que la mula repusiera sus fuerzas. Entonces contrató un peón para que le sirviera de guía y ayuda siguió hacia Tunja.

Durante el viaje, buscando mitigar sus preocupaciones, trabó conversación con su acompañante.

- ¿Por qué no me alquilaste la yegua? Le dijo.

-Señor, porque podía abortar. Mi mujer ha soñado que ese potro va a servir para un gran general. A mi mujer nunca le fallan los sueños. Cuando Casilda lo dice, todo se cumple. La llaman el oráculo aunque el cura dice que es la agorera.

Bolívar calló. En mitad del camino recibió un caballo descansado. Se lo había mandado el Presidente Camilo Torres, enterado de la causa del retardo del Coronel. Horas después llego a la ciudad, donde se le recibió con muestras de gran aprecio, por lo cual el arriero quedó aturdido. Pero fue mayor su sorpresa cuando el Libertador, al despedirlo, le dijo sonriendo: dígale a Casilda que me guarde el potro.

Vino después el viaje a Jamaica, la expedición de los Cayos, la guerra a muerte, el Congreso de Angostura y la Campaña Libertadora.

En la acción del Pantano de Vargas, envuelto Bolívar por lo realistas, sufría su Ejército un fuego horroroso. En tal circunstancia oyó una voz que le despierta como de un sueño.

“MI GENERAL- AQUÍ TIENE AL POTRO. SE LO MANDA CASILDA”.

Bolívar, al principio, miró con disgusto, por un instante,  al hombre que impertinente lo interrumpía. Mas, luego, recordó al antiguo compañero de camino y el encargo que le había hecho. Tomando aquel incidente como un buen augurio, exclamó con acento de victoria: ¡A LA CARGA! ¡A LA CARGA!

 Antes de que le hubieran ensillado el hermoso bucéfalo, sus tropas reestablecen la batalla. Los realistas fueron desalojados y luego vencidos en Boyacá.

Cuando Bolívar regresaba a Venezuela en 1819, se detuvo en Santa Rosa, visitó a Casilda y le dio las gracias por el precioso animal.

-        Señora, dijo Bolívar al despedirse, ¿Ha vuelto usted a soñar conmigo? Yo creo en sus sueños.

-        Si Señor, repuso la buena mujer. Lo he visto a usted en mi potro entrar a las ciudades después de las batallas.

Efectivamente, Bolívar, después de Carabobo, entró en el Palomo, a Caracas. De Bomboná, a Quito. Y de Junín, a Lima. Amaba su caballo como una parte de su ser. Dice el cronista, que el noble bruto lo reconocía de lejos al ruido de sus pasos o al timbre de su voz, relinchaba, movía la cola y piafaba. (Luís Capella Toledo – Leyendas Históricas).

En el diario que llevaba el jefe del Batallón Junín, dejó consignado que en la entrada del libertador a Lima, el día 16 de mayo de 1826, el Libertador montaba al Palomo.

Pocos días después se preparaba el héroe para regresar a Colombia. El Mariscal Santa Cruz le pidió que le dejara como recuerdo de afecto, el apreciado caballo. Bolívar vaciló, pero no pudo negárselo. Y cuentan que al día siguiente de su partida el caballo estuvo triste. Después, progresivamente, fue languideciendo y murió.


Coronel Iván González.

lunes, 25 de marzo de 2013

LA CUCHILLA NIVELADORA



LA NIVELADORA DE LARANDIA

En los cruceros de vuelo mentales sobre los recuerdos de viajes vienen a la mente alegorías y realidades de la amada tierra colombiana.

Para los finales de la década de 1970 hacíamos vuelos a la hacienda de Larandia, la región de los Lara, bautizada de esa manera por su propietario Don Oliverio Lara. Don Oliverio soñaba con crear una industria de carnes que pudieran exportarse por vía aérea, dando gran impulso a los pobladores de la región.

Con motivo de la guerra con el Perú, en los comienzos de la década de 1930, se construyó un hidropuerto sobre el rio San antonio con bodegas y hangares metálicos de tipo militar. El mismo que también cumplía funciones de puerto fluvial para las aeronaves dotadas con flotadores a falta de pistas de aterrizaje. En ese tiempo solo se podía recurrir a hidropistas en los tramos más rectos, largos y calmados de los ríos de la región.

Un puente colgante de acero que unía las dos partes de la finca separadas por el rio. Un edificio de dos plantas en concreto para administración y vivienda dotada con electricidad generada con una presa que forma un pintoresco embalse. Por supuesto carreteras interiores para facilitar los embarques, por el rio Orteguaza, de las cargas con destino al conflicto y de los pueblos rivereños.

Don Oliverio decidió no dejar perder esas facilidades y aprovecharlas emprendiendo su aventura personal de desarrollo. Para ello también se había construido una pista de aterrizaje que según sus planes se usaría en el trasporte aéreo de carnes procesadas en un frigorífico a construir.

Para nuestra época, trasportamos unos funcionarios del gobierno que estaba interesado en reinstalar una unidad militar, dentro de las cuales se contaba el Batallón Bogotá, para combatir el terrorismo que asolaba el departamento. Tanto por su estratégica ubicación a orillas del rio San Antonio, afluente cercano del rio Orteguaza, como su proximidad a la ciudad de Florencia a donde se llega por vía pavimentada. En el lugar también estaba la torre transmisora del radiofaro que guiaba a las aeronaves para la aproximación a la pista del aeropuerto de Florencia, la capital del departamento.

La familia Lara estaba gustosa en que esa propiedad retornara al Estado ya que la delincuencia hacía imposible su explotación y querían que se preservara la memoria de Don Oliverio, quien había sido secuestrado y muerto por los terroristas y delincuentes años antes, cuando adelantaba sus proyectos.

Durante una de esas largas esperas merodeábamos por los alrededores de la hacienda. Siempre llenos de curiosidad por esos recuerdos del lejano conflicto suscitado por la posesión nacional de las tierras del sur del país. Las que el Perú, supuestamente buen vecino, nos quería arrebatar durante la famosa bonanzas cauchera de La Casa Arana. Las mismas regiones que, infortunadamente, no definimos con claridad después de la favorable oportunidad que nos dio la total victoria de la batalla de Tarqui sobre los peruanos. No dimos completo efecto a esa contundente derrota del enemigo y eso le dio pie, a esa misma nación, para que, años después, tuviera la osadía de intentar arrebatarnos la franja entre los ríos Napo y Caquetá.

En esas cavilaciones estábamos cuando vimos, debajo de unas frondosa ceiba y cual bestia prehistórica en descanso eterno, una extraña máquina oxidada que constaba de una larga cuchilla horizontal, con dos ruedas de radios metálicos en su extremos. Más bien baja y con unos tornillos verticales de manivela para el ajuste de la altura. Era simple y no mostraba ningún armazón que indicara la disposición de un motor que la impulsara. Solo un tiro triangular de barras por delante. Imaginamos que de ese lugar se acoplaba un tractor que la arrastraba.

El lugar parecía ser un parque donde unos señores de alguna edad se mantenían bajo la fresca sombra de la arboleda de la casa de la hacienda. Pensé que deberían ser veteranos del conflicto que en lugar de regresar a su lugar de origen se habían quedado para fundar familia, como muchos lo hicieron. Decidí entrar en confianza con ellos para indagarles sobre si sabían sobre ese extraño objeto olvidado. El mismo que parcia ser una pieza de museo casual. Me explicaron que fue usado para construir la pista de aterrizaje, las carreteras y el dique que contenía el lago de la hidroeléctrica.

Quedaba por resolver sobre como funcionaba. Cuando el conflicto con el Perú no se tenía posibilidad de llevar a esa región maquinaria motorizada. Florencia solo se unía a Neiva por un camino de herradura que remontaba la cordillera por el cerro Gabinete y llegaba hasta la población de Altamira en sur del departamento del Huila. Se seguía por una carretera en tierra construida apresuradamente para la guerra, hasta donde se conectaba con la línea del ferrocarril del Huila, apenas en desarrollo. La misma vía férrea que en la actualidad está totalmente abandonada.

Explicaron que en los tiempos Don Oliverio, para la década de los 50 y 60, ya se contaba con maquinaria. Pero en los comienzo de las obras, durante la guerra, la forma de hacer funcionar la cuchilla niveladora era con recuas de mulas que por medio de yugos y enganches tiraban de la máquina guiadas por arrieros apostados a sus lados. Mientras otros operarios regulaban la maquina a medida que avanzaba y según se necesitara.

De esa forma me era dado pensar que Colombia está destinada a ser una nación desarrollada en el próximo futuro. Puesto que en tan solo unos años había dado el gran salto “de la mula al jet”. Algo equivalente al que dio la civilización humana cuando pasó de los petroglifos de la edad de piedra a la imprenta de Gutenberg, algo que requirió de muchos siglos. Siempre y cuando los terroristas y la brutalidad criminal de grupos delincuentes, armados e ilegales, lo permitan o, como mínimo, no lo retarden.

Don Oliverio fue secuestrado y finalmente asesinado por conciencias primitivas que no conciben el valor del progreso para el bienestar del hombre. Historias que aprendía entreteniendo el tiempo disponible en actividades que ilustran sobre la realidad de nuestra nación en crecimiento.

Iván González