AERONAUTAS Y CRONISTAS

domingo, 23 de febrero de 2014

CORTANTES DE VIENTO



CORTANTE O CUCHILLA DE VIENTO / VIENTO DEL DIABLO/ MICRORAFAGAS

La foto de la descarga de una nube de tormenta sobre Medellín en estos días y compartida por la red por un entusiasta y buen compañero inquieto por la historia, me sirven de motivo para participar a los amigos aeronáuticos un pequeño trabajo elaborado en años pasados para mis alumnos de vuelo. Cuando nuestra mejor y más sofisticada ayuda de instrucción era el ahora simple y avejentado proyector de acetatos (que aun guardo como recuerdo nostálgico). Articulo arcaico y prehistórico comparado con las ultrasofisticadas ayudas de instrucción y recursos pedagógicos como los que ahora disponen los alumnos del vuelo moderno.

Espero satisfacer a los curiosos y aficionados al arte de volar sobre un fenómeno meteorológico. No solo a los de vuelo profesional o deportivo sino del aeromodelismo, los teóricos, los colegas del parapentismo y los de ultralivianos.
Con frecuencia los pilotos comentamos estos riesgos profesionales, ya casi a manera anecdótica, pero es bueno repasar el tema, mejorar la importancia que le damos, compartir lo aprendido en nuestro tiempos de desempeño activo y los efectos sobre la seguridad de vuelo.

La mejor forma de afrontar un efecto adverso al vuelo con éxito es conociéndolo, saber cómo se forma, dónde actúa, los efectos producidos y cómo contrarrestarlos. En el Valle de Aburrá, que es más un cañón que un valle, en medio del cual está ubicado el aeropuerto Olaya Herrera, se generan fuertes cortantes de viento. A esta depresión confluyen masas de aires húmedos y cálidos que, al ser elevados por el calor acumulado en la cavidad, la convierten en una incubadora de nubes de tormenta que, infortunadamente, ya han causado varios incidentes graves y hasta algunos accidentes. Los pilotos que operan en este terminal deben ser conscientes de esta invisible y traicionera amenaza local.  


AGUACERO SOBRE MEDELLÍN

Por diversos estudios se dedujo que la cortante de viento proviene de fenómenos tan comunes a nuestra vista como lo son las nubes tormentosas.
Estas formaciones tienen tres fases en su corta existencia.


CRECIMIENTO
Las capas atmosféricas bajas, en contacto con la superficie, se calientan y cargan de humedad evaporada del suelo, los bosques, lagos y ríos.  Por expansión presionan las masas frías altas en forma pareja.  Turbulencias, montañas y el efecto de tiro (viento ascendente por convección) rompen estas capas, dando inicio a una fuerza ascensional pasando a la fase de Madurez.


MADUREZ
El aire bajo y cálido penetra por el sitio donde se produjo la rotura de los niveles superiores creando una columna de aire que sube con alta energía neumática debido a la ascensión, como la producida en el ducto de una chimenea.  La nube resultante no sólo tiene la similitud de un hongo, como los creados por las explosiones termonucleares, sino también iguales capacidades energéticas.

Según cálculos de los servicios meteorológicos, la energía total dentro de una nube de tormenta, durante su vida activa, es equivalente a la generada por la bomba de Hiroshima.

Estas nubes tienen forma de hongo muy blanco, base plana, es una torre con una columna vertical y una cúpula con bucles similar a la copa de un gigantesco árbol. Si se observa con cuidado se puede ver como sus risos superiores suben, giran y se retuercen mostrando los remolinos violentos que se agitan en su interior. Las corrientes, (que pueden causar daños a la estructura de la aeronave), sufren rápida condensación del vapor de agua, crean electricidad estática de polaridades que llegan a millones de voltios, con inmensos arcos eléctricos que alumbran y truenan en la atmósfera escuchándose en una amplia área de la superficie terrestre.

Cuando el agua llega al estado líquido las corrientes ascendentes impiden que las gotas de agua caiga haciendo que se comporten como si fuera un yoyo. Por eso algunos pilotos han reportado estar volando dentro de nubes donde observan el fenómeno de ver llover hacia arriba.
En la medida en que esta agua líquida se mantenga saltando a considerable altura, donde el aire es frío, se congela y pasa al estado sólido (granizo). Y ya sea porque la ráfaga de aire ascendente pierda intensidad o el peso del hielo es demasiado o la energía de la nube comienza a disiparse, el agua y el hielo caen.
Un Cumulo Nimbus puede contener millones de metros cúbicos de agua y cada uno pesa una tonelada. Lo que nos da una idea de su masa y fuerza. De tal forma que la nube de tormenta pasa a la fase de disipación.


DISIPACIÓN
Para los propósitos de la operación aérea aeroportuaria es la parte que más nos importa, ya que de ella provienen los vientos cortantes que amenazan la aviación.

Las masas de agua en su caída producen una inversión de las corrientes de aire, de ascendentes a descendentes. El aire al ser presionado y arrastrado por el agua y el hielo que baja con velocidad, le abre paso a esa pesada mole y en su fuga choca contra el suelo desparramándose hacia los lados. Como cuando una gota de agua cae al suelo y se esparce en todas direcciones.

 IMPACTO AL SUELO
Debajo de la nube es donde se encuentran los mayores efectos de estos cambios bruscos de velocidad y dirección del viento, afectando las aeronaves que crucen por el área y sus proximidades, hasta un radio de unos 36 km (20 MN) en promedio, medidas desde el centro de la formación. Son las ráfagas frías que observamos minutos antes del comienzo de un fuerte aguacero y que nos índica cuan violento será. En aviación se denominan como “Cortantes de Viento o Viento del Diablo”. Fenómeno temible para los aviones por lo traicioneras.


MOMENTOS DE RIESGO

EFECTOS DE LA CORTANTE DE VIENTO SOBRE LAS AERONAVES

Durante los despegues y aterrizajes las aeronaves afrontan las situaciones de mayor indefensión contra los efectos meteorológicos. En especial las Cortantes de Viento que son vientos turbulentos, poderosos y repentinos. Eso se debe a las bajas velocidades y la poca energía cinética de los aviones en la fase de aproximación o despegue en los aeropuertos. Ademas de la mermada capacidad de controlabilidad, el pequeño margen de seguridad de altura por su proximidad a tierra y los consabidos retardos de la reacción en los motores.
Con potencias reducidas en aproximación o en los despegues, el empuje disponible casi ha igualado o está ligeramente por debajo del empuje requerido y los motores tienen demoras naturales para pasar rápidamente de la baja potencia, que es la condición necesaria para poder aterrizar, al máximo poder de empuje que demandan estos vientos traicioneros.
Eso es como tratar que un vehículo acelere del cambio de primera a la quinta velocidad saltándose los cambios intermedios. Pero en esas faces de vuelo no se dispone de mas fuerza porque las maniobras demandan casi toda la potencia posible. 

Si el fenómeno se ha presentado en el área de un aeropuerto, las probabilidades de un accidente pueden darse con facilidad.


MOMENTOS DE ANGUSTIA

Las corrientes descendentes bajan a la superficie y en este momento se convierte en viento horizontal en todas direcciones.

En algunos casos el avión encontrará un viento de frente incrementando la velocidad indicada, pero disminuye su energía cinética y se frena.

A medida que se aproxima a la ráfaga, encuentra la componente descendente del viento provocando caída de la velocidad e incremento el gradiente de descenso o disminución del de ascenso, según el avión esté aterrizando o despegando respectivamente.

Cuando se ha pasado al lado contrario, el viento es de cola y la velocidad indicada disminuye aún más.  El avión está en una condición vulnerable a las turbulencias, mayor gradiente de descenso y la sustentación demeritada debido al viento de cola. Los aviones vuelan es por el aire que circula de nariz a acola y no al contrario.

Cuando el viento es insuficientemente para mantener la altura, además del poco margen de seguridad con respecto a la superficie, se hacen muy factible una colisión con el terreno. Los pilotos que han logrado sortear esta situación son afortunados y demuestran una adecuada técnica de pilotaje.

El viento no es necesariamente tan estable como se ha descrito.  Una variable aún más crítica puede ser la de encontrar un viento de cola que alimenta una corriente ascendente. Posteriormente, en el centro de la tormenta, una ráfaga descendente y después otra caída de velocidad por la componente horizontal de esta misma ráfaga.  Si la sucesiva pérdida de velocidad y el descenso no fueron tan considerables como para permitirle llegar a la pista, la velocidad de tierra estará incrementada y los cálculos de distancia de aterrizaje no se parecerán en nada a los previstos. El avión estará en el límite de sus posibilidades de sostenerse en el aire o la pista le será insuficiente para detenerse en el aterrizaje.


 MAROMAS IMPREVISTAS
En el primer tramo del despegue la pérdida de sustentación será importante e intentar bajar la nariz, para buscar aceleración, será agravar la situación.  No ganará mucho con cambiar la escasa altura por velocidad, simplemente no tendrá el margen adecuado para salvar obstáculos. Si ya se está en fase y la altura suficiente de franqueamiento de obstáculos, las cosas serán mejores y más favorables pero no por eso menos peligrosas, que ameritan mucha precaución por parte de las tripulaciones.

MICRORAFAGAS

Indudablemente una de las formas más peligrosas de las cortantes de viento son las microráfagas (micro burst).

Cuando la componente horizontal barre el piso, levanta violentamente el aire actuando como una cuña.  La fricción entre la capa inferior que avanza sobre el piso y la capa del aire levantado por la ráfaga, es de tal magnitud que crea un enrollamiento, formándose un remolino horizontal de aire denominado “Micro-Ráfaga.  Es similar pero inversa a la cresta de la ola que se vuelca sobre sí misma por la presión ejercida por la brisa sobre la superficie del mar.

Es un torbellino generado por la corriente que proviene de la tormenta. Y que gana fuerza giratoria en la medida en que ella lo alimenta.
Las diferencias de velocidades, entre los dos lados del rizo, pueden ser hasta de 50 KTS, con inversión completa de la dirección del flujo del aire y llegar los 500 pies de altura. Si un avión, en aproximación a un aeropuerto, penetra en este tornado horizontal, causado por una tormenta que está al frente pero más alejada del aeropuerto, primero lo elevará bruscamente el avión.
El Piloto intentará, por reflejo, forzar el avión hacia abajo y reducirá la potencia para evitar que suba y así no perder la trayectoria de aproximación a la pista. Mas tendrá gran sorpresa. Instantes después lo tirará hacia el suelo y este tratará de levantar el avión en una condición escasa en velocidad, con insuficiente potencia y a baja altura. Algo que se sale del infalible dogma aeronáutico de los viejos pilotos, quienes coloquialmente y para hacerse entender de sus alumnos a diario les rezaban: “Velocidad y altura conservan la dentadura” 

El fenómeno es, en cierta forma, oculto puesto que puede darse, como se dijo, a 20 MN del centro de una tormenta y a 1.000 pies sobre el terreno. Si puede prevea la presencia de una cortante y evítela.


AIRE SUCIO

INDICADORES DE LA CORTANTE DE VIENTO
La presencia de tormentas en el área de los aeropuertos es un indicador confiable.
Las formas más corrientes de detectar una cortante de viento se diferencian en las técnicas aplicadas para reconocerla. La sofisticada y moderna, pero no tan disponibles en nuestros aeropuertos, es:

El Radares DOPPLER con programas de computador que pueden detectar cambios bruscos de intensidad del viento, en ciertos aeropuertos.  Una alarma se activa y el controlador puede alertar las aeronaves.


RADAR DOPPLER

Un sistema de veletas y anemómetros estratégicamente localizados en los alrededores de aeropuertos e integrados a una central, también pueden ayudar pero su alcance es limitado.

Pero las técnicas viejas, aun válidas y muy efectivas son: Reportes de pilotos que han detectado cambios bruscos en la dirección y la velocidad de los vientos, ráfagas o turbulencia en la trayectoria de aproximación y tormentas en las proximidades del aeródromo, son un buen indicio de su presencia.

Otros métodos menos precisos pero igualmente válidos para prevenir sus efectos son:

Cambios considerables en los reportes de viento emitidos por las torres de control. Escúchelos con atención y evalúe la situación especialmente si la dirección varía más de 120º y la intensidad más de 15 nudos. Y, en especial, la inversión del viento promedio predominante en el aeropuerto que obliga al cambio de pista operativa.

Presencia de basura, papeles, polvaredas, pasto cortado o nubes de arena levantados por remolinos de viento, son motivos de sospecha.


LLUVIAS GOLPEANDO EL SUELO
Fuerte lluvia y tormenta eléctrica en las proximidades a la estación que están a la vista de las tripulaciones, las torres de control o las reportadas por otras tripulaciones en vuelo o en los METARES (reportes meteorológicos para pilotos). La torres de control son puestos de gavieros favorables para vigilar los alrededores de la estación.

La antigua y humilde mangaveleta, en las cabeceras de las pistas, es un fiable indicador cuando está loca. Mírela rápidamente cuando usted pasa el umbral en el aterrizaje o antes del despegue. Es un aviso de lo que le puede suceder. Le será de mucha utilidad.

LA TRADICIONAL MANGAVELETA


FORMAS DE AFRONTAR UNA CORTANTE DE VIENTO

En todas las circunstancias anteriores evalúe la situación y si puede esquivar el fenómeno hágalo. Una espera prudencial en un aeropuerto antes de despegar será más tranquilizadora, evitándose un tremendo susto, como lo menos grave que le pueda suceder. Si está en el aire y quiere aterrizar, una espera de 5 minutos puede salvarlo, cuando no, de un grave peligro. “Es mejor maña que fuerza y afán”, decían los viejos.

Cuando definitivamente esté dentro del problema y aterrizando, piense rápido y anticípese a la consecuencia final. Vuele por delante del avión y es mejor que lo tilden de piloto miedoso que no salir mal librado. haga sobrepaso cuando sospeche de algun peligro.
Una aproximación con una velocidad o una trayectoria ligeramente altas y con algo de potencia pueden ser su salvación.
Aplique el procedimiento necesario para un saludable sobrepaso. Esto le permite levantar la nariz (nunca bajarla) hasta la proximidad del ángulo de perdida. Al tiempo que ajusta toda la potencia. Hasta el límite máximo absoluto de operación establecido por el fabricante de los motores.

Para el despegue, conozca bien el límite de ángulo o la velocidad de pérdida del avión. Mas el primero que la segunda con el indicador de actitud o por apreciación visual de posición, ya que el velocímetro en estas circunstancias no será muy fiable. Es factible que la alarma de pérdida se active pero será momentáneo. Haga un ligero reacomodo si es indispensable. Por eso haga chequeo cruzado entre el horizonte artificial, el velocímetro y el variómetro. Eso le dirá la situación real del vuelo. Los cálculos de despegue guardan adecuados márgenes de esos límites y son una garantía de seguridad.
No modifique la posición de las superficies auxiliares de sustentación si no es indispensable. El repentino cambio de configuración en un momento crítico le agrava la situación.

No se pueden practicar, de manera real, las técnicas de superar el fenómeno. Solo se pueden hacer representaciones supuestas en altura con maniobras de pérdidas simuladas. O con las que se practican en un simulador programado para tal fin.  Cuando tenga la oportunidad de volar en un entrenador dotado de estas características, tendrá una experiencia muy clara de los efectos sobre una aeronave, para la cual nunca piense que se estará completamente preparado.


RÁFAGAS REPENTINAS
Buen viento, entrenamiento, estudio, destreza profesional, autocontrol y nervios de acero, son el alma de un buen piloto. Éxitos.

viernes, 7 de febrero de 2014

EL PILOTO DE PUENTES


JOSÉ MARÍA VILLA, EL INGENIERO DE LOS PUENTES


José María Villa.
(Fotografía de Melitón Rodríguez)

Luis Fernando Muñera López. lfmunera@une.net.co

José María Villa Villa, un campesino inteligente y trabajador, lleno de sueños por cumplir, escaló las más grandes alturas de la ingeniería de su tiempo y dejó su huella en el desarrollo de Antioquia, en especial del Suroeste y del Occidente.
Conocimientos matemáticos y científicos, ética, conciencia social, capacidad de análisis y habilidad práctica fueron las calidades que lo distinguieron y le permitieron desarrollar su profesión con tanto éxito y tanto beneficio para la comunidad.

COMENTARIO: “En el encabezado del Blog comento que este es relacionado con temas aéreos e históricos. Esta hermosa crónica reúne las dos cosas, porque aeronautas no solo somos los que hemos tenido la fortuna de volar aeronaves sino muchas otras personas dotadas de una poderosa actitud por afrontar retos. También vuelan los ingenieros puenteros sobre los ríos y los abismos, como el viaducto del ferrocarril en Amagá, para darnos grandes facilidades que hacen grata la vida. Obras que fueron no solo fueron osadas aventuras sino grandes éxitos del ingenio humano, como las aeronaves. Por tales razones tengo el gusto de compartir a los Amigos Aeronautas, esta estimulante crónica escrita con el deseo de estimular a las actuales y futuras generaciones en las satisfacciones del triunfo y el éxito de un pueblo que no permite dejarse vencer por las dificultades. Disfrútenla”. 

Nació en La Siberia, La finca de sus padres, localizada sobre la ladera de la montaña en la zona donde hoy está e corregimiento Horizontes de Sopetrán, a treinta kilómetros del casco urbano y a 2.100 m. s. n. m. La casa aún existe, yo estuve en ella y me emocionó sentir que esos fueron los terrenos, el paisaje, los campos de cultivo, los caminos que vio, pisó y amó José María Villa. Su vida transcurrió entre 1850 y 1913.

Paisaje del río Cauca y finca La Siberia, cuna de José María Villa.
(Foto de Cristina Salazar)

Es un regalo inesperado para el espíritu encontrar que desde el corredor de esa casa puede verse a lo lejos (tal vez a unos cinco o seis kilómetros de distancia y mil setecientos metros más abajo) el puente de Occidente sobre el río Cauca, maravilla de la ingeniería antioqueña, construido por él hace ciento veinte años.

Villa Ingresó a la Escuela de Artes y Oficios de Medellín y después a la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Antioquia. La guerra civil de 1876 obligó al cierre de la Universidad. Ante la imposibilidad de continuar sus estudios en Colombia y gracias al apoyo de Pedro Justo Berrío, gobernador de Antioquia, viajó a Estados Unidos y se matriculó en el Instituto Stevens, en Hoboken, Nueva Jersey.




La Siberia, en Sopetrán. Finca donde nació José María Villa.

(Foto del autor)



La continuación de la guerra obligó a suspender la ayuda que el Estado le enviaba, cuando apenas iba en la mitad de la carrera de ingeniería. Entonces recurrió a una propuesta brillante y atrevida: solicitó a la institución que le permitiera presentar los exámenes de las materias correspondientes a los dos años que le faltaban. Contra toda lógica, la universidad le aceptó el reto y, contra todo pronóstico, aprobó todas las pruebas y obtuvo el título. Fruto de la inteligencia y la tenacidad.



El método que utilizó para preparar los exámenes es ingenioso y altamente meritorio. Tomó los libros de referencia de los cursos y leyó su tabla de contenido. Sin estudiar los textos y basado sólo en la lógica y en sus conocimientos, ensayó a desarrollar esos temas. Luego comparó sus resultados con los de los libros y encontró que coincidían en un alto porcentaje. Entonces decidió enfrentar los exámenes. Y ganó.



Su tesis de grado, sobre la Mecánica del calor, fue laureada. Rápidamente fue reconocido en el exigente medio estadounidense como un gran talento científico y práctico en matemáticas e ingeniería. Tomas Alva Edison, el gran físico e inventor, lo conoció, lo apreció y repetidamente lo invitó a trabajar con él.



José María Villa se vinculó como ingeniero en la construcción del puente colgante de Brooklyn, en Nueva York. Allí no sólo aprendió la teoría y la práctica de estas obras monumentales, que aplicaría más tarde en Antioquia, también observó cómo se desarrollaban, sobre la marcha, a medida que el trabajo avanzaba, teorías y técnicas nuevas para su diseño y construcción. Ese método de trabajo dejó honda huella en su espíritu analítico y práctico.



Regresó a Antioquia en 1880. Además de la inestabilidad política y las guerras, el Estado estaba inmerso en una agitada ebullición social y económica. La colonización antioqueña hacia el sur y el occidente, amén de las actividades de minería, comercio y cultivo del café, hacían indispensable sortear el aislamiento geográfico por falta de medios de comunicación. Éste era un propósito tanto del Estado como de los empresarios privados.



El río Cauca constituía una barrera de envergadura. Los viajeros podían cruzarlo con gran dificultad y alto riesgo mediante barcas cautivas, vados o nado, cuando las aguas lo permitían. El ingeniero Villa centró su atención en la solución de las comunicaciones en el gran río.



La primera iniciativa concreta nació en Suroeste antioqueño, específicamente el proyecto de un puente sobre el Cauca para el camino entre Jericó y Fredonia. Don Alonso Ángel obtuvo el privilegio para construir y explotar esa obra en el sitio Las Piedras, creó la sociedad constructora respectiva y contrató a José María para emprenderla. Este puente colgante tuvo una importancia enorme porque facilitó las comunicaciones entre el Suroeste y el resto de Antioquia, dando paso a las recuas de muías, el transporte de ganado y el tránsito de pasajeros, fundamentales para el progreso de la región. La obra se hizo entre 1881 y 1885.



Puente colgante de la Iglesia, sobre el río Cauca entre Fredonia y Jericó. Obra de José María Villa.

(Foto Melitón Rodríguez)



Cuando se terminó, la gente empezó a llamarlo el Puente de la Iglesia, por sus bellas torres con arcos góticos. Algunas mujeres se negaban a cruzarlo sin cubrir su cabeza con un pañuelo, por reverencia. Más adelante se llamó “Puente Iglesias”. El peaje que se cobraba para el paso valía quince centavos por cada caballo, muía o res y cinco centavos por cada viajero de a pie o para el ganado menor. Esta maravilla, ¡ay!, fue dinamitada en el siglo XX para dar paso a otra construcción moderna.



Mientras esta obra estaba en proceso, un grupo de empresarios buscó a José María Villa para proponerle la construcción de otro puente sobre el Cauca en el camino entre Yarumal e Ituango, en el sitio Pescadero. Obviamente, Villa consideró difícil aceptar, por la enorme distancia entre los dos sitios, pero terminó recibiendo el contrato. Inició obras en 1882. Sin estar culminado, el puente tuvo que prestar servicio para el paso de tropas en la guerra de 1884 y 1885. Fueron tiempos difíciles por las confiscaciones y falta de dinero generados por la guerra. Villa tramitó préstamos en los que actuó como tomador y fiador. Finalmente el puente se entregó en 1886. También se destruyó en el siglo XX para dar paso a otra estructura. El sitio quedará inundado por el embalse de la central Hidroituango.




Puente colgante de Pescadero, sobre el río Cauca, entre Yarumal e Ituango. Obra de José María Villa.



Esos dos puentes permitieron a la gente conocer de primera mano la calidad de José María Villa, cuyo prestigio había llegado bien acreditado del exterior. Inclusive, algunos representantes del gobierno del Estado manifestaron que los trabajos de este hombre eran impecables en su eficacia, economía, calidad y firmeza. Agregaron, incluso, que la remuneración obtenida no compensó los sacrificios que se había impuesto el ingeniero Villa en tan penosa labor.



Villa se destacaba también como persona sencilla y amable, sobria en el vestir, aunque orgulloso y respetuoso de su dignidad de ingeniero. La robustez de sus obras daba fe de la firmeza de su persona y de sus conocimientos. Le gustaban las tertulias con sus amigos, en medio de los aguardientes, en las cuales conversaban agradablemente de todo lo que ocurría a su alrededor.



En enero de 1887 el Ministerio de Fomento y el gobernador Marceliano Vélez concedieron a los señores Gómez Hermanos y Braulio Chavarriaga permiso "para construir un puente colgante sobre el río Cauca en el paso de La Pintada, en el camino de Lomitas a Arquía, pasando por los distritos de Santa Bárbara y Valparaíso". El sitio se llamaba así por una casa de hacienda cercana, la única que tenía la fachada pintada. El contrato también le fue adjudicado a José María Villa. La obra, culminada en 1892, permitió mejorar la comunicación de Antioquia con el sur de Colombia y reforzar el transporte desde el Suroeste antioqueño hacia el centro.



Le llegó la hora a la obra cumbre del ingeniero Villa, con la que soñaron tanto el joven José María como su padre allá arriba en La Siberia, su casa de Horizontes: El puente de Occidente para unir Sopetrán con Santa Fe de Antioquia. El gobernador Vélez estaba empeñado en mejorar las vías de Antioquia, en este caso el camino de occidente, buscando salida al mar por Urabá.



Puente colgante de Occidente, sobre el río Cauca, entre Sopetrán y Santa Fe de Antioquia. Obra de José María Villa.



En Santa Fe de Antioquia se conformó la Sociedad Puente de Occidente S. A. liderada por Enrique White y por el mismo gobernador, con la participación como socios, entre otros, del Estado de Antioquia, Carlos del Corral, Julio C. del Corral, Federico Villa, Julio Ferrer, Lucio Martínez y Alonso Ángel. Iniciaron labores en noviembre de 1887. Villa estaba feliz y optimista. Sabía a lo que se enfrentaba y ya había dicho: "La obra es practicable y está al alcance de los recursos con los que podemos contar".



Para garantizar esa factibilidad técnica y financiera, José María Villa se esforzó en encontrar un diseño que se acomodara a la magnitud del puente, 291 metros de largo, 167 toneladas de peso muerto y 95 toneladas de carga viva admisible. Y, lo más importante, la selección de los materiales que cumplieran con la resistencia, el peso y la durabilidad, y cuyo costo fuese accesible. Era fundamental planear cuidadosamente cuáles materiales y piezas debería importar y cuáles fabricarlos o procurárselos en la región.



El sitio de la obra se convirtió en una verdadera fábrica. Montó dos tejares para los ladrillos; varios aserríos para la madera de cedro amarillo, cedro negro y comino; una trenzadora para los cables, y un taller de forja y fundición. Cada una de las piezas se seleccionó mediante un riguroso análisis técnico y económico: millares de tuercas y tornillos, péndolas de suspensión, abrazaderas, guarda cables, cables, alambres, varillas, galápagos, anclas, piezas de madera y más. Contrató en la región los artesanos más expertos y hábiles para cada labor.



Los cables son el principal elemento de soporte de la estructura y merecen mención detallada. Debían importarse, pues no había producción nacional, para transportarlos en vapor hasta Puerto Berrío y desde allí a lomo de muía hasta la obra. No podían venir trenzados, porque las mulas no podrían con el peso. Los hilos de acero del calibre N.° 11 se trajeron en rollos pequeños.



Mediante ensayos de carga que les hizo a muestras del alambre, Villa calculó que debía sostener el puente con cuatro cables, cada uno conformado por un total de 798 alambres o hilos individuales. Después de un cuidadoso análisis, decidió que cada cable estaría conformado por 21 manojos de alambres y que cada manojo contendría 38 alambres trenzados. Los manojos se amarrarían entre sí mediante abrazaderas para formar un cable. De paso, digamos que la longitud total del alambre requerido ascendió a casi un millón de metros.



COMENTARIO: “Para facilitar la comprensión de la dificultad de construir una obra confiable, agrego estos detalles sobre lo que implicaba calcular el proyecto en ese tiempo, en términos de ingeniería muy elemental.



El metal y el calibre de un alambre deben ser de tales propiedades que pueda no solo pasar de un lado al otro del rio resistiendo su propio peso, sin estirarse y menos romperse, sino soportar el peso de los componentes adicionales (amarres, herrajes y la calzada en madera, que sube de peso cuando se moja con las lluvias) y los vientos. Y, por supuesto, la carga útil, animales y vehículos que lo cruzaran.

Pero también la tensión se incrementa mucho en la medida en que el cable se jala para que quede a la altura necesaria en la parte más baja de la curva (llamada catenaria) sin exponerse a las crecientes del rio.



Si el puente se ancla alto en las oriyas, aumenta la longitud del puente debido a la pendiente del terreno en los lados, los alambres no resistirán su peso y menos las cargas adicionales. Es necesario calcular el punto óptimo combinando la altura de la catenaria sobre el rio, la altura de los estribos en las oriyas, la altura de las torres, la longitud, la carga muerta y la útil deseada, mas un margen de seguridad adicional para definir la resistencia de los materiales.



Sabida la capacidad de un alambre se puede determinar cuántos alambres deben cruzar el rio para lograr el resultado deseado. Para mayor seguridad se hacían pruebas reales sometiendo un alambre a un lastre llegando hasta la rotura. De esa forma se lograba una idea bastante aproximada de lo que sería la fortaleza de la estructura final.



Es increíble que con elementos tan sencillos como alambres simples de acero, que no eran ni trenzados ni con altas especificaciones metalúrgicas como los cables actuales, ladrillo y madera, pudieran atreverse a construir tales ingeniosidades. Es admirable la forma de pensar de estos pioneros”. Fin del comentario.      




Puente de Occidente. El puente se sostiene en cuatro cables, cada cable está compuesto de 21 manojos y cada manojo, de 38 alambres. Esta foto muestra en detalle los 84 manojos de alambres.



Para el diseño del puente eran fundamentales las torres de apoyo y los anclajes de los cables. Igualmente, la resistencia de la estructura contra los fuertes vientos que soplan sobre el cauce del río. Para el diseño se ayudó de pequeños modelos del puente a escala que montó a la orilla del cauce para observar su comportamiento. Era indispensable conseguir que al soplar el viento, el puente no oscilara como si fuera una hamaca y, menos aún, que fuera a dar vuelta sobre sí mismo. Para ello había que comprobar la proporción adecuada entre la altura de las torres y la longitud del puente, así como la eficacia de los cables tensores laterales para contrarrestarlo.



Para poner los cables de lado a lado del río, el ingeniero Villa tendió sobre el cauce un puente peatonal de treinta centímetro de ancho y un cable delgado sobre el cual se desplazaba una polea o roldana, de su invención, que halaba lentamente el cable. Seleccionó cuidadosamente los trabajadores que harían este delicado trabajo, no podían sufrir vértigo.



El puente se entregó el 27 de diciembre de 1894. Hasta el lugar llegaron gentes de Santa Fe de Antioquia, Sopetrán y Medellín, en alegres grupos. El día era una fiesta. En presencia de la concurrencia, encabezada por el gobernador de Antioquia y el obispo de Santa Fe de Antioquia, se hizo la prueba de carga de la estructura, metiendo en ella un elevado número de reses, que quedaron quince minutos mugiendo y pateando. El examen posterior mostró que la estructura no había cedido con la carga. El público estalló en aplausos y en gritos de "¡viva José María Villa!", a los cuales éste contestaba: "¡Que beba!"



La presa de la central Hidroituango se está construyendo actualmente, segunda década del siglo XXI, a unos setenta kilómetros aguas abajo del puente de Occidente. Es pertinente mencionar que la altura de esta presa se limitó de tal manera que el embalse no fuera a inundar esta obra maestra de la ingeniería.



De esta historia hay todavía mucho para contar, pero suspendo aquí. Recomiendo leer los libros José María Villa, un genio desconocido, de Hernán Echeverri Coronado, y José María Villa, el violinista de los puentes colgantes, de Pilar Lozano, en los cuales se basa esta crónica.



Para cerrar retomo la reflexión inicial, aquella en la que destaqué las cinco principales características de la personalidad y el carácter de José María Villa. Pienso que el ejemplo de su vida entregada al estudio y al trabajo, su capacidad de análisis, su sentido práctico de la ingeniería, su honradez a toda prueba como individuo y como ingeniero, hacen de él un paradigma, un modelo de vida. Antioquia siempre estará en deuda con él.



COMENTARIO: “Aun se pueden ver en la orilla del rio los antiguos estribos de los puentes de Puenteiglesias y La Pintada. En ambos caso fueron remplazados por puentes colgantes hechos completamente de metal que se conservan.

El primero está aún en uso aunque en condiciones descuidadas por falta de manteniendo. Hace días no se le trata la corrosión y le hace falta una mano de pintura. El de La Pintada esta mejor cuidado y se usa para vehículos livianos y peatones. El tránsito pesado cruza por un puente echo de concreto con la técnica de pórticos y vigas pretecionadas.



El puente de Pescadero desapareció completamente.



En Santafé de Antioquia también se construyó otro puente metálico colgante moderno pero, afortunadamente, se ha conservado el viejo a pesar de que sus componentes originales en madera demandan muchos remplazos ya que no es un material tan durable al medio ambiente como lo son el concreto y el acero de alta resistencia. Actualmente, solo le faltan los pasadizos peatonales laterales. Es un monumento al esfuerzo del pueblo antioqueño”. Fin del comentario.



Estos cuatro puentes colgantes sobre el río Cauca fueron mojones en el camino del progreso de Antioquia. No fueron fáciles, pero tampoco imposibles, pues en ellos se dio la conjunción perfecta del liderazgo y los conocimientos de un hombre excepcional como José María Villa, que supo acompañarse por artesanos y obreros hábiles y experimentados en tareas de albañilería, herrería, aserrío, carpintería, montaje de piezas, todos ellos trabajadores, osados, honrados y valerosos, capaces de enfrentarse a grandes retos y esfuerzos titánicos. Entre otras cosas ¿qué es todo esto si no una síntesis del espíritu antioqueño? El de antes, ¿y el de ahora?

Barca cautiva en el río Cauca, para transporte de personas, animales y carga. (Dibujo de Hildebrand. Grabado de Moynet)

jueves, 6 de febrero de 2014

40 DIAS EN EL VAUPES. PARTE 20



40 DÍAS EN EL VAUPÉS
1950
PARTE 20
•         SALIDA PARA BOGOTÁ. 22 noviembre. En el mismo Catalina de “Aída” y con el mismo piloto, ese sí gentil y bondadoso. Pero era preciso pernoctar en Bávaro, centro cauchero de la mayor importancia en la comarca. El avión no pudo aterrizar ahora, pero acuatizó en Mitú, por lo cual fuimos en lancha hasta el enorme anfibio que nos devolvería a tierra abierta. Una hora no más y acuatizamos en Carurú, en el alto Vaupés. El 23 noviembre. Subimos al avión que amaneció tiritando en estas aguas del alto Vaupés. Dos horas más y llegamos a San José del Guaviare. Todos los vecinos salen a recibirnos y a rogarnos, casi con lágrimas en los ojos que les demos padres misioneros. Que ya le tienen casita y que le harán de comer y lo cuidarán mucho con pescado, con plátanos, maíz, queso y leche. El avión no daba espera y sin desayunar salimos para Bogotá. Otra vez vamos sobre los eternos llanos, cubiertos en partes por copos de nubes abundantes, remedo de las sábanas blancas que se iban quedando al sur. El avión, en un derroche de esfuerzos, elevó a 15,000 pies y atravesó esa altura la desafiante cumbre, mostrándonos allá lejos estaba Bogotá con sus ríos sinuosos, amarillo y en parte salido de madre. Descendimos al fin, a eso del mediodía en el campo de la FAC, aeródromo militar (el CATAM de Techo). A la una de la tarde nos recibieron y almorzamos amablemente con los padres eudistas, en el santuario de las angustias.

AERÓDROMO DE TECHO
•         VISITA AL PRESIDENTE. Por la tarde visité al Presidente, Doctor Laureano Gómez. Le conté mis impresiones sobre el Vaupés, interesándolo por esa lejana y abandonada porción de la patria. Visito el ministro de gobierno quien al estilo del gran Laureano, me recibe con gran amabilidad y me promete hacer todo lo que esté de su parte en pro del Vaupés. La mayor dificultad del misionero consiste en que en la comisaría del Vaupés se hablan 26 dialectos y los indios no saben el castellano, con rarísimas excepciones. En Mitú, por ejemplo, no hay iglesia. La comisaría nos presta un salón de la policía y allí se está celebrando las funciones del culto con las incomodidades que son de suponer. Los misioneros necesitan tres motores de esos que llaman de fuera de borda, para las excursiones misioneras y tres carros jeeps.

LAUREANO GOMEZ
•         DONACIÓN. El gobierno nos de $150,000. Ya los misioneros han abierto la trocha para iniciar la carretera de Mitú a Montfort por nuestra propia cuenta. En fin, también hacen falta medicinas. No hay más médico que los padres y las hermanas. Pero no tienen con qué curar y aliviar las dolencias de estos pobrecitos indios enfermos.
Perdone el lector estas lamentaciones, este gemir y llorar, este sempiterno "pedir" de quienes tenemos sólo dos amores: Dios y la patria. Glorificar a Dios salvarle las almas, defender y hacer grandes papás ya amadas reduciendo y civilizando sus indios.

•         SALIDA PARA MEDELLÍN. Muy temprano en el aeródromo de Techo. Vuelo feliz hasta Medellín, donde aterrizamos a las 9:30 de la mañana. Mi carrito anda apresuradamente por la carretera que lleva a las cumbres de Santa Rosa de Osos, en donde consagraré mañana la santa iglesia catedral.


SANTA ROSA DE OSOS 2013

FIN DE LA CRÓNICA 
Santa Rosa de Osos. Noviembre de 1950